Ha escalado volcanes y descendido abismos. Conoce cumbres a las que no llegan los pájaros y simas submarinas de abisales criaturas. Se ha paseado por despeñaderos, por selvas y desiertos. Y también, entregada al profundo océano, le ha dado por fotografiar esa flora marina ondulante y persuasiva. Desde pequeña ha hecho de lo insólito una costumbre.
En su cartilla de familia, en los registros administrativos, pone que se llama Isabel Márquez Feixas. Y así fue hasta que su vida dio un vuelco. Desde entonces es Sula. En la pila bautismal le dieron un nombre y un rito. En los sofocantes arrecifes centroamericanos, otro. Lo eligió para poner fin a una travesía dolorosa. Para iniciar un viaje permanente.
Hay un lugar que se llama San Pedro Sula, en Honduras, escondrijo de dragones en un valle de voces enigmáticas y primitivas. Y allí, tan lejos, es donde ella inició una nueva etapa. O sea, que renació en el fuego del trópico. En vez de hacer negocios, recibió la revelación del arte, los dones necesarios para transformar su propia existencia creando con sus manos objetos artísticos.
Llegó el momento de hacer realidad lo que tenía en mente. En vez de desarrollar una rutina laboral como había sido hasta entonces, abrió una puerta y pasó a ser Sula, todopoderoso vocablo con el que se desató de lo convencional.
“Encontré otro mundo cuando empecé a relacionarme con un grupo de gente con el que vi que era posible exprimir la aventura, practicar un modo de vida distinto. Buscamos los rápidos en los cursos fluviales, ascendimos a cráteres y me habitué a las inmersiones en aguas abiertas. Ellos ya eran submarinistas cuando yo aún especulaba con esa posibilidad”.
De aquella expedición, Sula regresó a Inglaterra con una idea fija: habituarse al neopreno y al respirador, echarse a la espalda una bombona de oxígeno como quien lleva una mochila salvadora. Respirar entre plantas sumergidas y cardumen formando espirales y remolinos. Después de un curso de adaptación, se encontró preparada para aclimatarse en los cayos caribeños.
Estuvo en islas paradisiacas con nombres exóticos. Desde Cancún, adonde había ido invitada a una boda, se desplazó hasta Honduras. Estaba dispuesta a estrenarse en lo desconocido. En esa época, sus dos hijos, Cristina y Matthew, rondaban los veinte años y ambos ya estaban fuera de casa. Entonces, Isabel se reinventó en Sula.
“Yo quería encontrar algo que me sacara de la profundidad en que me estaba hundiendo. Era una profundidad personal. Pero yo siempre he sido muy fuerte. He afrontado cosas complicadas y no le he echado cuentas”. Comenta esto mientras atardece.
La espléndida terraza de su apartamento buhardilla mira a poniente, por donde el disco solar lentamente desaparece en una rendición pacífica. Es lo único que declina porque su entereza vital sigue intacta ahora que es octogenaria. Da la impresión de que Hilario Camacho le escribió esto: “Ella es mujer fuente, ella es mujer árbol, manantial; parece una canción cuando se deja reposar, una canción de Leonard Cohen, tal vez de Janis Joplin…”.
“Soy una persona que tiene mucha vitalidad, que siente entusiasmo por la vida y que todo o casi todo lo veo positivo. Si surgen problemas o dificultades, le hago frente cara a cara. Intento resolverlas”. Es su manera de ser desde que estaba en el Colegio de la Asunción de las Esclavas del Divino Corazón. Reaccionó al toparse con un modelo educativo frustrante que la dejaba insatisfecha. Le parecía una forma de enseñar muy deficiente, alicorta. Y tal vez en esa decepción esté el origen de su posterior dedicación profesional a la enseñanza cuando se marchó a Inglaterra.
“Después de tantos años no quiero juzgarlo, pero en aquellos tiempos (década de los cincuenta) recibíamos una educación bastante inadecuada. No es que me aburriera en clase, sino que no eran capaces de sacar lo mejor de mí. La sociedad de entonces era asfixiante. Había machismo en casi todo. Algo ha cambiado, pero sigue estando ahí. Lo que pasa es que buena parte de mis contemporáneas o lo aceptaban o no lo veían”.
