Julio Camba metió un catavinos en su equipaje literario cuando lo destinaron a Nueva York. Era la segunda vez que se medía a los rascacielos. Hasta a un trotamundos como él (más que librecambista en el solar del dólar, librepensador), le impresionó la verticalidad de la megalópolis. Estaba ante el altar de las finanzas, en la marmita del capitalismo.
La policía lo registró y solo le encontró ironías en la cartera, humor compasivo, a veces fiero. Contó lo que había a su alrededor en artículos breves y punzantes. Estaba en la patria de lo hecho en serie, en el cesto de metal de todo lo estandarizado e impersonal. En la depresión suicida de 1929.
Siendo gallego y viajado, Camba, que reunió sus crónicas y observaciones en el libro La ciudad automática, sintió predilección por un solo vino, el único que menciona al hacer recuento de su estancia en la metrópolis. Lo hace al comparar ritmos de vida tan opuestos como eran entonces los de Madrid y Nueva York, donde comer entre tantas prisas se tomaba como un asunto menor, un incordio digestivo.
“No es que los americanos no sepan cocinar. Es que no quieren hacerlo”, anota Camba, que contrapone a esto la costumbre española de no dar tregua al estómago con copiosos atracones, prácticamente sin descanso. “Y cuando el madrileño comienza a emanciparse de su almuerzo son ya las siete o las ocho de la tarde. La hora de cenar se aproxima y es preciso hacer un poco de apetito.
—Que me traigan un doble de cerveza y unos cangrejos – dice el madrileño.
O bien:
—Que me traigan un chatito de Montilla y un bocadillo de jamón…”.
Julio Camba coincidió en su segunda residencia en Nueva York con Federico García Lorca. A él se refiere sin nombrarlo al citar aquello de las estrellas que al poeta granadino le parecían anuncios luminosos. Contrasta el tono mordaz de Camba con el dramatismo de Lorca describiendo un lugar de óxido, fermento, tierra estremecida, donde el Hudson se emborracha, no de vino, sino de aceite. Sucio, infectado, hediondo y putrefacto líquido.
En Lorca, que retrató el vértigo, la aleación y el cieno de la macrourbe desangelada, mutan hasta las sirenas mitológicas. Ya no eran (mitad mujer, mitad pez), las que extraviaban a la tripulación cuando se escuchaban sus cánticos en plena navegación. Aquellas ninfas anfibias del relato de Homero habían pasado a ser el silbido mecánico de los trasatlánticos, el eco insomne de las fábricas humeantes.
Habían cambiado las escamas por el hierro fundido. Las sirenas de la antigüedad empezaron a cumplir otra función muy diferente con la voz alterada. Pasaban a ser un signo industrial, la bocina que llamaba a los trabajadores anunciando con su estruendo el comienzo de la jornada laboral. O el fin de ella.
La sirena de Bodegas Alvear era famosa en el barrio de las Casas Nuevas. Sonaba cuatro veces al día, por la mañana para la entrada, salida a la una y media, vuelta a las tres y fin de la jornada de trabajo a las seis y media de la tarde. Era el horario laboral de esta empresa, pero a la vez se acompasaba al comercial e incluso al del instituto Inca Garcilaso y al de otros centros escolares.
Ordenaba la vida doméstica de la vecindad, era la señal sonora que activaba hogares y tiendas. Y todo se accionaba desde la portería de Alvear. Allí estaba el botón que el capataz de la bodega se encargaba de pulsar a diario. Y entonces la vida se ponía en marcha.
Tiempo después, el control de aquel dispositivo sonoro capaz de escucharse a gran distancia gracias a un sistema de altavoces colocado en el lugar más elevado del gran depósito de agua, se trasladó hasta la Monumental, donde el capataz seguía siendo el encargado de hacerlo funcionar.
Esta sirena y las campanas (primero, en la airosa espadaña de la Iglesia chica en la ermita y, posteriormente, en la torre enladrillada de la Parroquia de la Asunción) orientaban a un barrio entero. Repicaban para llamar a misa, a cultos, oficios, bodas y difuntos con el estrépito del bronce.
Convivieron sin estorbarse cada una en lo suyo, y así, de esta manera, representaban el equilibrio entre lo tradicional y lo moderno. Es más, en cierto modo, era una manera de representar el entendimiento y la conciliación entre la iglesia y el gremio de vinatería por medio de la Cofradía de Nuestra Señora la Virgen de las Viñas, cuyo primer hermano mayor fue Álvaro Alvear.
Llama la atención la red de afectos e influencia familiar que han llegado a establecer algunas familias del barrio con la saga Alvear. Un caso especial es el de los Alvaritos, tal y como me lo ha expresado mi amigo Antonio Álvaro Martín López Jiménez.
