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7 de marzo de 2012

  • 7.3.12
Esta semana, me apresto bien y bueno para aquellos caniches caníbales que buscan el fusilamiento solemne cada vez que aparecen mis orejas de cristiano jadeante. ¡Escupid, sayones, toda vuestra mucorrea! Me encomiendo al guerrillero Caraquemá para que os vayáis al carajo. Bienvenidos, próceres de la porquicultura de sms y la emboscada. Os hago el mismo caso que a una mancha de semen en cien por cien algodón.

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¿Queréis perlé¿ ¿Queréis tildes? Juan Chumilla escribe igual que jode, con la alegría del santoral y un samurái lleno de soniche. Morded y rabiad. Eyaculad como leoncitos contra la pared. Sólo reptáis buscando los higadillos, la chanfaina, las cerillas en el “ojobusco”. Llantina de cebolla, vaginitis pimpinela… Todo eso me producís.

Este artículo va dedicado a Víctor Barranco, que ya nos dejó por el integrismo de los de siempre, los desalmados embozados en la envidia y la insidia. Los que escupen a las córneas y no son más que trincheros en un desván.

Este artículo está dedicado a mis compañeros de Montilla Digital, especialmente a Antonio Pérez Henares, Mario Hurtado y Raúl Solís, tal vez los más prolíficos y que concitan más debate y críticas enconadas. Cada cual en su línea, que me parece saludable y de una gran altura de miras.

He de deciros que vuestra honestidad y franqueza son dignas de elogio: vuestra generosidad a la hora de compartir el labrantío con todos, el trabajo e ilusión con la que presentáis cada trabajo. Tenéis, todos vosotros, mi admiración y complicidad.

Este artículo de hoy va dedicado a los refinos puntillitas que comen el bistec con tenedor y tijeritas; a aquellos que se cuestionan el que los paquetes de salchichas contengan incomprensiblemente cinco (¿cómo narices se reparte un número impar?). Dedicado a los que, como el general Custer, olvidan su sable en el ventorrillo antes de iniciar una carga de pechiblancos ante miles de indios vestidos de granizo.

Les dedico esta reflexión a los orfebres que entran en Montilla Digital para mostrar el dedo más cordial a sus colaboradores; se lo dedico por enseñarnos a parchear y a evaluar el estiércol mientras se besuquea a Jorge Javier Vázquez.

El mundo se traviste, amigos míos. La tortilla española es hoy una memoria ajustada sin huevos ni palizas y el plasma es hoy plastilina, zafiedad: no hay linaje, ni honor. Los políticos son trompos y trompetas. Tramposos y enemigos del país. Y un mostacho lleno de miga no deja de ser la zamarra de un mentiroso.

Los políticos consumidos, consumados, no acaban de recoger las cabras, y sus reformas terapéuticas siguen consistiendo en restregar la mierda caliente por la herida. ¡Dejad de mentirnos y de tratarnos como a imbéciles!

Sois escoria, pandilla de mequetrefes adolescentes. Nos hacéis la guerra, conspiráis contra vuestros conciudadanos. Deberíais ser ejecutados en la Plaza Mayor cuando esta tragedia derive en barbarie. Por haberos dedicado a otras hierbas, por haber desencadenado un huracán en las narices de los trabajadores de este país.

A esto que nos seguimos metiendo en vuestro juego de naipes, en vuestro juego de bandidos, validamos el sistema, sistema rompecorazones que habría que bombardear con gas mostaza y niebla, con nuestra insumisión e indiferencia.

Este es el país de las largas mamadas bajo la mesa, el asqueroso solomillo de las mentiras aceptadas. ¿Cómo hemos llegado a este circo sin que nadie os haya dado con un vergajo en la cara? Los partidos políticos palaciegos son los enemigos de la verdad: no dudan en sacrificar al resto de ciudadanos por el interés de sus hormigueros.

