Montilla recuerda hoy la figura de Luis Antonio Fernández de Córdoba Portocarrero Guzmán y Aguilar, coincidiendo con el 330.º aniversario de su nacimiento, una conmemoración que devuelve al primer plano a uno de los eclesiásticos más relevantes del siglo XVIII español, un montillano que alcanzó las más altas dignidades de la Iglesia y cuyo legado sigue vinculado, de manera indeleble, a la historia religiosa y patrimonial de Toledo.
Nacido en Montilla el 22 de enero de 1696, Luis Antonio Fernández de Córdoba Portocarrero Guzmán y Aguilar vino al mundo en el seno de una de las familias nobiliarias más influyentes de su tiempo. Fue el segundo de los siete hijos del matrimonio formado por Antonio Fernández de Córdoba Figueroa y Catalina Portocarrero de Guzmán y de la Cerda, XII condesa de Teba.
Apenas seis días después de su nacimiento, el 28 de enero de 1696, fue bautizado en la Parroquia de Santiago Apóstol, con una extensa relación de nombres —Luis Antonio José Judas Tadeo Juan de la Cruz Vicente Anastasio Francisco Xavier— que reflejaba tanto la tradición familiar como el peso simbólico que rodeaba a su linaje.
Su entorno familiar estuvo profundamente marcado por la nobleza y la vida religiosa. Fue hermano de Domingo, XIII Conde de Teba, así como de María Dominga y Ana María, mientras que Francisca Xaviera, Ignacia de la Natividad y Margarita de la Cruz optaron por la vida monástica.
Por línea materna, estaba emparentado con figuras de enorme relevancia eclesiástica, como el cardenal y arzobispo de Toledo Luis Fernández Portocarrero, fallecido en 1709, y el arzobispo de Sevilla Luis Fernández de Córdoba Portocarrero, muerto en 1625, parentescos que han generado confusiones históricas, acentuadas además por las distintas formas en que sus apellidos han sido transcritos a lo largo del tiempo.
Su formación académica fue sólida y rigurosa. Estudió en el Colegio Mayor de Cuenca, adscrito a la Universidad de Salamanca, uno de los centros intelectuales más prestigiosos de la época. Posteriormente, completó su preparación en la Universidad de Alcalá de Henares, donde obtuvo el doctorado en leyes.
Aunque no se conserva constancia documental de la fecha exacta de su ordenación sacerdotal, sí se sabe que el 20 de noviembre de 1717 fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Primada de Toledo, iniciando una relación duradera con la sede toledana que marcaría el resto de su trayectoria.
El 7 de marzo de 1733 fue designado deán de la Catedral de Toledo, reforzando su posición dentro del cabildo catedralicio. A esa carrera eclesiástica se sumaron responsabilidades nobiliarias de primer orden, ya que desde 1738 y hasta su muerte en 1771 ostentó el título de XV Conde de Teba, además de los de Marqués de Ardales y Señor de Campillo. Esta doble condición, noble y religiosa, definió una figura acostumbrada a moverse en los equilibrios del poder, siempre con un perfil discreto y una marcada vocación institucional.
El reconocimiento definitivo a su trayectoria llegó durante el reinado de Fernando VI. A propuesta del monarca, fue creado cardenal en el consistorio celebrado el 18 de diciembre de 1754 por el papa Benedicto XIV. Poco después, el 3 de agosto de 1755, fue nombrado arzobispo de la Archidiócesis de Toledo, en sustitución de Luis de Borbón y Farnesio, tras la renuncia de este. Desde esa responsabilidad, una de las más influyentes de la Iglesia española, ejerció su ministerio en un periodo especialmente complejo, atravesado por tensiones políticas y decisiones de gran calado.
No pudo participar en el cónclave de 1758, en el que fue elegido Clemente XIII, pero sí intervino en el de 1769, que culminó con la elección de Clemente XIV. Su postura contraria a la expulsión de los jesuitas marcó uno de los episodios más significativos de su etapa como arzobispo, una oposición que le costó la prohibición temporal de residir en la ciudad de Madrid, entonces integrada en la archidiócesis toledana. Aun así, mantuvo su criterio con firmeza, sin estridencias, fiel a una concepción de la autoridad basada en la coherencia y la convicción personal.
Luis Antonio Fernández de Córdoba Portocarrero Guzmán y Aguilar falleció en Toledo el 26 de marzo de 1771. Fue enterrado en el convento de las monjas capuchinas de la ciudad, un lugar cargado de significado, ya que él mismo impulsó su restauración. Ese vínculo final con el convento resume bien una parte esencial de su legado: la atención al patrimonio religioso como expresión visible de la fe y de la historia compartida.
El convento de la Purísima Concepción de Toledo, conocido popularmente como de las Capuchinas, había sido fundado en 1632. El templo conventual quedó concluido en 1671, año en que fue solemnemente consagrado, y en 1677, tras el fallecimiento de su mecenas, el cardenal Pascual de Aragón, las obras de las dependencias conventuales estaban prácticamente terminadas. La arquitectura de la iglesia y su ornamentación interior fueron obra del arquitecto toledano Bartolomé Zumbigo y Salcedo.
En este 330.º aniversario de su nacimiento, Montilla vuelve así la mirada hacia uno de sus hijos más ilustres, un cardenal que supo conjugar nobleza, formación intelectual y servicio eclesiástico, y cuya memoria permanece ligada tanto a su ciudad natal como a la historia religiosa y patrimonial de Toledo.