“Es una historia muy simple, pero curiosa. Y es que mi abuelo Francisco, el padre de mi padre, trabajaba para Álvaro Alvear, y le ayudó mucho en aquellos años de la posguerra; por ello, y en su honor, a uno de sus hijos le puso el nombre de Álvaro (mi padre), y le ayudó a estudiar, de ahí lo de maestro de obras. Además, Álvaro Alvear era director general de Protisa, una de las mayores constructoras de España, donde empezó a trabajar mi padre, recorriendo muchos sitios en diferentes obras, ciudades donde yo vivía con todos mis hermanos: Sevilla, La Coruña, Barcelona, donde nací yo y donde estuvimos viviendo bastantes años...”.
“Por esta razón, en mi familia hay bastantes Álvaros: mi padre, mi hermano, mi hijo… Incluso yo mismo llevo el nombre de Álvaro, estoy bautizado como Antonio Álvaro Martín López Jiménez… A la larga, mi padre se cansó de tantos viajes y mudanzas y prefirió establecerse definitivamente con su familia en Montilla”.
Al ulular, la sirena tenía algo de convocatoria general. Le daba un aspecto fabril a una sociedad agraria. Los obreros y oficinistas acudían a su son. Y cada mañana se repetía a pequeña escala la entrada y salida de la bodega, ordenadamente, como si allí estuviera Louis Lumière con su cámara para eternizar ese pulso proletario.
Era el desfile de los currelantes, uniformados como manda la regla estética de la bodega con su piel de sarga, que es un tejido áspero y resistente. Atuendo de arrumbadores. Los hacían en El Telar de Manuel Jiménez Velasco, que cortaba la tela siguiendo el patrón adecuado para esta ropa.
Después, con maña artesana, el paño pasaba sus hijos José Luis y Loli Jiménez, amiga mía desde la adolescencia, que se esmeraban dejándolo a punto. Estaban en buenas manos. Hacían pantalones y chaquetillas, monos en tonos grises. Prendas duras de trabajo tanto para los empleados de bodega como para los camioneros. De aquel taller de costura también salían las batas blancas que se destinaban al laboratorio.
En cuanto a estos uniformes, según recuerda Paco Hidalgo, “era la propia bodega la que se encargaba de entregarlos a la plantilla de trabajadores, al personal de bodega, no al de oficina, porque era una forma de mantener limpieza y de evitar que se estropease la ropa propia del trabajador realizando las duras faena de la bodega. Es algo, esto de la vestimenta laboral, que se sigue entregando en la actualidad”.
“En el caso del personal de oficina, lo que se hacía era canjear unos vales para compra de ropa. En aquella época, en el tránsito entre las décadas de los sesenta y setenta, se alcanzó un considerable número de empleados. Puede que la plantilla global de Alvear en Montilla entre personal de campo, bodega, oficina, etcétera, tuviera alrededor de 130 personas.
Esta cantidad de operarios se ampliaba considerablemente en la temporada de cosecha, con varios lagares funcionando a la vez, tanto en el pueblo como en el campo. Para muchos jóvenes, apenas unos muchachos, suponían una oportunidad de ganar suficiente dinero para emplearlo en sus estudios universitarios.
Así se sacó la carrera de Biología (licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Córdoba) mi querido amigo José Miguel Osuna Castro. Trabajó ocho meses de septiembre, desde los 15 a los 23 años. Empezó siendo un adolescente y acabó titulado.
Él siempre estuvo en las instalaciones del barrio, me cuenta: “Una semana en turno de día y otra de noche, en periodos agotadores de 12 horas. Los últimos años me los pasé manipulando esas máquinas con un tambor giratorio que presionaban los racimos de uva contra las paredes para sacarle todo su jugo”. Estuvo a punto de acompañarlo Miguel Rueda Márquez, al que le propusieron entrar también en la lagareta, pero ya estaba comprometido con Montulia para realizar esta idéntica tarea de moler la uva.
A lo largo de un interminable mes, José Miguel desaparecía, parecía evaporarse entre el vaho de los mostos. Yo lo veía entrar a la bodega con su rostro alegre, a pesar de la fatigosa faena que le esperaba allí dentro. A Herr Dudda (nuestro ya entrañable señor Dudda) todo aquel ajetreo vendimiario le trae aromas remotos, el ambiente especial de aquellos años en los que se mataba el gusanillo con Machaco de Rute, de madrugada aún, antes de las claras del día, en el quiosco del parque, en la legendaria Incubadora, antes de subir con las mulas a vendimiar a Las Puentes.
