Hay amistades que terminan en los tribunales. Disputas a cara de perro ante la corte de justicia. Socios que se enemistan de la noche a la mañana después de haber mantenido una prolongada avenencia. Entre ellos, una zanja de recelos. La cordialidad es sustituida por la hiel. El abrazo y el brindis por la desconfianza.
Ya lo decía Francisco de Goya y Lucientes, tan clarividente a pesar de sus pesadillas y sus sombras: la razón produce monstruos. Y el libre comercio, también. De la colaboración se pasó a la rencilla. Es lo que, en una época, ocurrió entre Montilla y Jerez a cuenta de un desagradable contencioso por el uso mercantil de la marca Amontillado en suelo británico. Nada nuevo bajo el sol.
Juan Valera, que cuidaba su prosa y sus formas de relación social tanto como su viña, daba por hecho, le gustara o no, que Jerez siempre terminaba apropiándose de los vinos que él cosechaba y criaba en Baena y Doña Mencía. Es una evidencia de la que habla abiertamente en artículos de prensa y también en Juanita la Larga y en Pepita Jiménez. Recuerdo que en esta última obra cita expresamente a “la gente de Jerez que viene a comprar nuestro vino para troncarlo con el jerezano”.
Sabina Alvear, que algo sabía de negocios, administración de rentas e inversiones, recurrió a la ironía en un célebre comentario para posicionarse en este enconado asunto. Venía a decir que Jerez llamaba "amontillado" al mejor de sus vinos “por suponer que se le parece”.
El comprador —o sea, las grandes casas gaditanas— sabía lo que adquiría: generosos de la mejor calidad que ponía en el mercado gracias a una influyente y potente red comercial en el extranjero. Montilla–Moriles podía presumir de ser un insuperable abastecedor, pero era inevitable sentir un incómodo papel secundario, una cierta subordinación.
Sin embargo, estar acomplejado no conduce a nada aprovechable. Resulta más eficaz tomar la iniciativa, con un trato de igual a igual. Existen, pese a puntuales desavenencias y pleitos, una serie de nexos sólidos y consistentes. De hecho, la histórica firma González Byass llegó a poseer casas, bodegas y otras propiedades en Montilla. Esto, junto a su plan de exportar directamente los vinos de Montilla a Inglaterra y otros destinos del extranjero, le hizo gozar de un raro privilegio municipal, que le concedió el Ayuntamiento en sesión plenaria el día 23 de noviembre de 1865, el de portar en el marbete de los cascos el escudo de armas de esta ciudad, para acreditar la genuina procedencia de estos vinos y evitar adulteraciones.
Y, a la inversa, la tricentenaria empresa Alvear (cumple tres siglos en 2029, por lo que es la más antigua de nuestra comunidad autónoma y la segunda en España, siempre en manos de la misma familia) abrió una sucursal, Bodegas Portalto, S.A., en la calle Cruces de El Puerto de Santa María, dentro de la denominación de origen jerezana, con el objetivo de completar, ampliar y diversificar el catálogo de sus prestigiosas marcas en el mercado exterior. Es decir, se las ingenió para despachar a la par en su red de ventas los vinos de uno y otro lugar, diferenciándolos claramente, por supuesto.
El amontillado, emblema de la perfección enológica, es la máxima expresión de cuanto compartimos: intercambios comerciales, relaciones de compraventa en considerables partidas de fino, pedro ximénez y espirituosos, apoyo en las industrias auxiliares, tonelerías con intereses económicos en una y otra ciudad, aparte del factor humano. Lo digo por el capataz, mejor dicho, el bodeguero Juan Rodríguez, jerezano de nacimiento que, llamado por el Conde de la Cortina, actualizó de arriba abajo las Bodegas Alvear, haciéndola competitivas y modernas.
Por su significación especial, hay un eslabón más en esta cadena de afinidades. Alberto Orte Espejo, madrileño pero estrechamente ligado a Cádiz, es uno de los impulsores de la Compañía de Vinos del Atlántico. En él se condensa esta alianza de la que hablamos.
