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DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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24 de septiembre de 2021

  • 24.9.21
A pesar de que el tiempo es una realidad continua que fluye sin necesidad de atravesar fronteras, su sucesión y su división en días y en noches, en semanas, en meses y en años nos ayudan para que revisemos nuestras personales trayectorias y reorientemos nuestros, a veces, despistados pasos.


Lo primero que se me ocurre al empezar este nuevo curso es reconocer que el presente y el futuro no lo improvisamos ni lo creamos de la nada sino que, en gran medida, lo hemos gestado en cada uno de los hechos realizados anteriormente. Cada uno de los pasos deja una huella en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu, en el cerebro y en las emociones.

Es así como se va formando lo que llamamos “carácter”, esa personal manera de pensar, de sentir y de hacer que “caracteriza” nuestra personalidad, ese estilo que impregna todas nuestras actitudes y nuestros comportamientos. Por eso decimos que lo que hacemos hoy condiciona lo que haremos mañana y, por eso, podemos afirmar que nuestra vida humana consiste en recoger, en saborear los frutos y en sembrar semillas.

Al empezar este nuevo curso nos encontramos con serios problemas generados por la pandemia del coronavirus. ¿Qué podemos hacer cada uno de nosotros? En esta ocasión, lo primero que se me viene a la cabeza es que, en vez de forjar sueños y fabricar ilusiones, pensemos, trabajemos, dialoguemos con seriedad y realismo.

Por lo pronto me conformo con evitar la tentación de hacer responsables únicos de todas nuestras desdichas al demonio, al sistema, a la globalización, al Gobierno o a la oposición. Se me ocurre que lo mínimo que podríamos hacer es que cada uno de nosotros nos preguntemos qué hemos aprendido tras considerar todos esos sufrimientos que en nosotros y en las personas más próximas ha causado la pandemia. A lo mejor hasta es posible que tengamos que cambiar de dirección algunos de nuestros pasos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

19 de septiembre de 2021

  • 19.9.21
Para superar la actual crisis sanitaria, económica y social es imprescindible que los políticos, los profesores, los creadores de opinión y también los demás ciudadanos seamos conscientes de nuestro papel de protagonistas en la búsqueda del bienestar personal y de la paz colectiva. Y es necesario que, previamente, tengamos unas ideas claras sobre las cuestiones básicas de nuestros comportamientos éticos.


Por esta razón adelanto mi valoración acerca de la obra titulada Ética cosmopolita, de Adela Cortina (Barcelona, Paidós, 2021), cuya importancia no reside solo en su oportunidad sino en la solidez de sus razonamientos, en la agudeza de sus exámenes y, además, en la validez de sus propuestas prácticas.

A mi juicio, Ética cosmopolita es un libro importante, profundo, documentado y útil. El punto de partida de la reflexión de la profesora Adela Cortina, Premio Nacional de Ensayo 2015 y autora del libro Aporofobia, es la constatación de la necesidad de una ética cosmopolita para poder enfrentar los actuales desafíos del mundo.

Tras señalar que la pandemia nos ha lanzado al mundo entero y a cada uno de nosotros el reto de considerar la conexión inseparable que existe entre la vida y la muerte, nos explica con claridad cómo esa dualidad determina –debería determinar– los principios, los criterios y las pautas que orienten la economía, la política, la sociedad, la cultura y la ética.

Desde sus primeras palabras nos advierte cómo la principal consecuencia de la pandemia del coronavirus debería ser la valoración de la vida humana y, por lo tanto, de la salud como un bien humano primordial. En estos momentos, los demás bienes como la ciencia, el arte, el trabajo, la diversión y, por supuesto, la economía, están o deberían estar al servicio de la defensa de la vida y de la conservación de la salud física y mental.

Este presupuesto deberían tenerlo muy en cuenta, al menos, los políticos de las diferentes ideologías y de los distintos ámbitos de la administración, sin perder de vista que el objeto y el objetivo de la economía es superar la escasez y, también, eliminar la pobreza.

La alternancia vida y muerte, y la constatación de la fragilidad y de la vulnerabilidad de las personas y de los países constituyen el punto de partida para el análisis de la importancia de todas las decisiones personales y de las normas dictadas por las instituciones políticas, jurídicas, económicas y sociales.

La toma de conciencia de nuestra insuficiencia y de nuestra interdependencia, tanto en el ámbito local como global, lleva a la autora a concluir que es imprescindible y urgente potenciar el trabajo conjunto de las ciencias, de las tecnociencias y de las humanidades.

No se trata, por tanto, de resolver el dilema entre la salud y la economía porque, como bien muestra y demuestra la autora, en la historia rara vez se presentan dilemas que exijan la elección de una de las dos opciones, sino de “reflexionar creativamente buscando soluciones”.

Dando por supuesto que el responsable de esta dolorosa situación es el virus, en la solución del problema debemos intervenir de manera responsable y coordinada los ciudadanos y las instituciones políticas y empresariales.

En esta grave situación no existe otra opción que poner al servicio de la salud las investigaciones científicas, los medios económicos y, por supuesto, las ideas, los objetivos y las estrategias políticas. Todos deberíamos tener claro que el enemigo común, el covid-19, es más poderoso que cada uno de nosotros por muy importantes, fuertes o listos que nos creamos.