Parafraseando un contundente lema del momento, sin dudar, Alvear dio trabajo innumerable, temporal o estable, pero se chocaba con una realidad que era difícil de ocultar: el convenio colectivo de este sector era tradicionalmente bajo, insuficiente, lo que se trataba de remediar con otro tipo de medidas particulares, sin las que era difícil llegar a fin de mes. Y, para subsistir, no eran pocos los que se veían abocados al pluriempleo. No quedaban horas libres en el día. El ocio era como una maldición, algo improductivo.
“Aparte, hay una cosa curiosa de aquella época en cuanto a prestaciones sociales, que era una caja de ayuda para necesidades especiales”, recuerda Paco Hidalgo. “Todos colaborábamos con un porcentaje pequeño de la nómina y el resto lo ponía la empresa, y esta bolsa económica servía para ayudar a modo de beca a los empleados para que sus hijos pudiesen estudiar, hacer un gasto extraordinario cuando había necesidad de gafas o cualquier otra clase de gastos fuera de lo corriente. Esto lo creo un tío mío, Salvador Madrid-Salvador Benítez, que era el asistente personal del conde de la Cortina y, a la vez, director administrativo de la bodega durante muchísimos años”.
Era el sello benefactor de Francisco de Alvear y Gómez de la Cortina. Modernizó las estructuras de sus empresas aplicando al mismo tiempo un tono paternalista y protector. La omnipresencia del patriarcado. Y dentro de esa política en la que el dueño del negocio se comportaba como un padre de familia, queriendo evitar así toda tensión social, era tradición celebrar una jornada de convivencia entre empleados y señores al término de la Semana Santa. Cada domingo de Resurrección, la bodega acogía un banquete compartido, pero también actividades deportivas y lúdicas.
Para ese almuerzo jubiloso tras la pasión y muerte de Jesucristo se preparaba un pan especial. Eran unas roscas típicas y diferentes para esta fiesta que se envolvían en delicado papel de viena, blanco y timbrado con el rótulo del horno.
Era un pan específico con un toque de distinción, una pieza artesana como todo lo que siempre se ha hecho en el horno de Manolo Bellido y Carmeli Mora, que llevaban a gala esto de ser proveedores de Alvear. Pan de etiqueta, en el que se amalgamaba lo señorial y lo menestral.
“De las roscas tengo yo un gran recuerdo”, me cuenta Paco Hidalgo. “Estaba deseando que llegase este día para llevármelas después a casa, porque las que sobraban iban directamente a los domicilios de los trabajadores, para disfrutarlas después más tranquilamente. Yo ingresé en Alvear en 1966 y ya entonces se hacía esta convivencia. Era un día muy entrañable para el personal que se entregaba de una manera absoluta a la empresa, había una gran camaradería, se hacía un campeonato de fútbol y en los equipos participaba la familia Alvear, Bosco, José Ramón, Fernando… Es decir, que había empleados y jefes mezclados en distintos equipos”.
Partido del Domingo Resurrección: Personal de bodega contra oficina y jefes. Alineación: Luis Jiménez, Luis Herrador, Juan Comino,
José Lozano, Agustín Ruz, Miguel Córdoba, Jordano, Paquillo Moreno, Antonio Polo y Francisco Jordano.
“También se hacía competiciones de baloncesto, se dividían los equipos entre gente de bodega y de oficina… Era un día muy completo, porque hubo años en los que participaban la familia entera, no solo los empleados, las mujeres, los hijos, y se montaban cacharritos feriales para diversión de los más pequeños; incluso un año se contrató una vaquilla: era muy interesante”.
Alvear está incrustado en el tuétano del barrio de El Gran Capitán. Hay unas casas bajas con su nombre, de una sola planta, que están pegadas a los terrenos de la bodega en el Canillo. Y en el callejero también habita esta saga tricentenaria.
Además, a su alrededor, estaban, y ahí siguen en pie o ligeramente modificados, los domicilios de algunos de los transportistas que llevaban botellas y bocoyes de una punta a otra de España. Algunos tenían el camión en propiedad, otros trabajaban para empresas auxiliares, o formaban parte directa de la plantilla.
Es preciso que su memoria no quede en el olvido, en el desguace de lo inservible: Andrés Caubera, Rafael Ponferrada, Rafael Espejo —que venía de trabajar con Paco Gil—, José Ruz –que tenía su propio vehículo, igual que Rafael Pérez—, Antonio Arce, Rafael Castro o que Juan El Guajiro y Manolín Feria, que aparcaba su Pegaso cerca de piso en un recodo frente a la Parroquia nueva. Para los chiquillos de entonces, que nos resguardábamos bajo su pesada estructura metálica, a la vera de su carrocería, era como un cielo protector. A su cobijo nos sentíamos a salvo.
Envejecieron sus motores en aquellas maltrechas carreteras, con más de un millón de vueltas en el cuentakilómetros. Algunos de ellos hacían rutas en pareja, con semanas enteras que se pasaban alejados de sus casas entre Madrid, Bilbao, Valencia y Barcelona. Les pagaban algo más de tres céntimos por kilómetro.