Sus antepasados (la saga Velasco Chacón) tuvieron prominente bodega en Montilla y él, ahora, al correr del tiempo, cría y defiende sus vinos desde Jerez, renovando con este fehaciente proceder su acendrada estirpe vinícola. Esto es lo que nos ha contado.
“Yo empiezo a trabajar en el mundo del vino en 1999, sobre todo en aspectos de distribución y ventas. Estudié Viticultura en la Universidad Politécnica de Madrid, y decido dar el paso a la elaboración de vinos en el año 2003 en distintas partes de España. Pero realmente mi primer contacto con el vino se produce siendo un adolescente, cuando tenía unos 14 años”.
“Fue entonces cuando hice mi primer viaje a Montilla, siendo consciente de la importancia y trascendencia del vino como identidad para este pueblo, el de mi familia materna. A través de mi abuela, Matilde Velasco Espejo, fui a trabajar en la vendimia con su hermano, Paco Velasco Espejo”.
“Y ahí es cuando empecé a trabajar, a tocar el mundo del vino y a probarlo, cosa que en ese momento no era algo tan cercano para mí. Esta es la raíz, en realidad, del proyecto de Jerez que empieza a establecerse en el año 2011, con la adquisición de viñedos y una bodega de vinos generosos con variedades autóctonas”.
Es decir, vemos que Alberto Orte sigue la pauta natural en estos casos: el apego a la tierra, la vendimia, el proceso de crianza y soleras, para desembocar en una adecuada comercialización, tal y como disponen los cánones. A esto, que forma parte de una herencia familiar compartida, Alberto añade su condición de enólogo, lo que le facilita un mayor y profundo conocimiento de los vinos.
“Lo que más me atrae, por encima de otras cuestiones, es todo lo referido al viñedo. Es lo que más me llama la atención: el trabajo en el viñedo y el resultado final, es decir, obtener una uva que sea sabrosa y gustosa, de donde se pueda lograr un vino con unas excelentes cualidades, un vino equilibrado y que produzca placer”.
En los últimos años, el negocio del vino se ha redimensionado. Ganan prestigio y predicamento las pequeñas explotaciones en las que todo está medido. Son los denominados "vinos de autor", que poseen características especiales. Tiradas limitadas y exclusivas que se apoyan en atractivos e innovadores diseños para su puesta en las enotiendas y demás puntos de venta. Es la línea que ha seguido Orte. Una experiencia excepcional y única de la cepa a la copa. Es el evangelio de una nueva generación de enólogos y bodegueros que se mueven con una premisa: lo pequeño es grande.
“Empezamos con poco menos de tres hectáreas en un campo madre de variedades autóctonas jerezanas. Y de ahí, año tras año, fuimos trabajando haciendo microvinificaciones y viendo el potencial de cada variedad, para ir sacando los vinos destinados al mercado con las máximas exigencias”.
“La buena acogida nos ha llevado a incrementar la superficie de viñedos, que ya supera las 20 hectáreas. Al fin y al cabo, se trata de ir viendo resultados a partir del trabajo en el campo. Trabajamos el ecológico con uva de calidad y con un concepto respetuoso de la viticultura con el medio ambiente, para hacer vinos que emocionen”.
En aquella primera experiencia en Montilla, cuando apenas era un muchacho, está la raíz de su actual proyecto. Se nutre de lo que vio en las antiguas Bodegas Velasco Chacón. Fue decisivo en su vida empresarial. Algo encontró aquí que lo conectó a sus antepasados, aquella familia que, procedente de Puente Genil, desplegó aquí una variada industria agropecuaria, de vinos y alcoholes.
“Recuerdo claramente que las primeras semanas que estuve allí coincidió con la Fiesta de la Vendimia. Empecé a probar y a descubrir lo que era un fino, un amontillado, un oloroso, un palo cortado… Y empecé a entender las diversas expresiones de los vinos generosos”.
