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COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Cuaderno de campo [Manuel Cruz]. Mostrar todas las entradas
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16 de junio de 2013

  • 16.6.13
Saludos les sean dados, nobles semejantes. Quisiera yo con aqueste escrito mentar los atributos e bien dotados rasgos desta la gran ave de las vastas llanuras de la meseta castellana de la nuestra nación, e arriésgome yo para tan arduos menesteres a desenpolvar las ancestrales hablas de la nuestra patria, sin conoscer siquiera los pormenores de la mi lengua propia, si vuesas mercedes me conceden la licencia.

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No alcanzo a recordar qué tan desmedido hechizo hame encantado a mí para envolverme en semejante insania, mas aléjome yo algunas leguas de la villa que viome nacer, allá a las esas tierras perdidas de la mano de Dios do el venerado Mesías descuidó el su encendedor, cual tropel ansioso de mercarme codiciado retrato de esa la que los sabios servidores de la cofradía científica dicen "Otis tarda".

Barrúntome yo que acaecerá grande aventura en aqueste pago, e anteriormente al despunte del alba heme ya cautivo en el mi escondite cual demandan las normas e criterios del gremio de los correctos naturalistas consumados.

Mas no me acongojo yo, e a poco de emprender la mi acechanza, aun bajo las estrellas, al fin vedo viril bravucón de alto porte e distinguida estampa procurando a la su fina pretendiente sin desaliño e con harto descaro e osadía.

Mas yo, el valiente fidalgo en ese arte a razón de rondar e retratar a los hijos de la nuestra tierra, no faltaré a la observancia de tan píos dogmas. Muéstranme con harta frecuencia e hasta tardía hora las avutardas de la tierra que dicen de "La Serena" sus airosas plumas de galán conquistador, mas por ventura mis atónitas pupilas no pueden dar crédito a semejante exhibición que aquestas aves preséntanme a treinta varas escasas de mi puesto.

El Astro Rey ha poco que oculta su luminoso rostro e asimesmo llega ineludible el final d´aquesta una de las más faustas gestas que jamás topara, e tras mantener luengo acecho debo emprender cautelosa retirada destos abiertos lares cual fantasma que nunca estuvo sumido en aqueste menester e tornar a la mi humilde morada cuyo usufructo disfruto.

E para que vuesas mercedes tengan conoscimiento de la mi andanza por aquestas tierras rasas, solo resta obsequiaros con gentil presente para el deleite e regocijo de los vuestros ojos. Cosa hermosa e singular, vive Dios. Quedad en buena hora, leales hermanos.

MANUEL CRUZ
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1 de mayo de 2013

  • 1.5.13
Con el hábito que le da nombre, y con la tranquilidad que le caracteriza, una culebra de cogulla se prepara para iniciar su actividad a última hora de la tarde. De costumbres principalmente nocturnas, esta especie de serpiente suele salir de su cubil cuando el sol todavía no se ha ocultado, después de haber permanecido todo el día debajo de una piedra pequeña regulando la temperatura de su cuerpo mediante un procedimiento que los científicos conocen con el nombre de "tigmotermia".

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Cuando se siente amenazada, la culebra de cogulla se enrosca y oculta la cabeza entre sus anillos o muestra el diseño de la parte superior de su cuello con el objeto de intimidar a sus posibles enemigos. Aunque es venenosa, el pequeño tamaño de su cabeza y la poca flexibilidad de su cuello a la hora de morder, junto a la ubicación de sus pequeñísimos colmillos opistoglifos, impiden que esta pequeña culebra pueda convertirse en un peligro para la especie humana.
MANUEL CRUZ
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10 de febrero de 2013

  • 10.2.13
Cuentan que existe un espíritu salvaje que a veces se aparece en esta parte del mundo, una criatura que con su sola presencia altera la tranquilidad de los pequeños y medianos mamíferos del matorral y revuelve el vuelo de los córvidos que encuentra a su paso como nadie. Su aspecto impone hasta al más valiente de los pobladores de este agreste lugar, y la tranquilidad y la decisión de su paso no inspiran nada de confianza hacia sus subordinados vecinos.

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No hay ni un solo alma salvaje que esté por encima de él en la pirámide trófica. No es un tigre ni un gato, pero todos los seres que comparten su área de campeo saben que el lince ibérico es el gran superdepredador del monte mediterráneo. El gato cerval es, como se suele decir vulgarmente y atreviéndome a llevar la expresión a una forma de ver las cosas más informal, el "puto amo" de la sierra.

Es tal la superioridad de su rango trófico que puede incluso permitirse el lujo de campear tranquilo, sin más estrés que el que le pueda suponer la incertidumbre de no saber si el camino que lleva el declive de su especie le va a permitir al menos ser abuelo algún día.

La mixomatosis introducida por el hombre en los conejos de campo (especie que representa más del 90 por ciento de la dieta del lince); los atropellos en carreteras y caminos; el furtivismo con lazos, cepos, veneno e incluso a tiros; la fragmentación de sus actuales áreas de distribución y otros tantos motivos producidos por la acción del hombre han ido reduciendo la poblacion de estos fantasmas del matorral hasta convertir a este ya de por sí efímero ser en el felino más amenazado del mundo.

Una frase tan repetida en los últimos años que a estas alturas más bien podría parecer un eslogan publicitario, pero lo cierto es que solo dos o tres cientos de ejemplares que quedan en libertad son los que mantienen su escasísima demografía en los dos últimos reductos oficiales que les queda en nuestra península, o mejor dicho, en todo el mundo.

Una situación que pende de un fino hilo, pero que poco a poco va cobrando la salud que ya le va tocando, en buena parte gracias a la unión entre administraciones y propietarios de fincas privadas en las áreas donde este animal establece actualmente sus territorios de caza.

En este sentido podemos decir que el estrés que sienten los amantes incondicionales del lince también va bajando poco a poco, proporcionalmente a la lenta pero sin pausa subida de su aun escasa densidad de población. Pero ahora se le une un nuevo problema: el lince no puede dispersarse.

Literalmente, los pocos gatos que quedan están encerrados en medio de sus escasos reductos, que no pueden ampliar por sí mismos por culpa del efecto barrera que le produce el hecho de tener que atravesar las infraestructuras construidas por el hombre que se encuentran a su paso, manteniendo sus poblaciones aisladas e incomunicadas e impidiendo así su intercambio genético. El rey del monte mediterráneo, derrocado por su antagonista humano. El rey del monte mediterráneo, hoy, sube poco a poco el número de sus efectivos gracias a su aliado humano. Curioso.

Pero no todo es malo. Hoy día los propietarios de las fincas y los cazadores de las zonas linceras son cada vez más conscientes de la importancia que tiene el lince para el correcto mantenimiento del equilibrio en las poblaciones interespecíficas. Como el más celoso de los guardianes, el lince no soporta la presencia de otros depredadores dentro de su territorio.

Es por esto que siempre que pueda intentará mantener a raya las poblaciones de otras especies carnívoras terrestres como zorros, meloncillos o ginetas. Precisamente por esta razón ya no hace falta convencer a la mayoría de los interesados en las piezas de caza menor de que donde hay más linces, también hay más conejos.

Es como si estas personas tuvieran una especie de guarda natural al que solo hay que pagar con un conejo al día, que es el que proporciona al lince las 750 calorías que necesita cada día para poder sobrevivir en su cada vez más hostil y reducido mundo.

Poco más de una hora antes de que el gran astro que mueve a todos los latidos del monte mediterráneo nos deje un día más para poder cerrar el ciclo y que todos los duendes del matorral puedan completar sus funciones, Cerrajero, llamado así por los científicos que trabajan con el lince ibérico en esta parte de la sierra, decide abandonar el lentisco donde ha permanecido oculto durante todo el día y se dirige lentamente hacia una presa cazada por él mismo y poco habitual en esta especie.

Este gran lince, que a sus 14 años de edad puede presumir de ostentar el honor de ser el abuelo de Sierra Morena, hace sólo unas horas ocultó su preciado trofeo, un precioso muflón, cuya carne custodiaba desde un oteadero cercano con la intención de volver a la presa durante algunos días hasta terminar de engullirla. La costumbre de este animal de cazar ocasionalmente algún ungulado a pesar de sus diferencias de tamaño le ha valido en algunos lugares el apodo de gato cerval.

Cerrajero es ya un lince muy viejo, al que le falta el pincel de una de sus orejas, y aunque todavía tiene una cierta agilidad, ya se le van notando los años en sus ojos, ojos que nadie sabe qé y cuántas cosas habrá visto por estas sierras perdidas del sur de España.

Quién sabe si debido a su edad, hace tiempo que no tiene territorio, y desde entonces vaga de un lado para otro buscándose la vida, cada día en un punto distinto de la sierra. En el año 2006, los científicos del Proyecto Life colocaron un collar radiotransmisor a este lince y le dieron el nombre por el que lo conocemos, y desde entonces ha sido sin saberlo un fiel colaborador de la ciencia para que hoy podamos saber un poco más sobre las costumbres y los movimientos de este escaso animal.

Si entre todos hacemos algo por evitar su extinción, grandes y viejos gatos como Cerrajero podrán seguir siendo los protagonistas de numerosos comentarios como este en pro de la supervivencia del lince ibérico. Si no se cumplen estas condiciones, los linces jóvenes nacidos este año tendrán muy difícil la tarea de llegar a ser abuelos algún día.

Nuestra especie tiene mucha culpa de que este animal esté al borde mismo de la extinción, por eso somos nosotros mismos los que más podemos y debemos hacer por evitar su desaparición. Sólo nosotros, unidos entre administraciones, dueños de fincas, voluntarios y usuarios de este espacio natural que compartimos hombres y linces, estamos capacitados para evitar que el fantasma de Sierra Morena se convierta en una leyenda.

MANUEL CRUZ

27 de enero de 2013

  • 27.1.13
El año 2012 tuvo sus inconvenientes, algunos malos y otros peores, pero también ocurrieron cosas buenas. Una de esas cosas buenas que tuvo el año pasado fue el archivo fotográfico que resultó de las numerosas esperas sin ver ni un bicho; de los kilómetros hechos con el coche; de las críticas de algunos que no conocen suficientemente bien la fauna; de las "peleas" con mis padres para que me presten el coche; del frío, del calor, de la lluvia; y también, cómo no, de las buenas compañías en esas esperas al lince o a los buitres.


