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21 de junio de 2020

  • 21.6.20
Todos sabemos que Atenas fue la cuna de la democracia. Algo verdaderamente insólito por aquella época, dado que las naciones o los imperios conocidos por entonces estaban gobernados por reyes o emperadores déspotas o tiranos, cuyas crueldades nos asombran en la actualidad.



También que en la antigua Grecia surgen lo que actualmente llamamos filósofos, que, organizados en distintas escuelas de pensamiento, trataban de entender, a partir de la razón, el significado de la realidad en la que se encontraban insertos, al tiempo que buscaban el sentido de la vida o cómo vivir acorde con la naturaleza humana.

Era, pues, una búsqueda al margen de los dioses y los relatos mitológicos, tan complejos y abundantes, cuyas lecturas hoy las entendemos como verdaderas fábulas cargadas de una imaginación desbordante.

Dentro de las distintas escuelas filosóficas hay una sobre la que ahora quisiera hablar. Se trata de la que formaban aquellos desencantados de la sociedad y del ser humano. Era la que formaban los cínicos (término que ha llegado a nosotros con un significado algo diferente). De ellos, tenemos especial conocimiento de Diógenes de Sinope, de quien sabemos su vida y sus ideas por otro filósofo, Diógenes Laercio, ya que lo incluyó en su obra Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, dado que el de Sinope no escribió nada a lo largo de su vida.

Por otro lado, sobre su figura, el filósofo francés Michel Onfray, y en su obra Las sabidurías de la antigüedad, nos dice lo siguiente:

Más tarde, Diógenes –conocido como “el Perro Regio”– efectúa variaciones parecidas sobre el mismo tema. De allí la anécdota del filósofo con su linterna que tanto ha contribuido (¡en contra!) a la reputación del cínico. Con el pelo largo y un bastón en la mano, una capa doble que le envuelve el cuerpo vagamente hediondo, sin alejarse del tonel y de las pajas sobre las que duerme todas las noches, Diógenes camina a plena luz del día por las calles de Atenas con una linterna en el extremo del brazo, que hace girar y apunta hacia los viandantes mientras explica que busca a un hombre…”.

Esta es, quizás, la imagen más divulgada que nos ha llegado de este filósofo que abandonó todas las aspiraciones humanas establecidas ya que las consideraba falsas y alejadas de la verdadera virtud: la renuncia de todo lo superfluo.

Tomando como referencia los relatos que traspasaron los tiempos, el artista francés Jean-Léon Gérôme (1824-1904) nos muestra a Diógenes en su tonel, con la linterna y acompañado de sus amigos, cuatro perros, que vigilan el tonel en el que duerme sobre un montón de paja.

Cualquiera puede hacerse la idea de los desconcertados semblantes de sus compatriotas, que se ríen y se burlan de él porque no entienden que el filósofo, que ha renunciado a todo, lo que busca con su lámpara encendida en pleno día es un hombre de verdad, un hombre digno de merecer esta denominación. De ahí que la escuela cínica sea una filosofía del desencanto, de la duda sistemática, de la renuncia, del alejarse de las convenciones sociales al entender que los hombres están llenos de vanidades y mentiras que les hacen aparentar lo que no son.

Otra de las anécdotas relacionadas con Diógenes de Sinope es aquella en la que el rey macedonio Alejandro Magno, cuyo mayor deseo era la construcción de un gran imperio, quiso conocerlo y hablar con él, asombrado de que hubiera una escuela filosófica que predicaba la renuncia a todo deseo de poder.

Así, una vez que lo localiza, y sorprendido de su modo de vida, le pregunta qué puede ofrecerle. A esta invitación del rey, Diógenes le responde que lo que desea es que se separe un poco pues le está tapando la luz y el calor del sol. Esta segunda anécdota de renuncia a todo deseo de bienestar y de poder también ha sido motivo para que otros pintores de corte historicista realizaran algunos lienzos sobre la figura del filósofo junto a Alejandro Magno.



Si he traído en estos momentos la figura de Diógenes de Sinope, del que, tal como he apuntado, no dejó nada escrito, se debe a que recientemente he recibido de dos amigos la referencia de un blog que han creado y que me han invitado a participar en él, fuera con el propio nombre o con el seudónimo que yo prefiera.

De este modo, con el lema de Arte, literatura, filosofía y alguna otra reflexión infundada, han comenzado una aventura, cargada de ingenio, ironía y humor irreverente, y que, bajo una lectura apresurada de supuesto humor trivial, se esconden reflexiones de gran calado.

En un tiempo dominado por la pandemia y la crispación política que soportamos, pienso que es necesario recuperar el humor y la ironía que tradicionalmente ha existido tanto en la literatura como en el arte español. No en vano, en nuestro país surgieron la literatura picaresca, Francisco de Quevedo, Ramón del Valle Inclán, Salvador Dalí, Luis García Berlanga, Tip y Coll… en los que a su desbordante imaginación se les unía el absurdo y el humor surrealista que tanto molesta a los poderes establecidos y a la gente bien pensante.

Por mi parte, y atendiendo a la invitación de sus dos promotores, he publicado Highway to hell (cuento para aguantar el bicho) y La importancia de llamarse Cayetana. Por parte de los creadores del blog, ya han aparecido varios artículos que oscilan desde el humor ácido y surrealista a la crítica bien fundada. Todo alejado del simplismo, de los tópicos o del maniqueísmo que tanto abundan en los muchos medios digitales a los que actualmente podemos acceder.

Nos encontramos, pues, con un blog abierto al debate, a la opinión y a la participación. No viene mal en estos tiempos de miedos, dogmas e intolerancia penetrar en el pensamiento escéptico (que no nihilista) que parte de la duda sistemática para encontrar algo de luz, tal como abogaba milenios atrás Diógenes con su lámpara cuando buscaba ‘un hombre de verdad’.

AURELIANO SÁINZ


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