Comenzó a andar por prescripción médica. El cuerpo le había dado ya un par de sustos durante la noche. El pecho le dolía; el corazón pretendía salir con violencia por la boca. Siempre a las cuatro de la mañana. Caminar mejora la circulación sanguínea, reduce la presión arterial y equilibra el colesterol.
Reduce el azúcar en sangre, calma al sistema nervioso y mejora el estado de ánimo. Todas estas bendiciones fueron repetidas, cual loro que vomita palabras sin pensar en lo que dice, por su médico de cabecera. Le soltó la lección científica. Nadie le advirtió que al caminar todos los días durante una hora tendría un diálogo consigo mismo.
Al principio, no prestaba atención a lo que le decía su cabeza. Pretendía vagamente acallar las voces de su reflexión mediante música. Pero ninguna nota podía tener éxito en semejante misión. La ciudad se ofrecía como un escenario en que la pieza clave de la función era su monólogo interior.
No podía ser ignorado ni por la fuerza de la antigua piedra que llenaba el casco histórico ni por el correr del río, que se negaba a parar hasta llegar a su desembocadura. Sus propios pensamientos corrían por su mente a modo de un añejo boletín de noticias de la radio: el amor (más bien, desamor), la política, la música, el cine y los libros que le quedaban por leer se amontonaban en apenas sesenta minutos de paseo.
No sabría muy bien cómo llegó aquella pregunta a ser formulada dentro de su cabeza, pero nació. A lo mejor aquellos titulares ojeados con prisa durante el desayuno tenían algo de culpa. La cuestión es que durante su última caminata no paraba de sentir curiosidad sobre qué sería del mundo si gobernara la pausa. No hacía falta viajar muy lejos con la mente. Aquella histórica ciudad podría ser conejillo de indias de su duda.
Los coches no paraban de pitar porque sus conductores llegaban tarde a destinos que, a pesar de lo que creían, en la mayoría de los casos no eran tan importantes. Dos clientes discutían por política en un café, apurando sus bebidas como si estuvieran siendo apuntados con un arma de fuego. En un supermercado cercano, la gente movía nerviosa las piernas en las colas formadas ante las cajeras. Todos tienen cosas que hacer que no pueden esperar.
Las oficinas apretaban a sus plantillas debido a un informe que debía salir hoy mismo. Todo para que algún fondo de un país exótico añadiese un par de ceros más a sus ganancias. Los que salían a correr no se decidían por ninguna canción en concreto y movían nerviosos las pantallas de sus pequeños reproductores de música para hallar la pieza perfecta. En el metro, múltiples viajeros no paraban de subir y bajar corriendo las escaleras mecánicas como si el suelo se estuviera hundiendo bajo sus pies.
Los Beatles se equivocaban. El amor está bien, muy bien, pero necesita de tiempo para disfrutarlo y no entiende de prisas. Sería idóneo que todos aquellos perfectos desconocidos entre sí pudieran estar en alguna extensa zona verde y respirar lentamente. Sobran coches, camiones, grúas. Faltan árboles y parques.
El producto más urgente ahora mismo es la lentitud, el paso de caracol. El mirar a los ojos a la otra persona en vez de mirar compulsivamente una pantalla para comprobar si la empresa de paquetería nos dejó en Correos el último encargo. Quizás haya que reivindicar el arte de no hacer nada y no sentirse culpable. Ser consciente de lo que existe alrededor, visitar esa pequeña cafetería con ese exquisito olor a cruasán recién horneado, pasar el día en la librería o estar tirado en el sofá con los ojos cerrados.
No hay que poner excusas por querer bajar un poco el ritmo. A pesar de lo que digan esos gurús de la productividad para sacar lo mejor de uno mismo, pausar a tiempo puede ser la diferencia entre dormir bien o mal una semana, conocer mejor a quienes tenemos al lado o, simplemente, estar mejor con uno mismo.
Con cuidado, se quitó los cascos inalámbricos y comenzó a pensar cuál podría ser el mejor camino de vuelta. No quería repetir ruta; la ciudad era lo suficientemente grande como para que fuera capaz de encontrar vías alternativas para poder seguir reflexionando antes de llegar a casa. Una vez tomada una decisión, no paraba de recordar aquellos versos de Ismael Serrano:
«No te dejará dormir este estrépito infinito / que intenta llenar los días de tinieblas y enemigos / una estruendosa jauría se empeña en hacer callar / las preguntas, los matices, el murmullo de ojalás». Pobre silencio. Cada vez más apartado en la vida moderna, condenado en algunos cajones de la rutina diaria, cuando no queda más remedio.
