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17 de marzo de 2013

  • 17.3.13
Si hay un artista del siglo veinte que interpretó como ningún otro las obsesiones de la sociedad del dinero, de la opulencia y del consumo, es decir, las bases de la felicidad que promete la sociedad capitalista, ese es, sin lugar a dudas, el estadounidense Andy Warhol. Y lo intuyó cuando era un jovencito que admiraba al escritor Truman Capote, no tanto por su literatura, sino porque siempre lo veía de fiesta en fiesta rodeado de estrellas del cine.

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Por otro lado, resulta sorprendente que, tras veinticinco años después de haber fallecido, su obra, de un modo u otro, tenga plena vigencia estética y la veamos plasmada en muchos de los diseños publicitarios, fotográficos o del cine (¡cuánto le debe Almodóvar a Andy Warhol!) que actualmente se divulgan.

Y todo, a pesar de que lo que más se haya difundido de Warhol, junto a la estética que creó, fuera su famosa frase en la que sentenció que “En el futuro, todo el mundo será famoso durante 15 minutos”.“¿Solo 15 minutos?”, se preguntará cualquier incondicional de las redes sociales que permanentemente busca en la pequeña pantalla de su smartphone si ha entrado algún comentario de los múltiples amigos que se ha agenciado. Y es que Warhol no intuyó que más allá de la televisión y el cine, medios dominantes por entonces, aparecería un artilugio llamado Internet que revolucionaría la vida y los hábitos de los habitantes del planeta.

Pero para conocer la vida de este histriónico personaje, comencemos por el principio, tal como hemos hecho en los otros artículos en los que he abordado la de algunos artistas relevantes.

El pequeño Andrew Warhola (más tarde se daría a conocer como Andy Warhol) era el tercer hijo de una pareja de inmigrantes asentados en Pittsburg, EEUU, procedentes de una pequeña localidad de la actual Eslovaquia, ese país que nacería de la escisión de la antigua Checoslovaquia (el otro sería Chequia o la República Checa).

Vino al mundo el 6 de agosto de 1928. Sus padres, Julia y Andrei Warhola, como digo, se instalaron en la ciudad de Pittsburg, dentro del Estado de Pennsylvania. Lógicamente, nos encontramos ante una familia inmigrante muy modesta, con escasos recursos.

El pequeño Andy era delgaducho y con una salud precaria, siendo esta la causa por la que estuviera en más de una ocasión convaleciente y que su madre lo cuidara con todos los mimos posibles, mientras él permanecía dibujando y soñando con el mundo de las grandes protagonistas del celuloide.

Los años pasaban; no obstante, seguía fascinado por el mundo en el que vivían las estrellas del cine: popularidad, dinero, lujos… y periodistas tras las huellas de los más famosos. La fama, pues, se convertiría en su meta, en el gran sueño que deseaba alcanzar.

Y la buscó, no como lo habían hecho los grandes artistas de todos los tiempos que se iniciaban en el mundo de la pintura paso a paso hasta poder ser algún día reconocidos. No, él lo tuvo muy claro desde el principio: había que caminar a la celebridad de manera inmediata, sin dar rodeos ni pasar por los dolorosos inicios de los noveles.

Así, tras acabar su formación en el Carnagie Institute of Techonology, comenzó como dibujante e ilustrador en el mundo de la publicidad comercial, que era donde estaba el dinero. Cierto que trabajaba intensamente, logrando pronto una fuerte demanda por parte de las empresas que veían que era un joven con gran talento.

Pero Warhol quería ser una estrella en el mundo de las Artes, a la altura de Pablo Picasso. Para ello era necesario crearse un estilo propio que lo diferenciara de los grandes nombres del Pop art estadounidense, corriente muy en boga por los años sesenta, como Roy Lichtenstein, que trasladó las imágenes del cómic a los lienzos, o Tom Wesselmann, que lo hizo a su vez de las imágenes de los carteles publicitarios.

En esta búsqueda se encontraba, cuando una noche que le estaba dando vueltas a la idea de crearse su propio mundo pictórico, se dice que un amigo le comentó: “Deberías pintar algo que todo el mundo vea cada día, algo que todo el mundo pueda reconocer… como, por ejemplo, una lata de sopa”.

Parece ser que el piloto de “¡Eureka!” se le iluminó en ese momento, puesto que al día siguiente fue a una tienda de ultramarinos del barrio y compró una lata de cada una de las 32 variedades de la sopa Campbell’s. De todos modos, hay que apuntar que siempre le había gustado la sopa Campbell’s de tomate, que era la que su madre le solía poner para almorzar.