Cosas buenas como las veces que sí que ha hecho buena temperatura dentro del hide; y de las veces, las mejores eso sí, en las que casi te dan ganas de llorar cuando por fin te entra el bicho que estás esperando, porque no todo en la fotografía que a mí me gusta hacer es sufrir como se suele decir, no sé si para fanfarronear.

De todo eso, queridos amigos, ha salido esta especie de video, espero que os guste. Está montado rápidamente y sin cuidar demasiado la parte técnica, y aparte no han cabido todas las fotos que yo quería meter, pero quería hacerlo corto para que no aburriera.

La música usada es una base de rap, no conozco a su autor pero al parecer es libre. Y cómo no, muchas gracias a todos por comprender los mensajes que quiero divulgar a través de este Cuaderno de campo.

Vea el álbum fotográfico 2012



MANUEL CRUZ

30 de diciembre de 2012

  • 30.12.12
Desde tiempos ancestrales, siempre hemos visto la conducta de los animales desde un punto de vista quizá demasiado humano, antropocentrando su comportamiento en base a unos parámetros que no suelen salirse demasiado de los de nuestra propia especie. Esta manera de ver las cosas nos lleva a pensar, por ejemplo, que el guepardo mata a su presa en medio segundo rompiendo su columna cervical porque posee un alto grado de compasión que lo lleva a ejecutar a sus víctimas en un tiempo breve; que la hembra de culebra de herradura es la más fría de todas las madres porque abandona sus huevos nada más concluir la puesta; o que el joven pollo de rapaz diurna es de una cainista crueldad porque mata a su hermano menor más débil mientras su madre campea fuera del nido en busca de alimento.

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Mucho se ha hablado ya sobre los imperativos que se encargan de escribir el guión del comportamiento de los animales y, a pesar de ello, pocos mortales urbanos suelen tener en cuenta que la mayoría de los representantes de este reino basan su conducta en unos parámetros mucho más cercanos a una conducta instintiva, es decir, genética, que a la puramente aprendida o incluso lúdica. Pero esto no siempre es así a raja tabla, o al menos no de una forma tan matemática como nos gusta pensar a menudo.

Los animales, como ya hemos dicho en este mismo espacio, actúan por instinto, aunque también sabemos de sobra que existen excepciones que incitan a algunas especies zoológicas a actuar en base a sus sentimientos por encima de cualquier impulso genético que tengan escrito en su mente.

Este pequeño preámbulo sólo pretende señalar que este tipo de comportamientos por puro placer, fuera del campo de los mandatos extrictamente genéticos, no es exclusivo de la especie humana. Cada especie animal es distinta, y no todos son completos robots.

Hace tiempo ya que descubrieron los científicos, y principalmente los etólogos, que una de las principales características que inducen a un animal a tener un comportamiento que nosotros catalogamos como "humano", o sea, premeditando las acciones que va a realizar con algún tipo de intencionalidad o interés particular, como por ejemplo jugando sin ser una cría, volando por el simple hecho de entretenerse, usando herramientas para llevar a cabo algún fin o incluso practicando el sexo por puro placer fuera de la época de celo, es la inteligencia.

Yo creo que nos sorprenderíamos si llegáramos a conocer cuán llega a ser la cota que alcanza el nivel intelectual de muchos de los animales a los que consideramos torpes desde el punto de vista de la razón.

Entre los animales más inteligentes que existen sobre la faz de la Tierra después del Homo sapiens, por citar algunos ejemplos, podemos encontrar a los incansables delfines, los pesados elefantes e incluso las juguetonas nutrias, protagonistas precisamente de esta columna de nuestro Cuaderno de campo.

Y digo "juguetonas" porque si de entre todos los representantes de nuestra fauna ibérica tuviéramos que elegir uno solo para seleccionarlo como compañero de juegos de nuestros hijos, hasta el punto de que llegaría incluso a cansarlos, ese animal sería sin duda alguna la nutria paleártica. Sí, hemos leido la nutria, y no un cachorro de perro como podrían pensar muchas personas.

Muy perseguida desde hace muchos años por pescadores, peleteros y demás tipos de humanos de todo el mundo, nuestra nutria, mejor conocida como Lutra lutra en el argot científico, parece que ya no tiene más remedio que adaptarse a las cada vez más contaminadas y menos oxigenadas aguas de nuestras cuencas fluviales.

Yo las he visto jugar con bolsas de plástico y latas de refresco mientras nadaban en las opacas aguas de nuestro "Río Grande", el Guadalquivir, una imagen por cierto particularmente graciosa para el humano poco familiarizado con esto a lo que llamamos conservación y quizá demasiado acostumbrado ya a los papelitos y las botellitas marrones que siempre dejamos por el suelo de cualquier área recreativa de cualesquiera de nuestros espacios naturales y que quizá vería esta imagen con los mismos ojos que yo puedo ver las amapolas en medio de un seco trigal amarillo a mediados del mes de junio, pero que desde el punto de vista de la Naturaleza que nos mantiene vivos no es más que un granito de arena más en ese desierto que estamos creando, una célula más en ese tumor maligno que hemos regalado a nuestro planeta y que cada año se expande a un ritmo más dinámico.

Aunque solo sea por lo bien que nos cae, por lo entretenido que llega a ser el mero hecho de verlas pescar o jugar entre ellas o por la gracia que hace a los niños su rechoncha nariz o su forma de andar, vamos a intentar cuidar nuestros ríos lo máximo que podamos para que nuestros hijos, los hijos de nuestros hijos y los hijos de los hijos de nuestros hijos puedan disfrutar al máximo no solo de la nutria que siempre ha estado en nuestros ríos, sino del resto de elementos tanto zoológicos como de otras índoles que dependen de ella y de las propias cuencas fluviales y así consigamos que la base del mundo que sostiene nuestra vida, que es la Naturaleza, siga funcionando a un ritmo que permita a esos hijos de los hijos de nuestros hijos morir de viejos y no de asma, de cáncer o de cualquiera de esas enfermedades modernas propias de los entornos desarrollados y castigados por la mala gestión de nuestros recursos.

MANUEL CRUZ

30 de noviembre de 2012

  • 30.11.12
Las recientes lluvias de las últimas semanas han hecho cambiar tanto el paisaje que, todavía hoy, me sorprendo cuando me asomo a alguna zona que hace poco más de un mes tenía un aspecto que poco se parece al actual. Un delicado manto verde inunda desde hace unas semanas el oscuro tapiz de la gran sierra septentrional de Andalucía, aclarando su piel hasta un nivel que en muchas zonas bien podría parecerse a ese claro y brillante verdor de las sierras del norte de nuestro país.

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Bien entretenido estaba yo fotografiando estos cambios paisajísticos con el teléfono móvil para enviarle la imagen a un amigo a través de uno de estos modernos programas de chat que usamos hoy día casi todos los habitantes de la urbe para que viera lo bonito que estaba el paisaje estos días en esta parte de la sierra, cuando justo al girarme para volver sobre mis pasos y llegar hasta donde tenía el coche me encuentro con este fantasma, cara a cara, a tan poca distancia de mis incrédulos ojos que tuve incluso que dar un par de pasos hacia atrás y recoger el teleobjetivo que colgaba de mi hombro hasta los 150 mm. de distancia focal para poder conseguir una fugaz foto de su figura sin que ninguna parte de su cuerpo se me saliera fuera del encuadre.

Algo buscaba nuestro amigo: su conducta dejaba entrever su escasa prisa; su atención, aparentemente pasiva, estaba tan sumida en su propósito que apenas me dedicó una efímera y despreocupada mirada de reconocimiento interespecífico.

Ni corto ni perezoso se levantó, se acercó todavía más a mí, atravesó la valla por debajo y siguió su campeo lentamente con el orgullo que corresponde al que es, probablemente, el más perfecto de todos los matadores solitarios del Paleártico.

Así, queridos seguidores de mi Cuaderno de campo, es como me he topado yo con este bello animal, al margen de la opinión que pueda tener quien piense que la simple realización de una mera foto lleva siempre necesariamente implícita la correspondiente molestia al animal protagonista de dicha imagen.

Digo esto porque he oído a mucha gente criticar a los fotógrafos linceros (incluido un servidor) y, después, los he visto hacer cosas en el campo que ya quisiera para sí el más hipócrita de los ecologistas de salón. Desde luego, si hubiera que presentar un vídeo de los hechos como prueba junto a cada acusación que se hace, pocos envidiosos iban a tener la valentía de tirar esa primera piedra de la que tanto se suele hablar.

Bien está que el lince lo disfruten los naturalistas profesionales que trabajan con él (en la mayoría de los casos con resultados positivos); bien está que el lince lo disfruten los paseantes y senderistas que, de forma fortuita, se crucen con él en alguna de sus caminatas de domingo bañado por el sol; bien está que disfrute del lince su propia madre cuando éste todavía no ha alcanzado la edad propia de la emancipación; bien está que lo disfruten incluso los monteros cuando, arma en mano, se disponen a patear la sierra en busca de algún ungulado que les alegre el día...

Pero también está bien, pienso yo, que unos pocos que respetamos al gran gato (y todos los que hemos compartido esos lugares que todos los linceros conocemos sabemos o creemos saber de qué pie cojea cada observador) disfrutemos también de su presencia y sus observaciones con el respeto que siempre le hemos tenido.

Quien realmente conoce al lince sabe que una persona que permanece estática como una gárgola durante todo el día en uno de esos lugares públicos difícilmente va a provocar molestias a nuestro querido protagonista, pero otra cosa bien distinta es actuar de cualquier manera que sea claramente intrusiva sin dejarles vivir su vida, persiguiendo una asquerosa foto como único fin.

Al lince hay que protegerlo, y pienso yo que una de las muchas formas que existen para hacerlo es, por ejemplo, publicando imágenes suyas y haciendo a la vez de divulgador científico de los beneficios que aporta esta especie en el equilibrio de nuestra biodiversidad. No hay mejor forma de fomentar el amor a la Naturaleza que actuar como comunicadores de nuestro patrimonio natural.

Como ya dije en otra ocasión, escribir es fácil si se tienen ganas y también si se conoce bien el tema sobre el que se está escribiendo. Y bien sabe quien me conoce y me lee que es precisamente eso lo que yo intento aunque, a veces, no llegue a conseguir que el número de lectores sea demasiado alto.