“Andalucía tiene un hilo conductor en los vinos que pasa por Montilla y Jerez si hablamos de vinos generosos. Son dos modos de entender el vino muy parecidos. Desde aquel primer momento surgió un flechazo, porque son estos vinos generosos los que más aprecio”.
“Me gustó también el ambiente al comprobar directamente que la gente joven tomaba vinos en los bares y tabernas. Y, por supuesto, se bebía vino en el Casino Montillano, lo que me llevó a considerar el vino como una bebida muy especial. Ese fue el primer impacto al llegar a Montilla”.
Pero lo fundamental para Alberto Orte fue ir conociendo más a fondo la labor centenaria de Velasco Chacón en el negocio del vino. Hay, para él, una reverberación vinícola en su genética. A cada paso en su memoria reverdece una herencia inevitable. Es un legado en el que se entremezclan lo que aprendió de niño, lo que le han trasladado sus familiares y una absorbente pasión por la tierra, por alberos milenarios.
“Todo en mi familia gira alrededor del vino. Parece, para mí, un destino irrevocable. Es una historia muy interesante que recibo por todas partes, desde mis bisabuelos a mis tíos, primos y demás parientes. La de Miguel Velasco Chacón es una historia de crecimiento y de superación. Partió desde cero para convertirse en una firma de referencia en la zona. De igual manera, también me llamó mucho la atención todo lo concerniente a los viñedos familiares del Lagar de la Salud y que siempre promocionaba sus vinos con el origen de los viñedos. Otra cosa que se me quedó grabada es el sumo cuidado que se ponía en todas las labores de bodega”.
“Recuerdo la primera vez que cogí una venencia en la casa de mi tío Paco Velasco. Era una venencia de pelo de ballena con las iniciales de la bodega. Me contaron el enorme trabajo que hizo Miguel Velasco Espejo para modernizar las bodegas, adaptándolas a la última tecnología, toda la innovación disponible. Y, sobre todo, el exquisito cuidado que se ponía en la relación entre el campo, que siempre era lo primero, y la bodega. La viña era lo primordial y el origen de todo, y esto es un principio que yo he aplicado a mi propio negocio”.
Ya lo decía Francisco de Goya y Lucientes, tan clarividente a pesar de sus pesadillas y sus sombras: la razón produce monstruos. Y el libre comercio, también. De la colaboración se pasó a la rencilla. Es lo que, en una época, ocurrió entre Montilla y Jerez a cuenta de un desagradable contencioso por el uso mercantil de la marca Amontillado en suelo británico. Nada nuevo bajo el sol.
Juan Valera, que cuidaba su prosa y sus formas de relación social tanto como su viña, daba por hecho, le gustara o no, que Jerez siempre terminaba apropiándose de los vinos que él cosechaba y criaba en Baena y Doña Mencía. Es una evidencia de la que habla abiertamente en artículos de prensa y también en Juanita la Larga y en Pepita Jiménez. Recuerdo que en esta última obra cita expresamente a “la gente de Jerez que viene a comprar nuestro vino para troncarlo con el jerezano”.
Sabina Alvear, que algo sabía de negocios, administración de rentas e inversiones, recurrió a la ironía en un célebre comentario para posicionarse en este enconado asunto. Venía a decir que Jerez llamaba "amontillado" al mejor de sus vinos “por suponer que se le parece”.
El comprador —o sea, las grandes casas gaditanas— sabía lo que adquiría: generosos de la mejor calidad que ponía en el mercado gracias a una influyente y potente red comercial en el extranjero. Montilla–Moriles podía presumir de ser un insuperable abastecedor, pero era inevitable sentir un incómodo papel secundario, una cierta subordinación.
Sin embargo, estar acomplejado no conduce a nada aprovechable. Resulta más eficaz tomar la iniciativa, con un trato de igual a igual. Existen, pese a puntuales desavenencias y pleitos, una serie de nexos sólidos y consistentes. De hecho, la histórica firma González Byass llegó a poseer casas, bodegas y otras propiedades en Montilla. Esto, junto a su plan de exportar directamente los vinos de Montilla a Inglaterra y otros destinos del extranjero, le hizo gozar de un raro privilegio municipal, que le concedió el Ayuntamiento en sesión plenaria el día 23 de noviembre de 1865, el de portar en el marbete de los cascos el escudo de armas de esta ciudad, para acreditar la genuina procedencia de estos vinos y evitar adulteraciones.
