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COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

12 de enero de 2021

  • 12.1.21
Eran las once de la noche del 14 de noviembre de 1937. Riotinto se envolvía en una espesa niebla, con esa capa espesa de humedad que te cala los huesos hasta el fondo. No se veía nada en un metro a la redonda: apenas se podían distinguir vagamente las sombras de los mineros que entraban al tajo en el turno de noche. Pobres hombres, con sus viejos trajes, con unas ropas sobre otras, sin más abrigo que las manos en los bolsillos y la raída gorra. Iban con las cabezas gachas, tiritando de frío y con el hambre en sus ojos. 


A esa hora, la pareja de guardias civiles sacó de su casa a Joaquín Fariñas, mi abuelo. Estaba a punto de salir para su trabajo. Desde su casa al cuartel de la Guardia Civil había unos escasos quinientos metros. Se cruzó con varios mineros que, viendo a la pareja de agentes, se pasaron a la otra acera. 

Cuando llegaron al cuartel, a mi abuelo se le cayó el alma: los guardias se quitaron las capas y uno de ellos se marchó del pequeño habitáculo dejando a Tomás P. C. que, además, soltaba la pistola en el cajón de un raído escritorio con dos sillas desvencijadas que componían todo el mobiliario.

La primera patada fue a su bajo vientre y así continuó hasta que lo dejó tirado como un guiñapo ensangrentado en un rincón. Mi abuelo no podía respirar: la sangre que salía de su boca y de su nariz se lo impedía y no sentía ya nada de medio cuerpo hacia abajo a causa de las cientos de patadas que había recibido.

El torturador quería que le dijese el nombre de los compañeros de la UGT que habían ido junto a él en un camión a Fregenal de la Sierra, a confiscar trigo para hacer pan y repartirlo entre los más necesitados del pueblo. El atestado decía lo siguiente:

“Que sobre las veintitrés horas del día 14 de noviembre del año 1937 y acompañado de los guardias segundos Tomás Penis Corchado y Miguel Romero Banda se procedió a requerir al vecino de esta barriada al ser individuo que estuvo afiliado al deshecho Frente Popular para averiguar la actuación que pudo tener antes y durante el movimiento rojo, a cuyo efecto fue interrogado”.

Mi abuelo declaró que pertenecía a la UGT, que no ostentaba cargo alguno, que no salió en ninguna columna a luchar contra las tropas nacionales, que no quemó iglesias y que fue a desarmar a los guardias civiles con un grupo numeroso de personas porque se lo ordenó un individuo apodado “El comunista” que se encuentra fugado. Procedió al desarme del guardia segundo, Tomás Penis Corchado, que vivía fuera de la casa cuartel y le intervino el fusil y las municiones. Lo echaron en una camioneta y lo llevaron al sindicato.

También dijo que marchó a la sierra en una camioneta a buscar trigo que, posteriormente, cambiaron por harina que llevaron a la panificadora de la viuda de Centeno en la que se elaboraba el pan para la población y que estaba incautada por el comité.

Hay dos testigos que comparecen para ir en contra de Joaquín: Juan Acosta Gallego, que declara que pusieron unas banderas blancas para recibir a las tropas nacionales –y Joaquín, de malas formas, se lo afeó a los vecinos que las pusieron– y otro testigo, Pedro Gómez Gallego, de profesión practicante, que dice que le curó los pies llenos de espinas del monte por formar parte de una columna que iba a combatir a los fascistas.

Hubo un valiente, una buena persona, que a riesgo de que pensasen que era “rojo”, dio la cara por Joaquín: fue José Wert Mora. Este vecino declaró que Fariñas se presentó diciéndole que sabía que iban a registrar las casas para recoger ornamentos de culto y como su hermano había sido sacerdote y estaba muerto, pues se ofrecía a guardárselos él en su propia vivienda. Por lo tanto, sabiendo Fariñas que los tenía el sindicato, no los intervino, con lo que se concluye que Joaquín Fariñas no le delató.

En el resumen de las diligencias explican que el sujeto Joaquín Fariñas Mallorca tomó parte muy activa en el movimiento marxista, interviniendo en el desarme de la Guardia Civil; además, tomó parte de grupos que salieron a la sierra en busca de trigo y harina, como igualmente salió en columnas par combatir a las tropas nacionales, como consta en la declaración del mismo y de los testigos, siendo un sujeto de ideas muy avanzadas y peligroso. 

Se procede a su detención e ingreso en el Depósito Municipal de esta localidad, dando por finalizado este atestado para su remisión al teniente coronel jefe de Operaciones de Limpieza de las sierras de Badajoz. Sevilla y Huelva.

Junto a mi abuelo detuvieron a Emilio Lorenzo Salgado, Luis Lázaro Barrera y Hermenegildo Domínguez Blanco. El recuerdo que tengo de mi abuela Concepción, a la que sí conocí, es de una mujer pequeñita, muy morena, con su pelo recogido en un moño eterno y toda vestida de negro. Sus ojillos denotaban cariño y sus manos ásperas de trabajar eran las que mejores caricias daban. 

Para mi abuela, la típica frase “todo el mundo es bueno” no era un decir: realmente la representaba. Y esta mujercita recorrió cielo y tierra para que no condenaran a muerte a su marido, aunque ya lo había condenado su torturador, con dos hijos a cuestas: mi padre, de nueve años, y mi tía Concha, con siete, a la que tuvieron que cambiar el nombre porque se llamaba Libertad. 

Mi abuela fue de casa en casa pidiendo por su marido, diciendo que era un buen hombre que no había hecho daño a nadie y que, por favor, testificasen a favor para que no lo matasen. El documento del Consejo de Guerra que se celebró en Valverde del Camino dice así:

“En la plaza de Valverde del Camino, a diecisiete de diciembre de mil novecientos treinta y siete. Segundo Año Triunfal. Como secretario del Consejo de Guerra Sumarísimo y de Urgencia de la Zona, extiendo la presente acta para hacer constar que en este día se ha reunido el Consejo para ver y fallar las causas…”. 

A mi abuelo, Joaquín Fariñas Mallorca, lo condenaron a muerte junto a Emilio Lorenzo Salgado. Pero aquí no termina esta historia.

Continuará...

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