Su maldad estará por encima de nuestras astucias estratégicas, de nuestros conocimientos científicos y de nuestros recursos económicos si no colaboramos todos de una manera lúcida, generosa y disciplinada. Y la profesora Cortina propone que, para combatirlo, se refuerce la Unión Europea y los vínculos que nos unen a Latinoamérica, que cuidemos la palabra para lograr una construcción ideológica de la realidad, que fomentemos una democracia radical mediante un entramado de la razón y de los sentimientos y que cultivemos una Ética cosmopolita apoyada en una justicia global.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

17 de septiembre de 2021

  • 17.9.21
Hoy deseo hablarles de El caso del señor Crump, un libro escrito por Ludwig Lewsohn y editado por Hermida Editores. En mi opinión, uno de los mayores alicientes de esta obra de ficción –publicada en París en 1924 y censurada en los Estados Unidos– es la eficacia con la que Ludwig Lewisohn (1882–1955) nos traslada a una realidad que, alejada de nosotros en el tiempo y en el espacio, nos descubre unos problemas que siguen siendo próximos y actuales.


La obra narra y analiza los conflictos de una familia cuyos miembros se mienten a sí mismos, aparentando falsas reconciliaciones y obligándose a representar escenas grotescas con la intención de transmitir la impresión de que están profundamente enamorados.

La realidad es que usan ese torpe teatro como un escudo ante los juicios familiares y sociales. El interesante relato constituye una invitación para que conozcamos las múltiples contradicciones en las que caen quienes, a pesar de no sintonizar con los modelos de vida de sus parejas, se engañan a sí mismos aparentando lo contrario de lo que piensan, sienten y viven.

Es una explicación clara, detallada –y, al mismo tiempo, profunda– gracias a los análisis psicológicos que, como es sabido, constituyen las herramientas narrativas tradicionales que están vigentes en la actualidad y que, además, gozan, de una aceptación generalizada entre los críticos y los lectores.

Los relatos de estos episodios, más que simples anécdotas, son exploraciones serias que, además de interesarnos, nos distraen, nos divierten y nos hacen pensar. Son análisis detallados de unas maneras opuestas de concebir y de vivir el tiempo, el espacio, el amor, la belleza, la verdad, la alegría, la salud, el trabajo, el ocio y la diversión.

Pero, a mi juicio, lo más valioso de estos relatos es la lucha baldía que libra el débil y sumiso protagonista, Herber, un exquisito compositor musical, contra su propia amargura al no poder superar situaciones angustiosas a pesar de sus permanentes esfuerzos por ignorar los ataques directos de la egoísta, desaprensiva y voraz Anne, una mujer mayor que él, “experimentada adicta al sexo”.

Valoro, sobre todo, el tino con el que Ludwig Lewisohn logra interesarnos, divertirnos y hacernos pensar, contrastando los opuestos modelos de mundo, las distintas concepciones de la vida y del bienestar humano. Resulta desoladora la conclusión a la que llega Herbert tras las continuas reflexiones sobre sus constantes renuncias, sus reiteradas derrotas y sus profundas humillaciones: “la irritación no arregla nada”.

Aunque había aprendido lentamente a no escuchar, a no permitir que sus emociones se despertaran con el fin de conservar, en cierta medida, la independencia de su vida interior, tuvo que aceptar que “era imposible mantener su mente cerrada”. Poco a poco, a medida en que su conocimiento se clarificaba, fue aumentando la vergüenza de que los demás se daban cuenta de que su destino era ridículo y absurdo.

A mi juicio, esta novela constituye no solo una guía orientadora para los escritores noveles, sino también una propuesta que proporciona pistas y pautas a los estudiosos, historiadores de las relaciones humanas, y a los críticos de los modelos aún vigentes de la bondad y del bienestar.

Los retratos de los personajes, los relatos de los episodios y las descripciones de los escenarios nos proporcionan claves para definir la filosofía de la vida que explica cada uno de los episodios y la interpretación de los principios y de los valores que definen al ser humano, a la familia y a la sociedad de entonces y de ahora.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

10 de septiembre de 2021

  • 10.9.21
Con mucho gusto, y de una manera muy breve, respondo a los amigos que solicitan mi opinión sobre la renuncia del obispo de Solsona, Xavier Novell, por haberse enamorado. En primer lugar, inicio mi argumento con una obviedad: el enamoramiento es un estado emocional, normal, bueno e irreprimible de los seres humanos.


El enamoramiento es un proceso biológico, mental y emocional independiente, en gran medida, de la voluntad. Es un estado de ánimo tan potente que cambia o puede cambiar nuestra visión de las cosas y nuestra interpretación de los episodios más comunes. Efectivamente puede alterar nuestros propósitos iniciales, nuestros planes y nuestras vidas. Nos ocurre, nos puede ocurrir a todos y a todas con independencia del sexo y, por supuesto, de nuestra profesión.

¿Por qué ha renunciado Xavier al episcopado? Por una razón exclusivamente disciplinar: por una norma impuesta, al menos hasta ahora, que exige el celibato para ejercer el ministerio sacerdotal. Ha hecho, simplemente, lo correcto. No ha sido ni el primero ni será el último de los presbíteros, de los religiosos y de los obispos que se han enamorado y han decidido renunciar al ejercicio del ministerio.

Me han dolido muchos de los comentarios despectivos que he escuchado y he leído durante estos últimos días. Creo que tanto Xavier como Silvia han sido tratados de una forma inhumana sin tener en cuenta uno de los derechos humanos más elementales como es el del respeto a la propia intimidad. La libertad de expresión se ha convertido en un derecho al insulto y a la falta de respeto. Lo menos que podemos pedir es que los respetemos y que los dejemos en paz.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

3 de septiembre de 2021

  • 3.9.21
Al cumplirse el decimosexto aniversario del fallecimiento del filósofo Mariano Peñalver, opino que sería oportuno recordar un concepto de su pensamiento que, en estos momentos, debería ser una base fundamental y un principio orientador de nuestros comportamientos personales, familiares, sociales, económicos y políticos. Él parte de un supuesto que, por ser elemental, no solemos tener en cuenta en nuestras relaciones humanas: cada uno de nosotros somos radicalmente insuficientes y, por lo tanto, necesitamos de los otros.