En esas cabinas, junto a estos conductores legendarios, también viajamos alguna vez Antonio López Hidalgo y yo cuando éramos unos aprendices de periodistas en Madrid. Otras veces aprovechábamos algún desplazamiento de los camiones de Transportes Victoria para llegar a nuestro destino. Pero lo más frecuente era que hiciéramos el trayecto en el Renault 5 de Antonio Pareja, que llevaba la delegación de Bodegas Montulia en Madrid. Incluso la de Cruz Conde nos vio aparecer alguna vez por sus dependencias.
Nuestra pensión (una Residencia-Academia de Estudiantes como pomposamente le llamaba su decrépito director y dueño) estaba en la calle Andrés Mellado, casi lindando con Cea Bermúdez, a solo unos pasos de un lugar estratégico para aprovisionarnos de víveres y de dinero que nos enviaban desde Montilla cada vez que estábamos apurados. Bastaba doblar la esquina para llegar a la delegación de Alvear en los Madriles. Y ahí se acababa el problema.
Era de gran ayuda que Felipe López Raya, padre de Antonio, formara parte de la nómina de esta bodega. Era un insigne componente del negociado de oficina, algo así como el ala noble de la empresa con sus modernos bufetes y con aire acondicionado, nada menos. Menudo avance.
Rafael Navarro tiene una imagen distinguida de Felipe López, primero con sus manguitos para evitar borrones y salpicaduras de tinta. Tenía una caligrafía primorosa al cerrar el estadillo y los asientos de las cuentas de la empresa. Felipe, como sus compañeros, gozaba de una proverbial limpieza. Eran eficaces y admirados. Él, y otros, nos allanaron el camino a Madrid. Y no fuimos los únicos que nos beneficiamos de esta mensajería, de este providencial correo vinatero.
Eran delegaciones que también eran un poco embajadas locales del pueblo en Madrid, servían de unión con montillanos ausentes; la delegación, en este sentido, era como un centro abierto de recogida de paquetes de la familia. Era muy habitual que se usase como una especie de cosario para el envío y recepción de pequeños encargos entre Montilla y Madrid, aprovechando el servicio de transportes de Alvear.
“La oficina comercial de Alvear en Madrid —recuerda Paco Hidalgo— se abriría a finales de los sesenta. Al principio estuvo al frente de ella una señora con la que contactó el entonces director comercial de la bodega, que era Jaime Oca. Él también era de Madrid y, por eso mismo, se encargó personalmente de organizar la delegación en la capital de España. Esa etapa inicial fue relativamente corta: duraría unos seis años, aproximadamente”.
“A partir de ahí varió la orientación de aquel despacho sucursal con la llegada a la dirección comercial de Francisco García Nieto, junto al que colaboró José Luis Portero en la bodega, una persona conceptuada como muy comercial y buen gestor, por lo que se le ofreció la supervisión de la delegación de Madrid: estuvo al frente de ella hasta que se jubiló. Estaba situada en el número 60 de la calle Joaquín María López, en el barrio de Argüelles–Moncloa”.
Grupo de jóvenes empleados de Bodegas Alvear.
“Inicialmente tenía mucha mercancía que llegaba hasta allí con nuestros transportes. Tenía un almacén pequeñito, pero suficiente para efectuar el reparto y atender toda la demanda de vino en el centro y los barrios de Madrid. Pero llegó un momento en que hubo que cambiar la logística de esta delegación porque pasamos a vender nuestros vinos a través de las grandes superficies, lo que facilitaba y agilizaba el contacto directo con el consumidor”.
“Nombramos un distribuidor para que atendiese todos los pedidos a través de estas redes comerciales. Todas estas ventas las controlaba José Luis Portero desde el despacho de Joaquín María López, que seguía abierto. Esa fue la evolución. Al comienzo teníamos nuestros propios medios: camiones para transportar el vino, furgonetas de reparto en Madrid y vendedores que recorrían las distintas zonas de ventas de la capital con nuestros propios vehículos”.
“Todo se facturaba desde allí, no desde Montilla: estaba descentralizada esta gestión con capacidad propia, porque era muy complicado controlarlo desde la central en el pueblo, y al final se optó por esta forma autónoma, como así también se hizo con otras delegaciones nuestras en Barcelona y Canarias”.
“Una de las personas que colaboró con José Luis Portero en la delegación fue Manuel Rubio, el padre del dramaturgo y actor Juan Carlos Rubio. Le echó una mano importante y estuvo como apoyo en la delegación hasta que se decidió el cierre. Durante mucho tiempo, Manuel se quedó de enlace con los distribuidores que habíamos nombrado cuando se decidió el cierre de la sucursal. Fue una persona importante en el funcionamiento eficaz de la delegación”.