Y, a la inversa, la tricentenaria empresa Alvear (cumple tres siglos en 2029, por lo que es la más antigua de nuestra comunidad autónoma y la segunda en España, siempre en manos de la misma familia) abrió una sucursal, Bodegas Portalto, S.A., en la calle Cruces de El Puerto de Santa María, dentro de la denominación de origen jerezana, con el objetivo de completar, ampliar y diversificar el catálogo de sus prestigiosas marcas en el mercado exterior. Es decir, se las ingenió para despachar a la par en su red de ventas los vinos de uno y otro lugar, diferenciándolos claramente, por supuesto.
El amontillado, emblema de la perfección enológica, es la máxima expresión de cuanto compartimos: intercambios comerciales, relaciones de compraventa en considerables partidas de fino, pedro ximénez y espirituosos, apoyo en las industrias auxiliares, tonelerías con intereses económicos en una y otra ciudad, aparte del factor humano. Lo digo por el capataz, mejor dicho, el bodeguero Juan Rodríguez, jerezano de nacimiento que, llamado por el Conde de la Cortina, actualizó de arriba abajo las Bodegas Alvear, haciéndola competitivas y modernas.
Por su significación especial, hay un eslabón más en esta cadena de afinidades. Alberto Orte Espejo, madrileño pero estrechamente ligado a Cádiz, es uno de los impulsores de la Compañía de Vinos del Atlántico. En él se condensa esta alianza de la que hablamos.
Sus antepasados (la saga Velasco Chacón) tuvieron prominente bodega en Montilla y él, ahora, al correr del tiempo, cría y defiende sus vinos desde Jerez, renovando con este fehaciente proceder su acendrada estirpe vinícola. Esto es lo que nos ha contado.
“Yo empiezo a trabajar en el mundo del vino en 1999, sobre todo en aspectos de distribución y ventas. Estudié Viticultura en la Universidad Politécnica de Madrid, y decido dar el paso a la elaboración de vinos en el año 2003 en distintas partes de España. Pero realmente mi primer contacto con el vino se produce siendo un adolescente, cuando tenía unos 14 años”.
“Fue entonces cuando hice mi primer viaje a Montilla, siendo consciente de la importancia y trascendencia del vino como identidad para este pueblo, el de mi familia materna. A través de mi abuela, Matilde Velasco Espejo, fui a trabajar en la vendimia con su hermano, Paco Velasco Espejo”.
“Y ahí es cuando empecé a trabajar, a tocar el mundo del vino y a probarlo, cosa que en ese momento no era algo tan cercano para mí. Esta es la raíz, en realidad, del proyecto de Jerez que empieza a establecerse en el año 2011, con la adquisición de viñedos y una bodega de vinos generosos con variedades autóctonas”.
La poderosa llamada de la tierra
Es decir, vemos que Alberto Orte sigue la pauta natural en estos casos: el apego a la tierra, la vendimia, el proceso de crianza y soleras, para desembocar en una adecuada comercialización, tal y como disponen los cánones. A esto, que forma parte de una herencia familiar compartida, Alberto añade su condición de enólogo, lo que le facilita un mayor y profundo conocimiento de los vinos.
“Lo que más me atrae, por encima de otras cuestiones, es todo lo referido al viñedo. Es lo que más me llama la atención: el trabajo en el viñedo y el resultado final, es decir, obtener una uva que sea sabrosa y gustosa, de donde se pueda lograr un vino con unas excelentes cualidades, un vino equilibrado y que produzca placer”.
