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23 de noviembre de 2022

  • 23.11.22
Terminábamos el artículo anterior subrayando la importancia de las condiciones sociohistóricas en la visión singularizada de los colores. Pero, evidentemente, esos aprendizajes culturales se sobreponen a las características fisiológicas de la visión humana. Sin conocer sus peculiaridades, difícilmente podremos comprender las múltiples confusiones y ambigüedades que se producen al manejar colores o al hablar de ellos.


Los colores que vemos no son una propiedad de los objetos: el color es un atributo de nuestra experiencia visual. La hierba no es verde, el cielo no es azul y la sangre no es roja. Simplemente, los vemos con esos colores. Es nuestro cerebro el que genera los colores que creemos ver en las cosas.

Por supuesto que los distintos tonos y matices de color dependen de las propiedades físicas de los objetos y de cómo reaccionan ante la luz que en ellos se refleja, pero son nuestros ojos y cerebros los que construyen la sinfonía de colores en la que vivimos sumergidos.

De hecho, otros animales ven esos mismos objetos en otras gamas de colores distintas o no ven color en absoluto. Sus diferentes modos de ver se han ajustado a sus necesidades vitales como resultado de un largo proceso evolutivo.

Las abejas y los ofidios, por ejemplo, son capaces de captar visualmente ondas electromagnéticas a las que son insensibles los seres humanos; las abejas pueden ver radiaciones ultravioletas imperceptibles para nuestros ojos, mientras que otros organismos 'ven' las radiaciones infrarrojas que nosotros percibimos como calor. Las criaturas del arrecife emiten fluorescencias que utilizan para comunicarse. Y así, un largo etcétera.


Un ejemplo extremo lo tenemos en una especie de camarón (Rimicaris exoculata) que vive en el fondo del mar, cerca de corrientes hidrotermales, a muy alta temperatura. Posee en su superficie dorsal unos grandes órganos con fotorreceptores adaptados para detectar niveles bajos de energía radiada por los fluidos hidrotermales, en una longitud de onda totalmente fuera de nuestro campo visual. Queda claro, pues, que no hay una única forma de ver el mundo y sus colores, sino que cada especie 've' un mundo diferente acorde con su propia evolución filogenética.

En cuanto a la visión humana, puede ser interesante hacer algunas precisiones. Así, la máxima sensibilidad del ojo humano se produce para una longitud de onda de 550 nanómetros (nm), que corresponde al verde-amarillo, color que vemos más luminoso (brillante) que los demás. Desde esa longitud de onda central, los colores aparecen menos luminosos, a igual intensidad de la luz, según se van aproximando a los extremos rojo y violeta.


Como podemos observar en la imagen, los colores del espectro no incluyen toda la gama de colores que podemos percibir. No hay marrones, ni magentas, ya que estos colores no forman parte del espectro de la luz solar. Los magentas se obtienen combinando las radiaciones luminosas de los dos extremos (rojas y violetas) y variando la proporción relativa de ambas, se obtiene una gama completa de púrpuras.

#Los nombres de los colores definen distintas áreas del espectro visible y corresponden a una longitud de onda dominante en esa área. Aunque ya vimos en los dos artículos anteriores que en la práctica del uso de los nombres de los colores dista de ser algo totalmente preciso, tal y como puede comprobarse en la imagen junto a estas líneas.

En 1969 se comprobó por primera vez y de manera experimental que en la retina humana hay tres tipos de fotorreceptores (conos) con pigmentos (opsinas) sensibles a diferentes colores (longitudes de onda). Para tener una visión del color como la que poseemos, necesitamos tres tipos –y solo tres– de conos. Los distintos colores que percibimos son la consecuencia de la estimulación luminosa desigual de los tres tipos de conos.

Se suele denominar estos tres tipos de conos como azules, verdes y rojos. Pero esta denominación es un tanto engañosa ya que, en realidad, los picos de sensibilidad de estos tres tipos de conos se dan para longitudes de onda aproximadamente de 437, 533 y 564 nanómetros.


Como podemos comprobar en la imagen inmediatamente anterior, los conos “verdes” sí que tienen su máxima sensibilidad al verde, pero los conos “azules” la tienen al violeta, y los “rojos”, al amarillo-verde, aunque extendiendo su capacidad de respuesta hasta el rojo por un lado y hasta el cian por el otro.

Así que teniendo en cuenta únicamente las características de los fotorreceptores presentes en nuestras retinas, los colores primarios no serían azul, verde y rojo, sino que deberían ser violeta, verde y amarillo-verdoso. Pero difícilmente encaja esto con la idea de colores primarios puros a partir de los que generar el resto de colores. No obstante, sobre el tema de los colores primarios escribiremos más detenidamente en otro artículo.

JES JIMÉNEZ SEGURA

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