Eso de resignarse, aunque lo predicara la doctrina, nunca ha entrado en sus planes. Buscaba vías de escape, anteponía la imaginación a lo consabido. Así que, siendo poco más que adolescente, se enroló en un grupo juvenil de teatro. En buena compañía: Marisol Navarro, Paqui Luque Romero, Pepe López Vela, Paco Guerrero, Julio Trenas, Agustín Gómez y Manolo Ruiz Hidalgo, que hacía de apuntador para salir del bache de la fugaz desmemoria.
Ensayaban en un piso de La Tercia y el escenario lo tenían al lado, en el Teatro Garnelo. Llevar en su repertorio La venganza de don Mendo era buena señal. Pero esto, siendo entretenido y gratificante, no era suficiente.
La salida la encaminó a Londres para aprender inglés, lo que casi nadie se planteaba en aquella época, cuando lo normal era inclinarse por el francés como idioma extranjero. Ella, sí. Y dio el paso con el total apoyo de su familia, a pesar de que, entonces, irse a vivir a la capital de Gran Bretaña equivalía poco menos que mudarse a la ciudad del diablo y del pecado.
“Me marché, claro que sí, y al año o a los dos años de residir allí, empezó a venir alguna gente de Montilla y yo le ayudé todo lo que pude en el proceso de adaptación. Eran personas que yo conocía, amigas mías que también fueron a estudiar inglés. Les encontraba sitio donde quedarse y trabajos para salir adelante. Y todas lo pasaron muy bien”.
En cierto modo, Isabel Márquez Feixas había emprendido, casi sin ser consciente de ello, una rebelión que contagió a otras muchachas de su edad. Una insurrección serena e idiomática contra lo que tenían preestablecido. Ella, previamente, ya había recibido algunas nociones de inglés en unas clases particulares en La Tercia.
“En Inglaterra nadie me discriminó. Se portaron bien conmigo y nunca entorpecieron gestión administrativa alguna cuando se trataba de hacer un negocio o tramitar licencias. Resolvía y arreglaba todo el papeleo como si fuera una más en aquel país”.
Estaba a gusto y ni por un instante se planteaba volver a Montilla, a menos que fuera para pasar las vacaciones. Le encanta este pueblo. Ha viajado por todo el mundo, pero cuando vuelve a Montilla tiene la certeza de que entra en su casa.
“La vida te lleva de un lado a otro y llega un momento en que tienes que escoger. Yo he tratado de tener fidelidad conmigo misma, con mi forma de entender las cosas, sin pensar lo que puedan decir. Cuando llegó la hora de mi matrimonio (Lawrence W. Hodgson), no hice caso a lo que se comentaba en la calle: «Ay, es que se ha casado con un inglés. Seguro que ahora, dentro de un año, está divorciada». Esto es lo que se oía”.
“Estoy divorciada, es verdad, pero fue después de treinta años de convivencia. A mí no me afectaba este tipo de comentarios. Es más, si veo que lleva razón, lo acepto, pero si veo que es malintencionado y que no tiene base, pues no lo tengo en cuenta. Yo sé lo que soy y lo que hago”.
Desempeñó el puesto de secretaria en una empresa y, después, entró a trabajar en una tienda de porcelanas. Era un establecimiento distinguido en el centro londinense con una selecta clientela. El guitarrista Andrés Segovia lo frecuentaba. Era uno de los que solían pasar por allí para adquirir algún regalo.
“Andrés se hizo muy amigo mío. Cada vez que venía a actuar a Londres me enviaba pases para que asistiera a los conciertos. Yo le había vendido un conjunto de platos, tazas; una vajilla completa para su casa. Nos caímos bien y aquella visita a la tienda fue el comienzo de una buena amistad”.
“Le presenté a mi marido y tuvimos con él bastante confianza. Él me decía: «Te doy las entradas con la condición de que vengas al camerino a saludarme, y para que, mientras me preparo para el recital, me escuches un poquito». Yo iba y él tocaba la guitarra antes de salir a escena. Es un buen recuerdo”.
