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13 de abril de 2012

  • 13.4.12
En mis pocos ratos libres, disfruto estos últimos días de la lectura de un libro tan interesante por su contenido como por su forma. Se trata de El liberalismo no es pecado, de Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo. Es interesante, digo, por su forma, porque explica los principios de funcionamiento de la Economía en pocos capítulos, muy bien escritos y estructurados, presentados didácticamente de tal forma que cualquiera puede entender las grandes claves del sistema económico. Por su contenido, por cuanto su objetivo principal es la defensa de la corriente filosófica, económica y política conocida –aunque mal conocida- como "liberalismo".

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Ante la avalancha de críticas –que podrían calificarse de "ignorantes" y "malintencionadas"- del liberalismo, Rodríguez Braun y Rallo defienden una tesis que, por evidente, se haría innecesaria si no fuera por el enorme juego de intereses que se mueven en la escena nacional e internacional.

Ante quienes culpan de la crisis a lo que llaman "políticas liberales" o "neoliberales", los autores responden que el liberalismo no es culpable de nada, por la sencilla razón de que el liberalismo no se aplica en ningún sitio –ni siquiera en los extremadamente capitalistas Estados Unidos de América-.

Básicamente, cualquier economía del mundo se encuentra total o parcialmente intervenida y, por lo tanto, es absolutamente imposible que la culpa de todo lo que está pasando la tenga el liberalismo.

Y la siguiente pregunta se me antoja inmediata: ¿quién interviene la economía? ¿Quién, por tanto, es el auténtico culpable de la crisis? La respuesta es igualmente instantánea, y si el lector no la adivina le sugiero que relea el título de este artículo de hoy.

El Estado. Esa entidad tan real como difícilmente abarcable que nos envuelve, nos ordena y nos coacciona continuamente y en todos los aspectos de nuestra vida. Esa maquinaria gigantesca que ocupa casi el cincuenta por ciento del total de la economía española.

Tanto es así, que cuando busqué un adjetivo para calificarlo, el más acertado que me pareció fue el de "formidable", cuyo significado, según la Real Academia Española (RAE) transcribo al final de esta columna.

El Estado se configura, fundamentalmente, con una característica terrible: es el "gran monopolista de la violencia" –en palabras de Rodríguez Braun-, puesto que su autoridad y su legitimidad no proceden de un acuerdo voluntario –muy interesante cómo los autores desmontan el mito del contrato social- entre la sociedad y el mismo Estado, sino de su infinita capacidad de coacción a los seres humanos que componen la sociedad civil.

De hecho, párese un segundo y pregúntese: ¿qué sentido tiene, por ejemplo, pagar un impuesto por tener una entrada de vehículos en su casa? ¿Por qué se nos convence de que los impuestos son progresivos y de que esto precisamente es justo socialmente, cuando resulta que los que más ganan son los que –generalmente, y acogiéndose a normas legales- menos impuestos pagan?

La batalla, por tanto, existe entre los liberales –defensores a ultranza de la libertad individual- y los partidarios del Estado –aquellos a quienes F. Hayek llamó "socialistas de todos los partidos"- y no entre derechas e izquierdas, progresistas o conservadores, fascistas o comunistas.

De hecho, las penosas experiencias históricas con partidos extremos de izquierda o de derecha –piénsese en el nazismo y en el comunismo soviético- tienen en sus bases de pensamiento político, filosófico y económico más puntos en común que discrepancias.

Aún más: incluso este Gobierno actual, al que los propagandistas de izquierda tildan de "ultraliberal", está aplicando políticas que no dejan de regular, es decir, de intervenir en la economía.

Inicio con este de hoy una serie de artículos en los que trataré de explicar el porqué de todos estos argumentos, y de hacer entender al lector que, realmente, la opción del liberalismo no es la causa de la crisis, sino probablemente, su única solución.

formidable.
(Del lat. formidabĭlis).

1. adj. Muy temible y que infunde asombro y miedo.
2. adj. Excesivamente grande en su línea

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