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Antonio López Hidalgo | El tiempo y los sueños (X)

El hombre mira a la mujer que está sentada a su lado en un banco del parque. Mientras la observa, piensa que la vida es caprichosa y sorpresiva, sinuosa y sugerente. Hasta el momento en que la encontró allí sentada, la imaginó como era y como nunca fue, le modificó los ademanes a su antojo, le inventó un pasado que nunca vivió, le puso en los labios media sonrisa que le infantilizaba y en los ojos una mirada tierna que siempre soñó.


Pero nada más conocerla, la aceptó tal como era. No tenía una belleza de infarto, pero sí un atractivo diferente a otras mujeres que había conocido. Soñó con ella con una serenidad que nunca había sentido y al despertar se sintió liviano en su propio cuerpo.

Hasta la tarde, que era cuando iba al parque para ver ponerse el sol, logró sacarla de sus pensamientos. Dejó a un lado su vida pendiente y pensó si dar un giro a su monotonía diaria sería buen aliciente para esquivar el desasosiego.

Le había visto a esta mujer en su modo de andar un vacío interior que le desconcertada y que no le dejaba manejar con destreza sus encrucijadas más firmes. Comió sin hambre y después se vistió con una parsimonia calculada. Eligió una camisa clara y una chaqueta discreta hecha ya a sus formas.

Mientras caminaba en dirección al parque, supo que aquel día le cambiaría la vida. Ahora se sentía un impostor de sí mismo que había optado por dejar a un lado otra vida ya deshecha por las circunstancias. Cuando la vio sentada en el banco, sonrió con esa sensación de victoria de haber vencido en una guerra que todavía no había estallado.

No le preguntó el nombre. "Para qué", se dijo. Después escrutó sus ojos cansados, sus labios desconcertantes. Ella miraba las ramas altas de los árboles. O tal vez miraba el cielo todavía azul. "Hoy es un día distinto", dijo ella. Después le miró a él.

"Tú sabes que hay días que pueden alterar toda una vida", le dijo. Volvió a mirar un cielo que poco a poco se apagaba. Era el último día del año. Bastarían unas horas para que un nuevo día y un nuevo año abrieran las hojas del calendario. Atrás no solo quedaban 365 días de nefasto recuerdo sino un futuro de incierto pronóstico y de aun más difícil diagnóstico.

Se había ido ya la luz cuando le mujer le propuso pasear por las afueras de la ciudad. La noche era fría y clara. Durante un buen trecho ninguno pronunció palabra. Al rato ella se detuvo. "Pensé que nunca te iba a conocer", le dijo ella. "No quieres saber cómo era mi vida", le dijo, "por qué hoy vine a buscarte, qué hombre desató la ira que muerdo, la paz que no hallo".

"No me importa de dónde vengas", le dijo el hombre. "Solo me interesa la mujer que veo, la que existe ahora". El hombre quiso besarla, pero no se atrevió a romper el silencio que ella buscaba. La mujer se le acercó con paso decidido. "Bésame", le dijo, "y después acompáñame a casa". Mientras la besaba soñó que la estaba besando. A veces, la vida y los sueños se confunden inevitablemente.

La dejó a la puerta de la casa. Le hubiese gustado subir, haber compartido con ella la noche. Sin embargo, optó por callar la propuesta. Regresó solo y con la sensación de no haber acertado en su decisión última. Durmió con una pesadez cómoda que le devolvió el sentido común cuando amaneció.

El nuevo día le pareció más azul que el anterior. Por la tarde, de nuevo, iría al parque. Pensaba que la mujer también iría. Cuando llegó, se sentó en el mismo banco, abrió un libro y se sumió en una lectura liviana que le devolvió otros sueños más insolventes.

Cuando anocheció, cerró el libro, miró el banco en el que se sentó la muchacha la otra tarde. Se preguntó una sola vez por qué no había acudido a la cita. Después entendió que no habían quedado en nada, aunque él esperaba que ella hubiera aparecido con su presencia frágil de mujer sola. Sonrió, no supo por qué. Después comenzó a caminar sin rumbo, como había hecho toda su vida.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 1 de enero de 2012.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
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