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24 de junio de 2015

  • 24.6.15
Marita Lorenz ha escrito su biografía –Yo fui la espía que mandó al comandante, editada por Península– y me he quedado pasmado. Su historia es mucho más dramática de lo que nunca pude imaginar. Marita nació en Alemania en 1939, y con pocos años vivió en un campo de concentración. La liberación fue para ella algo horrible pues un sargento del ejército americano la violó cuando solo tenía siete años.



A los 19 su vida cambió radicalmente cuando conoció a Fidel Castro. Se hicieron amantes y pasó con él unos meses de profundo enamoramiento. En mayo de 1959 descubrió que estaba embarazada. Fueron meses felices en los que el comandante la cuidaba y vivía con él en el hotel Habana Hilton.

Marita se adaptó perfectamente a las costumbres cubanas, solía ir vestida con el uniforme revolucionario e hizo muchos amigos y otros que solo buscaban acercarse a ella por su relación con Fidel. Uno de ellos se hacía llamar Frank Fiorini, un agente de la CIA que se hacía pasar por revolucionario y que la presionaba continuamente para que le pasase información sobre Castro. Marita era demasiado joven e inexperta y le ayudó, aunque convencida de que la información que le pasaba carecía de utilidad.

En otoño de ese año, Fidel estaba de viaje y Marita pidió desde la suite que compartía con él que le subieran el desayuno. Tras beberse la leche perdió el conocimiento. No lo recobró hasta unos días después en el mismo hotel, pero en una habitación mucho peor. Tenía dolores insoportables en el vientre, sangraba abundante y se dio cuenta de que ya no llevaba en el interior a su hijo.

Tuvo fuerzas para llamar a un conocido, Camilo Cienfuegos, que lo organizó todo para que saliera de Cuba y fuera trasladada a un hospital de Nueva York, donde le salvaron la vida. Cuando estuvo recuperada, el FBI y la CIA desplegaron todo su esfuerzo en convencerla de que le habían practicado un aborto a lo bestia y que el responsable era Fidel Castro. Ella se negó a aceptarlo, seguía locamente enamorada del revolucionario.

Durante meses, intentaron hacerle un lavado de cerebro para que se involucrara en los planes del espionaje estadounidense contra Castro, en lo que habían bautizado como “Operación 40”. A la CIA se habían unido exiliados cubanos, mafiosos que perdieron sus negocios en Cuba y mercenarios.

No tardaron mucho en convencerla para que asesinara a Castro. El método resultaba bastante sencillo. Le entregaron dos píldoras que debía disolver en la bebida que le preparara al cubano. Marita aceptó, aunque no tuvo intención de hacerlo. De hecho, aunque hubiera querido no habría podido intentarlo: escondió las píldoras dentro de una crema para la cara y cuando llegó al hotel de La Habana, se habían disuelto.

Cuando la vio, por sorpresa Castro le preguntó si la habían enviado para matarle, ella le dijo que sí y el revolucionario le entregó su pistola para que le disparara. Marita nunca lo habría hecho. Ah, 20 años después, Marita descubrió que no le habían practicado un aborto. Fidel Castro le presentó en la Habana a su hijo Andrés.

FERNANDO RUEDA


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