¿Qué les ocurrió a las niñas de Alcásser? ¿A quién protegéis? ¿Qué paso el 11-M? ¿Que ocurrió con el Yakolev? ¿Qué pasó con los niños robados durante decenios? ¿Por qué los etarras viven como Dios en las cárceles? ¿Qué fue de la gripe A?

El día que los vecinos se conviertan en fieras sangrientas y todo arda y explote... escondeos, escondeos como alimañas. Porque los soldados del pueblo, los que siempre ponen la jeta cuando nos metéis en líos, os cazarán con sus guadañas y terminaréis en un sótano, como los Romanov, precintados como estúpidos cadáveres del pasado.

Si uno se cuela en un convento (sin ánimo de desflore ni escopetazo) y pretende buscarle el truco a las sores, no las verá contar cartuchos sobre las sábanas, ni capar a ningún calafate, ni meterle queroseno a Cenicienta por la inminencia.

Las verá usted en el dulce tendedero haciendo queso en las liras, en el harnerillo llorándole a Belén Esteban o tuneando la deuda del Niño Jesús con cualquier juez de línea. Descubrirá usted a las tapiceras de Dios cocinando la ropa vieja, esto es, un delicioso plato a base de sobras de carne. Las monjas funden el plomo en el mismo cuerno del taco. Lo hacen todo en seco y sin gafarse el ombligo.

Pedreros de pega, a nuestra ropa vieja, políticos y sindicatos untados con euros, la lavamos con el horario de Trípoli y hacemos lo contrario de lo que nos aconseja el paquete de la Rowenta: no planchar sobre el cuerpo.

Hay que sufrir porque sí. Estas chinches políticas nos hacen la guerra sin haberla declarado antes; calan las bayonetas para que nos sentamos encima; preparan la mesa como obispos al diablo: el tenedor a la izquierda, el cuchillo a la derecha. Nuestros hijos en el plato.

Los políticos de nuestro país malviven ya hoy sin la lingotera, aquella que los puso marmoleños y podridos. Tienen cash, de cornetilla, y nos tiran besos desde los campos de golf y los cotos de caza. Continúan vigilando la cosecha de los ricos mientras buscan su petróleo y nos siguen pagando con estúpido-facientes.

En el antiguo Japón, los buques de guerra imperiales transportaban, además de los aparejos ordinarios, tropas, cecinas, chopos, bolígrafos con sobaco, asfalto sudado, su propio cuentacuentos: aquel tipo que aparecía en un bajante con la tontería del dragón y soplando unas bragas con esmalte.

Su función consistía en elevar la moral de la tripulación. Relataba míticas batallas de la edad del pavo, cuando las gentes asiáticas, a churrete limpio, se lanzaban pasteles y se tiraban de las coletas para ver quién descabalgaba antes las gafas de la nariz.

Estos cuentacuentos también solían ser venerados poetas. Y no hay poesía nipona que se precie en la que no estén presentes las flores. “Cuando estabas, las flores llenaban la casa”.

En nuestro país, con los oreros muertos en el río y los oros muertos en el mar, ya no hay bicho que nos pueda sacar del pantano. Por mucho plomo que haya en las misas, tenemos un pan como unas tortas y hemos perdido el pleito. De esta crisis, de este ingustable sermón, solo se libran los pezones encarnados de las solteras y la remolacha forrajera.

Por último, quiero terminar con una reflexión: San Francisco Solano debe de estar hasta donde amarga el pepino de tanto adulador hipócrita, de tanto falso y falsa que lo quieren vestir de castañeta, a él, que hizo ruta con los pobres, que vivió del tomillo y de atarse por el rabo.

Que le pongan un monumento y una pirámide a quien fue orquesta de los aniquilados, a quien puso su boca a las arañas para que otros comieran... Seguro que bajaría de su nube celestial para hacer la matanza de Texas versión viña colada.

San Francisco me cuenta lo que cuentan los perros crespos y los monos hechos de trapo: las monedas del Nuestra Señora de las Mercedes son de mis queridos hermanos indios, pedantes codiciosos. El oro, como la metralleta, no mete la pata. Los tataratontos, sí.

J. DELGADO-CHUMILLA


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