Reduce el azúcar en sangre, calma al sistema nervioso y mejora el estado de ánimo. Todas estas bendiciones fueron repetidas, cual loro que vomita palabras sin pensar en lo que dice, por su médico de cabecera. Le soltó la lección científica. Nadie le advirtió que al caminar todos los días durante una hora tendría un diálogo consigo mismo.
Al principio, no prestaba atención a lo que le decía su cabeza. Pretendía vagamente acallar las voces de su reflexión mediante música. Pero ninguna nota podía tener éxito en semejante misión. La ciudad se ofrecía como un escenario en que la pieza clave de la función era su monólogo interior.
No podía ser ignorado ni por la fuerza de la antigua piedra que llenaba el casco histórico ni por el correr del río, que se negaba a parar hasta llegar a su desembocadura. Sus propios pensamientos corrían por su mente a modo de un añejo boletín de noticias de la radio: el amor (más bien, desamor), la política, la música, el cine y los libros que le quedaban por leer se amontonaban en apenas sesenta minutos de paseo.
No sabría muy bien cómo llegó aquella pregunta a ser formulada dentro de su cabeza, pero nació. A lo mejor aquellos titulares ojeados con prisa durante el desayuno tenían algo de culpa. La cuestión es que durante su última caminata no paraba de sentir curiosidad sobre qué sería del mundo si gobernara la pausa. No hacía falta viajar muy lejos con la mente. Aquella histórica ciudad podría ser conejillo de indias de su duda.
Los coches no paraban de pitar porque sus conductores llegaban tarde a destinos que, a pesar de lo que creían, en la mayoría de los casos no eran tan importantes. Dos clientes discutían por política en un café, apurando sus bebidas como si estuvieran siendo apuntados con un arma de fuego. En un supermercado cercano, la gente movía nerviosa las piernas en las colas formadas ante las cajeras. Todos tienen cosas que hacer que no pueden esperar.
Las oficinas apretaban a sus plantillas debido a un informe que debía salir hoy mismo. Todo para que algún fondo de un país exótico añadiese un par de ceros más a sus ganancias. Los que salían a correr no se decidían por ninguna canción en concreto y movían nerviosos las pantallas de sus pequeños reproductores de música para hallar la pieza perfecta. En el metro, múltiples viajeros no paraban de subir y bajar corriendo las escaleras mecánicas como si el suelo se estuviera hundiendo bajo sus pies.
Los Beatles se equivocaban. El amor está bien, muy bien, pero necesita de tiempo para disfrutarlo y no entiende de prisas. Sería idóneo que todos aquellos perfectos desconocidos entre sí pudieran estar en alguna extensa zona verde y respirar lentamente. Sobran coches, camiones, grúas. Faltan árboles y parques.
El producto más urgente ahora mismo es la lentitud, el paso de caracol. El mirar a los ojos a la otra persona en vez de mirar compulsivamente una pantalla para comprobar si la empresa de paquetería nos dejó en Correos el último encargo. Quizás haya que reivindicar el arte de no hacer nada y no sentirse culpable. Ser consciente de lo que existe alrededor, visitar esa pequeña cafetería con ese exquisito olor a cruasán recién horneado, pasar el día en la librería o estar tirado en el sofá con los ojos cerrados.
No hay que poner excusas por querer bajar un poco el ritmo. A pesar de lo que digan esos gurús de la productividad para sacar lo mejor de uno mismo, pausar a tiempo puede ser la diferencia entre dormir bien o mal una semana, conocer mejor a quienes tenemos al lado o, simplemente, estar mejor con uno mismo.
Con cuidado, se quitó los cascos inalámbricos y comenzó a pensar cuál podría ser el mejor camino de vuelta. No quería repetir ruta; la ciudad era lo suficientemente grande como para que fuera capaz de encontrar vías alternativas para poder seguir reflexionando antes de llegar a casa. Una vez tomada una decisión, no paraba de recordar aquellos versos de Ismael Serrano:
«No te dejará dormir este estrépito infinito / que intenta llenar los días de tinieblas y enemigos / una estruendosa jauría se empeña en hacer callar / las preguntas, los matices, el murmullo de ojalás». Pobre silencio. Cada vez más apartado en la vida moderna, condenado en algunos cajones de la rutina diaria, cuando no queda más remedio.
CARLOS SERRANO MARTÍN
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL















































