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COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Demasiado humano [Jesús C. Álvarez]. Mostrar todas las entradas
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19 de abril de 2016

  • 19.4.16
Perdonen de antemano mi escepticismo, pero debo comenzar este artículo afirmando que la polémica suscitada por la filtración de los Papeles de Panamá es una farsa. Una escenificación pretendidamente épica a cargo de los periodistas y ese espíritu novelesco de búsqueda de la verdad, vigilancia de los poderes y demás ideales con los que justificar ocasionalmente la existencia de una profesión que la mayor parte del tiempo se encarga de velar por los intereses de los grupos económicos y políticos que lo sustentan.



La revelación de personajes famosos y empresas conocidas entre los clientes del despacho panameño de abogados Mossack Fonseca es como los últimos diez minutos de esas películas de intriga en las que sabes desde el principio quién es el asesino y por ello te puedes permitir incluso echarte una siesta para así ahorrar todo el proceso de pesquisas y situaciones rocambolescas. ¿Acaso alguien cree que las grandes fortunas del mundo y empresas que generan beneficios de miles de millones de euros tributan al 30 por ciento en sus países de origen?

Sería absurdo tan sólo pensar en ello. Por algo son ricos. Y por eso existen los paraísos fiscales. Y también por esa razón ninguna institución política va a emprender cruzada alguna para desmantelar los entramados de ingeniería fiscal que permiten evadir impuestos. Porque son los encargados de acometer esas leyes los que se benefician de esa zona gris de secretos bancarios y empresas opacas que les otorgan el poder. Es pura lógica.

Pero claro, iniciar un telediario informando que un ministro, un cantante o un escritor tienen o han tenido una de esas sociedades offshore con las que han burlado a Hacienda tiene ese encanto propio de las grandes gestas periodísticas, al estilo del caso Watergate. Y si además puedes provocar una dimisión o una declaración de arrepentimiento pública la sensación de poder debe ser algo cercano al éxtasis.

Ahora bien, seamos serios. Tener una empresa offshore, es decir, registrada en un país en el que no desarrollas ningún tipo de actividad económica y en el que se disfruta de ventajas fiscales y confidencialidad, no es ningún delito. Al menos a priori. Al igual que tampoco es ilegal que colectivos de empresas y millonarios evadan impuestos a través de las sicav. Todos lo hacen. Es parte del juego. La clave es que la opinión pública no sea consciente de ello para que no se propague la idea de que el ciudadano medio es el único idiota que tiene que cumplir con sus obligaciones.

En cualquier caso, todos podemos llegar a entender este comportamiento. Cuando apareció en la prensa que Bertín Osborne había sido titular de una de estas sociedades panameñas, su argumento fue que todos en Miami la tenían, que era algo habitual. Todos los que ganan suficiente dinero como para intentar a toda costa evitar pagar impuestos, naturalmente. Pensemos por un momento en el cabreo que cogemos cuando nos enteramos que un tercio de lo ganado en la lotería se lo lleva Hacienda. Y ni siquiera nos va a tocar.

Después de los Papeles de Panamá ya sabemos que alguna gente famosa evade impuestos. Bueno, ¿y qué? En realidad se han filtrado algunos de los clientes de uno de los miles de despachos de abogados de uno de los muchos de paraísos fiscales que existen en el mundo. Panamá ni siquiera es un paraíso fiscal para el Gobierno español. La metáfora de la punta del iceberg sería demasiado optimista. Este escándalo no es ni eso, es una simple constatación de algo que se sabe, que se permite y que se seguirá legitimando para siempre. Pero, y lo entretenidos que estamos…

JESÚS C. ÁLVAREZ

22 de marzo de 2016

  • 22.3.16
Ser un cargo político y tener el poder de determinar la vida de otras personas debe crear una sensación embriagadora parecida a la de ser un Dios terrenal, con mucha más repercusión que el otro, por cierto. Y claro, a un Dios no se le puede meter prisa. Los asuntos que tratan son trascendentes y, por tanto, precisan de mesura, de medidas cautas y precisas. Es un ejercicio de responsabilidad, no caben sentimientos humanitarios.



Al menos esa debe ser la postura de los dirigentes europeos que desde hace meses divagan entre soluciones nunca adoptadas para paliar la situación de los millones de refugiados que cada día continúan llegando a las fronteras del continente huyendo de una guerra, la de Siria, que ya se ha cobrado más de medio millón de vidas desde su inicio en 2011. Una vez que obviar el asunto con la vaga intención de que este se arregle solo haya resultado ser una medida infructuosa, la salida de barrer el problema para que otro se haga cargo gana adeptos.

La Unión Europea plantea deportaciones colectivas de refugiados políticos a Turquía, un país que aglutina ya tres millones de exiliados y cuyo respeto a los derechos humanos está lejos de ser escrupuloso. La contrapartida es clara: dinero, libre circulación de ciudadanos turcos en Europa y un paso más a la integración del país en la Unión. Es decir, la diplomacia de Turquía ya no se basa en palabras vacías, promesas o contrapartidas económicas al estilo de la vieja escuela, sino en el tráfico de personas.

Una operación de estas dimensiones requiere, consecuentemente, de una ardua negociación. Poco importa que en la frontera griega se agolpen en el barro 40.000 personas, la mayoría mujeres y niños, esperando continuar por la ruta de los Balcanes; o que más de 4.000 personas hayan muerto en el Mediterráneo desde el año pasado.

Parece dar igual que las mafias secuestren a niños que viajan solos para venderlos a redes de prostitución; que se produzcan violaciones cada día en los campamentos de refugiados. O que tan sólo se haya dado asilo a unos mil exiliados de los 160.000 que la UE se comprometió a reubicar hace meses y que continúan esperando entre la desesperación y la enfermedad. Por cierto, España ha dado asilo a 18.

Muchos ya hablan de la mayor tragedia de las últimas décadas. Probablemente porque está ocurriendo en territorio europeo. Poco se sabe de las condiciones vividas por los refugiados en Turquía, pues allí la prensa no es bienvenida.

De cualquier forma, en Europa los medios tampoco incrementan la presión popular ante hechos como el cierre de fronteras en países como Austria y Hungría; que Dinamarca confisque a los refugiados todos sus objetos de valor para entrar en el país; que la OTAN esté desarrollando operaciones de patrullaje en el Mediterráneo para interceptar a inmigrantes como si fueran piratas o terroristas; que en Alemania y Suiza se exija una cuota de entrada; que en Inglaterra se marque de rojo la casa de los solicitantes de asilo para facilitar el trabajo de los grupos xenófobos… En definitiva, que Europa esté cometiendo un genocidio silencioso de un pueblo que escapa de una guerra.

Pues, ¿qué dirigente europeo quiere arriesgar su cargo por unos cuantos miles de exiliados? En Francia, el Frente Popular de Le Pen ocupa cada vez más instituciones; en Alemania un partido de extrema derecha gana terreno; en Bélgica ya gobiernan los xenófobos; en Reino Unido sigue creciendo el sentimiento antieuropeo.

Lo realmente grave es que sea la ciudadanía europea la que exija que se expulse a personas que no tienen nada. Ahí radica la metástasis de una sociedad que se encierra más y más en un bienestar artificial mantenido a costa del resto.

Y, a pesar de todo ello, Europa continúa siendo la única esperanza. Los refugiados no viajan a los reinos del Golfo Pérsico, donde se construyen pistas de hielo en el desierto, para pedir auxilio. Se encaminan a Europa con la ilusión de que el pueblo que abandera la lucha por los derechos humanos sea consecuente con sus políticas para no repetir los errores de un pasado tenebroso.

Mientras cientos de miles de personas esperan su oportunidad en la frontera, prácticamente enterrados en el barro, la realidad es que es Europa la que se debate en su propio barro, el de la indolencia y la ausencia de solidaridad.

JESÚS C. ÁLVAREZ

2 de marzo de 2016

  • 2.3.16
Declaraba en una reciente entrevista la mujer del Chapo Guzmán, modelo de 26 años, que no le constaba que su marido traficara con drogas. El que ha sido jefe del cartel más importante y sanguinario del mundo, fugado en varias ocasiones de prisiones federales y de nuevo encarcelado por delitos tanto en su país como en numerosos estados de EEUU, al parecer es un “marido y padre ejemplar, amable y educado”. No lo pondremos nosotros en duda, pero negar que tenga algo que ver con el tráfico de drogas es, o bien una estudiada estrategia de comunicación para defender a su marido, o bien fruto de una preocupante falta de perspicacia.



Recordad a Ana Mato, que no sabía que su marido guardaba un Jaguar en su garaje o que las fiestas de cumpleaños de sus hijas le salían gratis. O más allá de la aparente falta de comunicación de algunos matrimonios, el hecho de que los sucesivos presidentes de la Junta de Andalucía desconociesen que buena parte de la Administración pública que dirigían funcionaba como una organización criminal. En estos momentos, la actualidad se centra en Rita Barberá, que tampoco se percató que todo su equipo de gobierno estaba metido en redes de corrupción cuyo centro neurálgico era el Ayuntamiento de Valencia.