La policía lo registró y solo le encontró ironías en la cartera, humor compasivo, a veces fiero. Contó lo que había a su alrededor en artículos breves y punzantes. Estaba en la patria de lo hecho en serie, en el cesto de metal de todo lo estandarizado e impersonal. En la depresión suicida de 1929.
Siendo gallego y viajado, Camba, que reunió sus crónicas y observaciones en el libro La ciudad automática, sintió predilección por un solo vino, el único que menciona al hacer recuento de su estancia en la metrópolis. Lo hace al comparar ritmos de vida tan opuestos como eran entonces los de Madrid y Nueva York, donde comer entre tantas prisas se tomaba como un asunto menor, un incordio digestivo.
“No es que los americanos no sepan cocinar. Es que no quieren hacerlo”, anota Camba, que contrapone a esto la costumbre española de no dar tregua al estómago con copiosos atracones, prácticamente sin descanso. “Y cuando el madrileño comienza a emanciparse de su almuerzo son ya las siete o las ocho de la tarde. La hora de cenar se aproxima y es preciso hacer un poco de apetito.
—Que me traigan un doble de cerveza y unos cangrejos – dice el madrileño.
O bien:
—Que me traigan un chatito de Montilla y un bocadillo de jamón…”.
Julio Camba coincidió en su segunda residencia en Nueva York con Federico García Lorca. A él se refiere sin nombrarlo al citar aquello de las estrellas que al poeta granadino le parecían anuncios luminosos. Contrasta el tono mordaz de Camba con el dramatismo de Lorca describiendo un lugar de óxido, fermento, tierra estremecida, donde el Hudson se emborracha, no de vino, sino de aceite. Sucio, infectado, hediondo y putrefacto líquido.
En Lorca, que retrató el vértigo, la aleación y el cieno de la macrourbe desangelada, mutan hasta las sirenas mitológicas. Ya no eran (mitad mujer, mitad pez), las que extraviaban a la tripulación cuando se escuchaban sus cánticos en plena navegación. Aquellas ninfas anfibias del relato de Homero habían pasado a ser el silbido mecánico de los trasatlánticos, el eco insomne de las fábricas humeantes.
Habían cambiado las escamas por el hierro fundido. Las sirenas de la antigüedad empezaron a cumplir otra función muy diferente con la voz alterada. Pasaban a ser un signo industrial, la bocina que llamaba a los trabajadores anunciando con su estruendo el comienzo de la jornada laboral. O el fin de ella.
La sirena de Bodegas Alvear era famosa en el barrio de las Casas Nuevas. Sonaba cuatro veces al día, por la mañana para la entrada, salida a la una y media, vuelta a las tres y fin de la jornada de trabajo a las seis y media de la tarde. Era el horario laboral de esta empresa, pero a la vez se acompasaba al comercial e incluso al del instituto Inca Garcilaso y al de otros centros escolares.
Ordenaba la vida doméstica de la vecindad, era la señal sonora que activaba hogares y tiendas. Y todo se accionaba desde la portería de Alvear. Allí estaba el botón que el capataz de la bodega se encargaba de pulsar a diario. Y entonces la vida se ponía en marcha.
Tiempo después, el control de aquel dispositivo sonoro capaz de escucharse a gran distancia gracias a un sistema de altavoces colocado en el lugar más elevado del gran depósito de agua, se trasladó hasta la Monumental, donde el capataz seguía siendo el encargado de hacerlo funcionar.
Esta sirena y las campanas (primero, en la airosa espadaña de la Iglesia chica en la ermita y, posteriormente, en la torre enladrillada de la Parroquia de la Asunción) orientaban a un barrio entero. Repicaban para llamar a misa, a cultos, oficios, bodas y difuntos con el estrépito del bronce.
Convivieron sin estorbarse cada una en lo suyo, y así, de esta manera, representaban el equilibrio entre lo tradicional y lo moderno. Es más, en cierto modo, era una manera de representar el entendimiento y la conciliación entre la iglesia y el gremio de vinatería por medio de la Cofradía de Nuestra Señora la Virgen de las Viñas, cuyo primer hermano mayor fue Álvaro Alvear.
Ritos y devociones compartidos
Llama la atención la red de afectos e influencia familiar que han llegado a establecer algunas familias del barrio con la saga Alvear. Un caso especial es el de los Alvaritos, tal y como me lo ha expresado mi amigo Antonio Álvaro Martín López Jiménez.
