:::: MENU ::::
Mostrando entradas con la etiqueta El caleidoscopio [Remedios Fariñas]. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El caleidoscopio [Remedios Fariñas]. Mostrar todas las entradas

29 de septiembre de 2020

  • 29.9.20
El autor de la célebre frase “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir” ha superado en cinismo a todos sus antecesores. De todos es sabida la promiscuidad de la que siempre hicieron gala los Borbones: desde la reina Isabel, que pasó por su cama a toda la Guardia Real, hasta Alfonso XIII, famoso por sus salidas secretas por los cabarets de Madrid.



La primera tenía una gran excusa y es que su marido, en la noche de bodas, llevaba un camisón con más encajes que el de ella. Pero el segundo no creo que tuviese dificultades para poder usar el lecho real con su mujer, la reina Victoria Eugenia. Sin embargo, en ambos casos, sus dos protagonistas no molestaban al pueblo. Es más: el pueblo los amaba y esas salidas de tono las alababa y hacían bromas y cancioncillas con ellas.

Hasta ahora se ha ido sobrellevando la conducta presunta –no vayamos a liarla– del emérito. Pero de un tiempo a esta parte nos hemos enterado de que pagaba a sus supuestas amantes con dinero público, siempre presuntamente. Y de que utilizaba el servicio secreto para, supuestamente, seguirlas y acosarlas, al objeto de evitar que hablasen. Siempre presuntamente, ya saben.

También las ponía a vivir, presuntamente, en palacetes del Patrimonio Nacional, incluso en el mismo recinto de La Zarzuela. Pero ¿qué es lo más lamentable? Pues que todos lo sabían: los medios de comunicación estaban al tanto de estas correrías y no, no eran "vida privada" puesto que, presuntamente, utilizaba dinero público. Pero nadie, absolutamente nadie, denunció el caso.

La Constitución del 78 había blindado a Juan Carlos I. No podía ser juzgado, ya que gozaba de inviolabilidad, por lo que, presuntamente, se limitó a hacer lo que le vino en gana sin la más mínima consecuencia. Daba igual que estuviésemos en una crisis tremenda, que muchos niños españoles solo pudiesen comer una vez al día o que algunos jubilados andasen buscando por las basuras algo que llevarse a sus bocas desdentadas y hambrientas. Daba igual: eran sus súbditos. E, igual que en plena Edad Media, el rey disponía de unos privilegios de los que el pueblo carecía. La diferencia, claro, es que estamos en pleno siglo XXI.

Cada Navidad leía su discursito para tenernos contentos y, no conforme con ello, ayudó a cerrar una serie de contratos con empresas españolas en Arabia Saudí, en los que el rey emérito era intermediario. Esa conducta ha provocado que Anticorrupción abriese diligencias y que la Fiscalía las haya elevado al Tribunal Supremo.

Los documentos que se han hecho públicos en los últimos meses apuntan a que Juan Carlos I recibió, presuntamente, una transferencia del régimen saudí de 100 millones de euros que ingresó luego en una cuenta suiza. Se cree que fue una comisión por su mediación en la adjudicación a empresas españolas de la construcción del AVE a la Meca.

Es cierto que la figura de Juan Carlos I ya estaba muy dañada tras salir a la luz su relación con Corinna Larsen y las constantes revelaciones que hizo ella en el caso Villarejo. Pero no se investiga al emérito por nada que se circunscriba a sus relaciones sentimentales, sino que lo que ahora toca dilucidar es si cobró alguna comisión y si, con ello, se pudo cometer blanqueo de capitales o algún otro delito fiscal.

Lo que parece claro es que, al final, sea declarado culpable o no de algún delito, a Juan Carlos I nadie lo librará del escándalo porque, como dice el refrán, "la mujer del César no solo debe ser honrada, sino parecerlo". Pero si después de todos estos acontecimientos el pueblo español sigue queriendo rey, entonces parece claro que no nos hemos enterado de qué va la historia. Y va de reyes y vasallos, de súbditos, de tontos que trabajan y pagan y que, además, se creen las memeces que dicen los cuatro nostálgicos de una España cateta con corona.

REMEDIOS FARIÑAS

1 de septiembre de 2020

  • 1.9.20
El altiplano granadino tiene sus colores y sus olores. Situado en la zona norte de Granada se alza Huéscar, un pueblo monumental, el más septentrional de la provincia. Con poco más de siete mil habitantes, es de esos municipios inexplorados que se encuentran escondidos como pequeños tesoros. Y este año mis vacaciones han sido en este lugar mágico. Millones de años pueden contemplarse en sus alrededores: paisajes desérticos, bosques y montañas adornan sus contornos. Tierras de los primeros pobladores europeos.