Presupongamos que es cierto, que ni la esposa del Chapo, ni Griñán, ni Chaves, ni Rita Barberá sabían nada; que su candidez natural obnubilaba sus sentidos. Es fácil llegar a la conclusión, por tanto, de que alguien ha jugado muy bien su papel: el hacedor de la mentira, el maestro del despiste. La máxima aquí está clara: que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha.

Pero para ello hay que tener cierta habilidad. Todo el mundo no es tan inocente. Pensemos en el panorama político actual tras dos meses de noticias sobre hipotéticos pactos, llamadas telefónicas, líneas rojas y demás idioteces insustanciales para llenar medios igualmente insustanciales.

Pedro Sánchez necesita pactar con su izquierda, es decir, Podemos y subsidiariamente IU, y con su derecha, Ciudadanos, pero para ponerlos de acuerdo, unos no pueden enterarse de lo que promete a los otros, para una vez conformado el Gobierno, pudieran decir eso de “yo no sabía que se iban hacer recortes” o “los del PSOE son unos traidores”, o “esto no es lo que habíamos acordado”. Pues hay que partir de la base de que no se puede contentar a todos por igual.

Lo que ha ocurrido es que unos se han enterado de lo que se negociaba con los otros y, claro, se puede ser ingenuo, pero no rematadamente idiota. Y ya no hay pacto, y consecuentemente, tampoco Gobierno. Pedro Sánchez lo ha intentado, pero ha quedado claro que no es el rey del mambo. Igual debería pedir consejo a los maestros de la mentira, a los que tejen las redes del engaño y hacen que nadie se entere de nada, o que hacen que se enteren tan bien que no les interese decir lo que saben.

JESÚS C. ÁLVAREZ

5 de febrero de 2016

  • 5.2.16
Hace tan sólo dos semanas, la Organización Mundial de la Salud (OMS) decretó la erradicación del brote de ébola que ha acabado con más de 11.000 personas en los últimos años, fundamentalmente en los países del África occidental. Cualquier ciudadano europeo pensará que las autoridades sanitarias son excesivamente cautelosas, que el tema del ébola hace ya tiempo que dejó de estar de actualidad y que, consecuentemente, dejó de existir a todos los efectos.



Durante los últimos meses de 2014, la paranoia sobre un contagio masivo del virus a raíz de la repatriación del misionero infectado y la posterior transmisión a la enfermera que lo trató, abría telediarios, centraba los debates en las tertulias y era el tema de conversación del que todo el mundo hablaba en la calle.

Se trataba de la amenaza del momento. Un virus procedente de África contra el que toda medida preventiva era insuficiente. Nada de repatriar a misioneros, voluntarios y otros temerarios que se exponían al peligro en aquellos países. Que se resignaran a las consecuencias de sus actos. Como en las películas americanas de acción, en las que el sacrificio de unos pocos era tolerable para la salvación de la colectividad.

Hoy día hablar de ébola, sin embargo, parece pasado de moda. Como la gripe aviar o la crisis de las vacas locas. Una exageración de los gobiernos y los medios de comunicación para el beneficio de la industria farmacéutica. Nuevas amenazas para nuestra civilización han surgido mientras tanto, como el Daesh. Por ello, encontrar una breve noticia en el discurso mediático sobre el cese del virus es como encontrar cuando se ha dejado de buscarlo, ya no nos interesa, no lo necesitamos.

No obstante, a lo largo de este año y medio, cientos de personas han continuado muriendo en Liberia, Guinea o Sierra Leona, y los infectados han debido sobreponerse a la enfermedad con la única ayuda de los activistas y sanitarios que no huyeron despavoridos cuando todo indicaba que estábamos frente al fin del mundo. En silencio, o más bien silenciados, una vez que el virus dejó de ser global para ser local. Como locales son los problemas derivados del mismo: los miles de niños huérfanos, las familias rotas, las economías devastadas.

Da la impresión que la empatía del ser humano está limitada al área de influencia del Yo, individual o colectivo. Si de una forma más o menos directa algo no nos afecta, nuestra capacidad para tolerar el sufrimiento del resto es infinita. Ese precisamente es el elemento que nos define como civilización; la ausencia de afección por el otro, la asimilación de que toda injusticia o tragedia es ajena a nuestra responsabilidad o nuestra incumbencia.

Por ello han seguido muriendo personas por el ébola sin que nadie se haya enterado, al igual que lo siguen haciendo por hambre, o huyendo de la guerra, no sólo en lugares remotos, sino en las costas de nuestro mundo. Como en aquella película mexicana de Rodigro Plá, La Zona, tan sólo nos preocupamos de los demás cuando se internan en nuestro barrio residencial, y no precisamente para ayudarlos.

JESÚS C. ÁLVAREZ

6 de enero de 2016

  • 6.1.16
Le he dado muchas vueltas al título de este artículo. Buscaba a un animal que simbolizara algunas cualidades humanas, en especial entre los humanos que se dedican a la política, como la astucia, la hipocresía o la sagacidad para alcanzar ciertos fines. Y el primero que me vino a la mente fue el zorro. Sin embargo, dado que la protagonista de este breve comentario es una mujer, la flexión femenina del sustantivo adjetivado podría ser considerada como excesivamente provocadora, más aún en los tiempos de lo políticamente correcto.



Así pues, Susana Díaz se queda con el calificativo de animal político en su vertiente genérica, sin la intención de atribuirle un matiz negativo. Al fin y al cabo, la perseverancia, el instinto de supervivencia y la ambición no tienen por qué ser condiciones reprobables en una persona, más aún si se dedica a la política. Es más, son precisamente éstas las que conducen al éxito.

Susana Díaz se afilió con 17 años al PSOE y su recorrido desde entonces parecer desvelar un plan de asalto al poder minuciosamente pergeñado. Primero como secretaria general de las Juventudes Socialistas; después como concejala del Ayuntamiento de Sevilla, diputada en el Congreso, senadora, consejera y, finalmente, presidenta de la Junta. Una carrera brillante, sin duda, para alguien que sabía lo que quería y cómo conseguirlo.

Por ello, cuando en las últimas semanas el runrún mediático postelectoral no deja de apuntar hacia ella como la líder autoproclamada de una rebelión interna de los barones territoriales contra Pedro Sánchez, lo más fácil es creerlo. Porque quizás haya llegado la hora de dar el salto definitivo, de completar el proyecto personal que la sitúe como futura presidenta del Gobierno o, al menos, candidata para las elecciones generales que presumiblemente se celebrarán en primavera para desatascar la situación que los ciudadanos han provocado.

En definitiva, ha llegado el momento de las puñaladas, las conspiraciones, las declaraciones veladas. La hora de la política de verdad. Como muestra, pocos días después de conocerse los resultados, aparecía Susana Díaz imponiendo sus líneas rojas y desacreditando a su secretario general: se puede pactar con el PP, pero no con Podemos, porque estos quieren fracturar España.

Mentira. Podemos no quiere fracturar España: con lo que puede acabar es con el PSOE. Y, naturalmente, el partido, las ambiciones personales, el instinto de supervivencia, siempre van por delante del país y de los votos de los ciudadanos.

Pedro Sánchez no es ningún cordero, aunque su total falta de carisma y liderazgo pueda hacerlo pensar. Pero lo que tiene enfrente es un depredador sin demasiados escrúpulos. Sánchez es ya un cadáver político que parece haber sido puesto ahí para allanar el camino a la dirección del partido eliminando de la carrera a Eduardo Madina y dando tiempo a Díaz para asentar su poder en Andalucía y, de paso, disfrutar de una maternidad más sosegada. En las próximas semanas seremos testigos de ello. Será entonces cuando algunos verán las orejas al lobo.

JESÚS C. ÁLVAREZ

16 de diciembre de 2015

  • 16.12.15
A medida que se acercan las elecciones, las conversaciones con familiares y amigos sobre a qué partido votaremos se repiten con mayor o menor pudor. Y también con más o menos recato se tiende a contestar con vaguedades, escurriendo el bulto. El argumento que se suele utilizar para evitar que alguien te encasille, con o sin razón, en algún partido es la de afirmar con cierta resignación que da igual a quien votemos, que siempre ganan los mismos, o que todos prometen pero nunca cumplen.



Este año el destino, o más bien Mariano Rajoy, ha decidido que las elecciones generales sean en Navidad, por lo que los tanteos indisimulados de nuestras tendencias políticas en comidas de empresa, copas de sobremesa y fiestas varias van a ser habituales. Con la única diferencia de que nuestra vieja excusa bajo la que disfrazar la indolencia generalizada hacia los políticos ya no vale. O al menos no funcionará si nuestra audiencia está mínimamente atenta a lo que ocurre en España.

Es cierto que durante las últimas décadas, elegir entre PP o PSOE no ha sido una decisión que alentara precisamente el espíritu democrático, más aún cuando en cada legislatura han hecho lo que han querido, lo cual, en el fondo, ha sido muy parecido. Sin embargo, en esta ocasión son cuatro los partidos que tienen posibilidades de gobernar y que han despertado un interés por la política que nunca antes se había visto en este país.