“Es una historia muy simple, pero curiosa. Y es que mi abuelo Francisco, el padre de mi padre, trabajaba para Álvaro Alvear, y le ayudó mucho en aquellos años de la posguerra; por ello, y en su honor, a uno de sus hijos le puso el nombre de Álvaro (mi padre), y le ayudó a estudiar, de ahí lo de maestro de obras. Además, Álvaro Alvear era director general de Protisa, una de las mayores constructoras de España, donde empezó a trabajar mi padre, recorriendo muchos sitios en diferentes obras, ciudades donde yo vivía con todos mis hermanos: Sevilla, La Coruña, Barcelona, donde nací yo y donde estuvimos viviendo bastantes años...”.
“Por esta razón, en mi familia hay bastantes Álvaros: mi padre, mi hermano, mi hijo… Incluso yo mismo llevo el nombre de Álvaro, estoy bautizado como Antonio Álvaro Martín López Jiménez… A la larga, mi padre se cansó de tantos viajes y mudanzas y prefirió establecerse definitivamente con su familia en Montilla”.
Al ulular, la sirena tenía algo de convocatoria general. Le daba un aspecto fabril a una sociedad agraria. Los obreros y oficinistas acudían a su son. Y cada mañana se repetía a pequeña escala la entrada y salida de la bodega, ordenadamente, como si allí estuviera Louis Lumière con su cámara para eternizar ese pulso proletario.
Era el desfile de los currelantes, uniformados como manda la regla estética de la bodega con su piel de sarga, que es un tejido áspero y resistente. Atuendo de arrumbadores. Los hacían en El Telar de Manuel Jiménez Velasco, que cortaba la tela siguiendo el patrón adecuado para esta ropa.
Después, con maña artesana, el paño pasaba sus hijos José Luis y Loli Jiménez, amiga mía desde la adolescencia, que se esmeraban dejándolo a punto. Estaban en buenas manos. Hacían pantalones y chaquetillas, monos en tonos grises. Prendas duras de trabajo tanto para los empleados de bodega como para los camioneros. De aquel taller de costura también salían las batas blancas que se destinaban al laboratorio.
En cuanto a estos uniformes, según recuerda Paco Hidalgo, “era la propia bodega la que se encargaba de entregarlos a la plantilla de trabajadores, al personal de bodega, no al de oficina, porque era una forma de mantener limpieza y de evitar que se estropease la ropa propia del trabajador realizando las duras faena de la bodega. Es algo, esto de la vestimenta laboral, que se sigue entregando en la actualidad”.
“En el caso del personal de oficina, lo que se hacía era canjear unos vales para compra de ropa. En aquella época, en el tránsito entre las décadas de los sesenta y setenta, se alcanzó un considerable número de empleados. Puede que la plantilla global de Alvear en Montilla entre personal de campo, bodega, oficina, etcétera, tuviera alrededor de 130 personas.
Esta cantidad de operarios se ampliaba considerablemente en la temporada de cosecha, con varios lagares funcionando a la vez, tanto en el pueblo como en el campo. Para muchos jóvenes, apenas unos muchachos, suponían una oportunidad de ganar suficiente dinero para emplearlo en sus estudios universitarios.
Así se sacó la carrera de Biología (licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Córdoba) mi querido amigo José Miguel Osuna Castro. Trabajó ocho meses de septiembre, desde los 15 a los 23 años. Empezó siendo un adolescente y acabó titulado.
Él siempre estuvo en las instalaciones del barrio, me cuenta: “Una semana en turno de día y otra de noche, en periodos agotadores de 12 horas. Los últimos años me los pasé manipulando esas máquinas con un tambor giratorio que presionaban los racimos de uva contra las paredes para sacarle todo su jugo”. Estuvo a punto de acompañarlo Miguel Rueda Márquez, al que le propusieron entrar también en la lagareta, pero ya estaba comprometido con Montulia para realizar esta idéntica tarea de moler la uva.
A lo largo de un interminable mes, José Miguel desaparecía, parecía evaporarse entre el vaho de los mostos. Yo lo veía entrar a la bodega con su rostro alegre, a pesar de la fatigosa faena que le esperaba allí dentro. A Herr Dudda (nuestro ya entrañable señor Dudda) todo aquel ajetreo vendimiario le trae aromas remotos, el ambiente especial de aquellos años en los que se mataba el gusanillo con Machaco de Rute, de madrugada aún, antes de las claras del día, en el quiosco del parque, en la legendaria Incubadora, antes de subir con las mulas a vendimiar a Las Puentes.
Ayudar al prójimo
Parafraseando un contundente lema del momento, sin dudar, Alvear dio trabajo innumerable, temporal o estable, pero se chocaba con una realidad que era difícil de ocultar: el convenio colectivo de este sector era tradicionalmente bajo, insuficiente, lo que se trataba de remediar con otro tipo de medidas particulares, sin las que era difícil llegar a fin de mes. Y, para subsistir, no eran pocos los que se veían abocados al pluriempleo. No quedaban horas libres en el día. El ocio era como una maldición, algo improductivo.