Si aceptáramos en la teoría y en la práctica esta obviedad, llegaríamos a la conclusión de que necesitamos “conocer y reconocer a los otros”, a los que son diferentes, a los que no coinciden con nuestros pensamientos, con nuestras emociones y con nuestras conductas.

Esta reflexión tan elemental y tan sencilla de entender implica que, por un lado, reconozcamos “lúcidamente” nuestra propia insuficiencia, nuestra personal debilidad, y que, por otro lado, valoremos “la riqueza del otro, es decir, que apreciemos lo que el otro posee, lo que yo no tengo y lo que necesito para seguir siendo yo”.

Mariano Peñalver era –es– un intelectual social que, por lo tanto, representa la síntesis entre las dos corrientes de la historia de la filosofía: la idealista y la realista. El pensamiento de Mariano Peñalver, dotado de una filosofía humanista sólida, profunda y articulada, nos sigue proporcionando unas ideas válidas para leer el mundo actual y para mirar hacia los diferentes caminos del actual horizonte, para interpretar los mapas del presente, y para trazar las rutas del futuro. Por un lado, era –es– un intelectual cabal y, por el otro, un ciudadano íntegro dotado de una exquisita sensibilidad social, comprometida y liberadora.

Ahí reside el fundamento de sus afirmaciones sobre la necesidad de comprender y de consentir con los que piensan y sienten de otra manera. Aunque nos moleste y nos limite, para colaborar con los otros en la construcción de un mundo más humano, es imprescindible que nos esforcemos mutuamente en conocernos y en reconocernos.

Por muy doloroso que nos resulte, la armonía familiar, social, económica y política no es posible sin la aceptación del poder de los otros sobre nosotros. En mi opinión, el mejor homenaje a la figura y a la obra de Mariano Peñalver, al cumplirse 16 años de su fallecimiento, sería releer y aplicar, entender y vivir estos principios sobre la convivencia humana.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

27 de agosto de 2021

  • 27.8.21
Os confieso –queridas amigas y amigos– que cada vez valoro más la importancia de las personas normales. Reconozco que admiro a los mártires, a los caudillos, a los héroes, a los santos, a los sabios, a los genios, a los líderes y, sobre todo, a los profetas pero –permitidme que os lo diga– cuando están lejos. Cuando los contemplo de cerca, muchos de ellos me asustan.


Creo que, a veces, son necesarios para dinamizar la sociedad, para despertarnos del letargo y de la apatía; son imprescindibles para mover nuestras conciencias, para defender los grandes principios y para fortalecer a los débiles.

Acepto que estos seres extraordinarios estimulan el seguimiento, la admiración, la imitación, la obediencia, la entrega y la devoción. Estoy convencido de que ellos son los que, en muchas ocasiones, nos sacan las castañas del fuego: las castañas de nuestros derechos, intereses, ideas y sentimientos; el fuego de la arbitrariedad, de la fuerza, de la habilidad, de la mentira o de la injusticia.

Pero, repito, los carismáticos, los fundamentalistas, los radicales, los perfectos, los puros y los puristas, los íntegros y los integristas me producen una profunda sensación de temor (y, también, de honda pena). Cuando escucho las proclamas en favor de la aristocracia espiritual, de la hidalguía intelectual y hasta de la nobleza de cuna, recuerdo lo que sufría Sebastián al pensar en aquellos que han trabajado para pagar los heroísmos del héroe.

“Me duelen –me decía– las muertes de quienes han derramado la sangre en las guerras del excelente; me entristecen las manchas de barro de quienes velan para que los puros sigan limpios; me apenan los sufrimientos de quienes son atormentados para proporcionar el placer de la finura a unos pocos afortunados aristócratas”.

Tengo un amigo a quien le hubiera gustado vivir en la Edad Media pero, por supuesto, no como simple siervo, colono o miembro de la gleba, sino como emperador, rey, marqués o conde. Si a los ricos los hacen los pobres, a las verdades llegamos por las sendas de los errores, y a la bondad por el camino de los defectos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

20 de agosto de 2021

  • 20.8.21
¿Saben que la palabra “verano” es una abreviación de la expresión latina veranum tempus, que significa el “tiempo primaveral”, y que abarcaba lo que hoy llamamos primavera, verano y otoño? Deriva de la palabra ver, veris, que quiere decir “primavera” y, metafóricamente, “juventud” o “primavera de la vida humana”.


Hasta el Siglo de Oro, en la Lengua Castellana se distinguió entre el “verano” y el “estío”. La primera palabra (“verano”) era el fin de la primavera y el principio del nuestro verano; y la segunda (“estío”, del latín aestivum tempus) el tiempo del calor y del fuego. El verano también se denomina “canícula” (diminutivo femenino de canis, que significa “perrita”, la forma de la estrella Sirio, visible durante esta época).

El tópico publicitario dice que, en la actualidad, el “verano” es la época de las vacaciones, el paréntesis de las tareas laborales, el tiempo del descanso y del ocio, la ocasión para el cambio de costumbres, de actividades, de vestidos, de comidas y de bebidas; el período en el que vivimos con mayor libertad, relajamos los horarios, el lenguaje, las convenciones y los comportamientos.

Durante el verano, los ciudadanos que gozan de tiempo libre están de vacaciones y los que poseen medios económicos suficientes ventilan las neuronas en la playa o en el monte, viven aventuras y multiplican sus diversiones; disfrutan con los amigos y con la familia; visitan a las personas que hace tiempo no veían, leen libros sin prisas, toman refrescos en las terrazas sin necesidad de cubrirse con las “rebequitas” o los abrigos, y acuden a fiestas sin pensar en exámenes ni en trabajos.