Sinceramente, con que alguien capte el mensaje de lo que intento transmitir y cambie de alguna manera su conducta en pro de una mejor conservación de nuestra Naturaleza, yo me doy más que por satisfecho. Sólo en esos casos merece la pena tanto el tiempo como el dinero que se me van en esto, que bien podría invertir en descansar en el brasero de mi casa leyendo un buen libro, o bien en salir los sábados por la noche para encontrar esa novia que todos los esclavos de las costumbres impuestas por la cultura humana me aconsejan para "quitarme los pájaros que tengo en la cabeza". Dinero que, sin embargo, invierto en algo que no me da de comer, pero sí que me da ganas de comer, y eso creo que es importante. Y si además consigo que algunos miren el campo con mejores ojos, mejor.

Quizá sea cierto que hoy día hay más gente en el campo observando linces "por culpa", como dicen, de las innumerables publicaciones que se hacen en todos los medios disponibles, sobre todo en Internet (lo cual, en principio, no tiene por qué tener consecuencias tan dramáticas). Pero, en cambio, creo que también hay más amantes de nuestros gatos gracias a esas publicaciones de las que hablamos tanto en un sitio como en otro.

Precisamente, uno de los atractivos con los que se venden a sí mismos el Parque Natural de la Sierra de Andújar, el Parque Natural de las Sierras de Cardeña y Montoro y el Parque Nacional de Doñana es el lince ibérico, así que vamos a observarlo mientras lo podamos hacer de alguna forma inocua y legal, pero con el respeto que se merece.

En general, y hablo en términos estrictamente estadísticos, creo que no nos portamos tan mal en el campo; otra cosa son los coleccionistas de fotos que se hacen llamar "naturalistas". Una minoría, por cierto, pero suficientes para manchar la reputación del más respetuoso de los amantes reales de la Naturaleza.

Por otro lado, y cambiando ya de tercio, los más puristas de la fotografía de naturaleza reiterarán una y otra vez, y además con toda su razón, que esa valla algo difusa de la imagen, tan odiada como inoportuna cuando no la queremos en las fotos, no es precisamente uno de esos elementos que se vayan a encargar de realzar la fuerza de la imagen, si es que esta imagen puede tener fuerza. Sin embargo, yo creo que el momento vivido vale más que cualquier mero montón de píxeles.

Pongo la imagen en vuestras manos para que me digáis (no seáis malos, por favor) si la valla es algo que destroza la imagen o si, por el contrario, podemos considerarla como algo propio desde hace ya unos años en la mayoría de los territorios de nuestros grandes gatos.

Pongo en vuestras manos también el texto para que reflexionemos sobre los riesgos que puede tener –y de hecho tiene actualmente- el turismo verde y para que, también, en base a lo explicado, sepamos elegir mejor el color de la ropa que nos ponemos y el volumen de voz que usamos con vuestros semejantes cada vez que paseamos por algún espacio natural protegido en cualquier tarde de domingo.

Y es que, aunque es cierto que en la mayoría de los casos el paseante lleva la mejor intención del mundo en ese entorno que desea visitar, también hay que tener en cuenta que muchas veces, sin quererlo, podemos causar alguna pequeña molestia a la fauna, que con unas mínimas nociones sobre comportamiento y educación ambiental podríamos evitar fácilmente.

De esta forma, cuando volvamos de nuestras jornadas de observación, de fotografía o de paseo, quizá lo hagamos con más y mejores imágenes en nuestro archivo o en nuestra retina, que también podremos utilizar o no como embajadoras de nuestro gran gato cerval. Y tanto los agentes de la autoridad como los guardas estarán más conformes con nuestra conducta.

MANUEL CRUZ

3 de noviembre de 2012

  • 3.11.12
Hace ya bastantes horas que aprieta el sol en uno de los muchos bosques mediterráneos que nutren de oxígeno el todavía impoluto aire del norte de Extremadura –para muchos, el paraíso de las aves en España-, cuando un adulto de buitre negro extiende una de sus grandes alas para intentar proteger a su único pollo del tórrido sol estival que impera ya desde hace muchas semanas en lo alto del nido en pleno mes de julio.

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El buitre negro, que con sus casi tres metros de envergadura ostenta orgulloso el título y el honor de ser el ave más grande de Europa y una de las especies orníticas más voluminosas y pesadas del mundo, poco a poco va abriéndose hueco en nuestras no demasiado grandes extensiones forestales, subiendo lentamente su demografía a un ritmo que suaviza desde hace ya algún tiempo la preocupación de ornitólogos y conservacionistas, pero que aun así nos recuerda que aun no podemos bajar la guardia, al menos de momento.

Catalogado desde el año 2008 como "Casi Amenazado" según la Categoría Mundial IUCN, y como "Vulnerable" en la Categoría España IUCN en 2004, a nivel mundial la población de buitres negros se puede mantener, pero si hablamos sólo de España, la situación es menos favorable.

De hecho, esta especie estuvo en grave riesgo de írsenos de las manos hace ya algunas décadas. Concretamente, en los años setenta contábamos con sólo unas 200 parejas, frente a las cerca de 2.440 que se estiman actualmente en base a los datos obtenidos en el Censo Nacional desarrollado por SEO/BirdLife en el año 2006.

El uso de venenos no selectivos y las malas prácticas de los coleccionistas de huevos –por suerte ya casi extintos- han influido mucho en la situación que ha sufrido durante años esta especie, muy fácil de confundir a simple vista con la figura de su poco más pequeño hermano, el buitre leonado.

Después de una larga y calurosa sesión, me atrevería a decir incluso que aburrida (ya que la fenología reproductiva del buitre negro es una de las "digestiones reproductivas" más pesadas de nuestras latitudes y, estadísticamente hablando, en un solo día no suele pasar nada que sea realmente interesante desde el punto de vista de la dinámica fotográfica), del madrugón padre y de un viaje en coche de 5 horas hasta llegar a casa de madrugada mas el precio del respectivo combustible de la ida y de la vuelta (10 horitas a 2.700 rpm), de la comida y, en definitiva, de todo lo relacionado con la realización de la foto –que, dicho sea de paso, salió de mi bolsillo-, uno se acuesta tranquilo (tarde, pero tranquilo) con la convicción de que el viaje para ver a esta gran joya de nuestra fauna ha merecido la pena.

A decir verdad, siempre merecen la pena los kilómetros, el dinero invertido y el esfuerzo en general, aunque no se hagan fotos a la primera (que suele ser lo habitual), ya que siempre se aprende algo y se viven cosas imposibles de plasmar en una imagen o en las letras manuscritas de un Cuaderno de campo.

MANUEL CRUZ

9 de octubre de 2012

  • 9.10.12
Llevo un tiempo ya detrás del gato. No es fácil verlo de cerca, y mucho menos fotografiarlo en condiciones. Es un fantasma. Cuando lo ves, sabes que estás viendo un fantasma. El fantasma de Sierra Morena, de hecho. Alguien me ha dicho hace poco que al lince no se le ve, al lince se le intuye. Será por eso que es un fantasma.

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Llevo varias horas acurrucado entre los matorrales y estoy entumecido; esta mañana hacía frío, después vino el calor y el veranillo del membrillo, y ahora vuelve a bajar la temperatura. No sé si para estirazarme un poco o por esa intuición de la que hablábamos, pero me pongo en pie, me doy la vuelta para revisar el paisaje y allí está. Con toda la tranquilidad del mundo, detiene su marcha lo justo para mirarme largamente durante unos segundos.

Pero aparte de aprendiz de naturalista, a veces intento ser fotógrafo. Levanto la cámara como puedo con el trípode colgando debajo (recordemos que estaba sentado y me levanté) y le tiro cuatro fotos.

Y como si yo no fuera más preocupación para él que la remota posibilidad de que le espantara a su conejo nuestro de cada día, deja de mirarme y se pierde lentamente, pasito a pasito, en lo más profundo de la sierra. El resultado, este fugaz cruce de miradas detenido en el tiempo.

MANUEL CRUZ

1 de junio de 2012

  • 1.6.12
Amanece una bonita mañana del mes de junio, y los vecinos de un pequeño pueblo de sierra y los pueblos cercanos, los forasteros que han pasado aquí la noche y los alumnos de una escuela de parapente, desayunan y se disponen a llegar a una zona cercana para disfrutar de lo que se prevé que puede ser un gran día de vuelo libre.

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Hoy hace sol y parece que hay buenas previsiones aerológicas, con un viento suave que permitirá a los alumnos desarrollar adecuadamente su aprendizaje, y además se estima que antes de media mañana romperán las térmicas y se podrán empezar a aprovechar esas ascendencias tan necesarias para subir o por lo menos para hacer un vuelo medio en condiciones y, si se puede, hacer distancia. Recordemos que los parapentes y las alas delta no llevan motor, y como planeadores que son necesitan de estas corrientes para poder ascender o, al menos, mantener la altura.

Desde bien temprano ya hay gente preparando “trapos” y “alas” en el área de despegue, o el despegue a secas, que es como conocemos en el argot del vuelo libre a esos claritos que hay en lo alto de algunas montañas y que usamos para despegar.

Los buitres leonados de una colonia cercana, aparentemente pasivos, observan minuciosamente, cada uno desde su respectivo posadero, cómo cada piloto va revisando y preparando su vela.

Poco antes de que el sol haya empezado a calentar, despega el primer parapente. Los pilotos de las alas esperan, a ellos les gusta salir más tarde. El parapente que acaba de salir tiene que irse forzosamente a aterrizar, ya que aún es temprano y el sol todavía no ha calentado bastante como para que las térmicas sean lo suficientemente fuertes, y además el viento para sostenerse en la ladera es todavía muy débil.

Sale el segundo, el tercero, el cuarto… Todos “pinchan” y tienen que irse a aterrizar; esperemos que el sol caliente pronto, porque ya va haciendo calorcito en el despegue y se suda mucho con el mono puesto.

Los buitres siguen mirando como gárgolas, ni uno solo da un paso al vacío. Parece como si intuyeran que ellos también van a tener que mover las alas si intentan empezar a volar en ese momento. Al mismo tiempo despega otro parapente que parece que mantiene la altura. Claro, ya hay algo de viento y puede al menos mantenerse si no se separa mucho de la ladera.