Isabel Márquez se movía a sus anchas por el centro de aquella metrópolis. Eran los años de la contracultura, de Mary Quant y del All you need is love; el tiempo de la efervescencia del pop, cuando la moda juvenil oscilaba entre el Big Ben y la Torre Eiffel para teñir de psicodelia todo lo que había a su alrededor.
“Encontré un nuevo puesto de trabajo en pleno Bond Street, en una tienda de pieles. Y lo habitual era que viajáramos a París para presentar las colecciones cada temporada de desfiles. Esto me permitió observar en primera persona el funcionamiento del mundo de la alta costura. Y luego, por la noche, nos íbamos a esos sótanos legendarios de la capital francesa donde sonaba el mejor jazz”.
“¡Qué tiempo tan feliz!”, cantaba Mary Hopkin en el verano del amor. A Isabel no le faltó cortejo. Tenía tres pretendientes allí, me dice sonriente: “Uno era mi marido, otro era un español que a mí me encantaba y otro era árabe. Pensé que el árabe no me convenía porque no me dejaba ponerme pantalones cuando salíamos. Con el español vi al momento que íbamos a chocar por su carácter y, luego, con el inglés pensé: «Este me va a dejar hacer lo que yo quiera». Y así fue, siempre me dio carta libre”.
En distritos exclusivos, en un trato cotidiano con el lujo, con reserva en los mejores hoteles de París, así estaba programado el día a día de Isabel mientras estuvo relacionada con las mejores firmas de moda. Lo curioso es que ella trabajaba para Córdoba, una marca propiedad de un austriaco que diseñaba modelos únicos en piel para gente adinerada, basándose en el tirón mítico del nombre de esta ciudad andaluza.
“Escogíamos los colores y tonalidades del año, de otoño e invierno, siempre destinados a una clientela de alto poder adquisitivo. Nos divertíamos mucho cuando había que decidir qué colores iban a primar en cada estación del año. Lo vivíamos todo al máximo, porque sabes que cuando esa etapa se va, ya no vuelve”.
Este principio lo ha aplicado siempre en todos los órdenes de su vida. Cuando fue madre se implicó a fondo, sin dejar nada a la improvisación. Entrar plenamente en el mundo de la enseñanza fue el siguiente paso. “Yo el colegio lo tenía en mi casa y muy pronto empecé a tener lista de espera de familias interesadas en nuestra fórmula educativa”.
“Construir las aulas en la parte de debajo de la residencia. Me dediqué a esto por mis niños. Consulté libros y así llegó a mis manos las teorías de Maria Montessori. Vi extraordinaria su psicología para el alumnado. Me enteré que en Londres existía un centro que impartía este método. Lo estudié y lo adopté”.
El éxito fue instantáneo. Los hijos de sus amigas fueron quienes primero se apuntaron. Luego, la demanda no cesó de crecer, lo que le impulsó a arrendar un gran salón en desuso de una orden religiosa. A base de créditos bancarios, logró culminar su empeño. Estuvo 27 años dedicada a la enseñanza en el elitista distrito de Wimbledon. Creó de la nada una institución independiente que contó con el apoyo del Gobierno y el Parlamento británico. La idea era introducir el método Montessori en el rígido sistema pedagógico inglés.
Enseñaban música, matemáticas, geografía, ciencias naturales, manualidades, prácticas artísticas y toda clase de conocimientos para la más completa formación en un clima de libertad. Dejó una huella imborrable, algo que también ha podido comprobar en Montilla.
Durante un tiempo colaboró en el Colegio San Francisco Solano, donde sus nietos estaban escolarizados. En clase, era la granny Isabel (forma coloquial de llamar abuela). Los chiquillos se acuerdan todavía de ella por lo bien que lo pasaron a su lado. “Cada vez que salía de viaje, volvía con mapas, cartas náuticas y pequeños regalos para los alumnos. Aprendíamos dónde había ido, qué había hecho y qué había descubierto. Son cosas que encanta a los niños”.