Otros, desgraciadamente, se ven obligados a trabajar para que los demás disfruten y, algunos, a pesar de la bajada del paro, proclamada a bombo y platillo por los medios de comunicación, permanecen en un desolador, angustioso y punzante descanso obligado.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

13 de agosto de 2021

  • 13.8.21
El verano constituye una oportunidad para disfrutar, esa aspiración universalmente ansiada y, a veces, difícil de satisfacer. En este tiempo podemos practicar con mayor libertad el disfrute de esas actividades que son necesarias para seguir vivos, como, por ejemplo, alimentarnos, hacer deporte y descansar.


En mi opinión también deberíamos aprovechar este tiempo para entrenar las sensaciones que nos proporcionan placer. Es posible que los prejuicios contra el disfrute sensorial estén determinados por aquella interpretación errónea de la ascética, ampliamente predicada durante los tres últimos siglos o, quizás, por una reacción generalizada provocada por la ubicua y agresiva publicidad consumista actual, pero el hecho cierto es que, en algunos ambientes, existe una seria resistencia a valorar positivamente el disfrute de los sentidos. Quizás por eso, cuando nos referimos a la sensibilidad, solemos definirla como una facultad despojada de sus sustanciales dimensiones corporales.

El verano es el tiempo propicio, además, para cultivar la amistad, esa relación afectiva que ha de estar presente en las diferentes etapas de la vida, es una necesidad y una fuente de beneficios de elevados valores terapéuticos y cuya importancia es vital, sobre todo, en la ancianidad. Los amigos son los que, por su proximidad y por su semejanza, mejor nos comprenden, aunque no tengamos que darles muchas explicaciones.

El verano nos proporciona nuevas oportunidades para disfrutar. Sí –queridas amigas y amigos– necesitamos no solo descansar sino, también, disfrutar para seguir caminando, para superar el conformismo y para progresar.

Todos, con independencia de la edad, de las creencias, de las posibilidades económicas e, incluso, del estado de salud, necesitamos disfrutar, gozar y deleitarnos para no desfallecer y para vencer el aburrimiento, esa desagradable sensación de desgana, de cansancio y de fastidio que nos produce la rutina.

Recordemos que la palabra “aburrir” procede del verbo latino “abhorrere” que significa tener aversión a algo, y que éste deriva de “horrere” que quiere decir “erizarse”, “ponerse los pelos de punta” a consecuencia del malestar corporal que producen las ideas, las palabras y las conductas desagradables. El aburrimiento –cuya expresión externa es el bostezo– tiene, efectivamente, algo o mucho de disgusto, de fastidio, de molestia y de hastío. Descansemos y disfrutemos para, por favor, no aburrirnos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ

6 de agosto de 2021

  • 6.8.21
¿No os llama la atención, queridos amigos, lo poco valorado que está, tanto en la prensa como en nuestras conversaciones entre amigos, hablar bien de las demás personas? ¿No tenéis la impresión de que se cotiza más hablar mal, despotricar y vestir de limpio a los que piensan o actúan de maneras diferentes a las nuestras?


Algunos están convencidos de que “criticar” es censurar, protestar y murmurar. Cuando digo “hablar bien”, no me refiero a la adulación o a hacer la pelota, sino al simple reconocimiento de las cualidades y de los méritos de los otros.

Comprendo que se reproche la adulación porque a veces esconde intenciones retorcidas, pero es doloroso y preocupante que haya personas que sufren cuando leen o escuchan elogios y que disfruta cuando leen o escuchan insultos. Son los que confunden la crítica y la injuria.

La crítica es una tarea positiva, útil y necesaria, es una actividad humana importante y difícil que consiste en analizar los comportamientos humanos para identificar sus orígenes y sus consecuencias, sus valores y sus fallos.

Pero murmurar es diferente: es quejarse, despotricar y vestir de limpio, sobre todo, a los que no están presentes. Es insultar, es desprestigiar, calumniar y, a veces, injuriar. Las murmuraciones, las burlas y las difamaciones nos revelan más el talante de quienes las emplean que los defectos de los que son objetos sus comentarios. A veces son síntomas evidentes de una irreprimible tendencia a atribuir a los demás los propios defectos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

31 de julio de 2021

  • 31.7.21
Este mes, que está a punto de concluir, se llama así porque está dedicado a Julio César, de quien recibió su nombre tras su muerte. Creador y primer emperador de Roma dio también nombre de César a sus sucesores. Fue uno de los arquitectos más determinantes de nuestra Civilización Occidental.


Nació el doce de este mes y fijó de nuevo los treinta y un días que actualmente tiene. Julio César fue un guerrero, un político y un historiador que nació cien años antes de Cristo, el 653 después de la fundación de Roma. Sometió a los celtas, a los galos, a los germanos y a los helvecios, y realizó una expedición a la Bretaña.

El quince de marzo murió asesinado por Bruto, a los pies de la estatua de Pompeyo, tras recibir veintitrés puñaladas. Su obra político-militar quedó reflejada en los Comentarios de la Guerra de las Galias y en los de la Guerra Civil, dos obras literarias e históricas que convierten a Julio César en uno de los grandes escritores en lengua latina. Julio César fue, sobre todo, un contador y un constructor de la Historia.

Julio, el mes en el que -según las Etimologías de San Isidoro- el verano es el tiempo de la siega y de la recolección en los países menos cálidos; es actualmente la época de las rebajas en los centros comerciales y –mientras lo permitía la covid– de los cursos universitarios de verano, del Tour de Francia, de la fiesta de los Sanfermines pamplonicas o de las veladas sevillanas del Señor Santiago y de Santa Ana, una fiesta grande de Triana que se remonta al siglo XVII.

