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2 de julio de 2020

  • 2.7.20
Hace unos días llamé a un buen amigo para interesarme por él y preguntarle cómo se encontraba después del confinamiento o si había tenido alguna contrariedad sanitaria. "Todo bien", me respondía, lo que me alegró, como era de esperar. Pasamos a departir sobre diversas cuestiones, aunque todas ellas relacionadas con el sinvivir en el que nos ha metido el virus.



Para terminar la llamada, le sugerí que podíamos vernos y conversar de tú a tú un rato. ¿En tu casa o en la mía? Propuse encontrarnos bien en mi casa, en la suya o en terreno neutral. La respuesta me chafó un poco. “No quiero contagiar a nadie”. Sabía que no tenía nada relacionado con el virus. ¿Entonces? La respuesta era educada y contundentemente suave. Estaba cerrando la puerta a cualquier tipo de encuentro.

Nos conocemos desde tiempo ha y rápidamente capté su intencionalidad. El peligro de contagio nos rodea por doquier. Mi buen amigo es una persona formal, cumplidora a rajatabla con las normas, lo que no impide que esté disponible a echar una mano en lo que sea. Pero ante una posible contaminación –lejana o cercana– no dará un paso al frente, máxime si se trata, como en este caso, de vernos, charlar y poco más. Las normas se dictan para cumplirlas.

Esa misma tarde en el supermercado –soy quien responde del avituallamiento familiar– a mis espaldas suena una voz que me es también familiar y que me llama por mi nombre. Con gran alegría por ambas partes nos intercambiamos las noticias sanitarias de las dos familias.

El tiempo se congeló ante el estand de la verdura donde se dio el encuentro. Pese a la sorda mascarilla y la distancia establecida, sentimos correr por nuestro cuerpo un reguero de placer, un agradable deleite por el encuentro y, sobre todo, por confirmar que las circunstancias sanitarias eran normales –sobre todo, en relación al virus–, dentro de los achaques y dificultades crónicas que pudiéramos arrastrar desde hace tiempo.

La charla supo a poco y cada cual aceptó que debíamos continuar con la compra y que ya volveríamos a vernos en cualquier otro momento. Nos despedíamos con un abrazo virtual empapado en alegría y chorreando cariño.

Ya sé que son dos casos distintos, que el azar o la suerte nos retó a casi saltarnos las normas, que ante el placer de ver a una persona querida sobran gestos físicos…

La otra cara de esta situación, me refiero al personal que situaré en una edad de 40 años para abajo, es algo distinta. Ante todo quiere divertirse sea como sea; la mascarilla es un adorno impertinente que ni te deja respirar bien ni te permite ser oído en condiciones salvo que alces el tono de voz. Vamos, que dicha pantalla es un inconveniente innecesario, además de molesto. Total, para cuatro invisibles burbujitas que salgan de la boca… no hace falta tanta parafernalia.

Guardar una distancia conveniente tampoco resuelve nada. "Somos jóvenes y nuestro cuerpo está en perfecto estado", piensan acertadamente. Quizás lo que no saben o no desean pensar es que el “bichito” es mudo, sordo y ciego.

Hermano, bebe, que la vida es breve… Está claro que hablo del personal más joven, de ese tipo de personas cuya vida está montada –o se la hemos montado– alrededor del buen vivir, del disfrute ahora que podemos porque, después, nadie sabe lo que pasará ni cómo viviremos la vida… Y lo que va delante, va delante.

Valga de ejemplo la epidemia que nos cerca por doquier. No desvelo un secreto ni doy una primicia informativa si insisto en que dicho personal se mueve dentro del reclamo de la felicidad (“happycracia”). Volveremos sobre el tema.

En el libro Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas, sus autores dejan claro que “la felicidad es un producto que se compra… y se concibe como algo personal, como algo que cada uno elige”.

Resumiendo: “la industria de la felicidad que mueve miles de millones de euros afirma que puede moldear a los individuos y hacer de ellos criaturas capaces de oponer resistencia a los sentimientos negativos, de sacar el mejor partido de sí mismos controlando totalmente sus deseos improductivos y sus pensamientos derrotistas”.

Disfrutar de la compañía de los colegas, estrujar hasta la última gota de una botella de alcohol, echar humo por la nariz creando leves nubarrones de tabaco o de “maría” es todo un placer, dicen. La felicidad es el antídoto contra cualquier tipo de contagio, supongo que piensan esos jóvenes fortotes y cultos.

Cambio de tercio. Hemos sacralizado el valor de la solidaridad con un efusivo cariño, desde el oportunista político cuya intencionalidad traspasa ríos y montañas y nos han regalado (¿vendido?) una sobredosis de aplausos reales y abrazos virtuales a la caída de la tarde para sentirnos comprometidos con los profesionales que han ido dejando trozos de su salud en anónimos y solitarios enfermos. Incluso han aparecido brotes caceroleros campanilleando contra la autoridad –dicen que incompetente–.

Estamos ante un tipo de acoso a cielo abierto. El otro modelo de acoso es, digamos, personalizado y al que llaman “escrache” porque queda más fino, hasta tal punto que su definición, yo diría algo indulgente, lo precisa como “manifestación popular de protesta contra una persona, generalmente del ámbito de la política o de la Administración, que se realiza frente a su domicilio o en algún lugar público al que deba concurrir” (sic). ¿A que queda hasta bien? Mientras que acosar se entiende como “perseguir, sin darle tregua ni reposo, a un animal o a una persona” (sic).

Solo un breve comentario. Con el tema del acoso ("escrache" en fino) se está utilizando sin reparo la “ley del embudo”, que en su momento expliqué. Por todos los dioses del Olimpo, a un político no se le debe escrachar y mucho menos se le puede acosar. Esas acciones deberían estar vetadas para esos magníficos políticos que pretenden guiarnos por el buen camino. Faltaría más.

Vuelvo al campo de los valores. ¿Realmente pregonábamos solidaridad o solo era una forma de matar el aburrimiento? A primeros de marzo y a punto de ser confinados traté sobre el valor de la solidaridad. Estaba tomando partido por un sendero que invitaba a compartir con el otro. La solidaridad hace referencia a entrega, a justicia, a ayuda para un determinado colectivo necesitado de ella. Por eso significa cooperación, tolerancia, darse antes que dar, compartir, respetar...

En las circunstancias actuales, la mayor parte del compromiso recae sobre nosotros como sujetos capaces de asumir y responder de sus actos. La responsabilidad enmarca toda nuestra vida. Otro cantar será que la eludamos y nos la saltemos a la torera.

La información sobre el virus ha cerrado el mes con diversos rebrotes que han aparecido en España. Seré breve puesto que ya estamos algo empachados, motivo este que no es razón para saltarnos las normas establecidas.

Andalucía, Aragón y sobre todo Murcia están preocupados por dichos rebrotes. Sanidad registró 84 nuevos contagios. Otra piedra en el camino. Estamos a las puertas de unas vacaciones atípicas: colegios cerrados, un alto número de personal en paro y, sobre todo, deseos furibundos de sacarle partido al verano. Circunstancias que pueden volverse en nuestra contra.

Una referencia aciaga. La mal llamada “gripe española” de 1918 –por cierto, su origen no estuvo en España– dejó millones de muertos y está catalogada como la mayor epidemia sufrida por la Humanidad, solo fue superada por la Peste Negra medieval. La escritora Laura Spinney la comenta en su libro El jinete pálido, 1918: La epidemia que cambió el mundo, al que vale la pena echarle un vistazo.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR


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