Sula está habituada a resurgir. La crisis emocional que partió su vida en dos tuvo inmediatas consecuencias: puso en venta el colegio. La operación le dejó un regusto grato e inusual. Le dieron más dinero por el colegio que por el edificio. Y puso rumbo al sur. Primero, a la parte meridional de Inglaterra, donde hizo algunas inversiones. Después, se instaló definitivamente en Montilla para acompañar a sus padres, que ya estaban mayores.
A la vez, era la oportunidad de reencontrarse con la cerámica, aquel incipiente modelado del barro del método Montessori. Le gustaba el tacto de la cerámica; realizó cursos para perfeccionar técnicas, texturas y formas. Alumbró así una manera diferente de expresarse. Es algo maravilloso y creativo, una sensación de libertad que también le proporciona el buceo.
“He efectuado unas cuatrocientas inmersiones en todas partes del mundo. Lo he hecho por curiosidad natural, pero igualmente por darle un sentido a mi vida. Es que el placer y la paz que encuentras haciendo submarinismo no se da en ningún otro sitio. Cuando vas descendiendo y te escuchas a ti misma, ves esas preciosidades a tu lado cuando estás bajando. Observas cosas especiales que nunca en tu vida has visto”.
Todo esto se condensa en su obra: silencio y movimiento, ondulaciones. “Es increíble”, me dice. Estuvo en el agujero azul en Belice, que descubrió Jacques Cousteau. Es una zambullida peligrosa. Ni las compañías de seguros corren el riesgo de garantizar nada, a pesar de la excelente preparación de quien se sumerge después de haberse preparado a fondo física y mentalmente durante meses.
El anhelo subacuático la llevó hasta el mar Rojo, Egipto, en una zona en la que el exceso de buceadores y de tránsito marítimo resultaba más peligrosa que la presencia de tiburones. Guatemala, México, Indonesia, Micronesia, en un archipiélago entre Hawái y Japón: en todos estos puntos del planeta se le ha visto tras la pista de peces extraños que rehúyen la luz. Y, sin embargo, Sula logra captarlos con su cámara.
“Siempre me ha gustado la fotografía. Siendo pequeña me acuerdo que sabía revelar. Hacía fotos en blanco y negro. Mi hermano también es un gran fotógrafo. Yo lo hago sin saber cómo lo hago. Por ejemplo, cuando hace poco nos quedamos atrapados en Dubái por el conflicto de Irán y Estados Unidos, yo hacía las fotos y los demás me preguntaban: «Pero ¿cómo haces estas fotos?». Entonces, los llevaba adonde había estado para hacer el encuadre. Es cuestión de atreverse. «Es verdad», respondían. «Pero tú lo has visto y nosotros, no». Creo que tengo buen ojo para encuadrar, nada más que esto”.
Ha rozado pecios de la Segunda Guerra Mundial, corroídos por el óxido, donde no queda rastro de banderas ni de patriotismo. Te sumerges unos cincuenta metros y tienes ante ti todas las cosas que quedaron de los barcos: bicicletas, máquinas de escribir, armamento herrumbroso, mesas de operaciones, destruidos planes de combate, cocinas, baños, excrementos de la barbarie.
Al escucharla, da la impresión de que siempre ha hecho lo que le ha dado la gana. Pero, al hacer balance, no todo son alegrías. Reflexiona y lo explica. “No es tan fácil, pero lo he intentado. Algunas veces no me ha salido bien. Es que, por ejemplo, echas la vista atrás y ves que un matrimonio no ha funcionado; es porque ha pasado algo que no se ha hecho bien”.
Tiene un hijo en Nueva Zelanda. Matthew está integrado allí en la policía científica. Cristina está más cerca. De hecho, vive en Montilla. La hija tiene mucho de ella. Es, me dice, increíblemente trabajadora. Está metida en el mundo audiovisual con escala en San Sebastián y en otros festivales. Ha ayudado a hacer el documental de Rafael Nadal, en Netflix. Pero, antes, también ha destacado como atleta. A fin de cuentas, la vida no deja de ser una carrera de fondo.