Éste es el primer mes de las vacaciones de los estudiantes y el tiempo de descanso para los trabajadores que trabajan porque “es el mes en el que menos trabajan los que trabajan”. En este mes se empezaban los baños de sol y de mar tras tomar un purgante de Aguas de Carabaña o de Aceite de Ricino, y duraban de Virgen a Virgen: de la Virgen del Carmen (16 de julio) a la Asunción de la Virgen (15 de agosto). Os deseo –queridas amigas y amigos- que descaséis y disfrutéis.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ

23 de julio de 2021

  • 23.7.21
Aunque a primera vista nos sorprenda la afirmación, es posible que, si lo pensamos un poco, lleguemos a la conclusión de que la finalidad principal de los viajes es regresar a nuestra ciudad y, sobre todo, a nuestro hogar.


¿Cuántas veces, queridas amigas y amigos, al llegar a nuestro hogar tras un viaje hemos repetido que no hay un hotel en el que nos encontremos como en nuestra propia casa? Es posible que los viajes, además de descubrirnos lugares exóticos e inimaginables, nos sirvan para redescubrir y para revalorar ese rincón de nuestra casa en el que leemos o cosemos o, incluso, ese butacón desde el que, soñolientos, leemos la prensa, vemos el telediario, los partidos de fútbol o los programas del corazón.

En mi opinión, viajamos, también para comparar nuestros espacios con otros lejanos: nuestras playas con las de la Costa del Sol o con las de las Antillas; nuestra catedral con la de Notre Dame de París o con la de San Pedro de Roma; nuestro clima con el del norte de España o con el del Centro Europa.

Los viajes nos abren unas vías de acercamiento a los demás y, al mismo tiempo, unos cauces de aproximación a nosotros mismos: viajar es una forma de alejarnos y de aproximarnos a nuestros lugares y, por lo tanto, una manera de salir y de entrar en nosotros mismos y de revalorar nuestras cosas.

También viajamos para reconocer los lugares y las gentes contados por los pintores, por los escritores y por los amigos. Viajamos, efectivamente, para disfrutar contando nuestras peripecias. ¿No es cierto que uno de los mejores momentos de los viajes lo disfrutamos cuando, reunidos con los amigos, relatamos nuestras experiencias y las ilustramos con las fotografías y con los videos, esas imágenes que expresan y repiten las sensaciones y los sentimientos de los tiempos y de los lugares, esos paisajes, personas, culturas, costumbres e historia reales o imaginadas?

Los viajes son unas oportunidades para recuperar el significado de las pequeñas cosas. Una simple comida de un lugar alejado puede convertirse en experiencias inéditas y nunca imaginadas. A lo mejor el aliciente mayor de los viajes estriba en la posibilidad de alejarnos de nosotros mismos para volvernos a encontrar.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

16 de julio de 2021

  • 16.7.21
No tengo inconvenientes –estimado Vicente– en responder a tu pregunta sobre la relación que en la actualidad han de mantener los políticos con los científicos y con los técnicos. Vaya por delante, en primer lugar, que no defiendo el despotismo ilustrado, ni siquiera el que protagonizó Carlos III de España a pesar de que reconozco que contribuyó al progreso cultural.


Declaro de manera clara que el pueblo es el sujeto de la soberanía y, por lo tanto, él debe ser el protagonista en la orientación para solucionar los asuntos culturales, sociales, económicos y políticos. Pero, teniendo en cuenta la complejidad de los problemas de estos tiempos, opino que es imprescindible que los políticos tengan en cuenta los conocimientos de los científicos y de los técnicos que conocen la complejidad de los asuntos relacionados con el bienestar que todos se proponen lograr.

Si el desarrollo científico y tecnológico siempre ha determinado los cambios que ha experimentado la sociedad, en estos momentos en los que la comunicación es instantánea su influencia en la economía y en la cultura es directa e imparable.

Reconozco que los principios, los criterios y las pautas que orientan a los políticos son diferentes de los que siguen los científicos y los técnicos pero, en mi opinión, el desarrollo científico, las bases éticas y los fines sociales de sus trabajos deberían ser, al menos, convergentes con las metas de los políticos.

Ya sé que los responsables públicos se apoyan en la voluntad de los ciudadanos mientras que los científicos y lo técnicos se basan en datos comprobados, pero todos parten –deberían partir– de conocimiento de los problemas reales para orientar la búsqueda de las soluciones más eficientes, más correctas y más justas.

Es posible que la dificultad mayor para lograr el entendimiento razonable y la colaboración eficaz estribe en la diferencia de sus respectivos apoyos porque, mientras los políticos se sustentan en los deseos, en las creencias y en las voluntades de los ciudadanos, los científicos y los técnicos asientan sus búsquedas y sus conclusiones en la razón y en la comprobación empírica.

Sirva de ejemplo ilustrativo los despistes, las contradicciones y los errores cometidos por las diferentes administraciones cuando han desoído las indicaciones que han hecho los profesionales de la medicina durante esta ya larga pandemia del coronavirus

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

9 de julio de 2021

  • 9.7.21
Es importante –pienso que imprescindible– que, durante toda la vida, cultivemos la amistad, una forma del amor, una relación personal que, además de generosidad, nos exige imaginación, reflexión, paciencia y esfuerzo. La amistad ha sido considerada por los filósofos, por lo médicos y por los psicólogos como una fuente de salud y como un vivero de bienestar.


La Iliada nos cuenta la profundidad de la amistad que une a Aquiles con Patroclo, y Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, afirma que “la amistad no sólo es necesaria, sino que es bella y honrosa. El cariño que se dispensa a los amigos nos parece uno de los más nobles sentimientos que el corazón puede abrigar”. Recordemos que también en nuestra tradición cristiana la amistad es la manera peculiar de relacionarnos con Jesús de Nazaret: “a vosotros os llamo amigos” (Juan 15, 13-15).

Es cierto que la amistad –como relación afectiva– está presente en las diferentes etapas de la vida, es una necesidad y una fuente de beneficios de elevados valores terapéuticos pero, por favor, no olvidemos que, en la ancianidad, su importancia es vital.