En los últimos años, el negocio del vino se ha redimensionado. Ganan prestigio y predicamento las pequeñas explotaciones en las que todo está medido. Son los denominados "vinos de autor", que poseen características especiales. Tiradas limitadas y exclusivas que se apoyan en atractivos e innovadores diseños para su puesta en las enotiendas y demás puntos de venta. Es la línea que ha seguido Orte. Una experiencia excepcional y única de la cepa a la copa. Es el evangelio de una nueva generación de enólogos y bodegueros que se mueven con una premisa: lo pequeño es grande.
“Empezamos con poco menos de tres hectáreas en un campo madre de variedades autóctonas jerezanas. Y de ahí, año tras año, fuimos trabajando haciendo microvinificaciones y viendo el potencial de cada variedad, para ir sacando los vinos destinados al mercado con las máximas exigencias”.
“La buena acogida nos ha llevado a incrementar la superficie de viñedos, que ya supera las 20 hectáreas. Al fin y al cabo, se trata de ir viendo resultados a partir del trabajo en el campo. Trabajamos el ecológico con uva de calidad y con un concepto respetuoso de la viticultura con el medio ambiente, para hacer vinos que emocionen”.
En aquella primera experiencia en Montilla, cuando apenas era un muchacho, está la raíz de su actual proyecto. Se nutre de lo que vio en las antiguas Bodegas Velasco Chacón. Fue decisivo en su vida empresarial. Algo encontró aquí que lo conectó a sus antepasados, aquella familia que, procedente de Puente Genil, desplegó aquí una variada industria agropecuaria, de vinos y alcoholes.
“Recuerdo claramente que las primeras semanas que estuve allí coincidió con la Fiesta de la Vendimia. Empecé a probar y a descubrir lo que era un fino, un amontillado, un oloroso, un palo cortado… Y empecé a entender las diversas expresiones de los vinos generosos”.
“Andalucía tiene un hilo conductor en los vinos que pasa por Montilla y Jerez si hablamos de vinos generosos. Son dos modos de entender el vino muy parecidos. Desde aquel primer momento surgió un flechazo, porque son estos vinos generosos los que más aprecio”.
“Me gustó también el ambiente al comprobar directamente que la gente joven tomaba vinos en los bares y tabernas. Y, por supuesto, se bebía vino en el Casino Montillano, lo que me llevó a considerar el vino como una bebida muy especial. Ese fue el primer impacto al llegar a Montilla”.
Pero lo fundamental para Alberto Orte fue ir conociendo más a fondo la labor centenaria de Velasco Chacón en el negocio del vino. Hay, para él, una reverberación vinícola en su genética. A cada paso en su memoria reverdece una herencia inevitable. Es un legado en el que se entremezclan lo que aprendió de niño, lo que le han trasladado sus familiares y una absorbente pasión por la tierra, por alberos milenarios.
“Todo en mi familia gira alrededor del vino. Parece, para mí, un destino irrevocable. Es una historia muy interesante que recibo por todas partes, desde mis bisabuelos a mis tíos, primos y demás parientes. La de Miguel Velasco Chacón es una historia de crecimiento y de superación. Partió desde cero para convertirse en una firma de referencia en la zona. De igual manera, también me llamó mucho la atención todo lo concerniente a los viñedos familiares del Lagar de la Salud y que siempre promocionaba sus vinos con el origen de los viñedos. Otra cosa que se me quedó grabada es el sumo cuidado que se ponía en todas las labores de bodega”.
“Recuerdo la primera vez que cogí una venencia en la casa de mi tío Paco Velasco. Era una venencia de pelo de ballena con las iniciales de la bodega. Me contaron el enorme trabajo que hizo Miguel Velasco Espejo para modernizar las bodegas, adaptándolas a la última tecnología, toda la innovación disponible. Y, sobre todo, el exquisito cuidado que se ponía en la relación entre el campo, que siempre era lo primero, y la bodega. La viña era lo primordial y el origen de todo, y esto es un principio que yo he aplicado a mi propio negocio”.
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: J.P. BELLIDO / ALBERTO OTE
FOTOGRAFÍA: J.P. BELLIDO / ALBERTO OTE

















