“Aparte, hay una cosa curiosa de aquella época en cuanto a prestaciones sociales, que era una caja de ayuda para necesidades especiales”, recuerda Paco Hidalgo. “Todos colaborábamos con un porcentaje pequeño de la nómina y el resto lo ponía la empresa, y esta bolsa económica servía para ayudar a modo de beca a los empleados para que sus hijos pudiesen estudiar, hacer un gasto extraordinario cuando había necesidad de gafas o cualquier otra clase de gastos fuera de lo corriente. Esto lo creo un tío mío, Salvador Madrid-Salvador Benítez, que era el asistente personal del conde de la Cortina y, a la vez, director administrativo de la bodega durante muchísimos años”.
Era el sello benefactor de Francisco de Alvear y Gómez de la Cortina. Modernizó las estructuras de sus empresas aplicando al mismo tiempo un tono paternalista y protector. La omnipresencia del patriarcado. Y dentro de esa política en la que el dueño del negocio se comportaba como un padre de familia, queriendo evitar así toda tensión social, era tradición celebrar una jornada de convivencia entre empleados y señores al término de la Semana Santa. Cada domingo de Resurrección, la bodega acogía un banquete compartido, pero también actividades deportivas y lúdicas.
Para ese almuerzo jubiloso tras la pasión y muerte de Jesucristo se preparaba un pan especial. Eran unas roscas típicas y diferentes para esta fiesta que se envolvían en delicado papel de viena, blanco y timbrado con el rótulo del horno.
Era un pan específico con un toque de distinción, una pieza artesana como todo lo que siempre se ha hecho en el horno de Manolo Bellido y Carmeli Mora, que llevaban a gala esto de ser proveedores de Alvear. Pan de etiqueta, en el que se amalgamaba lo señorial y lo menestral.
“De las roscas tengo yo un gran recuerdo”, me cuenta Paco Hidalgo. “Estaba deseando que llegase este día para llevármelas después a casa, porque las que sobraban iban directamente a los domicilios de los trabajadores, para disfrutarlas después más tranquilamente. Yo ingresé en Alvear en 1966 y ya entonces se hacía esta convivencia. Era un día muy entrañable para el personal que se entregaba de una manera absoluta a la empresa, había una gran camaradería, se hacía un campeonato de fútbol y en los equipos participaba la familia Alvear, Bosco, José Ramón, Fernando… Es decir, que había empleados y jefes mezclados en distintos equipos”.
José Lozano, Agustín Ruz, Miguel Córdoba, Jordano, Paquillo Moreno, Antonio Polo y Francisco Jordano.
“También se hacía competiciones de baloncesto, se dividían los equipos entre gente de bodega y de oficina… Era un día muy completo, porque hubo años en los que participaban la familia entera, no solo los empleados, las mujeres, los hijos, y se montaban cacharritos feriales para diversión de los más pequeños; incluso un año se contrató una vaquilla: era muy interesante”.
Alvear está incrustado en el tuétano del barrio de El Gran Capitán. Hay unas casas bajas con su nombre, de una sola planta, que están pegadas a los terrenos de la bodega en el Canillo. Y en el callejero también habita esta saga tricentenaria.
Además, a su alrededor, estaban, y ahí siguen en pie o ligeramente modificados, los domicilios de algunos de los transportistas que llevaban botellas y bocoyes de una punta a otra de España. Algunos tenían el camión en propiedad, otros trabajaban para empresas auxiliares, o formaban parte directa de la plantilla.
Precaución, amigo conductor
Es preciso que su memoria no quede en el olvido, en el desguace de lo inservible: Andrés Caubera, Rafael Ponferrada, Rafael Espejo —que venía de trabajar con Paco Gil—, José Ruz –que tenía su propio vehículo, igual que Rafael Pérez—, Antonio Arce, Rafael Castro o que Juan El Guajiro y Manolín Feria, que aparcaba su Pegaso cerca de piso en un recodo frente a la Parroquia nueva. Para los chiquillos de entonces, que nos resguardábamos bajo su pesada estructura metálica, a la vera de su carrocería, era como un cielo protector. A su cobijo nos sentíamos a salvo.
Envejecieron sus motores en aquellas maltrechas carreteras, con más de un millón de vueltas en el cuentakilómetros. Algunos de ellos hacían rutas en pareja, con semanas enteras que se pasaban alejados de sus casas entre Madrid, Bilbao, Valencia y Barcelona. Les pagaban algo más de tres céntimos por kilómetro.