Desde luego, algo ha cambiado. Y lo ha hecho a todos los niveles. Hace una semana, un debate entre los tres candidatos a la presidencia más una suplente se convirtió en el programa de televisión más visto del año. Era el tema del que se hablaba en las redes sociales, en la calle, en las comidas familiares del día siguiente. Quizás los representantes de estos partidos no sean un ejemplo de coherencia, raciocinio y deliberación, que nuestra democracia no vaya a dar un salto de calidad abismal, pero no cabe duda de que estamos mejor que antes.

Y como prueba, el cara a cara del pasado lunes entre los candidatos del PP y el PSOE, en el que sólo faltó un filtro de blanco y negro para recordarnos en qué consiste la vieja política: en el ‘y tú más’, en las herencias recibidas, los ataques personales, la falta de ideas, el halo de inconsistencia y desconfianza, las mentiras y medias verdades… Todo lo que ha hecho que durante años suspiráramos cada vez que se acercaban las elecciones, porque se trataba de votar entre lo malo y lo peor.

Ya no hay pretextos para esconderse. Ahora hay programas electorales, confrontación de posturas, una considerable ilusión por cambiar las cosas. Es el momento de reivindicar la política y participar en ella, pues sólo así podrá estar al servicio de la sociedad, de todos nosotros. No sé si estas son las elecciones más importantes de la historia, lo que está claro es que, por primera vez, podremos elegir.

JESÚS C. ÁLVAREZ

25 de noviembre de 2015

  • 25.11.15
Son tantas las tragedias que asolan cada día el mundo que el mejor remedio es ignorarlas. No podemos sentir miedo o angustia telediario tras telediario. Por ello nos volvemos selectivos. No es lo mismo un terremoto en Pakistán que en Lorca. O un asesinato indiscriminado en EEUU que en Birmania. Es una cuestión de proximidad, ya sea geográfica o sentimental.



Los medios de comunicación nos ayudan en la tarea, e incluso hacen por nosotros la equivalencia tácita del dolor que debemos sentir entre unos muertos y otros, o nos alivian cuando, nada más informar acerca de un atentado, un tsunami o un accidente de avión, incorporan la nota aclaratoria “no hay españoles (u occidentales) entre las víctimas”.

Así que claro que no es lo mismo el atentado de París que las decenas de ataques terroristas ocurridos en los últimos meses en Líbano, Irak, Afganistán, Egipto o Siria. Francia está aquí al lado, es Europa, Occidente. Nos sobrecogemos con las atroces imágenes de los asesinatos, guardamos minutos de silencio, teñimos nuestra imagen de perfil de Facebook con los colores de la bandera gala. No es hipocresía, es miedo. Terror a un nosotros amenazado. Son, al fin y al cabo, nuestros muertos.

Tras la desgracia nadie habla de justicia, sino de venganza. Por eso aparece el presidente francés en televisión con rostro iracundo prometiendo que no habrá piedad con los asesinos. Y todos aplauden. Porque nadie entiende que el asesinato de esas más de ciento treinta personas inocentes sea un acto de guerra y no un mero ataque irracional de una banda de terroristas sin escrúpulos.

Francia está en guerra, pero no ahora, sino desde hace meses, cuando decidió bombardear posiciones del Estado Islámico en Siria, matando a sus soldados, sí, pero también a hombres, mujeres y niños inocentes incapaces de escapar de una guerra civil enquistada en el tiempo.

La violencia funciona de acuerdo a la fórmula acción-reacción. No se trata de averiguar quién golpeó primero sino en romper la dinámica. En 2001, cuando EEUU sufrió los atentados del 11 de septiembre, George Bush y su equipo de gobierno decidieron reaccionar con más violencia. Ocuparon Afganistán, encarcelaron y torturaron a personas sin pruebas y convirtieron Irak en un polvorín. Madrid y Londres padecieron las consecuencias.

Lejos de aprender la lección, en 2011 se acaba con Libia y se juega con Siria. Precisamente es en cada uno de los países intervenidos donde los grupos terroristas se hacen más fuertes, pues aquí la desesperanza, el odio y las posibilidades para comerciar con la muerte son también mayores.

Decía Johann Galtung, el mayor experto en estudios de la paz, que esta “no se alcanza a través de la seguridad, sino que la seguridad se alcanza a través de la paz”. Tras los atentados de París esto suena a chiste. Al igual que muchos creyeron que era un chiste la propuesta de Manuela Carmena de entablar negociaciones con el Estado Islámico o la de José Luís Rodríguez Zapatero de potenciar ahora más que nunca la Alianza de Civilizaciones.

Ahora sólo queremos ver cazas bombardeando un desierto, como hace 14 años, cuando hay cuestiones mucho más importantes como saber quién vende las armas a los terroristas (la industria mundial la controla casi en su totalidad EEUU, Rusia, Alemania, Francia y Reino Unido), con quiénes comercian éstos para vender el petróleo o cuáles son los aliados que los están financiando.

La idea de acabar con el terrorismo de corte islamista mediante las armas es como la de atrapar aire con las manos. No se trata de un Estado como tal, con un ejército estable y unas infraestructuras fijas, sino de un sentimiento identitario que haya su fundamento en el odio a Occidente y en la falta de oportunidades de sus seguidores en todo el mundo.

Francia se encamina hacia otra guerra sin fin. Y lo hace porque seguimos sin ser capaces de ver más allá de nuestros muertos, los únicos que nos importan, hasta comprender que la violencia tan sólo genera más violencia en un circuito eterno de tragedia e incomprensión.

JESÚS C. ÁLVAREZ

11 de noviembre de 2015

  • 11.11.15
Seguro que en alguna ocasión os han planteado esas absurdas aunque intrigantes pregunta de: ¿por cuánto dinero te comerías una cucaracha? ¿Y una caca de perro? ¿Por cuánto te meterías en una tinaja llena de arañas? En realidad, pueden llegar a ser tantas las variantes como imaginación escatológica tenga el interlocutor. La cuestión es afrontar un miedo o una repugnancia suprema mediante una hipotética recompensa monetaria.



La mayoría de la gente responde de primeras relativamente tajante: “ni por todo el oro del mundo”, a lo que sigue la réplica habitual. “¿Ni por un millón de euros?”. La cosa cambia. Surgen las dudas. Al fin y al cabo, tan sólo son unos minutos de sufrimiento, un sacrificio que puede cambiar toda una vida.

Este ejemplo, a priori tan ingenuo y propio de personas aburridas un domingo por la tarde, revela en el fondo una realidad subyacente al género humano: que todos tenemos un precio. Más alto, más bajo, la pulsión egoísta prevalece. Y no sólo hablamos de catar un zurullo canino, sino de decisiones que plantean dilemas éticos más profundos.

¿Venderías preferentes a ancianos analfabetos aun sabiendo que pueden perder todos los ahorros de su vida? ¿Saldrías en televisión para contar que te has acostado con otro hombre o mujer aunque sea mentira? ¿Venderías armas a gobiernos o a milicias que asesinan a sus ciudadanos? No, por Dios, claro que no, ni por un vellocino de oro. Sin embargo, la realidad parece indicar lo contrario.

Un ejemplo más prosaico que fue el que me hico reflexionar sobre el asunto: el nuevo anuncio de McDonald’s con la imagen del prestigioso chef Dani García. Probablemente Dani García no haya comido en un restaurante de comida rápida desde que iba con sus amigos adolescentes los viernes por la noche a tirarse las fundas de las pajitas. Probablemente, odie McDonald’s y todo lo que representa. Joder, es un maldito chef.

Pero ahí está, con el insoportable amaneramiento de los cocineros, presentando la puta hamburguesa de toda la vida. ¿Por qué? Porque a Dani García le hicieron la gran pregunta: ¿por cuánto dinero nos prestas tu imagen para representar uno de los más grandes eslabones de una industria alimentaria que mata (o si queremos darle más énfasis, asesina) a cientos de miles de personas en el mundo con productos nocivos para el organismo humano?

No sé, supongo que hablaremos de mucho dinero (o ese espero, porque si no es así, Dani García, además de un vendido, es gilipollas). Lo importante es preguntarse si nosotros no lo haríamos. Nos podemos justificar de mil maneras. Las justificaciones son siempre las que nos libran de la carga de la culpa y de la mala conciencia; que si no lo hago yo, lo hará otro; que si yo sólo soy un simple trabajador, que el daño lo hacen otros; que en realidad lo que hacemos es positivo; que mi familia tiene que comer…

La moral es un invento. O al menos lo es cuando entra en conflicto con las necesidades e instintos del individuo que, al parecer, tan sólo el dinero puede satisfacer, cuando la mente comienza a crear la ilusión de una vida feliz a partir de ese elemento tan denostado y anhelado a la vez. Para comprobarlo, hagamos un experimento introspectivo: piensa en algo que a priori nunca harías, y luego ve proponiendo cifras hasta que des con una lo suficientemente buena para al menos pensártelo. En resumen: ponte precio.