En su cartilla de familia, en los registros administrativos, pone que se llama Isabel Márquez Feixas. Y así fue hasta que su vida dio un vuelco. Desde entonces es Sula. En la pila bautismal le dieron un nombre y un rito. En los sofocantes arrecifes centroamericanos, otro. Lo eligió para poner fin a una travesía dolorosa. Para iniciar un viaje permanente.
Hay un lugar que se llama San Pedro Sula, en Honduras, escondrijo de dragones en un valle de voces enigmáticas y primitivas. Y allí, tan lejos, es donde ella inició una nueva etapa. O sea, que renació en el fuego del trópico. En vez de hacer negocios, recibió la revelación del arte, los dones necesarios para transformar su propia existencia creando con sus manos objetos artísticos.
Llegó el momento de hacer realidad lo que tenía en mente. En vez de desarrollar una rutina laboral como había sido hasta entonces, abrió una puerta y pasó a ser Sula, todopoderoso vocablo con el que se desató de lo convencional.
“Encontré otro mundo cuando empecé a relacionarme con un grupo de gente con el que vi que era posible exprimir la aventura, practicar un modo de vida distinto. Buscamos los rápidos en los cursos fluviales, ascendimos a cráteres y me habitué a las inmersiones en aguas abiertas. Ellos ya eran submarinistas cuando yo aún especulaba con esa posibilidad”.
De aquella expedición, Sula regresó a Inglaterra con una idea fija: habituarse al neopreno y al respirador, echarse a la espalda una bombona de oxígeno como quien lleva una mochila salvadora. Respirar entre plantas sumergidas y cardumen formando espirales y remolinos. Después de un curso de adaptación, se encontró preparada para aclimatarse en los cayos caribeños.
Estuvo en islas paradisiacas con nombres exóticos. Desde Cancún, adonde había ido invitada a una boda, se desplazó hasta Honduras. Estaba dispuesta a estrenarse en lo desconocido. En esa época, sus dos hijos, Cristina y Matthew, rondaban los veinte años y ambos ya estaban fuera de casa. Entonces, Isabel se reinventó en Sula.
“Yo quería encontrar algo que me sacara de la profundidad en que me estaba hundiendo. Era una profundidad personal. Pero yo siempre he sido muy fuerte. He afrontado cosas complicadas y no le he echado cuentas”. Comenta esto mientras atardece.
La espléndida terraza de su apartamento buhardilla mira a poniente, por donde el disco solar lentamente desaparece en una rendición pacífica. Es lo único que declina porque su entereza vital sigue intacta ahora que es octogenaria. Da la impresión de que Hilario Camacho le escribió esto: “Ella es mujer fuente, ella es mujer árbol, manantial; parece una canción cuando se deja reposar, una canción de Leonard Cohen, tal vez de Janis Joplin…”.
“Soy una persona que tiene mucha vitalidad, que siente entusiasmo por la vida y que todo o casi todo lo veo positivo. Si surgen problemas o dificultades, le hago frente cara a cara. Intento resolverlas”. Es su manera de ser desde que estaba en el Colegio de la Asunción de las Esclavas del Divino Corazón. Reaccionó al toparse con un modelo educativo frustrante que la dejaba insatisfecha. Le parecía una forma de enseñar muy deficiente, alicorta. Y tal vez en esa decepción esté el origen de su posterior dedicación profesional a la enseñanza cuando se marchó a Inglaterra.
“Después de tantos años no quiero juzgarlo, pero en aquellos tiempos (década de los cincuenta) recibíamos una educación bastante inadecuada. No es que me aburriera en clase, sino que no eran capaces de sacar lo mejor de mí. La sociedad de entonces era asfixiante. Había machismo en casi todo. Algo ha cambiado, pero sigue estando ahí. Lo que pasa es que buena parte de mis contemporáneas o lo aceptaban o no lo veían”.