De pronto, algo pasa: un ligero cabeceo, se da la vuelta, vuelve a pasar por el mismo punto y otro cabeceo. Después de unos cuantos giros en “ocho” ya ha dejado la ladera lejos y puede girar esa todavía débil térmica, quizá la primera de la mañana.

Un giro, otro giro, centra la burbuja y en cosa de 2 minutos ya ha ganado 50 metros, sin contaminar un solo ápice de aire, sin esfuerzo alguno, sólo con la ayuda del aire y nada más, tal y como han hecho siempre sus compañeros los grandes carroñeros alados. Otros dos pilotos ven lo que acaba de pasar, y como si fueran poseídos por algún tipo de envidia colectiva despegan, enganchan la misma térmica y ganan altura progresivamente.

Justo en ese momento sale un buitre, el primero. Ahora sí parece decidido. Se va derechito a la térmica donde están los parapentes y la gira, tan cerca de los pilotos que casi se pueden dar la mano.

Pero la evolución, que ha dotado a los buitres de las alas veleras más eficientes de toda la Naturaleza, supera a la tecnología y deja por los suelos al invento que tan cuidadosamente prepararon Leonardo Da Vinci al principio y Francis Rogallo más tarde, superando con creces la altura ganada por los voladores humanos.

Poco a poco van despegando los buitres, uno a uno, ordenadamente, como si siguieran una especie de protocolo. En menos de 5 minutos el cielo se llena de buitres, seguidos de algunos parapentes y alas delta que salieron después; todos vuelan juntos aprovechando las mismas ascendencias, y nunca llegan a molestarse. Juntos pero no revueltos.

Los buitres, sabios y eficaces voladores desde hace milenios, acaban de demostrarnos que a veces, incluso sin pretenderlo, somos de alguna manera sus aliados indirectos.

El hombre, que tantas veces es criticado por muchas de las actividades que realiza en el medio natural, esta vez sin saberlo ha sido un leal compañero, una especie de indicador biológico que ha delatado a estos hábiles planeadores del Paleártico cuándo ha llegado el momento óptimo de iniciar el vuelo.

MANUEL CRUZ

18 de mayo de 2012

  • 18.5.12
Imaginaos por un momento un gran bosque. Un eterno ecosistema tan amplio que es capaz de albergar tal variedad de especies animales y vegetales que ninguna fábula descrita hasta el momento sería capaz de igualar. En apariencia, todos conviven mutuamente, y todos se necesitan y se ayudan aunque sea indirectamente y sin saberlo.


El conejo necesita de esa hierba que lo nutre diariamente; el zorro, por otro lado, siempre busca al conejo para poder alimentar su cuerpo de depredador; y el águila imperial ibérica, superdepredador porque se alimenta de otros depredadores, a su vez precisa de la carne del zorro para poder cebar a sus pollos.

Pero es que cuando muera la reina de las águilas, los buitres, que son los sepultureros del campo, serán los encargados de limpiar el campo de la carroña de nuestra escasa imperial. La misma Naturaleza, ella solita y sin la ayuda de nadie, se va gestionando automáticamente sus propios recursos en función de la disponibilidad de alimento.

De esta forma nunca van a sobrar depredadores, porque ellos crían más lentamente y, a la vez, jamás faltarán las presas, puesto que estas, aunque acaben en su gran mayoría dentro de las fauces de sus principales depredadores, son mucho más prolíficas que estos enemigos naturales que las presionan.

Este es el secreto que nuestra madre Naturaleza ha estado usando durante millones y millones de años de evolución para mantener el equilibrio ecológico que siempre ha caracterizado a esos ecosistemas que nunca han sido modificados por la mano del hombre.

Un buen (o mal) día, un amante de ese "arte" al cual venimos en llamar "caza", descubre este paraíso, y decide que este es un buen lugar para pasar sus fines de semana cazando conejos, debido a su abundancia.

Pero este hombre, viejo ya, de esos catalogados como "grandes conocedores" (pero no observadores) de la fauna salvaje (cinegética), considera que en ese lugar hay demasiados zorros, y como menos zorros es sinónimo de más conejos para cazar, no tiene otra ocurrencia más rápida y barata que dedicarse a repartir por todo el campo unos pequeños trozos de hígado rellenos con un poco de esticnina, uno de los más crueles, eficaces y potentes venenos que jamás se hayan creado.

Como es "natural", caen en la trampa los pretendidos zorros y, a su vez, todos los depredadores y consumidores de carne de este gran bosque. Automáticamente, todos los carroñeros que habitan en las inmediaciones y que comen los cadáveres de estos seres envenenados también caen en el agujero de la esticnina.

Es el principio del fin, la epidemia que poco a poco, inexorablemente, matará desde dentro a todos los carnívoros de nuestro edén, víctimas de un asesino implacable, quizá accidental e inconsciente, que no ha sabido mantener sus propios recursos.

Al bajar el número de los carnívoros que han ingerido este veneno, sube el de los conejos, justo lo que pretendía esta sabia (y no por vieja) persona, que no contaba con un pequeño detallito: al morir la mayoría de los zorros, caen también sus enemigos naturales, carnívoros como él, que eran los encargados de controlar su población.

Algunos de ellos comieron veneno directamente, y otros simplemente se alimentaron de los zorros muertos por el veneno. A partir de este momento ya no hay casi nadie que ponga freno a la proliferación de los pocos zorros que quedaron.

Este depredador, sumamente inteligente porque aparte de gestionar la caza de sus presas también tiene que pensar más que otros depredadores para hallar la forma de huir de sus propios enemigos, tal como acabamos de ver, se encuentra de pronto con una subida repentina en el número de sus presas y un descenso en el número de sus enemigos. Resultado: los pocos zorros que han quedado después de la aplicación de este veneno suben su número de una forma vertiginosa.

Esto no es una historia inventada, sino algo que ha pasado ya muchas veces en unos cuantos lugares. Una vez más, caemos en la cuenta de lo poco útil que resulta a veces el ser humano para la Naturaleza, y cómo una intención mal estudiada puede desembocar precisamente en el efecto contrario que se pretendía desde un primer momento.

A partir de ahora, los cazadores pensarán que digo tonterías, y los amantes de la fauna dirán que tengo razón. En cualquier caso, las estadísticas están ahí y son las únicas que realmente son capaces de hablar por sí mismas. Sentarse en una piedra y mirar el campo con un cuaderno de campo y unos prismáticos es fácil si se tienen ganas.

Por cierto, si ves un cebo o un animal envenenado en el campo, no lo toques y llama a SOS Veneno, al teléfono 900 713 182.

Texto basado en el capítulo 'Tití, mi mejor amigo', de la serie de Félix Rodríguez de la Fuente 'La aventura de la vida', emitido el día 21 de mayo de 1974 en Radio Nacional de España.

MANUEL CRUZ

23 de marzo de 2012

  • 23.3.12
Es curioso hasta dónde ha llegado hoy día la mano del hombre en lo que respecta a la Naturaleza. Es curioso, si cabe, el humor y el optimismo con que nos podemos tomar algunas secuencias de la vida salvaje que ocurren en plena Naturaleza.

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Hoy día, y a pesar de todo, incluso en el centro de una gran urbe podemos encontrar un trocito de esa Naturaleza que ya hemos empezado a perder hace mucho tiempo. El río Guadalquivir a su paso por Córdoba representa uno de esos ejemplos donde hasta la fauna más agreste y esquiva puede convertirse en urbana.

Existen determinadas especies animales que no están adaptadas a la vida en entornos con unos mínimos de contaminación. Son especies cuya presencia en determinadas zonas delata (al menos teóricamente) la falta o escasez de contaminación en un lugar determinado.

A este tipo de animales se les suele añadir en numerosas ocasiones el apelativo de “indicadores biológicos”. A estas alturas es muy difícil encontrarse con uno de estos indicadores biológicos en pleno centro de una gran capital.

Una de las especies animales de las que hablamos es la que está representada por nuestra incansablemente juguetona nutria paleártica (Lutra lutra). Si existe algún animal salvaje en el mundo que tenga la capacidad de desentenderse de sus problemas y, a la vez, sea capaz de desembocar su conducta en la más lúdica y despreocupada de las actividades de juego, ese animal es nuestra inquieta nutria.

Tanto es así, que este indicador biológico no dudaría en usar una parte del regalo que le hemos hecho al río en forma de contaminación como objeto de juego. Es, no obstante, una paradoja que nunca debería de producirse. A mí, si queréis que os sea sincero, no me hace ni pizca de gracia ver a una nutria jugando con una lata de refresco.

MANUEL CRUZ

8 de marzo de 2012

  • 8.3.12
Sobre todo esto ya se ha escrito mucho, tanto que a muchos les parecerá un tema que ralla ya en la más insoportable y aburrida de las pesadeces de los que queremos hacer algo por la Naturaleza. Y aunque no es mi pretensión principal ser repetitivo ni caer en los típicos tópicos que todo ecologista debe intentar subrayar antes de morir, sí que considero el tema de la suficiente importancia como para añadirle una página más de mi Cuaderno de campo.

MANUEL CRUZ ® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN

Por todo ello, os recomiendo que os sentéis y analicéis cada una de las siguientes palabras con suma atención, ya que, como se suele decir a menudo, no es el león tan fiero como lo pintan, y creo que cuando la mayor parte de la gente habla de los lobos (pastores y prensa incluidos), hay tantas cosas que se dicen y no son, y tantas otras que son y no se dicen, que bien merece la pena invertir unos cuantos minutos de nuestras vidas en documentarnos un poco sobre lo que tanto nos gusta criticar.

Desde tiempos ancestrales, siempre hemos sido educados (yo incluido) y hemos educado a nuestros hijos (y ahí ya no entro yo ni entraré) en base a una cultura que, desde hace miles de años, siempre ha procurado mantener a ciertos animales, como por ejemplo los sapos, las serpientes y los lobos, lejos de todo contacto con el ser humano.

Estamos, no obstante, ante uno de los seres más perfectos que ha podido crear naturaleza alguna, en todos los sentidos. Tan perfecto es este animal, fíjense ustedes, que ha sabido aprender a evitar al hombre. Es el recuerdo de mil encuentros con el ser humano lo que ha metido en la cabeza de estos seres que no les conviene meterse con nosotros.

Puedo afirmar sin equivocarme que si paseamos en solitario por una zona donde habiten lobos en estado salvaje jamás sufriremos su ataque, aunque tengan hambre, durmamos al raso o, incluso, cojamos a sus crías. No lo digo yo, los datos están ahí.