Mi amigo José Carlos me dice que los mayores necesitamos amigos porque ellos son los que, por su proximidad y por su semejanza, mejor nos comprenden aunque no tengamos que darles muchas explicaciones.

A esta edad, cuando ya nos hemos despojado de uniformes, de hábitos, de insignias y de títulos, cuando nos hemos bajado de las tribunas y de las poltronas, gozamos de mayores facilidades para expresarnos con nuestra peculiar manera de ser y para comunicar con confianza nuestras inquietudes y nuestros sentimientos comunes.

Mi amigo Julio –arquitecto, intelectual, escritor y artista– define el cielo como ese lugar privilegiado en el que viviremos, celebraremos y disfrutaremos de la delicada, frágil y valiosa planta de la amistad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

28 de junio de 2021

  • 28.6.21
Es cierto que, gracias a las reiteradas campañas publicitarias, en España se reconocen los derechos de las personas LGTBI. Es verdad que la protección legal de la orientación sexual es notable en Europa. Pero no olvidemos, por favor, que aún sufren discriminación en muchos aspectos de sus vidas.


No hay derecho a que, debido a unas convicciones convencionales, a unos prejuicios culturales y a unas pautas de comportamientos tradicionales, algunas familias y algunas instituciones sigan sin reconocer la realidad, ni, mucho menos, que consientan la dolorosa situación de quienes son rechazados e, incluso, que se empeñen en hacerlos cambiar.

Todos conocemos a personas que no se atreven a mostrarse como son porque están convencidos de que no serán comprendidos por sus padres, que serán objeto de las burlas y de los desprecios de sus amigos, y que serán apartados de algunas tareas en sus trabajos.

Reconozcamos que aún quedan muchos reductos en los que no son aceptados con naturalidad y acogidos con respeto. A veces, incluso, sufren trastornos psicológicos debido a los esfuerzos baldíos que se ven obligados a realizar por respirar una atmósfera asfixiante de incomprensión.

Esta constatación me obliga a aplaudir las iniciativas que tienen la finalidad reivindicativa de estimular una reflexión sobre el derecho a manifestar su propia identidad, sobre los obstáculos con los que tropiezan en la vida cotidiana y sobre la discriminación y la desigualdad que experimentan los que se sienten menospreciados.

Trabajemos –queridas amigas y amigos– para favorecer la normalización, para propiciar la aceptación social, para defender el honor, para proclamar el derecho a que cada uno y cada una de los seres humanos se muestren y actúen como se sienten y como son.

Hoy es una nueva oportunidad para que todos, tú y yo, declaremos nuestro reconocimiento de la dignidad de todos los seres humanos y, sobre todo, para que rompamos los crueles discursos de la incomprensión, del desprecio, de la falta de respeto, de la burla y del odio a quienes, como seres humanos, tienen la necesidad de afecto y de cariño, y el derecho de expresar sus personales maneras de pensar, sentir, desear, amar, hablar y de vivir.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

25 de junio de 2021

  • 25.6.21
En contra de lo que piensan algunas personas, me atrevo a opinar que el tiempo por sí solo, desgraciadamente, no resuelve los problemas, no cura las enfermedades, no proporciona conocimientos, no desarrolla las facultades, no confiere sabiduría, no otorga dignidad ni siquiera madura a las personas. Un objeto que sólo es antiguo o un ser humano que sólo posee mucha edad son, simplemente, viejos.


La historia mal contada y la ciencia mal explicada nos ha habituado a medir la importancia de los objetos y a calibrar el valor de los acontecimientos por su dimensión temporal: el cosmos se describe por la distancia que separa a las estrellas de nosotros, el átomo por sus inaprehensibles oscilaciones, los acontecimientos sociales por su antigüedad y la vida humana por su edad. La existencia y la vida están configuradas, efectivamente, por el tiempo, pero no son sólo ni principalmente tiempo.

El tiempo, la antigüedad y la edad son simples continentes: frágiles vasijas de diferentes dimensiones y de distintas formas que han de ser colmadas con experiencias vitales; cofres decorados destinados a albergar tesoros; cauces abiertos por los que han de discurrir las corrientes de energías; hilos conductores de la savia vital; pero todos ellos pueden encerrar también una inútil basura o unos inservibles desperdicios e, incluso, pueden estar simplemente vacíos.

Para que el tiempo sea vida, ha de poseer sentido y hemos de reconocer que lo que de verdad proporciona sentido humano es el amor, la amistad, el trabajo y el servicio a los demás; la mera suma de años o la simple acumulación de bienes no aumenta la estatura humana, de igual manera que la simple ingestión de alimentos no asimilados no hace crecer ni fortalece el cuerpo. Sólo la comunicación y la entrega a alguien ensanchan, ahondan y elevan la vida humana. Cualquier vino no se hace más rico con el tiempo.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

18 de junio de 2021

  • 18.6.21
Reconozco que me ha sorprendido gratamente el breve libro titulado De la lectura y del arte de escribir, obra de Rafael Tomás Caldera y editado en Madrid por Rialp en este mismo año 2021. Y me ha sorprendido por la importancia y por la utilidad de sus oportunas explicaciones para ayudar a los profesionales a desarrollar las tareas informativas, críticas y literarias.


Me ha llamado la atención, en primer lugar, la manera clara de la que el autor aplica las pautas para la lectura y para la escritura. A pesar de que apoya sus orientaciones metodológicas en las doctrinas de las poéticas, retóricas y preceptivas clásicas, la lectura me ha resultado especialmente grata y práctica porque constituye una muestra ejemplar de la utilidad de sus orientaciones, y una demostración lúcida del valor de sus oportunos comentarios. Nos demuestra que no es necesario el uso de los tecnicismos, un lenguaje que puede ser adecuado para los especialistas pero que es oscuro y a veces incomprensible para los lectores no profesionales.