JESÚS C. ÁLVAREZ

28 de octubre de 2015

  • 28.10.15
Escribía el filósofo Eric Fromm en El miedo a la libertad, ensayo publicado en 1941, que “el individuo debe estar activo para superar el sentimiento de duda y de impotencia, como una manera desesperada de evadirse de la angustia”. Es decir, que mientras estemos labrando el campo, completando facturas o reponiendo productos en unos grandes almacenes, evitaremos caer en las insondables redes del sinsentido de nuestras vidas, lo que traducido al lenguaje cotidiano sería algo así como “mejor no pensar demasiado, no vaya a ser que nos quedemos tontos”.



El trabajo como nuestra salvación; quién lo diría. Regresamos de las vacaciones y nos sentimos más cansados que cuando nos fuimos, de mal humor, sin ganas de nada. Acudimos al psicólogo y nos dice que tenemos el síndrome postvacacional. Sin embargo, el calendario marca el mes de noviembre y el síndrome parece haber derivado en crónico. ¿Qué nos ocurre entonces? Sencillamente que no nos gusta trabajar.

En esta época de desempleo y crisis económica está casi mal visto hablar en estos términos. Es de desagradecido, de quejica, ¡suerte la tuya que tienes un empleo! Debemos felicitarnos introspectivamente por trabajar más por menos dinero, en condiciones lamentables y con la incierta misión de sacar nuestro país adelante. Y a veces funciona pensar así, pero el resto es un consuelo de mierda.

A nadie le gusta trabajar, y quien diga lo contrario miente o tiene unos problemas mentales tan serios que es mejor para la sociedad que trabaje. Ahora bien, si no trabajamos, ¿qué hacemos? Pues como asegura Fromm la inactividad es el alimento de la depresión, la mano insensata que nos quita la venda de los ojos y nos arroja a los leones (somos nosotros los que estamos en la jaula, no ellos). Es preciso ocupar nuestro tiempo, dedicar nuestras vidas a algo que nos distraiga. Como dice el personaje al que da vida Joaquim Phoenix en la última de Woody Allen, “la desesperación está en quedarte sin distracciones”. Hagamos algo pues.

La clave es el ocio. El concepto posmoderno por antonomasia. La mayor creación de la segunda mitad del siglo XX. Nuestra tabla de salvación. La ética del ocio ha sustituido a la ética del trabajo de las generaciones precedentes y la ha enterrado bajo una espesa capa de hobbies, libros de autocomplacencia y sueños por cumplir. Por eso hay tanta gente que quiere vivir de la música, o de escribir blogs de viajes o de montar lucrativos negocios e Internet a los que dedicar una hora a la semana. Habrá hasta quien quiera ganar dinero practicando running. Quieren hacer de su vida un parque de atracciones a la carta.

Hay que reconocer que son tantas las distracciones disponibles que podríamos llenar todas las horas del día practicándolas sin que el menor atisbo de pensamiento existencial nos cruce la mente. Ya no necesitamos trabajar para estar ‘ocupados’, ya lo estamos cuando pensamos qué regalo comprar a tu novia por navidad, cuando actualizamos nuestro estado en Facebook o cuando elegimos si esta tarde iremos a body pump, body combat o body balance. Podemos elegir, y eso nos hace felices.

Es la auténtica evolución del género humano, el paso adelante definitivo, la respuesta que vieron los existencialistas. Hemos hallado la fórmula definitiva para vivir alejados de nuestra insustancialidad ejercitando precisamente eso, la nada. Ese es el futuro, vivir para nosotros mismos, alimentando nuestro ego y dedicándonos a nuestras distracciones. Mientras tanto, seguiremos sufriendo el síndrome postvacacional en plenos noviembre, aunque sólo sea durante la jornada laboral.

JESÚS C. ÁLVAREZ

13 de mayo de 2015

  • 13.5.15
Para los que aún están enredados con el B1 o no tienen un traductor inglés-español a mano, wanderlust es una palabra de origen alemán que viene a significar etimológicamente el placer de vagabundear o deambular, pero que aquí simplificaremos en la etiqueta, mucho más anodina y genérica, de pasión por viajar.



Es una palabra de moda, de esas que aparecen en las cabeceras de las revistas, en blogs y en las etiquetas de Instagram de gente que quiere compartir lo a gusto que está tomándose una caipirinha en una terraza frente al mar, aunque sea en Fuengirola.

A todos nos gusta viajar, al fin y al cabo. Sigue siendo la forma más popular de dar una patada al gimnasio, la dieta baja en carbohidratos, los programas de Telecinco, los almuerzos con la familia y la insoportable rutina de tener trabajo o buscarlo. Y además es una excelente oportunidad para darle envidia a tus amigos de Facebook.

Quizás por todo ello, la pasión por viajar o el wanderlust se ha convertido en la última tendencia que es necesario mercantilizar. Probablemente hayáis visto la última campaña publicitaria del nuevo modelo de una conocida marca de coches, de esos que abultan como una furgoneta pero con estilo, en la que juegan con la palabra de moda para venderlo desde 27.000 euros.

Lo que viene a decir la campaña es que si tienes wanderlust, ese es tu coche, porque es el que te permite recorrer los terrenos más inexplorados, aunque cada vez haya menos espacios sin asfaltar, y explorar los lugares más desconocidos, a pesar de que todos sabemos que en el Google Imágenes está todo y con el mapa por satélite podemos ver hasta la ropa tendida en nuestra terraza.

En su página web incluso se permiten la licencia de citar a Paul Theroux y al Dalai Lama, decorarlo todo de fotografías sugerentes hechas con una GoPro, o invitarte a coger un año sabático, cosa improbable teniendo en cuenta lo que vale el coche...

En realidad, a los responsables de la marca les da igual que la mayoría de los que compren el coche sólo lo vayan a utilizar para esperar en doble fila al niño a la salida del colegio, o para llenar el espacioso maletero de bolsas del Mercadona porque el viaje más lejos que han hecho es a Punta Cana para el fin de carrera.

Se trata de venderte un producto embalado por una idea de lo sensacional que sería tu vida si tuvieras el remoto coraje de vivirla. Como los anuncios del iPhone que sale un tipo componiendo una sinfonía o pintando una obra de arte en la pantalla. No importa que después sólo utilices la aplicación del WhatsApp, el Marca o la que te dice cuando te viene la regla, pero, ¡qué montón de cosas molonas se pueden hacer con ese móvil!

El marketing se ha convertido en la disciplina artística definitoria de nuestro tiempo. Antes se construían catedrales, se escribían novelas, se pintaban cuadros. Ahora se recrean ideas usadas con eslóganes inspiradores para la gran masa de necesidades absurdas y sueños que nunca se realizarán. Todo para que la rueda de la producción no se detenga, pues en ese momento es cuando nos iremos todos a pique.

Nadie que realmente sienta una pasión por viajar –salvo los que para el dinero no sea problema alguno– se va a gastar 30.000 euros en un coche por muy lejos que este te pueda llevar, que para eso está el avión, que te lleva más lejos y más barato.

Sin embargo, así se venden coches, con la vaga idea de territorios por descubrir, alimentando un instinto del ciudadano medio bastante apagado pero con el que se pretende identificar a toda costa en un ejercicio de mimetismo publicitario, como el del culto al cuerpo conforme a las directrices que marcan las empresas de moda o el afán por tener el último modelo de tecnología de cualquier tipo. Es la sublimación del ser humano a la idea falsa de felicidad que persigue.

JESÚS C. ÁLVAREZ

9 de abril de 2015

  • 9.4.15
Probablemente os ha ocurrido alguna vez el hecho de ir conduciendo distraído por la ciudad y no percatarte de que una persona está cruzando un paso de cebra hasta llegar a este y frenar de forma brusca. En ocasiones, el peatón ni siquiera advierte lo cerca que ha estado de ser arrollado por el coche, confiado de cruzar por un lugar especialmente habilitado para ello por la normativa de Seguridad Vial.



Sin embargo, el paso de cebra tan solo consiste en unas franjas blancas paralelas pintadas sobre el asfalto. No hay sistema de seguridad alguno para salvaguardar la integridad de los peatones. Una mirada distraída a la derecha, una discusión acalorada con el copiloto o cambiar de emisora, y se puede desencadenar un accidente.

En realidad, la única garantía reside en la presunción de atención del conductor a la carretera y de respeto de este al sistema de convenciones que regulan el tráfico. Es decir, nuestra seguridad se encomienda a una confianza ciega.

Este es sólo un ejemplo de la abrumadora dependencia mutua que caracteriza todo cuerpo social y avala el funcionamiento más o menos armónico de la vida en colectividad. Por mucho que la ingeniería publicitaria, los libros de autoayuda o el liberalismo prediquen la unicidad del individuo y las bondades de ir por libre, lo cierto es que cada uno de nuestros gestos cotidianos, así como nuestra propia supervivencia, dependen del trabajo anónimo del resto.

Desde que tomamos una ducha de agua caliente por la mañana hasta que llegamos a nuestro lugar de trabajo en transporte público han intervenido multitud de personas que posibilitan una rutina de la que creemos ser los únicos responsables en virtud a una falsa percepción de autonomía. Como en un hormiguero, el valor de un solo sujeto es insignificante salvo en su coordinación con el resto.