Y quien quiera afirmar lo contrario, tal como dice David Nieto (autoridad en la conducta del Canis lupus signatus), es que no conoce en profundidad ni los fundamentos de la depredación de los cánidos ni otras particularidades etológicas de esta bella especie.

No sabemos cuando hablamos de lobos, por ejemplo, que muchos ataques de lobos a personas fueron realmente protagonizados por perros asilvestrados criados y posteriormente abandonados por el hombre. Así mismo, hace muchos años era habitual enmascarar oscuros crímenes humanos usando a los lobos como supuestos asesinos. Pero aquellos eran otros tiempos.

Los lobos, o mejor dicho, los cánidos, no cazan cuando tienen hambre. Dicho de otra forma, no es el hambre en sí lo que lleva a una manada de lobos a perseguir a un muflón. Digamos que poseen un instinto de depredación que los lleva a dar caza (o intentar dar caza) a todo animal que se encuentran en su camino que sea lo suficientemente grande como para poder compensar y recuperar la energía que se pierde en cazarlos, tengan hambre o no. Y enseguida lo explico.

No es habitual que una manada de lobos cace a la primera. De hecho, lo raro es que tengan éxito en todos sus ataques a posibles presas. Cada vez que pierden un lance, va mermando su interés en seguir cazando, hasta que, de alguna manera, “sacian” su “apetito cazador”, momento que suele coincidir, estadísticamente hablando, con el lance definitivo, o sea, cuando pierden a la vez su hambre (al poder comer ya por fin la presa cazada) y sus ganas de cazar.

Si tienen mucha suerte y sacian su hambre con una presa cazada demasiado pronto, seguirán cazando aún sin hambre, hasta que vean colmado su estímulo de caza. Recordad estas últimas palabras, porque serán de utilidad más adelante.

Se ha podido comprobar, en las zonas donde conviven lobos con ganado doméstico, que si se mantiene a estos cánidos con una relativa abundancia de sus presas naturales, jamás atacarán al ganado, puesto que para ello tienen que entablar más contacto con el hombre que el que quisieran, lo que les obliga a darse media vuelta e intentar depredar sobre otras especies como ciervos, gamos, jabalís o muflones.

Pero si el hombre, en su afán de cazador, acaba con estas potenciales presas en las monterías (muy importantes, por el contrario, para la nutrición del buitre negro y otros necrófagos), los lobos no van a tener más remedio que buscar su comida a través de la única alternativa que les hemos dejado nosotros mismos: el ganado doméstico.

Para un cazador experimentado como el lobo, las ovejas son presas demasiado débiles, demasiado fáciles. No pueden huir, y además el lobo que entra en un establo siempre se encuentra con demasiadas cabezas de ganado juntas, a menudo formando rebaños de varios centenares de ejemplares.

Cuando una manada de lobos alcanza a uno de estos rebaños, se encuentra con que da caza demasiado pronto y sin apenas esfuerzo a una presa demasiado fácil, sin todavía haber colmado su estímulo de caza. Digamos que, aunque estos lobos ya tengan asegurado su alimento, como dijimos anteriormente, su instinto lleva a estos animales a seguir cazando, para lo cual no pierden el tiempo.

Los lobos saben que el hombre anda cerca del ganado, por eso en cuanto consuman su instinto predatorio comen raudos de donde pueden y abandonan a toda prisa el lugar, dejándolo todo lleno de cadáveres de ovejas.

Pero aunque explicando la base de la depredación de estos cánidos quizá podamos defender la conducta de los lobos desde el punto de vista etológico, sí que es cierto que nunca podremos justificar las consecuencias de este tipo de comportamiento desde la base del interés antropocéntrico que caracteriza a nuestra especie.

Mucho antes de que la mano del hombre descompensara el orden trófico que mantenía el equilibrio ecológico que imperaba en todas las latitudes de la Tierra, los lobos podían autoabastecerse suficientemente con sus presas naturales.

Desde el momento en que la actividad humana tomó la voz de mando de una Naturaleza que no entendía y empezó a provocar la escasez estas presas, los lobos no tuvieron más remedio que enfrentarse al hombre para poder nutrirse de su ganado doméstico.

Ancestralmente, tradicionalmente diría yo, tanto los lobos como la ganadería extensiva de montaña siempre han sido imprescindibles en nuestra Naturaleza por unos motivos o por otros, y lo más curioso de todo es que estos dos elementos siempre han convivido en armonía mientras hemos sabido compatibilizar a ambos en su medio, pero eso es algo que por desgracia ya no sabemos hacer como antes.

Estamos ante uno de los principales retos actuales en cuanto a conservación de especies, y si no ponemos todos de nuestra parte, nunca llegaremos a recuperar con la Naturaleza esa simbiosis que perdimos con ella hace ya mucho tiempo.

Yo no me he criado en tierra de lobos, no he sido pastor en tierra de lobos, y tampoco me he puesto una corbata en una reunión burocrática con el lobo como tema principal. Al contrario de lo que me puede pasar con otras especies animales, casi todo lo que sé de lobos es porque lo he leído, me ha informado algún entendido en cánidos o lo he consultado en algún documental especializado.

Por tanto, no puedo decir que sea un experto en lobos. Como decía al principio de este texto, sobre todas estas cosas ya se ha escrito mucho, y se seguirá escribiendo. No obstante, creo que las palabras en favor de algo que se nos hace necesario nunca sobran.

Sabias palabras sobre el lobo son las que se encuentran a veces en algunos libros como, por ejemplo, el titulado Etología del lobo y del perro, de David Nieto Maceín que, como dijimos anteriormente, es una autoridad lobera y, además, una persona que aún habiendo trabajado como pastor en tierra de lobos, supo amarlos como debía, precisamente porque conocía al lobo tal y como es en realidad, con sus cosas buenas y sus cosas malas. Es un libro que recomiendo a todo aquel que quiera saber algo más sobre la conducta y la conservación del lobo en la Naturaleza.

No debemos olvidar que los lobos, igual que otros tantos animales, están aquí desde mucho antes que nosotros. Poco a poco hemos ido colonizando sus territorios en pro de nuestros intereses, y es ahora cuando estamos pagando las consecuencias. Es muy importante, si vamos a criticar algo, saber de lo que estamos hablando. No vale la excusa de que “lo tuve que matar por si me atacaba”. El peor enemigo del lobo es la ignorancia.

MANUEL CRUZ

4 de febrero de 2012

  • 4.2.12
Creo que no existe afirmación más escasamente estudiada por quien la dice y que haya escuchado en mi vida, con tan poco conocimiento de nuestra propia biología y la de las demás especies animales, y si cabe con tanto y tan exagerado antropocentrismo, que aquella que dice que "el ser humano es la única especie animal del mundo que usa el lenguaje para comunicarse".

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Me voy a atrever a autoinvitarme a llevar la contraria, eso sí, con conocimiento de causa, a toda aquella persona que quiera afirmar tal estupidez, propia sin duda de la más escasa cultura animal que, en consecuencia de lo poco que nos interesan ciertos aspectos de lo más profundo de nuestra esencia salvaje, podíamos tener.

El ser humano, digamos, tiene un lenguaje tan desarrollado para comunicarse con sus semejantes como el que puede tener un lobo, por ejemplo, para hacer lo mismo con otros lobos. Como el que tienen las hormigas para comunicarse con otras hormigas. Como el que tiene un delfín, que se dice que no sabe hablar pero que sin embargo sabe expresarse en lenguaje “cetáceo” como ningún humano lo haría jamás.

Nosotros tampoco sabemos “hablar el idioma” de la mayoría de los animales; por eso, a no ser que nos hayamos hecho con el famoso anillo del rey Salomón, o estudiemos concienzudamente la etología de alguna especie concreta, nunca llegaremos a imaginarnos las grandes capacidades comunicativas que tienen muchos animales para transmitirse entre sí sus intenciones, sus estados anímicos o sus intereses, tanto intra- como interespecíficamente, sin ni siquiera llegar a pronunciar una sola palabra.

La agresividad en los lobos, al igual que entre nuestros queridos perros domésticos, no es una casualidad. No está ahí por azar. Han hecho falta unos cuantos millones de años de evolución para, como ya dije anteriormente en otra de las páginas de mi Cuaderno de campo, enseñar a los lobos a no usar sus colmillos para no matar a otros lobos, sino sólo para dar caza a aquellos desgraciados animales que les sirven de para nutrir sus robustos cuerpos de 30 o 40 kilos de peso.

Creo que en este incierto mundo existen pocos desarrollos conductuales tan simples y complejos a la vez y tan eficaces como el lenguaje en las relaciones jerárquicas de los cánidos, especialmente en el lobo.

El lobo, como el hombre, es un ser social. Un ser, al fin y al cabo, obligado de alguna forma a convivir con sus congéneres, a aguantarse los unos a los otros evitando en lo posible esos roces, inevitables eso sí, que de alguna u otra forma pueden llevar, si no existe una coordinación y una “ley” que marque a cada individuo cuál es su papel en el clan familiar, a un inevitable enfrentamiento, que de no ser por estos códigos de la conducta y del lenguaje que tienen los lobos y a los que nosotros estamos llamando "jerarquía", en el mejor de los casos desembocaría quizá en la muerte de uno de los congéneres que forman parte de la disputa.

Los lobos, como estamos señalando, marcan sus funciones en base a una jerarquía rígida, pero dinámica. Dicho con otras palabras, digamos que en cada manada de lobos siempre existe un “jefe”, que es el que de alguna manera “manda” y dice a los demás lobos qué es lo que tienen que hacer y de qué manera, al que en términos etológicos se le suele llamar individuo “alfa”.

Este individuo suele ser un macho, al que le acompaña una hembra también dominante, llamada, de igual modo, "hembra alfa". Esta pareja de individuos alfa suele ser la única que puede reproducirse, dentro de las leyes lupinas, en el seno de la manada en cuestión.

Por debajo de estos individuos existen otros con menor rango, llamados “beta”. A su vez, por debajo de los lobos beta hay otro rango inferior, y así sucesivamente, hasta llegar a los lobos inferiores y más sumisos, en el último escalón, que se llamarían “omega”.