Eso de resignarse, aunque lo predicara la doctrina, nunca ha entrado en sus planes. Buscaba vías de escape, anteponía la imaginación a lo consabido. Así que, siendo poco más que adolescente, se enroló en un grupo juvenil de teatro. En buena compañía: Marisol Navarro, Paqui Luque Romero, Pepe López Vela, Paco Guerrero, Julio Trenas, Agustín Gómez y Manolo Ruiz Hidalgo, que hacía de apuntador para salir del bache de la fugaz desmemoria.
Ensayaban en un piso de La Tercia y el escenario lo tenían al lado, en el Teatro Garnelo. Llevar en su repertorio La venganza de don Mendo era buena señal. Pero esto, siendo entretenido y gratificante, no era suficiente.
La salida la encaminó a Londres para aprender inglés, lo que casi nadie se planteaba en aquella época, cuando lo normal era inclinarse por el francés como idioma extranjero. Ella, sí. Y dio el paso con el total apoyo de su familia, a pesar de que, entonces, irse a vivir a la capital de Gran Bretaña equivalía poco menos que mudarse a la ciudad del diablo y del pecado.
“Me marché, claro que sí, y al año o a los dos años de residir allí, empezó a venir alguna gente de Montilla y yo le ayudé todo lo que pude en el proceso de adaptación. Eran personas que yo conocía, amigas mías que también fueron a estudiar inglés. Les encontraba sitio donde quedarse y trabajos para salir adelante. Y todas lo pasaron muy bien”.
En cierto modo, Isabel Márquez Feixas había emprendido, casi sin ser consciente de ello, una rebelión que contagió a otras muchachas de su edad. Una insurrección serena e idiomática contra lo que tenían preestablecido. Ella, previamente, ya había recibido algunas nociones de inglés en unas clases particulares en La Tercia.
“En Inglaterra nadie me discriminó. Se portaron bien conmigo y nunca entorpecieron gestión administrativa alguna cuando se trataba de hacer un negocio o tramitar licencias. Resolvía y arreglaba todo el papeleo como si fuera una más en aquel país”.
Estaba a gusto y ni por un instante se planteaba volver a Montilla, a menos que fuera para pasar las vacaciones. Le encanta este pueblo. Ha viajado por todo el mundo, pero cuando vuelve a Montilla tiene la certeza de que entra en su casa.
“La vida te lleva de un lado a otro y llega un momento en que tienes que escoger. Yo he tratado de tener fidelidad conmigo misma, con mi forma de entender las cosas, sin pensar lo que puedan decir. Cuando llegó la hora de mi matrimonio (Lawrence W. Hodgson), no hice caso a lo que se comentaba en la calle: «Ay, es que se ha casado con un inglés. Seguro que ahora, dentro de un año, está divorciada». Esto es lo que se oía”.
“Estoy divorciada, es verdad, pero fue después de treinta años de convivencia. A mí no me afectaba este tipo de comentarios. Es más, si veo que lleva razón, lo acepto, pero si veo que es malintencionado y que no tiene base, pues no lo tengo en cuenta. Yo sé lo que soy y lo que hago”.
Desempeñó el puesto de secretaria en una empresa y, después, entró a trabajar en una tienda de porcelanas. Era un establecimiento distinguido en el centro londinense con una selecta clientela. El guitarrista Andrés Segovia lo frecuentaba. Era uno de los que solían pasar por allí para adquirir algún regalo.
“Andrés se hizo muy amigo mío. Cada vez que venía a actuar a Londres me enviaba pases para que asistiera a los conciertos. Yo le había vendido un conjunto de platos, tazas; una vajilla completa para su casa. Nos caímos bien y aquella visita a la tienda fue el comienzo de una buena amistad”.
“Le presenté a mi marido y tuvimos con él bastante confianza. Él me decía: «Te doy las entradas con la condición de que vengas al camerino a saludarme, y para que, mientras me preparo para el recital, me escuches un poquito». Yo iba y él tocaba la guitarra antes de salir a escena. Es un buen recuerdo”.
Isabel Márquez se movía a sus anchas por el centro de aquella metrópolis. Eran los años de la contracultura, de Mary Quant y del All you need is love; el tiempo de la efervescencia del pop, cuando la moda juvenil oscilaba entre el Big Ben y la Torre Eiffel para teñir de psicodelia todo lo que había a su alrededor.