Arenisca, yeso y esparto forman un paisaje estepario que impresiona y que no deja a nadie indiferente. Dunas y dunas formando algo único. Dicen que nada es eterno, pero en estos lugares sí que se nota la inmortalidad. Hay quienes afirman que existen tantos paisajes como observadores porque cada uno de ellos contribuye al entorno con su propia percepción y nadie puede sentir la misma emoción cuando entre estas montañas se va muriendo el sol a fuerza de destellos de sus cristales de yeso.

Espacios infinitos te abrazan con un paisaje de singular belleza. Por otro lado, se alza la majestuosa Sagra, bella, solitaria y misteriosa, que parece un volcán. Es el tercer pico más elevado de Andalucía y sus cumbres permanecen nevadas casi todo el año.

Al entrar en el parque de la Sagra cambia bruscamente y por completo el paisaje. Lo que te emocionó por ser desnudo ahora aturde por lo contrario, ya que está conformado por inmensos bosques de pinos, encinas y enebros. Posee un tapiz vegetal que nos recuerda a la Sierra de Cazorla.

Es ese contraste el que hace que sientas que trasciendes de un mundo a otro, pasar de un erial a unas ricas vegas que se crearon hace miles de años alrededor de ríos, fuentes y manantiales. Junto a peñascos hermosamente desérticos parten ricas y frescas vegas con grandes alamedas que prestan sombras al caminante.

Íbamos recorriendo esas rutas con la cámara en la mano cuando, en una de las faldas de la Sagra, nos encontramos con algo muy extraño en estas tierras. No daba crédito a mis ojos cuando me acercaba y cada vez me parecía más imposible que, en medio de un claro, se encontraran dos grupos de secuoyas. Estos ejemplares fueron traídos desde California en 1839 y la más alta mide alrededor de 80 metros de altura. El diámetro de su tronco es inmenso.

Desde la lejanía diviso Huéscar, la antigua ciudad de Uskar, es la torre de Santa María la Mayor, de trazas realmente monumentales, lo que se distingue en el paisaje. Allí se alza imponente como una brújula en medio de una llanura enorme rodeada de sierras de color añil y pardo, con sus casas de color terroso, nada parecidas a esos pueblos de mi tierra natal en el otro extremo de Andalucía, los pueblos blancos.

Otra característica muy propia de estas tierras y también bastante impactante son las cuevas. Son viviendas que desde el Neolítico han llegado hasta nuestros días, mejoradas y arregladas a nuestro tiempo. Pero no por eso dejan de impresionar esas oquedades en la montaña caliza que mismamente parecen hormigueros diseminados por la tierra seca y terrosa.

En la falda de la sierra de la Encantada existe una cueva que sirve de aprisco para el ganado. Desde Huéscar se puede distinguir la oquedad: es la Cueva de la Encantada y tiene su leyenda. En la cima de la montaña había un castillo donde vivía una bella princesa que, cada mañana, bajaba a una peña que había en las faldas del castillo a peinar su cabellera de rizos de oro que le cubría los hombros y le caía como una cascada de espuma dorada por su espalda.

La princesa no dejaba de suspirar y mirar hacia occidente. Justo por allí llegó un día un trovador montado a caballo que se enamoró de esos largos rizos de oro. El jinete tuvo que marchar a la guerra y se llevó el corazón de la princesa. En prenda de su amor le dejó un anillo mágico que, cuando se frotaba, su poseedor desaparecía y se hacía invisible.

Solo la mañana del día de San Juan desaparecía el sortilegio, y aunque el anillo se hubiera frotado cuando el sol aparecía, la persona se hacía visible. Estalló la guerra y llegó al castillo. La princesa huyó frotando el anillo. Al volver al castillo vio que lo había perdido todo, que había quedado arrasado.

En su huida precipitada del castillo perdió el anillo y se quedó invisible: solo podía librarla del sortilegio el muchacho que le había jurado amor eterno. La princesa se refugió en una oquedad en la falda de la montaña. Cuando aparecen los primeros rayos de sol en la mañana del día de San Juan se la puede ver momentáneamente con un peine de concha y un espejo de plata peinando su pelo y esperando a su amado. De aquí el nombre de la sierra de la Encantada.

Sentada en la plaza del pueblo, mientras escribo estas líneas observo cómo el tiempo no trascurre por estos sitios: se congela, no hay prisas. Los minutos no se cuentan y pasan los días en un dejarte llevar por la vida.