Las jerarquías de los lobos salvajes no suelen tener variaciones importantes, de forma que un individuo alfa puede permanecer en este puesto durante años. Normalmente los beta y los omega salvajes son cachorros de los mismos alfa de su manada, y si quieren escalar posiciones en su clan suelen limitarse a abandonar el seno del mismo y marcharse a otro lugar para formar una nueva manada.

Son relativamente pocos los estudios que se han hecho sobre lobos en estado salvaje, pero cuando se estudia a esta especie en cautividad, que suele ser lo habitual, las cosas cambian mucho. Los lobos cautivos se ven forzados a convivir con sus demás congéneres dentro de un cercado del que jamás pueden salir. A veces los jóvenes quieren “escaparse” para formar una nueva familia y se dan cuenta de que no pueden hacerlo, y es aquí cuando empiezan los problemas.

Los cachorros alfa latentes que quieren abandonar la manada para subir escalones jerárquicos de forma rápida no tienen más remedio, en cuanto ven su oportunidad, de retar a sus superiores para poder alcanzar estos puestos. Es por esto que en las manadas cautivas de lobos los alfa no suelen durar más de unos cuantos meses en tales puestos, mientras que en la Naturaleza esta duración suele ser de algunos años.

¿Pero cómo deciden los lobos quién es el líder? Como ya expliqué en otro artículo, mediante el más puro y natural de los enfrentamientos físicos, pero eso sí, a través de luchas siempre ritualizadas, y sobre todo, aunque hay quien no quiere aceptar esta paradoja, mediante luchas pacíficas, lo creáis o no.

¿Y cómo puede ser pacífica una lucha entre dos furiosos lobos que enseñan los colmillos y gruñen? La respuesta es simple: en cuanto uno de los dos lobos se sienta vencido, sólo tendrá que mostrar un gesto de sumisión mediante su complejo lenguaje corporal, sin decir ni una palabra ni tener que huir, lo que pondrá en marcha inmediatamente en el lobo vencedor una de las pautas inhibitorias de conducta más eficaces que ha podido crear nuestro mundo.

De esta forma, estos dos llamados feroces animales conseguirán llegar a un acuerdo sin tan siquiera hacerse daño. Y es ahora cuando me acuerdo yo de la famosa Caperucita y el lobo feroz que se comió a la abuelita, al igual que del lobo que pretendía devorar también a los tres famosos cerditos, que a tantos niños han maleducado en materia de medio ambiente; historias, como no podía ser de otra forma, escritas en un antropogenizado lenguaje humano por nuestro querido Homo sapiens, que tantas muertes inútiles ha ocasionado a su propia especie.

Creo que a estas alturas los seres humanos deberíamos aprender mucho de esos seres a los que consideramos alimañas. Tal como decía Konrad Lorenz, considerado el padre de la Etología: “¿Qué ocurre con los seres humanos? Ante todo, puedo decirles que hay muchas personas que muestran reacciones extraordinariamente agresivas cuando uno afirma que el hombre es un ser agresivo”.

Postdata: Dedicado a mi abuela Carmen. Ella simplemente ha cumplido con su papel biológico, pero lo que más duele de todo es que uno nunca quiere que una persona cumpla con esa parte del papel de la vida, mas esta es la única ley que no tiene abogado defensor.

MANUEL CRUZ

23 de diciembre de 2011

  • 23.12.11
Hace algunos años ya, cuando yo todavía era un niño, realicé con unos cuantos familiares lo que por aquel entonces era el primer gran viaje de mi vida. Iba a meterme 4 o 5 horas en un coche para viajar hasta Madrid, a un chalé familiar muy cerca de Guadalajara.

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No es que sea un viaje especialmente largo, pero en aquellos tiempos, cuando solo salía de mi pueblo de semana en semana para recorrer los escasos 15 kilómetros que me separaban de mi familia en otro pueblo cercano, un viaje de cerca de 500 kilómetros supondría algo más que una nueva aventura.

Me esperaba nada menos que una visita a la más caótica pero curiosamente organizada de las urbes, ese estresante puzzle de cemento, ruido, coches y personas de todas las culturas, moviéndose sin rumbo ni fin aparente en todas las direcciones que marca la brújula.

Para mí, todo aquello representaba un mundo que nunca antes me había llamado la atención pero que, paradójicamente, al saber que de una forma casi errática iba a penetrar en lo más hondo de esa gran selva de cemento y alquitrán, empezó a atraer mi curiosidad de una forma digamos que bastante notable.

Una vez que me vi allí dentro, ciertamente nada me impresionaba, ya que desde la altura de mis ojos no conseguía captar la diferencia que había entre las calles por las que transitábamos y las avenidas de mi cercana Córdoba capital.

Nos metimos en uno de esos edificios altos, no me acuerdo si subimos por el ascensor o por las escaleras, y llegamos a un piso unas cuantas plantas más arriba. Allí saludamos a nuestra familia madrileña, y al cabo de un rato me ausenté porque me corroía la curiosidad por saber qué era lo que se escondía detrás de una de las ventanas que daban al exterior. Quería deleitarme con la que suponía una gran vista de aquella enorme ciudad.

Cuando me asomé a aquella ventana me llevé una de las peores decepciones de toda mi vida. Todo, absolutamente todo, desde mi vertical hasta no más allá de lo que me permitía ver el nada nítido y casi invisible horizonte, era una gran masa de edificios, avenidas, calles, coches y personas del tamaño de pequeños renacuajos. Una gran neblina de humo marrón lo cubría todo hasta una cierta altura. Desde allí el cielo no era azul.

El estrés subía desde la calle como una plaga expandida por el calor del estío. Asomé la cabeza por la ventana, y lo que más me llamó la atención fue un fuerte zumbido que llegaba de todas partes. De vez en cuando algún claxon bien camuflado en ese zumbido o la sirena de una ambulancia que no conseguía ver venía a engrosar el número de decibelios que llegaban hasta mis oídos.

Inmediatamente metí de nuevo la cabeza en el interior de aquella "madriguera", y desde entonces tuve claro que lo que a mí realmente me hacia feliz y me hará feliz, y quería que siguiera representándome durante el resto de mi vida, era vagar de noche por los pequeños y últimos manchones de bosque mediterráneo que quedan en mi pueblo -a los que yo llamo "selvas"-, llenarme de polvo y sudor mientras andaba descalzo por algún páramo de esa campiña a la que yo llamo "sabana", y meterme con el agua hasta el pecho en las frías aguas de mi Carchena casi natal, la que yo creí durante muchos años, qué años aquellos, mi pequeño Amazonas en miniatura.

MANUEL CRUZ

24 de agosto de 2011

  • 24.8.11
Hoy vamos a hablar sobre la agresividad humana, pero desde un punto de vista puramente zoo-antropológico, si es que puede existir esa palabra, y sin olvidarnos en ningún momento de su versión paleo-antropológica, que va por otro lado, basándonos principalmente en algunas observaciones y experimentos que han sido realizados y relatados por algunos importantes naturalistas, antropólogos y etólogos a través de lo que los científicos que estudian a nuestra especie llaman “estudio de conducta comparada”.

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¿Y qué es eso? Algo tan simple y a la vez tan complejo como analizar nuestra conducta, nuestra psicología o nuestra “etología humana”, llamadlo como queráis, pero comparándola directamente con la de otros animales que, de alguna manera, siguen unas pautas conductuales paralelas a las nuestras, sean o no similares a las que rigen nuestro comportamiento.

Para ello, qué mejor ejemplo podemos usar que el de los lobos, las gallinas, los ciervos, las cabras montesas... En definitiva, animales sociales como nosotros, todos ellos tan distintos, pero sin embargo tan parecidos en sus códigos del lenguaje y sobre todo en sus respectivas jerarquías, unidos principalmente por una conducta de tipo social en la que todos consiguen convivir juntos pero no revueltos, sin una aparente competencia que cruce sus vidas de alguna forma que no sea la apropiada.

Vamos a explicar esto, pero primero vamos a diferenciar a todos los animales en dos grandes grupos: por un lado, los carnívoros, esos depredadores armados de uñas, picos y dientes, que son capaces de matar a cualquier enemigo o presa en solo un momento con la furia que les caracteriza; y por otro lado, aquellos animales que no tienen armas diseñadas para matar, que si quisieran eliminar a otro ser de una forma eficaz necesitarían estar una semana picándoles en la espalda o propinarles varias cornadas con el consiguiente riesgo de invertir los papeles que esto acarrearía para ellos.

Estos últimos nunca van a morir en sus enfrentamientos con dichas armas, ya que estas armas están diseñadas para no matar. Por muy fuerte que sus cabezas choquen entre sí, pongamos una pelea de ciervos, cabras o muflones como ejemplo, precisamente esas curiosas y variadas formas y curvas que tienen estas cornamentas son lo que permite que jamás lleguen a clavarse en el cuerpo de su rival, y lo que es más curioso, estos animales siempre esperarán a que su oponente esté de frente, jamás lo atacarán por la espalda, pues eso es lo que la evolución ha escrito en sus cerebros que deben hacer siempre. Y cuando uno de los dos se sienta vencido, solo tendrá que darse la vuelta y marcharse, enterrando desde ese mismo instante el hacha de guerra propio y el de su oponente de una forma inmediata y automática.

Imaginaos ahora dos lobos, fieles representantes del otro gran grupo que os contaba, peleando por acceder a un puesto más alto en su desarrollada jerarquía. En una pelea de carnívoros salvajes armados de dientes, al igual que con el otro grupo y aunque roce lo paradójico, es prácticamente imposible que uno de los dos antagonistas muera como consecuencia de dicho combate, por peligrosas y afiladas que sean las armas de su oponente.

Cuando uno de los dos se dé cuenta de que es el más débil en el enfrentamiento y no tiene nada que hacer con su competidor, le bastará solo un gesto, solo una pequeña señal, como por ejemplo ofrecer el cuello al vencedor o bajar la cola y ponerla entre las piernas, para inhibir su ataque y acabar con la pelea inmediatamente, sin ocasionar su muerte entre los cuatro potentes y letales caninos de su rival.

Esta es la forma que ha elegido el sabio camino de la evolución para preservar las especies que pueden hacerse daño entre sí, puesto que si en cada pelea se perdiera la vida de uno de los dos irritados contrincantes, probablemente la mayoría de los animales que en algún momento de su vida van a luchar por una hembra, por un territorio o por acceder a un nivel superior de su jerarquía estarían ya extintas.