De manera breve y exacta, el profesor y escritor Rafael Tomás Caldera nos orienta para que mejoremos la calidad de nuestras lecturas, para que, además de entender y de comprender los textos, situemos sus asuntos en sus contextos, valoremos sus expresiones y ahondemos en sus mensajes. ¿Cómo? Llevando a cabo tres operaciones sucesivas y complementarias: el análisis, la síntesis y la crítica, tres tareas imprescindibles para lograr la “asimilación” –la digestión– consiguiendo que las sustancias más nutritivas alimenten nuestras vidas.

Importante también, a mi juicio, son sus propuestas para orientar el aprendizaje y el perfeccionamiento de los diferentes géneros de la escritura. Partiendo del supuesto de que es una tarea práctica y compleja, nos anima para que empecemos a practicarla y para que sigamos creciendo como escritores: “Lo esencial es escribir” pero a condición de que, de manera inmediata y repetida, corrijamos, enmendemos y mejoremos nuestros "borradores”.

Valiosas y útiles, por supuesto, son las pautas que nos dicta para que dotemos a nuestros escritos de contenidos importantes, interesantes y provechosos. Sus breves indicaciones sobre las partes, el título, la articulación de los contenidos, sobre la búsqueda de informaciones, sobre la unidad, coherencia y énfasis de los textos, y sobre la sencillez, la claridad y las fuerzas de las palabras constituyen, en mi opinión, una estimulante y amable invitación para que nos decidamos a iniciar esa apasionante aventura de la escritura.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

11 de junio de 2021

  • 11.6.21
En mi opinión, los lectores y los escritores deberíamos profundizar en la estrecha relación que existe entre el cultivo de las letras, el trabajo con las sensaciones, emociones, pensamientos y palabras, y la agricultura, las labores con la tierra, con la lluvia y con las plantas en el campo. Cicerón, en sus cinco libros titulados Tusculnae Quaestiones, así llamados porque los escribió en Tusculum, afirma que la filosofía es la cultura del espíritu.


Con esta definición Cicerón explica que en las tareas culturales no es suficiente que sembremos buenas semillas sino que también es necesario que la tierra sea la adecuada y que, de vez en cuando, la removamos, la renovemos, la limpiemos de esas hierbas que crecen espontáneamente e impiden el cultivo de las plantas saludables y bellas.

La cultura también alimenta y salva –puede salvar– vidas, sanar las heridas y garantizar un futuro mejor. Los desequilibrios culturales, de manera análoga a los desórdenes alimenticios, generan deformidades e hipertrofias, y pueden producir unas consecuencias tan peligrosas como la desgana, la apatía, las repugnancias, las arcadas, la desnutrición o el raquitismo.

Si pretendemos alimentarnos culturalmente para que crezcan armónicamente las diferentes dimensiones que nos definen como seres humanos, hemos de ampliar el abanico de nuestros gustos y, sobre todo, hemos de cultivar nuestra sensibilidad para ser capaces de analizar y de disfrutar con las creaciones artísticas antiguas y modernas, las elaboradas y las populares. La gravedad de los desniveles culturales estriba -no lo perdamos de vista- en que perpetúan y acentúan las desigualdades económicas y sociales.

Cuando afirmamos que la cultura es "alimento" que sostiene, no elaboro una sugerente metáfora poética, sino que formulo una definición comprensiva y comprensible del ser humano, y declaro mi profunda convicción de que el hombre no puede vivir plenamente con un simple pedazo de pan, o, en otras palabras, manifiesto mi convicción de que, para sobrevivir –para "realizarnos", como se decía hace unos años– necesitamos cubrir también otras exigencias vitales y perentorias: la de una cultura que, arraigada en nuestra tierra, abra la posibilidad de intervenir en nuestra sociedad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

4 de junio de 2021

  • 4.6.21
Estoy convencido de que respetar y ser respetado es el soporte necesario sobre el que hemos de edificar las virtudes y los valores personales que hacen posibles la convivencia pacífica familiar, social y política. La raíz íntima de esta consideración reside en el reconocimiento de la dignidad “civil/sagrada” de los seres humanos. Su aceptación ha de ser absoluta porque no depende de ninguna circunstancia ni de ninguna cualidad añadida.


La dignidad de las personas no la otorgamos nosotros ni está en nuestras manos retirarla o disminuirla. Por eso, merecen nuestro respeto los niños, los adultos y los ancianos; los varones, las hembras y los homosexuales; los cultos, los sabios y los ignorantes; los creyentes, los agnósticos y los ateos.

Nuestros comportamientos morales, familiares, sociales y políticos, en vez de privilegiar las cualidades como el sexo, la edad, la sabiduría, la riqueza y, sobre todo, el poder, deberían conceder la suprema valoración a la dignidad humana: éste debe ser el principio ético del que se derivan todos los demás.

Este valor civil/sagrado de la dignidad humana constituye la razón del respeto con el que hemos de relacionarnos con todas las personas. No se trata, por lo tanto, de un acuerdo al que, de manera explícita o implícita, ha llegado una sociedad sino de un deber que es independiente de nuestra voluntad individual o colectiva.

Por eso mismo, aún en el caso de que toda la sociedad decidiera por consenso dejar de respetar la dignidad humana, ésta seguiría siendo un derecho exigible por cada uno de los ciudadanos, incluso, de los que sean juzgados y condenados como delincuentes.

En nuestras sociedades civilizadas aceptamos este principio en la teoría y lo proclamamos con pomposas palabras y con tonos solemnes, pero los hechos cotidianos nos confirman, de manera mucho más elocuente, que no siempre lo tenemos en cuenta. Fíjense en los programas televisivos, en los debates parlamentarios, en las tertulias radiofónicas, en las gradas de los estadios, en las aulas escolares e, incluso, en los consultorios médicos.