Nacido en Montilla el 22 de enero de 1696, Luis Antonio Fernández de Córdoba Portocarrero Guzmán y Aguilar vino al mundo en el seno de una de las familias nobiliarias más influyentes de su tiempo. Fue el segundo de los siete hijos del matrimonio formado por Antonio Fernández de Córdoba Figueroa y Catalina Portocarrero de Guzmán y de la Cerda, XII condesa de Teba.
Apenas seis días después de su nacimiento, el 28 de enero de 1696, fue bautizado en la Parroquia de Santiago Apóstol, con una extensa relación de nombres —Luis Antonio José Judas Tadeo Juan de la Cruz Vicente Anastasio Francisco Xavier— que reflejaba tanto la tradición familiar como el peso simbólico que rodeaba a su linaje.
Su entorno familiar estuvo profundamente marcado por la nobleza y la vida religiosa. Fue hermano de Domingo, XIII Conde de Teba, así como de María Dominga y Ana María, mientras que Francisca Xaviera, Ignacia de la Natividad y Margarita de la Cruz optaron por la vida monástica.
Por línea materna, estaba emparentado con figuras de enorme relevancia eclesiástica, como el cardenal y arzobispo de Toledo Luis Fernández Portocarrero, fallecido en 1709, y el arzobispo de Sevilla Luis Fernández de Córdoba Portocarrero, muerto en 1625, parentescos que han generado confusiones históricas, acentuadas además por las distintas formas en que sus apellidos han sido transcritos a lo largo del tiempo.
Su formación académica fue sólida y rigurosa. Estudió en el Colegio Mayor de Cuenca, adscrito a la Universidad de Salamanca, uno de los centros intelectuales más prestigiosos de la época. Posteriormente, completó su preparación en la Universidad de Alcalá de Henares, donde obtuvo el doctorado en leyes.
Aunque no se conserva constancia documental de la fecha exacta de su ordenación sacerdotal, sí se sabe que el 20 de noviembre de 1717 fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Primada de Toledo, iniciando una relación duradera con la sede toledana que marcaría el resto de su trayectoria.
El 7 de marzo de 1733 fue designado deán de la Catedral de Toledo, reforzando su posición dentro del cabildo catedralicio. A esa carrera eclesiástica se sumaron responsabilidades nobiliarias de primer orden, ya que desde 1738 y hasta su muerte en 1771 ostentó el título de XV Conde de Teba, además de los de Marqués de Ardales y Señor de Campillo. Esta doble condición, noble y religiosa, definió una figura acostumbrada a moverse en los equilibrios del poder, siempre con un perfil discreto y una marcada vocación institucional.
El reconocimiento definitivo a su trayectoria llegó durante el reinado de Fernando VI. A propuesta del monarca, fue creado cardenal en el consistorio celebrado el 18 de diciembre de 1754 por el papa Benedicto XIV. Poco después, el 3 de agosto de 1755, fue nombrado arzobispo de la Archidiócesis de Toledo, en sustitución de Luis de Borbón y Farnesio, tras la renuncia de este. Desde esa responsabilidad, una de las más influyentes de la Iglesia española, ejerció su ministerio en un periodo especialmente complejo, atravesado por tensiones políticas y decisiones de gran calado.
No pudo participar en el cónclave de 1758, en el que fue elegido Clemente XIII, pero sí intervino en el de 1769, que culminó con la elección de Clemente XIV. Su postura contraria a la expulsión de los jesuitas marcó uno de los episodios más significativos de su etapa como arzobispo, una oposición que le costó la prohibición temporal de residir en la ciudad de Madrid, entonces integrada en la archidiócesis toledana. Aun así, mantuvo su criterio con firmeza, sin estridencias, fiel a una concepción de la autoridad basada en la coherencia y la convicción personal.
Luis Antonio Fernández de Córdoba Portocarrero Guzmán y Aguilar falleció en Toledo el 26 de marzo de 1771. Fue enterrado en el convento de las monjas capuchinas de la ciudad, un lugar cargado de significado, ya que él mismo impulsó su restauración. Ese vínculo final con el convento resume bien una parte esencial de su legado: la atención al patrimonio religioso como expresión visible de la fe y de la historia compartida.
El convento de la Purísima Concepción de Toledo, conocido popularmente como de las Capuchinas, había sido fundado en 1632. El templo conventual quedó concluido en 1671, año en que fue solemnemente consagrado, y en 1677, tras el fallecimiento de su mecenas, el cardenal Pascual de Aragón, las obras de las dependencias conventuales estaban prácticamente terminadas. La arquitectura de la iglesia y su ornamentación interior fueron obra del arquitecto toledano Bartolomé Zumbigo y Salcedo.
En este 330.º aniversario de su nacimiento, Montilla vuelve así la mirada hacia uno de sus hijos más ilustres, un cardenal que supo conjugar nobleza, formación intelectual y servicio eclesiástico, y cuya memoria permanece ligada tanto a su ciudad natal como a la historia religiosa y patrimonial de Toledo.
JUAN PABLO BELLIDO / REDACCIÓN
ILUSTRACIÓN: ISABEL AGUILAR
ILUSTRACIÓN: ISABEL AGUILAR















