REMEDIOS FARIÑAS
FOTOGRAFÍA: AYUNTAMIENTO DE HUÉSCAR

21 de julio de 2020

  • 21.7.20
Hoy quiero abordar un tema muy delicado del que se ha escrito mucho pero que hay que seguir denunciando ante la opinión pública. Me refiero a la gestión vergonzosa que algunos responsables políticos autonómicos han hecho en las residencias de ancianos durante la pandemia del covid-19.



Los geriátricos se han convertido en una trampa mortal para sus residentes, que murieron en ellos sin que al menos los trasladasen a los hospitales, en una muerte sin remedio, sin sentido. Les fue dictada la sentencia para que el político de turno presumiera de que sus hospitales contaban con mayor calidad y mejor organización. ¡Ni en el mejor de los casos tiene esto justificación alguna!

Según los datos del Ministerio de Sanidad y las consejerías de las distintas Comunidades Autónomas, el número de ancianos fallecidos en las residencias por covid-19 asciende a 19.629 personas. La mayoría de estas muertes se produjeron en Madrid y Cataluña.

La Unidad Militar de Emergencia (UME) fue la encargada de desinfectar y dar apoyo a las residencias de ancianos. Cuando entraron en ellas, las escenas que se encontraron fueron dantescas: desde ancianos abandonados en unas condiciones de salubridad nefastas hasta cadáveres conviviendo con residentes. Tanto es así que hay una investigación judicial en curso.

¡Pobres abuelos, hartos de luchar tantos años con la vida! Después de vivir en el país del miedo, fueron capaces de construirnos un país libre. Por eso no podemos consentir lo que ha pasado. Quiero recordar a través de estas pocas líneas a aquellos que murieron solos y, posiblemente, bajo un gran sufrimiento, sin recibir los más mínimos cuidados paliativos.

A las dos principales capitales españolas, Madrid y Barcelona, les desbordó la situación, en gran parte, debido a que cuentan con el mayor número de residencias privadas y, también, debido a los recortes efectuados en sanidad. Los hospitales públicos no daban abasto y faltaban material, camas y personal. Los sanitarios se contagiaban porque no tenían las suficientes medidas de seguridad y la muerte también se cebó con  ellos.

Este abandono de responsabilidades tiene diferentes vertientes de análisis. En cuanto a la vertiente ética y humana, yo me pregunto: ¿cuántos políticos han tenido que abandonar a sus padres para que murieran solos en medio de una agonía atroz? Por suerte, muchos de estos señores se escapaban del triaje que, por cierto, no hacían los médicos sino unos funcionarios de la Comunidad. El abuelo que pagaba un seguro privado contaba con un salvoconducto para una cama en un hospital. El director o directora del centro llamaba a su seguro privado y, rápidamente, una ambulancia venía a por él.

La Consejería de Sanidad de Madrid elaboró un protocolo con la intención de que sus hospitales no se colapsaran. Este protocolo consistía en realizar una criba para la hospitalización de los enfermos. Así, a las personas mayores que padecieran enfermedades terminales o eran dependientes se les excluía de la atención pública hospitalaria –cabe mencionar que una persona que necesitara silla de ruedas era considerada dependiente–.

Sin embargo, a aquellos enfermos que contaban con un seguro privado se les derivaba a cualquiera de las clínicas y hospitales privados ubicados en la Comunidad. De esta forma, no se saturaban los hospitales y, por lo tanto, el político se libraba de una mala imagen que no podía permitirse bajo ningún concepto.

Cuando algún anciano enfermaba, los trabajadores de las residencias tenían que llamar a un geriatra del hospital público para que valorase por teléfono el traslado según los síntomas o dependiendo de lo saturadas que estuviesen las Urgencias. En cambio, si tenía un seguro privado, solo tenían que llamar a la ambulancia que lo recogía y lo hospitalizaba.

La Comunidad de Madrid es, de todas las Autonomías, la que acumula más diligencias judiciales e, incluso, hay una querella elevada al Supremo para investigar a la presidenta, Isabel Díaz Ayuso. También han presentado una querella en contra del Gobierno por posible delito de homicidio imprudente a causa de la mala gestión que, según las familias, han hecho de la pandemia. Esta querella ha sido presentada en el Tribunal Supremo por un grupo de abogados de toda España en nombre de 3.000 familiares de personas fallecidas a causa del coronavirus.