No obstante, el impacto que el mal funcionamiento de uno de los nodos de esta inmensa red puede producir en el resto no es, desde luego, reducido. El conductor que habla por el móvil y se salta un stop, el operario de una central nuclear que ignora un aviso de seguridad, el meteorólogo que subestima un ciclón, el médico que no diagnostica una enfermedad infecciosa, el hombre de la compañía del gas que no verifica correctamente los conductos de un bloque de edificios… o el piloto de avión que decide suicidarse estrellándose contra una montaña con cientos de pasajeros a bordo.

El factor humano es lo que nos mantiene vivos, lo que permite que la sociedad funcione. Pero al mismo tiempo es también la amenaza que niega la previsibilidad del sistema y desvela su incapacidad para ser automatizado. Ante esta circunstancia, por muy inconcebible que pueda parecer, la única garantía sigue siendo la más arcaica actividad de todas: confiar en los demás.

JESÚS C. ÁLVAREZ

18 de marzo de 2015

  • 18.3.15
Querido lector, querida lectora, estoy complemente seguro de que a estas alturas de la campaña electoral andaluza has visto más veces la cara a Susana Díaz o Juanma Moreno que la de tu propio padre. Abres el buzón para recoger las facturas del mes y allí están los sobres a todo color; sales a la calle y te topas con un mitin improvisado; enciendes la televisión y no hay más que debates sin argumentos; esperas al autobús con la compañía, a tamaño real, de los candidatos rodeados de gente que no parece real; te despiertas el sábado por la mañana con el altavoz de una furgoneta que, ¡oh sorpresa!, no es ni del tapicero ni del vendedor de naranjas, sino de un maldito militante que cree que, por algún tipo de resorte subliminal de tu cerebro, vas a votar al partido del que va pregonando sus bondades.



La política está en el ambiente. Afortunadamente, son apenas unas semanas; el resto del año los políticos hibernan, al igual que sus promesas, que no vuelven a salir a la luz hasta la próxima cita electoral. Es el precio de la democracia: no sólo te tienes que dejar engañar por discursos manidos toda tu vida, sino que además tienes que elegir el que te guste más, por muy inverosímil que este sea, y hacerlo hasta con convencimiento.

Pero ya que hablamos del precio de la democracia, hagámoslo con datos. Puesto que la papeleta que has recibido en tu buzón y que ya debería estar en el cubo de la basura (pero en el azul), no es gratis. Y no es que no sea gratis para el partido político que te la envía para su propio beneficio, sino que te cuesta dinero a ti, querido contribuyente.

La Junta de Andalucía subvencionará estas elecciones a los tres partidos con representación en el parlamento con unos diez millones de euros de dinero púbico, repartidos según el número de votos (82 centímos por cada uno) y diputados (22.300 euros por escaño).

Así, el PSOE se gastará aproximadamente 4,5 millones de euros; el PP, 4 millones e Izquierda Unida, en torno al millón de euros. El mecanismo es sencillo: la Junta adelanta un 30 por ciento de la cuantía total antes de las elecciones (sin retrasos, para esto siempre hay fondos) e ingresa el resto una vez celebradas.

Mientras tanto, los partidos acuden a los bancos para financiarse a interés cero y sin plazos. Si se portan bien, igual hasta no hay deudas y tan contentos. De hecho, en la nueva Ley de Financiación de Partidos que se está redactando actualmente se prohíbe la condonación de deudas por parte de los bancos, lo que da una idea de lo extendida que está la práctica.

En el caso de que no tengas representación parlamentaria, al partido que se presenta le toca rascarse el bolsillo. Ciudadanos y UPyD se gastarán unos 200.000 euros cada uno para sufragar su campaña, dinero proveniente en su mayor parte de préstamos y donaciones. Podemos, por su parte, le ha rascado el bolsillo a sus simpatizantes para recaudar unos 600.000 euros de microdonaciones que podrán ser devueltas si consiguen los escaños que preveen.

Una vez que tenemos las cifras, es el momento de caer en la demagogia. Andalucía sigue siendo una de las regiones de Europa con mayor índice de desempleo; miles de personas viven en pobreza extrema; los servicios sanitarios están colapsados por falta de personal y de recursos; la construcción de infraestructuras básicas como escuelas o centros de día están paralizadas por falta de liquidez; las facturas impagadas se acumulan en los cajones de la Junta...

Pero el dinero sigue aflorando en las elecciones para que aquellos que no han hecho nada para solucionar los problemas de la ciudadanía se gasten el dinero público en sobres, carteles y banderitas con los que convencernos de que harán algo diferente en los próximos cuatro años.

JESÚS C. ÁLVAREZ

4 de marzo de 2015

  • 4.3.15
España, año 2015 de nuestro Señor. Los alumnos de bachillerato deberán reconocer "con asombro el origen divino del cosmos y su incapacidad de la persona para alcanzar por sí misma la felicidad". En el instituto, y en una asignatura de Religión. Así se establece en el Boletín Oficial del Estado (BOE). Un segundo, confirmamos: España, 2015.



Este tipo de asuntos suelen estar rodeados de una fuerte polémica, aunque en muchas ocasiones no se atine a aplicar el foco. Indudablemente, toda religión parte de una concepción divina del mundo, por lo que no hay que asustarse con este tipo de asunciones radicales. De hecho, son las mismas desde hace siglos y nadie ha podido erradicarlas a pesar del progreso en todos los campos del conocimiento humano. La cuestión sería más bien responder por qué existe una asignatura de religión en el currículo académico de los jóvenes españoles.

Por mucho que se haya falseado la materia durante las legislaciones educativas del PSOE con aproximaciones ambiguas y supuestamente objetivas, como eso de la historia de las religiones, sigue siendo un disparate que un estado aconfesional forme a sus ciudadanos en preceptos religiosos creacionistas.

Y que además lo haga en centros públicos o con dinero público en centros concertados religiosos donde se oficie misa antes de iniciar las clases. Es como si el Estado mandase de nuevo a la hoguera a todos los científicos y hombres de letras que se opusieron a la visión teológica del mundo y murieron por ello.

Naturalmente, cada persona es libre de profesar el credo que necesite, pero no es lógico contraponer en una institución educativa la fe con la ciencia como si fueran dos instancias equiparables entre las que hacer una elección. Al igual que no es necesaria la fe para conocer la temperatura de ebullición del agua, la ciencia está fuera de lugar si lo que se pretende es dilucidar la existencia de Dios, pues en este punto no hay razón alguna a la que aferrarse.

Otra cuestión es si preferimos negar el caos y el misterio impenetrable del universo en favor de una visión teleológica del mismo con un principio ordenador y divino, para así calmar nuestra ansiedad ante la insignificancia de nuestra existencia y lo escurridizo de la felicidad. Es perfectamente comprensible, e incluso puede llegar a ser positivo.

Ahora bien, las nuevas generaciones no deben realizar esa elección o ser adoctrinados en la necesidad de llevarla a cabo en un instituto o colegio. Pues de ese modo estaríamos reproduciendo las mismas disociaciones entre lo público y el ámbito privado de la fe que han marcado la historia y que aún hoy se extienden en nuestro país en controversias como el aborto, la eutanasia o el progreso científico por obra y gracia de la Iglesia católica y su brazo político.

JESÚS C. ÁLVAREZ

11 de febrero de 2015

  • 11.2.15
El periodismo y la política son dos instituciones muy similares. Ambas han guarnecido su inoperancia sustancial bajo un mantra pseudofilosófico con el que justificar su pervivencia. Hoy día sigue siendo igual de difícil encontrar un político honesto o un periodista independiente que hace un siglo, en cualquier parte del mundo. Sin embargo, hasta ahora nadie ha planteado la posibilidad de que dejen de existir, que para qué seguir buscando, si la historia es la enemiga de toda esperanza.



Por algún azar paradójico, mi área de especialización docente se ha centrado en la ética del periodismo, una materia tan vaporosa como Dios; está en todas partes y en ninguna a la vez. Es como un espíritu al que apelar cuando la situación lo requiere pero al que a la mayoría de la gente le trae sin cuidado en el día a día, siempre supeditado a objetivos más terrenales e inmediatos.

También como Dios, el problema radica en el paso del terreno metafísico al ámbito práctico. Todos estamos de acuerdo con que el periodismo debe ser el engranaje que media entre los poderes del Estado y la ciudadanía soberana, el espacio donde la opinión y el debate público afloran. Y que, por tanto, los periodistas son meros servidores de un fin social superior imprescindible para toda democracia. Pero también estarán de acuerdo que esto, en términos realistas, es una auténtica chorrada.

En primer lugar porque partimos de una contradicción fundamental: la ética se cultiva en una dimensión personal, mientras que el periodista desempeña su labor en un marco colectivo, el medio de comunicación, que además se instituye como empresa en pos de unos beneficios económicos que la sostengan. Aquí, sin necesidad de más argumentos, se finiquita la ética periodística.