¿Y cómo se ha conseguido esto? Pues, como acabamos de ver hace sólo unas líneas, con algo a lo que nosotros le hemos dado el nombre de evolución natural, a través de unos cuantos millones de años de cambios psicogenéticos que se han ido transmitiendo muy poco a poco, con paciencia, de generación en generación.

Durante varias decenas de millones de años, al mismo tiempo que les iban creciendo las cornamentas o los colmillos, según la especie, estos animales iban desarrollando unas pautas de conducta que les impedía usar sus propias armas contra otros compañeros de su misma especie.

Pasa algo parecido también con los animales venenosos; ellos saben muy bien que necesitan su veneno para cazar, y como consecuencia directa de ello jamás malgastarían ese veneno mordiendo o picando gratuitamente a cualquier animal, a no ser que se sintieran acosados por alguna presencia o actitud inadecuadas en un momento determinado.

Para todo esto que os acabo de contar hace falta mucho tiempo de evolución; recordemos que en términos evolutivos el tiempo pasa muy deprisa, y unos cuantos millones de años apenas representan un único escalón en la gran escalera de la evolución natural.

- "Vale Manolín, me parece muy bonito, usas muchas palabras técnicas, lo cual te hace aparentar razón, pero yo quiero creerte; explícame ahora qué tiene que ver todo esto con la agresividad humana".

Recordemos por un momento lo del estudio de conducta comparada que os decía al principio. El hombre no posee armas naturales propias. No tiene colmillos desarrollados, no es venenoso, ni siquiera tiene uñas afiladas, por no hablar de su fuerza física, que comparativamente hablando deja bastante que desear.

Nuestra especie empezó a usar armas fabricadas con piedras hace quizá medio millón de años. Estas armas no eran suyas, no evolucionaron en su cuerpo. Si hablamos de espadas, nos remontamos a unos 7000 u 8000 años. Y las armas de fuego ya ni las mencionamos, ya que las tenemos en nuestras manos desde hace solamente unas cuantas decenas de años.

Digamos que en el tiempo que llevamos usando armas, evolutivamente hablando no hemos tenido tiempo suficiente para desarrollar paralelamente unas pautas de conducta que nos impidan usar esas armas salidas casi de la nada contra nosotros mismos. En consecuencia directa, no sabemos pelear para llegar a un acuerdo instintivamente, pacíficamente si se puede llamar así, sin hacernos daño, tal y como hacen los animales sociales cada día.

Cuando el hombre propina un puñetazo a un compañero de su propia especie, lo hace seguramente debido a un episodio de odio o rencor fugaz y volátil, a causa quién sabe si de alguna tontería sin importancia. Cuando el hombre apunta a un conejo con una escopeta, lo hace por puro ocio, nunca por instinto, porque su cultura se lo ha enseñado así. Cuando el hombre apunta a un grupo de soldados con el cañón de un tanque que no es ni siquiera de su propiedad, lo hace probablemente guiado por los intereses económicos de un superior que lo está coaccionando a hacer algo que se sale de sus principios morales.

Sin embargo, cuando un guepardo mata a una gacela, lo hace por puro instinto, porque lo tiene escrito en su cerebro y no por una conducta cultural, y además siempre matará a una gacela coja, débil o herida, porque sabe elegir a sus presas y además necesita alimentarse de carne y sólo de carne, y nunca matará más gacelas que las que necesita para sí mismo y su prole.

Cuando una víbora hocicuda muerde a un ser humano, cuando un escorpión amarillo inyecta su veneno a una persona, incluso cuando un pigmeo caza un elefante para dar de comer a toda su tribu, lo hacen exclusivamente dentro de unas pautas conductuales que obligan a estos animales a defenderse ante una posible agresión de su bípedo antagonista, o en el caso de los pigmeos o cualquier otra etnia estrechamente vinculada a su medio ambiente, para resolver la necesidad de alimentarse.

Dicho sea de paso, me parece especialmente curioso, queridos lectores de mi Cuaderno de campo, que casi todas las mordeduras de víbora y casi todas las picaduras de escorpión se produzcan en la mano. ¿Analizamos?
MANUEL CRUZ

21 de junio de 2011

  • 21.6.11
Como suele ser habitual en casi cualquier especie zoológica que no sea de costumbres gregarias ni suela vivir habitualmente en sociedades o clanes jerarquizados o no, las lagartijas ibéricas (Podarcis hispanica), que casi todo el año han estado viviendo en solitario, antes de que los primeros rayos de sol calienten las piedras del suelo ya se buscan mutuamente como cada primavera para consumar las cópulas y garantizar así la multiplicación generacional de la especie a la que representan.

MANUEL CRUZ ® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN

El notable incremento en la duración de las horas de sol que trae cada año la estación primaveral, conocido entre los científicos y naturalistas como fotoperíodo, modifica provisionalmente el programa mental que gestiona la conducta de estos animales, moviendo a todos los machos de lagartija a buscar urgentemente una compañera reproductora que les permita llevar a cabo las correspondientes paradas nupciales con sus posteriores cópulas, y con ello traer nuevas lagartijas al mundo antes de que el fuerte calor del verano convierta de nuevo la campiña en un tedioso infierno estival.

Las lagartijas ibéricas, cuyo dimorfismo sexual separa claramente a los machos de las hembras, son los más comunes de todos los lacértidos que podemos encontrar por todo el sur peninsular. Prácticamente todos los restaurantes de la naturaleza cuentan con algún plato de lagartija ibérica en su menú, por esto mismo estos animales no tienen más remedio que adaptarse y extremar su productividad prolífica para compensar las bajas en su especie.

Tan pronto como la hembra ponga sus huevos en un lugar seguro y con una apropiada relación entre calor y humedad que garantice una adecuada incubación sin la ayuda del calor de sus padres, los abandonará a su suerte sin tan siquiera preocuparse por ver a los hijos que tan trabajosamente ha engendrado, terminando en este preciso instante su papel de madre, tal como lo hizo su padre justo después de la cópula. En cuanto sus hijos lleguen a la edad adulta, para sus padres no serán más que unos meros competidores sexuales y gastronómicos.

La reproducción, ese milagro de la multiplicación generacional, quizá el principal tabú que existe en el reino humano, en plena naturaleza es sin duda alguna uno de los primeros artículos de la ley fundamental de la supervivencia para cualquiera de los seres vivos que pueblan nuestro planeta.
MANUEL CRUZ

7 de junio de 2011

  • 7.6.11
Existe un lugar en el centro de Andalucía donde el tiempo se funde con la luz, un entorno en el que la vida salvaje fluye con la misma inercia que mueve al corazón de sus pobladores. En esta película sin guión, donde cualquier error puede cambiar en solo medio segundo el destino de sus protagonistas, los actores se van pasando el papel de unos a otros, cambiando constantemente de predador a presa y de presa a predador; así, día tras día, noche tras noche, las vidas de los distintos seres que pueblan esta parte del mundo se van cruzando mutuamente para matar o morir.

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Desde hace miles de años, la especie humana ha ido transformando poco a poco el paisaje de este entorno, introduciendo distintos cultivos como el olivar, la vid o el cereal. Así ha nacido una tierra que nosotros conocemos como "campiña", un lugar mágico donde la recia piel de su tierra se encarga de poner color a su abstracto paisaje.

Aquí no existen los fines de semana, de hecho no hay ni un solo día de descanso, ya que hay que comer y dar de comer a los pequeños. Es muy difícil merodear por una tierra como ésta, plagada de depredadores, sin que un par de ojos con alas o garras y unas claras intenciones no actúen de inmediato.

Pero no son los ojos de estos asesinos implacables los únicos que se adueñan de la intimidad de sus víctimas. El objetivo de una cámara que sobresale tímidamente de entre una mezcla más o menos organizada de telas verdes y redes artificiales con forma de hojas también se encarga de saltarse las leyes y violar descaradamente la vida privada de los dueños de la campiña.

En este mundo fuera de las fronteras del asfalto, donde no existe el respeto por la imagen ajena, un equipo fotográfico no demasiado sofisticado y un conocimiento completo de la zona de trabajo y sobre todo de las costumbres de las especies a fotografiar, aparte de una gran dosis de paciencia y perseverancia, son los únicos requisitos que se necesitan para desarrollar con éxito un buen trabajo de espionaje animal.

De vez en cuando se ven rayos sin nubes en mitad de la noche, e incluso a pleno sol, sin ni siquiera haber tormenta; otras veces se oyen unos extraños crujidos que salen de los matorrales, especialmente cuando los animales se mueven o hacen algo. Se trata de los destellos de los flashes y el ruido del obturador de la cámara, que hasta ahora, y al contrario de lo que se suele pensar habitualmente, no parecen causar molestias a la mayoría de las especies salvajes de nuestra fauna.

Día tras día, año tras año, la naturaleza, y no sólo en esta parte del mundo, se está dejando sumergir de forma ya casi irreversible en una serie de cambios que se van notando en todos los aspectos, empezando por la estética del paisaje y terminando, quizá, en los precios de algunos de los productos que vienen de la única empresa del mundo a la intemperie: la Naturaleza.

Deberíamos aprender a cuidar lo poco que nos queda ya. No tiene menos derecho a vivir un cernícalo porque se dedique a matar ratones para comer (los mismos ratones que destrozan las cosechas), ni tampoco un conejito vale más por ser más bonito y parecer un peluche. Hoy hay naturaleza y hay fotos. Si no se busca un remedio, mañana solo habrá fotos...
MANUEL CRUZ

17 de mayo de 2011

  • 17.5.11
En estos tiempos que corren, creo que el mero hecho de querer imponer al ser humano un trabajo o una actividad que estén condicionados y separados únicamente por el grupo sexual al que pertenece cada individuo, se está hundiendo ya en lo más profundo de los abismos de nuestra cultura. Creo también que a estas alturas de nuestra propia evolución, sea cultural o biológica, el típico tópico “hombre trabajador, mujer cocinera”, por lo menos en los países económicamente más desarrollados, cada vez lo vemos más como uno de nuestros peores atrasos intraespecíficos, que a duras penas podría conseguir hacernos valer un ápice como personas civilizadas.

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No ocurre esto, sin embargo, en el complejo universo de los animales salvajes. En cualquier rama taxonómica que intentemos analizar desde este punto de vista, siempre nos daremos cuenta de que existen unas actividades que sólo desarrollan los machos, otras tareas que son ejecutadas únicamente por las hembras, y otras tantas funciones que se llevan a cabo conjuntamente entre los dos individuos de una misma pareja.