En esas cabinas, junto a estos conductores legendarios, también viajamos alguna vez Antonio López Hidalgo y yo cuando éramos unos aprendices de periodistas en Madrid. Otras veces aprovechábamos algún desplazamiento de los camiones de Transportes Victoria para llegar a nuestro destino. Pero lo más frecuente era que hiciéramos el trayecto en el Renault 5 de Antonio Pareja, que llevaba la delegación de Bodegas Montulia en Madrid. Incluso la de Cruz Conde nos vio aparecer alguna vez por sus dependencias.
Nuestra pensión (una Residencia-Academia de Estudiantes como pomposamente le llamaba su decrépito director y dueño) estaba en la calle Andrés Mellado, casi lindando con Cea Bermúdez, a solo unos pasos de un lugar estratégico para aprovisionarnos de víveres y de dinero que nos enviaban desde Montilla cada vez que estábamos apurados. Bastaba doblar la esquina para llegar a la delegación de Alvear en los Madriles. Y ahí se acababa el problema.
Era de gran ayuda que Felipe López Raya, padre de Antonio, formara parte de la nómina de esta bodega. Era un insigne componente del negociado de oficina, algo así como el ala noble de la empresa con sus modernos bufetes y con aire acondicionado, nada menos. Menudo avance.
Rafael Navarro tiene una imagen distinguida de Felipe López, primero con sus manguitos para evitar borrones y salpicaduras de tinta. Tenía una caligrafía primorosa al cerrar el estadillo y los asientos de las cuentas de la empresa. Felipe, como sus compañeros, gozaba de una proverbial limpieza. Eran eficaces y admirados. Él, y otros, nos allanaron el camino a Madrid. Y no fuimos los únicos que nos beneficiamos de esta mensajería, de este providencial correo vinatero.
Eran delegaciones que también eran un poco embajadas locales del pueblo en Madrid, servían de unión con montillanos ausentes; la delegación, en este sentido, era como un centro abierto de recogida de paquetes de la familia. Era muy habitual que se usase como una especie de cosario para el envío y recepción de pequeños encargos entre Montilla y Madrid, aprovechando el servicio de transportes de Alvear.
“La oficina comercial de Alvear en Madrid —recuerda Paco Hidalgo— se abriría a finales de los sesenta. Al principio estuvo al frente de ella una señora con la que contactó el entonces director comercial de la bodega, que era Jaime Oca. Él también era de Madrid y, por eso mismo, se encargó personalmente de organizar la delegación en la capital de España. Esa etapa inicial fue relativamente corta: duraría unos seis años, aproximadamente”.
“A partir de ahí varió la orientación de aquel despacho sucursal con la llegada a la dirección comercial de Francisco García Nieto, junto al que colaboró José Luis Portero en la bodega, una persona conceptuada como muy comercial y buen gestor, por lo que se le ofreció la supervisión de la delegación de Madrid: estuvo al frente de ella hasta que se jubiló. Estaba situada en el número 60 de la calle Joaquín María López, en el barrio de Argüelles–Moncloa”.
“Inicialmente tenía mucha mercancía que llegaba hasta allí con nuestros transportes. Tenía un almacén pequeñito, pero suficiente para efectuar el reparto y atender toda la demanda de vino en el centro y los barrios de Madrid. Pero llegó un momento en que hubo que cambiar la logística de esta delegación porque pasamos a vender nuestros vinos a través de las grandes superficies, lo que facilitaba y agilizaba el contacto directo con el consumidor”.
“Nombramos un distribuidor para que atendiese todos los pedidos a través de estas redes comerciales. Todas estas ventas las controlaba José Luis Portero desde el despacho de Joaquín María López, que seguía abierto. Esa fue la evolución. Al comienzo teníamos nuestros propios medios: camiones para transportar el vino, furgonetas de reparto en Madrid y vendedores que recorrían las distintas zonas de ventas de la capital con nuestros propios vehículos”.
“Todo se facturaba desde allí, no desde Montilla: estaba descentralizada esta gestión con capacidad propia, porque era muy complicado controlarlo desde la central en el pueblo, y al final se optó por esta forma autónoma, como así también se hizo con otras delegaciones nuestras en Barcelona y Canarias”.
“Una de las personas que colaboró con José Luis Portero en la delegación fue Manuel Rubio, el padre del dramaturgo y actor Juan Carlos Rubio. Le echó una mano importante y estuvo como apoyo en la delegación hasta que se decidió el cierre. Durante mucho tiempo, Manuel se quedó de enlace con los distribuidores que habíamos nombrado cuando se decidió el cierre de la sucursal. Fue una persona importante en el funcionamiento eficaz de la delegación”.
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: FUNDACIÓN ALVEAR / JOSÉ ANTONIO AGUILAR
FOTOGRAFÍA: FUNDACIÓN ALVEAR / JOSÉ ANTONIO AGUILAR


















