Yo no dudo de que los periodistas de La Razón sean personas normales sin taras visibles, o que los profesionales de El País sean de verdad progresistas, pero el fruto de su trabajo indica lo contrario: son fuerza laboral secuestrada por un entramado de intereses políticos y empresariales que acaban con su valor social. Y que se dejen de cuentos de líneas editoriales y demás pamplinas, lo que hacen en los medios de comunicación no es periodismo (en su sentido metafísico): es basura tóxica.

Así pues, tenemos dos opciones: o transigimos en concebir el periodismo como un campo extendido de las relaciones públicas y el marketing y nos dejamos de aspavientos filosóficos, asociaciones de la prensa y códigos deontológicos; o bien intentamos construir un periodismo que realmente cumpla las funciones sociales que está llamado a desempeñar. Para ello, la primera medida es acabar con las empresas de comunicación.

Hace unas décadas esto era como decir que extinguiéramos la profesión, sin embargo, con el desarrollo de Internet y las herramientas digitales asociadas el panorama no es tan apocalíptico. Hagan una prueba: visiten el periódico digital que quieran (verán declaraciones de políticos con mucha paja, fotos del tiempo, el resultado del partido de ayer, alguna nota de prensa encubierta e interpretaciones sesgadas de alguna noticia que apareció antes en redes sociales), y pregúntense si eso mismo no podría hacerlo cualquier periodista o grupo de ellos en su casa, e incluso mejor.

Ustedes me dirán que, entonces, quién paga a los periodistas. Bien, yo me dedico a opinar, no a arreglar el mundo. La cuestión es que estoy tan cansado de las mentiras, medias verdades, silencios y manipulaciones interesadas de los medios de comunicación que me niego a pensar que los periodistas tengamos que seguir hasta el final de los días defendiendo una profesión que pocas veces en la historia cumplió la función para la que supuestamente nació.

JESÚS C. ÁLVAREZ

28 de enero de 2015

  • 28.1.15
Iba añadir al título de este artículo el literario –y también manido– apéndice de "Crónica de un colapso anunciado", pero a fin de no volver loco al editor de este periódico haciéndolo encajar en el diseño de la página, he decidido prescindir de él y dejar vía libre a la confusión. Por tanto, justo después de la imagen lo aclaro.

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En el presente artículo no se va a hablar de un tema tan prosaico como el delirio autoritario de nuestra presidenta, Susana Díaz, al convocar elecciones anticipadas –cuando hay manifestaciones, malestar general y una opinión pública proclive a ello, no toca– y así desembarazarse –no va con segundas– de la ya molesta alianza con Izquierda Unida, o lo que queda de ella.

Aquí hablaré de algo mucho más importante y trascendente para todos los andaluces y andaluzas: de cómo la sanidad pública de la comunidad, ese referente nacional de las políticas sociales frente al neoliberalismo privatizador del PP, es un auténtico fiasco.

Y voy a ir más lejos: es una mentira colosal disfrazada por medios de comunicación, públicos y privados, colectivos profesionales y organizaciones sociales que no se atreven a denunciar los recortes perpetrados por la Junta en los últimos años y que han llevado el sistema a una parálisis evidente, no vaya a ser que le hagan el juego a los peperos y la gente se percate de que las diferencias reales entre comunidades en políticas públicas, independientemente del color predominante, son más bien exiguas.

La consejera de Sanidad de la Junta anunció la semana pasada la contratación de más de 500 profesionales sanitarios de refuerzo para paliar la imagen de bochorno reproducida en la mayor parte de hospitales públicos andaluces, coincidiendo precisamente con el aviso de epidemia de gripe que parece extenderse por la comunidad.

Más allá de la malintencionada duda sobre si la epidemia haya sido utilizada como excusa bajo la que justificar el colapso de las urgencias hospitalarias, el hecho es que las salas de espera sobrepobladas, la falta de camas, la desorganización administrativa y la explotación encubierta de los profesionales es una realidad diaria en Andalucía que poco o nada tiene que ver con una epidemia eventual.

Sin embargo, ¿cuál es el eco mediático sobre esta situación? Apenas el runrún soterrado de la caverna periodística más reaccionaria. Y sí, es cierto que la insultante política de privatizaciones en la Comunidad de Madrid o el estado lamentable de la sanidad pública en la Comunidad Valenciana tienen más gancho, remueven más consciencias e incluso puede que hagan ver a más de uno que el Gobierno del PP es un atentado silencioso contra el país.

Pero, ¿acaso esta circunstancia impide decir alto y claro que el Servicio Andaluz de Salud es una catástrofe? ¿Que su dirección política parece haber salido de un programa de Telecinco? ¿Que tan sólo se reacciona abriendo plantas clausuradas cuando mueren pacientes en las salas de espera, como ha ocurrido recientemente en los hospitales de Huelva, Jerez y Sevilla?

Basta aportar una serie de datos objetivos para llegar a la conclusión de que Andalucía no es ningún paraíso sanitario. De hecho, parece que perdió las coordenadas del destino hace tiempo. En 2015 será, una vez más, la comunidad que menos dinero invierta por ciudadano en gasto sanitario, concretamente 1.004 euros por habitante, 500 euros menos que en el País Vasco, confirmando una tendencia de recorte del 15 por ciento en los últimos cuatro años.

Además, es la región con la menor ratio de camas hospitalarias y quirófanos por cada 1.000 habitantes (apenas llega a 2 frente a la media española de 3,2), con menos médicos de atención primaria y especializada en relación al número de población (tan solo por detrás de Madrid y Canarias en el primer caso, y de La Rioja en el segundo), y alcanza la mayor cifra absoluta de deuda sanitaria del país, con 1370 millones de euros de desfase (más lo que el SAS guarda en el cajón).

Todo ello sin mencionar las políticas laborales del SAS, como los contratos al 75%, 50% o hasta el 25%, la tasa de sustituciones al 10% o los recortes salariales en todos los colectivos, incluyendo el de los MIR, que propició una huelga hace dos años.

Según datos del SATSE, el sistema de salud andaluz cuenta hoy en día con 7.000 profesionales menos que en 2010, mientras que ha sido en estos últimos años cuando se ha registrado un mayor aumento de la demanda asistencial.

En este punto, las matemáticas parecen ser la solución; si hay menos médicos, enfermeros, técnicos y administrativos, y más pacientes en las Urgencias y las consultas, el resultado parece evidente. Por un lado, los ciudadanos reciben un servicio depauperado y lento. Por otro, los profesionales deben soportar una carga asistencial (y estrés) mayor, trabajando más horas, cobrando menos y recibiendo las quejas legítimas de los pacientes.

Para completar el panorama, la administración política también pone su granito de arena en el caos reinante mediante planes de urgencias diseñados con la antigua técnica del ensayo y error sin contar con la participación de los profesionales que deberán aplicar en el día a día.

De hecho, el Plan de Mejora de Urgencias Hospitalarias (Pauer) anunciado el pasado mes de junio por la Consejería no se ha llegado a aplicar en muchos hospitales hasta finales de año, cuando parte de la plantilla se encuentra de vacaciones y el número de pacientes crece exponencialmente.

Es el caso del hospital Juan Ramón Jiménez de Huelva, cuya Junta de Personal ha cargado contra la dirección por su actuación a destiempo, propiciando la espera durante largas horas de pacientes ya diagnosticados. Es, al fin y al cabo, lo que ocurre cuando se pretende introducir modificaciones en un sistema sin invertir en personal ni en camas.

Pero que no cunda el pánico. Hay elecciones a la vista, y las va a ganar nuestra lideresa, porque Andalucía es socialista hasta el fin, aunque este nos llegue en una sala de Urgencias por una gripe o esperando una cita para un especialista.

Así pues, si no ayuda a cambiar esto, al menos sea amable con los profesionales que le atenderán; quizás estén en su primer año de experiencia, lleven más horas trabajando que los semáforos de la ciudad, hayan visto más pacientes que todos los personajes de Anatomía de Grey juntos en una temporada, y cobren menos de lo que factura Cristiano Ronaldo cada medio minuto.

JESÚS C. ÁLVAREZ

14 de enero de 2015

  • 14.1.15
En una de sus obras más reconocidas, el escritor checo Milan Kundera escribía provocativamente que el optimismo es el auténtico opio del pueblo, en una suerte de reactualización laica de la célebre cita de Karl Marx. Al fin y al cabo, ¿no es acaso la religión la forma de optimismo más radical del ser humano para escapar de su propia intrascendencia, de ese callejón sin salida al que le aboca su mortalidad?

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Ludvik, el personaje que escribía esas palabras en una postal a modo de broma, presenció cómo sus compañeros lo expulsaban del partido comunista checo y, por tanto, acababan con su carrera, su futuro, su vida. Porque el humor nunca está bien visto cuando se ejerce contra los dioses, ya sean metafísicos, ideológicos o mundanos.

Los compañeros de partido de Ludvik percibieron esta broma como una ofensa contra sus principios (precisamente, la confianza ciega en el progreso colectivo), al igual los terroristas que entraron armados el pasado miércoles en la sede de la revista satírica Charlie Hebdo creían que los dibujantes blasfemaban a Mahoma. Y por eso los asesinaron.

