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7 de octubre de 2022

  • 7.10.22
Estoy convencido de que los que se decidan a leer Naturaleza sagrada (Barcelona, Planeta, Crítica, 2022), una importante obra de la ensayista británica Karen Armstrong, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2017, se sentirán sorprendidos, agradecidos y, sobre todo, esperanzados por la novedad y por la oportunidad de los valientes análisis que hace sobre la gravedad de los peligros con que todos estamos amenazados y por la originalidad de sus propuestas para que adquiramos conciencia de nuestra responsabilidad.


Gracias a las reiteradas informaciones científicas que recibimos por los diferentes canales de comunicación, todos conocemos las consecuencias graves que, para la naturaleza y para nosotros –los seres humanos–, se derivan del crecimiento de las emisiones de partículas, de la elevación de los niveles de contaminación y del aumento de los agujeros en la capa de ozono.

Hoy todos somos conscientes de que asistimos a unos cambios cada vez más rápidos y de que las temperaturas del globo y el nivel de los mares siguen subiendo a un ritmo alarmante. Y todos sabemos, además, que el cambio climático ha dejado de ser una inquietante posibilidad para convertirse en una realidad terrible como consecuencia de nuestra irresponsable actividad humana. Pero también es cierto que “no percibimos que estamos engarzados con nuestro entorno natural y que la enfermedad de la naturaleza determina nuestras dolencias humanas”. ¿Por qué?

La respuesta de Karen Armstrong es clara y categórica: “Aunque resulte esencial reducir las emisiones de carbono y prestar atención a las advertencias de los científicos, lo cierto es que no solo tenemos que aprender a actuar de otro modo, sino que también es imprescindible que concibamos de distinta manera el mundo natural”.

Debemos recuperar el sentimiento de veneración que siempre nos ha inspirado la naturaleza y que, durante miles de años, hemos cultivado con mimo los seres humanos. Sin esta “conciencia”, nuestra preocupación por el entorno natural será, simplemente, una mera emoción superficial.

Es cierto que cada vez nos estamos distanciando “progresivamente” de la naturaleza, pero, como la autora afirma, no es suficiente con que nos acerquemos físicamente, sino que, además, debemos modificar la totalidad de nuestro sistema de valoraciones y de creencias.

Si hemos saqueado la naturaleza tratándola como un recurso, es porque “en los últimos quinientos años hemos cultivado una cosmovisión muy distinta a la de nuestros antepasados”. No se trata de creer o no en una doctrina religiosa, sino de incorporar a nuestras vidas una serie de percepciones y de prácticas que, transformando nuestras mentes y nuestros corazones, cambien nuestro trato a la naturaleza.

Estoy de acuerdo en que es urgente que, para volver a vincularnos con aquellos lazos emocionales con los que convivíamos en y con la naturaleza, deberíamos aprender de esas culturas que, como la india o la china, concebían la naturaleza como una fuerza “sagrada”, como una realidad que es digna de ser respetada, amada y reverenciada.

Podríamos empezar acercándonos poco a poco para observarla atentamente, para escuchar los sonidos de los vientos, los movimientos de las nubes, la fluidez de los arroyos y para, como dice ella, “percibir la vida corriente que fluye en todas las cosas y las trenza en una armoniosa unidad”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

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