En mi opinión estamos sufriendo un proceso acelerado de degradación de aquellos “buenos modales” que expresan el respeto que nos merecen nuestros interlocutores. Quizás estos cambios de hábitos respondan, en muchos casos, a una progresiva depreciación del valor más importante de nuestra sociedad: la persona humana. La falta de respeto no la justifica ni siquiera la defensa de la verdad, de la justicia o de la moralidad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ

28 de mayo de 2021

  • 28.5.21
En una encuesta realizada recientemente en el Club de Letras, la mayoría de los miembros ha votado la palabra “amor” como la más bella del castellano. A la ganadora le siguen, en este orden, “libertad”, “paz”, “vida”, “azahar”, “esperanza”, “madre”, “mamá”, “amistad” y “libélula”. Apoyan las diferentes elecciones en sus efectos acústicos agradables, en la importancia de sus significados o en la intensidad de sus ecos emotivos.


Me ha llamado poderosamente la atención la escasa puntuación que ha alcanzado una palabra que, en mi opinión, reúne importantes valores lingüísticos, psicológicos y sociales. Me refiero al término “gracia”.

Si nos fijamos en su pronunciación, podemos afirmar que, sola o enlazada con otras voces, es una palabra “biensonante” para quien la pronuncia y, sobre todo, para el que la escucha. Fíjense, por ejemplo, en “gracias”, “muchas gracias”, “le doy las gracias” o “qué gracia tienes”.

“Gracia”, además, es un nombre que posee unos amplios, variados y ricos significados: con él, los creyentes se refieren al don sobrenatural que hace que los seres humanos se conviertan en hijos de Dios, y, con esa misma palabra, todos designamos las operaciones más gratificantes y más placenteras de la vida humana: nos sirve para denominar los regalos, la gratitud y el humor. En sus tres sentidos, es una de las expresiones que más contribuyen a nuestro bienestar personal, familiar y social

Regalar –ofrecer un objeto de manera “gratis y graciosa”– es uno de los gestos más elocuentes de reconocimiento y de amistad a otra persona; es una muestra espontánea de simpatía, de cariño y, en cierta medida, de entrega; es un lenguaje que establece o enriquece la relación humana, la conexión emocional y la comunicación personal.

Cuando damos un obsequio expresamos nuestro aprecio, transmitimos nuestra estima y el reconocimiento del valor que otorgamos a su destinatario. Mediante el regalo –a través de la gracia– nos hacemos presentes en la vida de las personas a las que queremos. Un buen obsequio une porque su valor es más relacional que transaccional.

“Dar las gracias” es, a mi juicio, la función más bella, más beneficiosa y más gratificante del lenguaje humano: revela la grandeza y la calidad humana de la persona que la expresa y constituye la respuesta más bella, más liberadora y más generosa a los dones recibidos.

La gratitud –uno de los sentimientos más profundos y más nobles– es el arte de saborear y expandir la vida con agrado, aumenta la amistad, incrementa la alegría y franquea las puertas del infinito: abre las ventanas por las que penetra el aire que purifica la atmósfera entre el tú y el yo, y por las que, recíprocamente, podemos contemplar la belleza, la sabiduría, la alegría y, sobre todo, el amor.

“Poseer gracia” es estar dotado de una facultad –de una herramienta– que aumenta las fuerzas de nuestras manos para edificar mundos más confortables, más bellos e inmunes al desaliento. La gracia puede curar o, al menos, calmar los dolores del cuerpo y aliviar los sufrimientos del espíritu.

La gracia constituye, a veces, un rayo divino que nos descubre el mundo en su ambigüedad y al hombre en su profunda ignorancia; es la embriaguez de la relatividad de las cosas humanas, el extraño placer que proviene de la certeza de nuestra radical pobreza e ineptitud.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

21 de mayo de 2021

  • 21.5.21
Hoy os invito –queridas amigas y amigos– a que dediquéis unos minutos diarios a reflexionar sobre la vida: sobre vuestras vidas y sobre las vidas de las personas con la que convivís. La abundancia, la complejidad y la rapidez con la que se suceden los episodios diarios,  los sucesos diarios, tienen tres consecuencias importantes.


La primera, que no las digerimos, que las tragamos sin que apenas nos aprovechen para aprender de ellas, para hacernos crecer y para disfrutarlas. La segunda, que nos trastornan, que nos ponen nerviosos y, a veces, de mal humor. Y la tercera, que hacen difícil la convivencia y la colaboración tranquila, reposada y pacífica.

Unos minutos de reflexión nos pueden proporcionar ese sosiego indispensable para ordenar nuestros pensamientos, para calmar nuestras inquietudes y para organizar nuestras tareas. Pueden ayudarnos a vivir nuestras vidas y nuestros tiempos, de una manera más razonable, más intensa y más gratificante.

En resumen, reflexionar sobre lo que pasa, sobre lo que nos pasa, sobre los episodios más importantes, sobre lo que hacemos y sobre lo que pensamos y sentimos. Reflexionar es vivir más humanamente, es darnos cuenta de que estamos vivos y de que el tiempo se nos puede escapar como el agua entre las manos.

Vivir sin reflexionar es navegar sin rumbo y sin brújula por la vida, por un mar repleto de peligros, de amenazas y de incertidumbres en un barco sin timón, a la deriva y a merced de las olas y de los vientos de las modas con el permanente riesgo de naufragar, de ahogarnos. Reflexionar es la herramienta que poseemos los seres humanos para aprender a orientarnos, autopropulsarnos y aprovechar las ocasiones convirtiéndolas en oportunidades y no en amenazas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

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