“Encontré un nuevo puesto de trabajo en pleno Bond Street, en una tienda de pieles. Y lo habitual era que viajáramos a París para presentar las colecciones cada temporada de desfiles. Esto me permitió observar en primera persona el funcionamiento del mundo de la alta costura. Y luego, por la noche, nos íbamos a esos sótanos legendarios de la capital francesa donde sonaba el mejor jazz”.
“¡Qué tiempo tan feliz!”, cantaba Mary Hopkin en el verano del amor. A Isabel no le faltó cortejo. Tenía tres pretendientes allí, me dice sonriente: “Uno era mi marido, otro era un español que a mí me encantaba y otro era árabe. Pensé que el árabe no me convenía porque no me dejaba ponerme pantalones cuando salíamos. Con el español vi al momento que íbamos a chocar por su carácter y, luego, con el inglés pensé: «Este me va a dejar hacer lo que yo quiera». Y así fue, siempre me dio carta libre”.
En distritos exclusivos, en un trato cotidiano con el lujo, con reserva en los mejores hoteles de París, así estaba programado el día a día de Isabel mientras estuvo relacionada con las mejores firmas de moda. Lo curioso es que ella trabajaba para Córdoba, una marca propiedad de un austriaco que diseñaba modelos únicos en piel para gente adinerada, basándose en el tirón mítico del nombre de esta ciudad andaluza.
“Escogíamos los colores y tonalidades del año, de otoño e invierno, siempre destinados a una clientela de alto poder adquisitivo. Nos divertíamos mucho cuando había que decidir qué colores iban a primar en cada estación del año. Lo vivíamos todo al máximo, porque sabes que cuando esa etapa se va, ya no vuelve”.
Este principio lo ha aplicado siempre en todos los órdenes de su vida. Cuando fue madre se implicó a fondo, sin dejar nada a la improvisación. Entrar plenamente en el mundo de la enseñanza fue el siguiente paso. “Yo el colegio lo tenía en mi casa y muy pronto empecé a tener lista de espera de familias interesadas en nuestra fórmula educativa”.
“Construir las aulas en la parte de debajo de la residencia. Me dediqué a esto por mis niños. Consulté libros y así llegó a mis manos las teorías de Maria Montessori. Vi extraordinaria su psicología para el alumnado. Me enteré que en Londres existía un centro que impartía este método. Lo estudié y lo adopté”.
El éxito fue instantáneo. Los hijos de sus amigas fueron quienes primero se apuntaron. Luego, la demanda no cesó de crecer, lo que le impulsó a arrendar un gran salón en desuso de una orden religiosa. A base de créditos bancarios, logró culminar su empeño. Estuvo 27 años dedicada a la enseñanza en el elitista distrito de Wimbledon. Creó de la nada una institución independiente que contó con el apoyo del Gobierno y el Parlamento británico. La idea era introducir el método Montessori en el rígido sistema pedagógico inglés.
Enseñaban música, matemáticas, geografía, ciencias naturales, manualidades, prácticas artísticas y toda clase de conocimientos para la más completa formación en un clima de libertad. Dejó una huella imborrable, algo que también ha podido comprobar en Montilla.
Durante un tiempo colaboró en el Colegio San Francisco Solano, donde sus nietos estaban escolarizados. En clase, era la granny Isabel (forma coloquial de llamar abuela). Los chiquillos se acuerdan todavía de ella por lo bien que lo pasaron a su lado. “Cada vez que salía de viaje, volvía con mapas, cartas náuticas y pequeños regalos para los alumnos. Aprendíamos dónde había ido, qué había hecho y qué había descubierto. Son cosas que encanta a los niños”.
Sula está habituada a resurgir. La crisis emocional que partió su vida en dos tuvo inmediatas consecuencias: puso en venta el colegio. La operación le dejó un regusto grato e inusual. Le dieron más dinero por el colegio que por el edificio. Y puso rumbo al sur. Primero, a la parte meridional de Inglaterra, donde hizo algunas inversiones. Después, se instaló definitivamente en Montilla para acompañar a sus padres, que ya estaban mayores.