Los más indefensos y los más débiles son los que han pagado el error de esos malos políticos que anteponen a su deber con la sociedad el enriquecimiento propio y malvenden lo público, que es de todos: también de esos miles de abuelos que se han ido sin despedirse y en la más atroz de las agonías. No hay perdón para tanto dolor.

REMEDIOS FARIÑAS

23 de junio de 2020

  • 23.6.20
Recuerdo que cuando era una niña, mi abuela, que me traía el desayuno a la cama, me contaba historias de la Guerra Civil española. Parece que estoy oyendo a mi madre diciéndole: “no le cuentes esas cosas a la niña”. Mi abuela, cada mañana, venía y hacía lo mismo. Y a mí me encantaba y, con los ojos grandes por el asombro, la escuchaba todo el rato. Creo que de escuchar aquellas historias vinieron mis ganas de contarlas y me hice periodista.



Ahora hay un cierto sopor en el ambiente, una dejadez, un querer vivir y no poder; como si se quisiera respirar y, por alguna razón, no se pudiese soltar el aire. Las personas han tenido que encerrarse y huir de un enemigo sin cara, un enemigo mortal.

Ante esta tesitura hay quien se ha comportado con solidaridad y amor al prójimo y quien, también, se ha vuelto aún más ególatra y egoísta. Estos días hemos visto a ciudadanos que lo han dado todo, incluso la vida, y también, los que aprovechando esta crisis sanitaria han querido tumbar al Gobierno.

Parece ser que las derechas, aunque se digan muy demócratas, no lo son tanto: no conciben que gobiernen los contrarios, no pueden soportar que su mano de obra barata les salga cara, que su mayordomía les exija un horario y que sus trabajadores agrarios les pidan un digno salario. De aquellos viejos lodos franquistas proceden estos barros.

En la formación del Gobierno ya se dilucidaba el sentido que iba a tener la Legislatura. Tras superar muchos escollos se consiguió́ formar un Gobierno de progreso. Y pocos meses más tarde estalló la pandemia.

No digo que este desastre no haya sacado lo mejor de nosotros pero, también, con mucha fuerza, lo peor de cada individuo ha salido a flote. El cainismo español campa estos días por todas partes: por la calle, por las redes y, sobre todo, en el Congreso de los Diputados.

Nunca he sentido más vergüenza ajena que cuando escuché el lenguaje tabernario y bronco que hace unos días se pudo oír dentro del hemiciclo. Los diputados de derechas insultaban sin el más mínimo pudor, aprovechando los horrores de la epidemia que realmente nadie vio venir y que ahora utilizan desalmadamente para desgastar al Gobierno.

Se valen de la forma más vil, utilizando a los miles de muertos, y terminan culpando a quienes están dándolo todo por intentar que los de siempre, los que para ellos no son nadie, no se queden atrás. Esos “nadíes” que el gran Galeano retrató con la maestría que le caracterizaba.

Esta misma pelea se da entre los ciudadanos de a pie e, incluso, se producen agresiones por ideas e ideales diferentes entre los unos y los otros. Se insultan igual o más que en el Congreso, se ofenden en las redes sociales y el ambiente está sumamente enrarecido.

Para rizar el rizo han introducido a la Guardia Civil en el discurso y de una sustitución por parte del ministro –que, por cierto, todos sabemos la causa– puede hasta que haya una revolución en el Cuerpo. ¡Ojalá me equivoque!

Y, para terminar, el colmo de los colmos: el Rey emérito está siendo investigado por el Tribunal Supremo. Todo comenzó el 15 de marzo, el domingo por la noche, cuando la Casa del Rey anunció que Felipe VI renunciaba a la herencia que pudiese corresponderle de su padre y que, además, a Juan Carlos I se le retiraba la asignación que cobraba del Estado. Era una manera de admitir los negocios no claros del monarca ya retirado.

Todo esto sucedía mientras toda España estaba confinada en sus domicilios, los hospitales se colapsaban y los muertos se contaban a miles. Esa democracia a medida construida, después de los años de dictadura infernal, se ha quedado corta, muy corta y muy corrompida.

Los todavía jirones del franquismo se hacen sentir: están en casi todas las instituciones más importantes de nuestro país y siguen medrando. Tenemos que salir de este pozo, respirar sin mascarilla que nos impida gritar, volver a vivir, conseguir que este país sea más progresista y más justo. Pero, volviendo a Galeano, no hay un día mágico que llueva la buena suerte por mucho que los nadíes la llamen.

REMEDIOS FARIÑAS


DEPORTES - MONTILLA DIGITAL



FIRMAS

Montilla Digital te escucha Escríbenos