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Warhol no comenzó, pues, retratando a grandes personalidades como cabría esperar de alguien que quería alcanzar el estrellato en el mundo del arte. Apuntó a lo más cotidiano, a lo más visible en la sociedad del consumo en la que vivía: una vulgar lata de sopa que se encontraba en todas la tiendas.

Dado que sabía que el cuadro también sería un objeto de consumo, se le ocurrió la idea de realizar diapositivas en color de cada una de las latas. Después, las proyectó sobre el lienzo a modo de pantalla y las pintó. No había que andarse por las ramas: había que ser lo más efectivo posible en esta sociedad de imágenes que se multiplican hasta el infinito por las nuevas tecnologías.

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Que Leonardo da Vinci había pintado a Mona Lisa…, de acuerdo: él pintaría a Marilyn Monroe que acababa de fallecer en 1963, y había que aprovechar el tirón de esa muerte de la que todo el mundo hablaba. Era el momento adecuado, y al cadáver había que sacarle la mayor rentabilidad posible.

De este modo, acudió a la técnica de la serigrafía para llevar a cabo sus distintas versiones de Marilyn. Así, en uno de sus lienzos de formato cuadrado y de 4 metros de lado, aparecía repetida hasta 200 veces, siempre con esos colores intensos que contrastaban entre ellos.

La fama empezó a sonreírle. Y para que veamos cómo avanzaba nuestro protagonista, tomo prestadas unas líneas de E. Lunday en las que leemos:

“La reacción de la escena artística de Nueva York fue electrizante. De repente el expresionismo abstracto estaba pasado de moda. El pop art estaba por todas partes, y no había artista pop más famoso que Warhol. Empezó a dejarse ver en las fiestas acompañado por un séquito de adorables mujeres y homosexuales. Para que su nombre siguiera apareciendo en la prensa, contrató a publicistas que filtraban sabrosos cotilleos a los columnistas”.

¿No es acaso esta la estrategia que en la actualidad siguen famosos, famosillos y demás ralea para salir en los medios y en las revistas del corazón? Pero el pobre Andy se estaba quedando calvo y esto era un verdadero delito en un mundo en el que cualquier parte de tu cuerpo puede convertirse en tema del cotilleo periodístico si no lo cuidas. Solución: ponerse al principio una peluca rubia de tono parecido a su pelo; y, más tarde, de un gris plateado, que llamaba mucho la atención.

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Como el resultado de las múltiples versiones de Marilyn le había dado muy buenos dividendos, acudió a plasmar con la misma técnica retratos de otras divas de Hollywood. Entre las que siguieron a la estrella más sexy del celuloide aparece Liz Taylor que, por aquel entonces, su tormentosa relación con el otrora famoso Richard Burton era un tema que apasionaba a los que miraban a la Meca del Cine como el lugar soñado por todos los mortales.

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Lógicamente, para quienes el mundo es una fiesta a la que hay que subirse y disfrutar de ella, no debe pararse uno en miramientos: no existe ningún personaje que no pueda ser desacralizado, sea cual sea.

Y le tocó a Mao Tse-tung, líder chino y dirigente revolucionario, quien fuera el héroe de “La larga marcha”, el que más tarde cayera en manos del artista que cuestionaba todos los valores, menos los que nacían de la búsqueda incansable de la fama.

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Y si ya había convertido en una estrella del pop art nada menos que a Mao, ¿por qué no hacerlo con Ernesto Guevara de la Serna, más conocido por ese monosílabo "Che", que precedía a su primer apellido?

Pues manos a la obra. Se fijó en la que quizás sea la fotografía más difundida del mundo de todos los tiempos: la que le hiciera Alberto “Korda” cuando El Che contaba 31 años, imagen que se había convertido en un verdadero icono, reproducido y admirado por todos los que soñaban con su ejemplo revolucionario.

La fama, pues, ya se había convertido en la segunda piel de Warhol. Pero esta piel tan volátil hay que fomentarla, hay que cuidarla, hay que defenderla para que no caiga en manos de los tiburones, de uno u otro signo, que están prestos a las primeras dentelladas en cualquier momento. Esto, finalmente, lo conocería nuestro autor, cuando estuvo a punto de morir a manos de una de sus desquiciadas seguidoras.

AURELIANO SÁINZ


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