¿Quiere esto decir que en los animales existen pautas conductuales que los incluyan, según el caso, en algún tipo de sexismo? En ningún caso. Entonces, ¿quién se encarga de gestionar el trabajo de cada miembro de la pareja? ¿En base a qué parámetros toman estas decisiones?

Los animales salvajes, como ya sabemos, actúan únicamente de forma instintiva, ya que jamás se someten a la influencia de ningún tipo de intencionalidad, al contrario de lo que suele ocurrir en la especie humana. Los animales llevan varias decenas, y en algunos casos algunos centenares de millones de años, evolucionando tanto física como etológicamente, y nadie tiene que decirle a cada uno lo que tiene que hacer.

Si ponemos un poco de atención, veremos por ejemplo que en los clanes de leones, las hembras, que son más ágiles, dedican una buena parte de su tiempo a la caza, mientras que los machos, más fuertes que ellas, son los encargados de sacrificar su vida si es necesario para defender a sus compañeras de cualquier intrusión en el territorio del clan.

En el mundo de las aves, según la especie y poniendo otro ejemplo sobre la mesa, los machos buscan el alimento propio y el de las hembras, que se quedan incubando los huevos en el mismo nido que han construido entre los dos. Más o menos de esta forma es como se gestiona la división del trabajo por sexos en el mundo animal.

Volviendo al hombre, y entendemos como "hombre" la especie humana -sea macho o hembra-, en tiempos ancestrales fue un animal no civilizado, un pre-australopiteco menos inteligente que el actual, que actuaba por puro instinto, sin la influencia de ningún agente externo de tipo cultural que condicionara su propia conducta, exactamente igual que lo ha hecho siempre cualquier animal salvaje del mundo.

Antropológicamente hablando, y como mero ejemplo, digamos que se dieron cuenta de que los machos ponían sus vidas en un riesgo menor si se dedicaban a cazar porque físicamente eran más fuertes que sus compañeras, mientras que las hembras, más inteligentes, seguramente cocinarían y transformarían las pieles de los animales en ropajes con mucha más eficacia que los desintelectualizados machos.

Posteriormente a este hecho, la evolución humana, nuestra transformación en animales racionales, e incluso nuestra propia (in)cultura, han terminado inculcándonos una conducta completamente retrógrada donde continuamente confundimos derechos puramente éticos con “obligaciones” (?) culturales, creando un mundo en el que intentamos compatibilizar sin éxito nuestras culturas con los vestigios de nuestros primitivos instintos, perdidos ya en el camino de la evolución.

Ante cualquier posible duda, y con el objeto de evitar todo tipo de malentendidos, en ningún momento la idea de este texto pretende diferenciar o separar a los machos y las hembras de nuestra propia especie y mucho menos justificar cualquier mala conducta derivada del más puro e inútil de los machismos o de los feminismos humanos.

Muy al contrario, pretendo dar a conocer a través de la más simple, sencilla, y natural etología cuál puede ser el origen de nuestra conducta y cómo la inmensa mayoría de los animales salvajes han aprendido a adaptarse a su nivel físico o intelectual y de esta forma cada sexo, nivel jerárquico o grupo de edad consigue gestionarse sus tareas de la forma más eficaz, eficiente y efectiva posible para su propia especie, sin que en ningún momento sientan la necesidad de que una Consejería de Igualdad y Bienestar Social se tenga que encargar de gestionar el guión de sus vidas desde un despacho con aire acondicionado donde solo se puede ver un montón de papeles aparentemente organizados y una calle con coches y gente desde la ventana, sin haber abierto antes un libro de etología.
MANUEL CRUZ

3 de mayo de 2011

  • 3.5.11
Confundido entre las cañas y la maleza en un punto cualquiera en medio de la campiña, un trozo de madera del suelo entreabre un poco los ojos a plena luz del día para demostrarnos una vez más que no todo es lo que parece. El chotacabras pardo o cuellirrojo (Caprimulgus ruficollis) es uno de los representantes de nuestra avifauna menos conocidos por la mayoría de las personas de a pie. Tanto es así, que en algunos lugares donde todavía es una especie relativamente abundante, calculo yo que mucho más del 95 por ciento de la población humana de la urbe desconoce completamente no sólo que en la zona concreta donde viva tal población haya chotacabras, sino que también ignoran que en algún lugar del mundo puedan existir unas aves con esta forma tan peculiar, esta fisonomía y estas costumbres.

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Muy parecidos en forma a sus parientes lejanos los vencejos pero con un tamaño sensiblemente superior, su camuflaje es tan sumamente perfecto que en la mayoría de los encuentros que hayamos tenido en el campo con alguna de estas aves ni siquiera el hecho de saber dónde está nos ha podido ayudar a separar su inconfundible silueta del entorno donde vive.

Tal es su precaución para pasar desapercibido, que este animal jamás se va a preocupar por fabricar un nido. Deposita sus huevos directamente en el suelo, y en caso de ser detectados por algún depredador sólo le bastará coger los huevos, o los pollos si ya han nacido, y mudarlos a otro bloque de apartamentos en un barrio más seguro.

Este nocturno devorador de insectos acostumbra a descansar durante el día a la sombra de algún matorral, con una inmovilidad que raya en la más extrema de las vagancias, entreabriendo un poco sus enormes ojos únicamente cuando detecta la cercanía de algún peligro, a la vez que espera pacientemente a que el último rayo de sol se escurra del más recóndito de los recovecos del bosque y deje paso a un mundo oscuro donde solo una preparada estirpe de noctámbulos es capaz de subsistir.

Es justo en este momento cuando este pequeño pájaro de madera despierta súbitamente de su latencia y emprende el vuelo con el objeto de dar caza a centenares de pequeños insectos voladores, sus principales presas, abriendo una boca con un tamaño inmensamente superior al que nuestra abandonada inteligencia pueda llegar a imaginar después de ver su minúsculo pico, para atrapar a sus presas en vuelo a gran velocidad con la misma efectividad con la que lo haría la más grande, fuerte y fina de las redes de arrastre de nuestros pesqueros gaditanos.

Sus hábitos nocturnos y sus poco estudiadas y por tanto escasamente conocidas costumbres han hecho que el chotacabras pardo sea una de las especies animales ibéricas menos conocidas; tanto es así que muchos de los mitos que pesan sobre ella, como por ejemplo el de entrar en los establos para robar la leche de las cabras (de ahí su nombre), siguen estando vigentes en las obsoletas mentes de muchos hombres de campo.
MANUEL CRUZ

19 de abril de 2011

  • 19.4.11
Casi con la maestría del gran búho real, pero apenas con el tamaño de una paloma, este pequeño y aun relativamente abundante búho de bolsillo está viendo cómo poco a poco se van reduciendo sus ancestrales poblaciones, tradicionales ya en la mayor parte de nuestros viejos olivares, construcciones humanas no necesariamente abandonadas y arboledas de tipo mediterráneo.

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Este pequeño duende de ojos de azufre, que es nuestra rapaz nocturna más diurna y a la vez la más abundante, es también el encargado de cobrar la renta a todos los animales inferiores a su peso que viven en el piso bajo de la pirámide ecológica de nuestra Naturaleza, la misma pirámide que preside la especie humana desde un poco antes de que el mundo natural empezara a degradarse.

Es precisamente esta degradación, entre otras cosas, lo que un día puede acabar con esta singular especie, unas cuantas más que dependen de ella, y con ellas inevitablemente la nuestra también.

Esto es algo que todavía no hemos terminado de entender, a pesar de nuestra desarrollada inteligencia, y es que a estas alturas de la vida, el mero hecho de querer proteger a un concreto animal o vegetal todavía suena a una vana excusa más para defender algo que aparentemente sólo interesa a unos pocos colectivos que acostumbran a ponerse camisetas con motivos de tipo naturalista o ecologista y cortar nuestras carreteras con sus pancartas, siempre a favor o en contra de algo o alguien que aparentemente para cualquier ejemplar de Homo sapiens urbano carecen de sentido.

¿Aparentemente? Lo que quizá no sabe todo “sabio de bar” insuficientemente documentado que tanto se queja de toda esta gente es precisamente la poco adecuada para nosotros trascendencia que puede traer tras de sí la desaparición de una sola especie, ya sea animal o vegetal.

Sabemos de sobra ya, que en el contexto pura y netamente natural, los animales salvajes no evolucionaron en el campo precisamente para que nosotros los miremos con unos prismáticos o les hagamos una foto, y mucho menos para que los contemplemos detrás de una reja.

Los animales representan en su medio algo más que eso. Entre todos forman un todo, cada uno con su cometido, y cada una de las especies es imprescindible para alguna especie más que necesite de alguna forma de las que le rodean.

A tal efecto, y como simples ejemplos, digamos que los conejos dan de comer a sus depredadores, la hierba a su vez alimenta a estos conejos, las ratas y las hormigas eliminan buena parte de esos desechos que están donde no deberían estar, los buitres se encargan de limpiar nuestros campos de cadáveres (animales, evidentemente), las abejas son las que se ocupan de llevar a cabo ese gran milagro que es la reproducción entre plantas y árboles para que puedan seguir proporcionándonos oxígeno, los árboles han aprendido a fabricar frutos para que las aves y los mamíferos transporten sus semillas hasta otros lugares, etc.

Basta con que rompamos uno solo de los eslabones de la frágil cadena que sujeta a esta gran empresa para que la naturaleza se quede coja y todo el motor de la vida deje de funcionar adecuadamente.

Cuando falta una especie que siempre ha estado en un lugar determinado, las demás especies que dependían de ella, directa o indirectamente, tarde o temprano tendrán que optar por adaptarse y evolucionar por otro camino o, en el peor de los casos, al cabo de un tiempo de crisis también se extinguirán.

El mochuelo europeo (Athene noctua) es todavía abundante, pero sus poblaciones están disminuyendo notablemente. Solo si conseguimos que a finales de 2011 se haya mantenido o incluso incrementado esta población allí donde haga falta, podremos decir con orgullo que este ha sido realmente el año del mochuelo. Y si encima hemos logrado realzar las poblaciones de otras especies autóctonas y ecológicamente beneficiosas para la Naturaleza, también será en buena parte nuestro gran año.
MANUEL CRUZ

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