La intolerancia hacia manifestaciones que distan de las creencias propias, aunque sean en clave de humor, no es sólo un lastre para la libertad de expresión sino un fracaso del ser humano como sujeto racional.

Si no somos capaces de relativizar nuestra condición falible e insignificante, y reírnos de ella, significará que no hemos aprendido nada, que este paseo por el mundo es sólo una excusa para entregarse a los instintos más primarios.

Quizás llegue el día que arrumbemos con los tótems e ídolos de toda índole, o al menos reconozcamos su naturaleza finita, acorde con la nuestra. Y esto se refiere a todos los ámbitos, no sólo al religioso.

Curiosamente, muchos de los que defienden hoy la libertad de expresión sin cortapisas frente al radicalismo islámico, son los mismos que apoyan una legislación que la restringe, que prevee sanciones de miles de euros por manifestarse, que encarcela a quienes queman banderas, que persigue a los que insultan en redes sociales o censura portadas díscolas con las señas de identidad propias.

El humor, al igual que la libertad de expresión que lo cobija, molesta, es incómodo y enaltece a quienes se toman demasiado en serio sus principios, por triviales o irracionales que estos sean.

Desafortunadamente, para la ausencia de humor, así como para la ignorancia, no hay cura, tan sólo funciona la valentía de los que siguen luchando por manifestar su visión particular del mundo, sin miedo, con la esperanza de que los fanatismos se vean arrinconados, cada vez más, en los márgenes de la indiferencia.

JESÚS C. ÁLVAREZ

11 de diciembre de 2014

  • 11.12.14
Decía Eduardo Galeano que el subdesarrollo es el resultado histórico del desarrollo ajeno, que para que algunos puedan morir de indigestión otros muchos deberán perecer de indigencia. Se trata de un pensamiento con una lógica interna aplastante, principalmente porque se basa en la realidad más inmediata, a tantos niveles como formas de esclavitud, desigualdad e hipocresía hay en el mundo.

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Tanto es así que, de un modo matizado y pasivo, los ciudadanos de las sociedades avanzadas han desarrollado una conciencia crítica respecto a las consecuencias que un consumismo desaforado puede tener en el planeta o en comunidades deprimidas.

Cada vez más personas saben que los teléfonos móviles no surgen por generación espontánea, sino que los materiales utilizados, como el coltán, provienen de zonas del denominado Tercer Mundo, del Congo en este caso, con un gran impacto medioambiental y humano; o que las fábricas que las multinacionales textiles tienen diseminadas en el sureste asiático aplican políticas laborales que en Europa o Norteamérica se calificarían de explotación.

Esto no quiere decir que hayamos dejado de comprar móviles o ropa de Zara –de hecho, la prosperidad de nuestras economías dependen de que podamos comprar más– sino que el acto de consumo va acompañado de una apenas perceptible punzada de culpa que las marcas comerciales y el marketing moderno han utilizado para vender sus productos.

Cuando entras en un Starbuck’s y pagas cinco euros por un café, en ese precio no sólo se incluye el producto en sí, sino una serie de valores sociales que la empresa dice defender, como el comercio justo, el respeto a la biodiversidad, los derechos laborales de los trabajadores de Kenia y Guatemala…

Dice el filósofo esloveno Slavoj Zizek que cada acto consumista egoísta lleva asociado su propia redención ética. Por ello, una marca de ropa como H&M ha lanzado una nueva línea de ropa “conscious”, o la mayoría de empresas multinacionales cuentan con fundaciones para alimentar a niños pobres en África, plantar árboles o investigar enfermedades, especialmente si su actividad corporativa se dedica a lo contrario.

Tan fuerte es esta tendencia que algunas marcas apuestan en su publicidad contra el consumismo para defender otros valores sociales más “cool”. Por ejemplo, el anuncio navideño de Ikea deja a dos señoras como arpías sin corazón porque sienten pena por un niño que ha recibido como regalo un maldito molde pastelero. Para qué tantos juguetes cuando lo importante es la familia y el hogar (si está amueblado en Ikea claro) sugiere el anuncio.



La idea es contradictoria. Se trata de que sigamos consumiendo por encima de nuestras posibilidades y las de nuestro planeta, pero en un falso envoltorio de responsabilidad cívica y conciencia social. El eslogan de nuestro tiempo podría ser que la felicidad no está en los productos materiales, pero sin estos es muy difícil llegar a ella.

Sin un smartphone y conexión a Internet no es fácil tener amigos; sin ropa de la última temporada no estás a la moda; sin un coche no puedes descubrir nuevos lugares; sin unas zapatillas de marca no superas tus límites… Así pues, consumamos, pero no te vayas a sentir culpable por ello. Las empresas ya se encargan de repartir las migajas entre el resto.

JESÚS C. ÁLVAREZ

19 de noviembre de 2014

  • 19.11.14
1. Porque es un partido populista, con un programa político basado en utopías. Cuando no se tiene ningún tipo de responsabilidad política es muy tentador hacer promesas irrealizables pero, una vez en el poder, la realidad dicta sus leyes. Por ello, ni el PP ni el PSOE tienen programa político, y si lo tienen, a nadie le importa, porque todo el mundo sabe que los programas están para incumplirlos sistemáticamente.

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Como los compromisos adoptados en las campañas electorales: que si bajadas de impuestos siempre aplazadas; que si reformas estructurales que nunca llegan, salvo aquellas diseñadas específicamente para joder al ciudadano medio; que si programas de empleo jóven sin aplicación práctica...

Por cierto, hablando de empleo, en los prolegómenos de las elecciones de 2008, tanto Rubalcaba –entonces aún escudero de Zapatero– como Rajoy prometieron en sendos mítines el pleno empleo en España, como se recoge en esta noticia y en esta nota de prensa.

Hoy día hay más paro aquí que en Mozambique. Pero eso no es populismo, es una mera simulación en diferido de algo que jamás iba a ocurrir, porque el pleno empleo sí es una utopía, como lo es la asunción de una sola idea por parte de los partidos gobernantes basada en un análisis riguroso destinada a cambiar la realidad del país.

Populismo es hablar claro; señalar de frente a los culpables de esta situación; apelar a la participación de la ciudadanía; buscar un cambio real que nos devuelva la dignidad como sociedad.

2. Porque pretente hacer una auditoria de la deuda y, si es el caso, no pagar la que se considere ilegítima. Ello nos conduciría a una situación desastrosa. No me refiero a los millones de españoles sin empleo ni a los cientos de miles que emigran al extranjero; ni a los negocios que cierran por falta de crédito; ni a las administraciones sin recursos; ni a los jubilados estafados por las preferentes; ni a los servicios sociales depauperados.

Hablo de la desconfianza que podría generarse entre los fondos de inversión, entidades financieras y organismos internacionales neoliberales que propiciaron la subida exponencial de la prima de riesgo y, por tanto, los intereses de la deuda y los bonos de estado que pagaremos hasta el fín de nuestros días por una cláusula de la Constitución creada a tal fin por el PSOE y el PP en los estertores del Gobierno de Zapatero.

Porque en Islandia también son unos putos bolivarianos y, por eso, sus ciudadanos impulsaron una auditoria de su deuda, impagando aquellas a las que no podían hacer frente, aquellas negociadas entre un Gobierno corrupto y los sistemas buitres que giran en torno a él para forjar fortunas. Y, finalmente, decidieron comer, hacer frente al frío y seguir con sus vidas antes que permanecer esclavos de una injusticia durante generaciones.

3. Porque quieren una renta mínima y un salario máximo. Todos disfrutamos con los contrastes. Como el del señor que duerme bajo una manta en un cajero automático y el señor que acude a la entidad financiera porque se le ha acabo el efectivo de libre disposición, porque la tarjeta black se le ha quedado sin fondos y porque las putas que le esperan en el coche oficial tienen ganas de llegar a su casa de La Moraleja.

El problema de la sociedad es que a nadie le importa una mierda el mendigo o la familia que se ha quedado sin casa, pues todos quieren tener una mansión en La Moraleja, que lo traten de usted a cambio de billetes y gastarse miles de euros en borracheras a base de champán del caro. Imponer un salario máximo es como jugar con los sueños de la gente de ser millonaria. Sin eso, ni siquiera te puedes olvidar de que el salario mínimo apenas te da para vivir.

4. Porque pretenden nacionalizar las empresas eléctricas, las del gas, las telefónicas... ¿Y si con esta medida nos suben la factura un 5 por ciento cada tres meses? ¿Y si nos hacen pagar por los servicios el doble que en el resto de países europeos? ¿Y si con los millones de euros de beneficio deciden expandirse por el resto del mundo mientras dejan sin calefacción, agua o luz a miles de españoles? Ah no, que eso es lo que están haciendo las empresas privadas.

5. Porque ambicionan primar el trabajo fijo e impedir los ERE en empresas con beneficios. Acabar con la sal de la vida, en definitiva. A quién no le excita levantarse cada mañana a trabajar sin saber si será tu último día; si podrás pagar el piso el mes que viene; si te puedes permitir irte de vacaciones en verano; si tienes algún tipo de horizonte laboral en tu puta vida.