A la vez, era la oportunidad de reencontrarse con la cerámica, aquel incipiente modelado del barro del método Montessori. Le gustaba el tacto de la cerámica; realizó cursos para perfeccionar técnicas, texturas y formas. Alumbró así una manera diferente de expresarse. Es algo maravilloso y creativo, una sensación de libertad que también le proporciona el buceo.
“He efectuado unas cuatrocientas inmersiones en todas partes del mundo. Lo he hecho por curiosidad natural, pero igualmente por darle un sentido a mi vida. Es que el placer y la paz que encuentras haciendo submarinismo no se da en ningún otro sitio. Cuando vas descendiendo y te escuchas a ti misma, ves esas preciosidades a tu lado cuando estás bajando. Observas cosas especiales que nunca en tu vida has visto”.
Todo esto se condensa en su obra: silencio y movimiento, ondulaciones. “Es increíble”, me dice. Estuvo en el agujero azul en Belice, que descubrió Jacques Cousteau. Es una zambullida peligrosa. Ni las compañías de seguros corren el riesgo de garantizar nada, a pesar de la excelente preparación de quien se sumerge después de haberse preparado a fondo física y mentalmente durante meses.
El anhelo subacuático la llevó hasta el mar Rojo, Egipto, en una zona en la que el exceso de buceadores y de tránsito marítimo resultaba más peligrosa que la presencia de tiburones. Guatemala, México, Indonesia, Micronesia, en un archipiélago entre Hawái y Japón: en todos estos puntos del planeta se le ha visto tras la pista de peces extraños que rehúyen la luz. Y, sin embargo, Sula logra captarlos con su cámara.
“Siempre me ha gustado la fotografía. Siendo pequeña me acuerdo que sabía revelar. Hacía fotos en blanco y negro. Mi hermano también es un gran fotógrafo. Yo lo hago sin saber cómo lo hago. Por ejemplo, cuando hace poco nos quedamos atrapados en Dubái por el conflicto de Irán y Estados Unidos, yo hacía las fotos y los demás me preguntaban: «Pero ¿cómo haces estas fotos?». Entonces, los llevaba adonde había estado para hacer el encuadre. Es cuestión de atreverse. «Es verdad», respondían. «Pero tú lo has visto y nosotros, no». Creo que tengo buen ojo para encuadrar, nada más que esto”.
Ha rozado pecios de la Segunda Guerra Mundial, corroídos por el óxido, donde no queda rastro de banderas ni de patriotismo. Te sumerges unos cincuenta metros y tienes ante ti todas las cosas que quedaron de los barcos: bicicletas, máquinas de escribir, armamento herrumbroso, mesas de operaciones, destruidos planes de combate, cocinas, baños, excrementos de la barbarie.
Al escucharla, da la impresión de que siempre ha hecho lo que le ha dado la gana. Pero, al hacer balance, no todo son alegrías. Reflexiona y lo explica. “No es tan fácil, pero lo he intentado. Algunas veces no me ha salido bien. Es que, por ejemplo, echas la vista atrás y ves que un matrimonio no ha funcionado; es porque ha pasado algo que no se ha hecho bien”.
Tiene un hijo en Nueva Zelanda. Matthew está integrado allí en la policía científica. Cristina está más cerca. De hecho, vive en Montilla. La hija tiene mucho de ella. Es, me dice, increíblemente trabajadora. Está metida en el mundo audiovisual con escala en San Sebastián y en otros festivales. Ha ayudado a hacer el documental de Rafael Nadal, en Netflix. Pero, antes, también ha destacado como atleta. A fin de cuentas, la vida no deja de ser una carrera de fondo.
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: M. BELLIDO / J.P. BELLIDO / J.A. AGUILAR
FOTOGRAFÍA: M. BELLIDO / J.P. BELLIDO / J.A. AGUILAR




















































