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16 de marzo de 2013

  • 16.3.13
Varios son los candidatos que ostentan el título de “Mejor videojuego de todos los tiempos”. Para algunos es Chrono Trigger; otros optan por Super Mario Bros. 3 e, incluso, hay algún que otro visionario cuyo voto va dirigido a God of War III. Allá cada uno con lo que se hace. No en vano, dos son los juegos que más apoyo reciben en esta particular competición: Final Fantasy VII y The Legend of Zelda: Ocarina of Time. En esta ocasión, nos adentramos en el Reino Sagrado más allá de Hyrule.

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Ocarina of Time ocasionó un gran revuelo allá por el año 1998, cuando salió a la venta, cosa que no era de extrañar: Link saltaba de Super Nintendo a la nueva generación de consolas, dejaba al lado los 16 bits para adentrarse en el mundo poligonal o 3D. Por vez primera, se podía subir el hyliano a lomos de Epona para cabalgar a lo largo y ancho de la vasta (para la época) tierra de Hyrule.

A esto cabe sumarle una historia “enrevesada” y con cierto giro argumental que hacía más interesante aún una narración bastante correcta. Para colmo, fue el último juego de la saga en llegar en inglés, por lo que al estar en otro idioma tenía ese toque exótico del cual carece nuestra lengua.

A todo lo que ya contenía el cartucho de la Nintendo 64, cabía añadirle que la mayoría de aquellos que jugaron esta aventura eran pequeños infantes recién iniciados o que, al menos, no tenían demasiados antecedentes en cuanto a coger un mando.

Estos factores analizados son sobradamente capaces de alterar cualquier más mínimo atisbo de objetividad, nublando la opinión crítica de cualquier jugador si le sumamos el factor tiempo. La nostalgia es muy mala compañera de viaje, pues magnifica cualquier cosa que hayamos vivido a su polo más opuesto.

Heath Ledger era un estupendo Joker en The Dark Knight. Una vez se murió, se convirtió según la crítica en el mejor de todos los tiempos. Con esta entrega de The Legend of Zelda pasa lo mismo. Sin embargo, es algo fácilmente rebatible en base a su remake para Nintendo 3DS.

Se trata de un juego glorioso, magnífico y único. Los paisajes son bonitos, el ciclo día/noche le da un toque de realismo y dinamismo muy acertado, montar a caballo resulta fascinante y muchas más bondades con las que cuenta el software que me ahorraré pues son más o menos conocidas por todos. A nivel gráfico es comparable la belleza en 3DS en nuestros tiempos a lo que en su día supusieron los de N64, por lo que no se puede criticar en cuanto a su contenido visual.

La grave falla de la apreciación de esta aventura de Link viene dada por las exaltaciones de los jugadores: no se suele comentar algunas bendiciones como las citadas en el párrafo anterior, pero se tienen en cuenta otras características que o no eran para tanto, o lo fueron en su día pero han envejecido claramente mal.

Los admiradores del título posan su fascinación en recorrer el amplio terreno de Hyrule libremente. Así es, se puede recurrir con tanta libertad porque no hay prácticamente nada de atractivo por todo el territorio que observar o en lo que pararse, más allá de algunas grutas subterráneas y el Rancho Lon Lon.

Dicha planicie puede ser superada, cronómetro en mano, en menos de tres minutos, por lo cual aquella sensación de estar ante un extenso territorio se limita a eso, a una apariencia. La dificultad que se le suele atribuir a su mayor reto, el Templo del Agua, casi es más una leyenda –valga la redundancia- que una verdad, pues la mazmorra se basa en una columna central con varias puertas para abrir o cerrar y sin demasiadas posibilidades de conjugación.

Al margen de estas adulaciones, nos encontramos con uno de los Zelda más restringidos a nivel de inventario (la mitad de los objetos se usan con el Link joven y la otra con el adulto) y unos combates contra jefes que no requieren de una habilidad ni astucia sobredimensionadas para ser erradicados. Mención especial a lo anodino de la primera parte del enfrentamiento final…

The Legend of Zelda: Ocarina of Time es, probablemente, una de las mejores entregas de la saga. Tiene su encanto jugar con las dos etapas temporales –aunque a nivel narrativo sólo haga falta retroceder un par de veces-, así como una banda sonora muy cuidada.

Mención especial para los temas Kakariko Village y Town, que provocan un instantáneo agradable recuerdo a los juegos de aventuras de finales de los noventa. En contrapartida, la Ocarina del Tiempo que da nombre al juego podría tener un mayor protagonismo más allá de puzles eventuales o teletransportación a templos.

En resumidas cuentas, es un must-have para los poseedores de una N64 o una 3DS, pero tiene sus claras limitaciones y no es tan mítico como pudiera comentarse, sólo que el trascurso del tiempo y la nostalgia han jugado muy bien a su favor. Si bien a nivel global es magistral, en sus distintos apartados es superado por entregas posteriores.

Por poner un mero ejemplo, a nivel narrativo, Skyward Sword supera a éste con relativa facilidad. En manos de cada uno está el otorgarle una mayor apreciación o no. De lo poco que queda claro, es que es infinitas veces superior a Spirit Tracks. Por ahora, yo me quedo con Oracle of Ages.

SALVADOR BELIZÓN / REDACCIÓN
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