Si además te despiden en una empresa del Ibex, de esas que han ganado este trimestre unos cientos de millones de euros menos de lo esperado, al menos te vas con la satisfacción de que lo haces por el bien de la flexibilidad de la economía española.

6. Porque contempla hablar de la independencia de Cataluña. Todo el mundo sabe que la mejor estrategia es negarte en redondo a cualquier tipo de negociación, mandar tanques a Barcelona y prohibir que la ciudadanía se exprese en un régimen democrático. Así sí se acaba con todo brote independentista. Hemos avanzado mucho desde que se armaban grupos armados para combatir... a otros grupos armados.

7. Porque quieren imitar el modelo de Venezuela y otros países bolivarianos, con programa de televisión incluido. Aquello es un infierno. O al menos es lo que dicen los grupos mediáticos sostenidos por las grandes empresas españolas que han visto truncados sus negocios en América Latina por la ola de nacionalizaciones de esos líderes populistas con chalecos de lana y chándal hortera.

Aún así, según el FMI, el PIB de Bolivia y Ecuador crecerán a un ritmo del 5 por ciento en los próximos dos años y los niveles de desempleo se mantendrán en torno al 6 por ciento. En Venezuela todo está perdido, el desempleo puede superar el 10 por ciento...

Y respecto al programa de televisión, ¿qué clase de ciudadano querría que su presidente apareciese cada cierto tiempo en televisión para tratar los asuntos que preocupan al país? Para eso ya están los periodistas que hacen de taquígrafos de una televisión de plasma.

8. Porque quieren acabar con la casta. Esto es lo que más duele. Después de cuatro décadas (algunos, quizás más) al servicio del país, acudiendo de vez en cuando al Congreso o al Senado dependiendo de la edad, llenándose los bolsillos con mordidas, comisiones, sobres y gastos de representación, urdiendo el futuro de un país con base en los intereses coyunturales del partido de turno... Ahora, quieren acabar con la profesión política, con su forma de vida.

¿Cómo iremos ahora a ver a nuestras queridas a las Canarias? ¿Cómo nos libraremos de la cárcel cuando algún juez díscolo nos impute? ¿Quién nos pagará el taxi, la línea erótica, las cenas de alto copete, la segunda residencia? ¿Quién construirá aeropuertos para las aves? ¿Con quién se hará fotos ahora el pequeño Nicolás?

Y todo para que un grupo de licenciados, doctores, profesionales y técnicos con idiomas, empleos a los que regresar y ganas de trabajar ocupen el lugar que otros han estado ocupando aun sin una maldita intervención o iniciativa pública en años.

Por todo ello y muchas razones más que por espacio y desidia no se incluyen aquí, como la desconfianza que suscita la coleta de su líder, no se debe votar a Podemos. Como tampoco se debe acudir al círculo de Podemos más cercano, el de tu barrio o el de tu pueblo, donde personas como tú, hasta los mismísimos cojones de aguantar tanta ineptitud y tanta poca vergüenza, se reúnen para debatir y para cambiar las cosas. Porque por mucho que diga gente como yo, sí se puede.

JESÚS C. ÁLVAREZ

22 de octubre de 2014

  • 22.10.14
¿Os acordáis de todos esos artilugios que utilizaba James Bond en sus películas para camuflarse en las situaciones más inverosímiles? ¿Los alteradores de voz, los guantes con huellas digitales falsas, los relojes con láser...? Pues todo eso no sirve de nada. Como tampoco hace falta tener la cara de Pierce Brosnan o Sean Connery, ni por supuesto, esa insoportable flema británica.

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Yo, con mi cara de niño de colegio de curas con cierto atisbo de disfunción cognitiva leve me he burlado de parte de la élite empresarial y política del país, y encima me he hecho fotos con ellos y las he subido a Facebook, para fardar. Por si no fuera suficiente haberles sacado la pasta, haberlos coaccionado y mentido en sus narices.

En mi defensa diré que la mentira sólo funciona cuando sendas partes quieren creer en ella. Cuando visitaba a un empresario importante para proponerle un proyecto lucrativo después de enseñarle mi foto con Aznar o con su señora a modo de credencial, a este le daba igual que pareciese que me hubiese escapado del instituto: lo único que veía en mí era al niñato pijo que le iba a hacer ganar un montón de dinero.

Yo no era el que mentía, era el capullo avaricioso que creía en un cuento fabuloso el que lo hacía, aunque fuera a sí mismo. Por mucho coche de lujo que usara, trajes caros que vistiese, o absurdos cargos en el CNI me inventase, no era más que un chaval de 20 años con mucha gomina y labia para hacerme el importante.

Pero claro, en un país donde la pirámide social culmina en un reducido número de trepadores de diversa índole, lo raro es que, una vez en las alturas, otro trepador te intente hacer bajar a la fuerza. Es como ese dicho popular de "cree el ladrón que todos son de su misma condición".

Politicos corruptos, empresarios codiciosos y personajes ruines varios sin una profesión concreta no muestran reparos en robar de las arcas públicas, empobrecer a la clase obrera, deshauciar a familias enteras o llevar al país a la bancarrota con privilegios infames. Sin embargo, entre compañeros parece imperar un suerte de código de honor del ladrón. Los negocios son los negocios, y ahí no hay ni ideologías, ni ética ni conciencia.

Y así fui escalando, como todos. Prometiendo favores, haciendo la pelota, aparentando lo que no había ni por asomo. Un héroe de nuestro tiempo. Quizás hagan hasta una película de mis aventuras, como esa de Leonardo DiCaprio con Tom Hanks, después de escribir mis memorias e ir a las tertulias de televisión. Incluso puede que me contraten de asesor en algún partido político o empresa del Ibex.

Hasta entonces, Don Nicolás tiene muchos negocios y contactos que hacer en la cárcel (si finalmente desenredan todo lo que he liado). Parece que el ambiente ha mejorado mucho desde que el PP estableció allí una nueva sucursal.

Confesión hipotética (y con mucha mala leche) 
de Francisco Nicolás Gómez Iglesias, también conocido como Don Nicolás.

JESÚS C. ÁLVAREZ

9 de octubre de 2014

  • 9.10.14
Cuando en España se habla de corrupción en realidad se habla de política. Da igual en qué ámbito se produzca, pues el tamiz de la crítica partidista siempre aparece, como una revancha a posteriori, un “ya lo dije yo”, un arma arrojadiza que distrae de las miserias propias.

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Sin embargo, en este país nunca se ha abordado el concepto y la práctica de la corrupción como tal, desde una perspectiva cívica que ahonde en sus causas y motivaciones, y desde la que se condene con coherencia cualquier tipo de comportamiento poco ético de instituciones e individuos.

Decía recientemente Julio Anguita en una entrevista que esta es “una sociedad fundamentalmente corrupta, con anclajes en el mundo diario”, y que por ello la regeneración de los partidos políticos siempre ha sido y será una quimera. Cómo exigir ejemplaridad cuando todos parecemos obedecer a una misma lógica del “si lo hace ese por qué no lo voy a hacer yo”.

El penúltimo escándalo en ese cortijo infame llamado Bankia, por el que los consejeros de la caja (incluidos sindicalistas y militantes de PSOE e IU) habrían gastado hasta 15 millones de euros en diez años a través de tarjetas de crédito in black (libre de impuestos, en resumen) para gastos personales (además de los abultados sueldos y dietas por asistir a los consejos), nos sitúa en la tesitura moral de cuál hubiese sido nuestra respuesta.

Sí, desde la posición de ciudadanos atosigados por impuestos, subida de precios en los servicios básicos y sueldos exiguos, la cuestión está clara: son todos unos sinvergüenzas sin escrúpulos. Ahora bien, ¿dónde quedan los valores cuando el beneficio repercute en uno mismo?

Con total seguridad, el funcionario que hace fotocopias en la oficina para no comprarle cartuchos de tinta a su impresora doméstica, o el médico que se hace un botiquín con productos del hospital, o el que finge una enfermedad para prolongar una baja laboral, consideran que sus actos no tienen ninguna relación con el enriquecimiento sin contemplaciones de políticos, banqueros y empresarios. Y es cierto que el grado de corrupción no es comparable. Pero la cuestión no reside en cuánto se roba, sino en por qué se roba.

No sé si España es un país fundamentalmente corrupto, pero basta conversar con amigos, familiares y conocidos para percatarse que la corrupción es un hecho cotidiano, fundado en la escasa consideración de los valores comunitarios, en la debilidad de los lazos que sujetan la convivencia social.

Y, lamentablemente, esto no se soluciona con la dimisión de un líder político que al día siguiente será recolocado en un consejo de administración cualquiera. De poco nos sirve la dimisión de Ana Mato por la llegada del ébola a España, o el cambio de fichas en las secretarías generales de los partidos vendidas como regeneraciones.

Se trata de algo mucho más arraigado en la sociedad que nos enfrenta a nuestro propio reflejo. Ese que plantea la eterna pregunta: ¿qué habría hecho yo?

JESÚS C. ÁLVAREZ


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