La República de Weimar (1918 – 1933) ha sido reducida en el imaginario colectivo a una mera víctima de sus propios demonios. Sin embargo, esos mismos males ya estaban presentes en el expresionismo literario y pictórico anterior a la Primera Guerra Mundial. Las obras del grupo Die Brücke o la decadente poesía de Georg Trakl o Georg Heym ya reflejaban la angustia del individuo ante el desarrollo industrial, así como expresaban una visión apocalíptica ante un mundo que ya no era el suyo.
Quizás la obra que más me ha impactado en este sentido sea Die andere Seite (La otra parte, 1909), de Alfred Kubin (1877 – 1959). Kubin era ilustrador y estaba pasando por un momento complicado. En este punto, nos ofrece en su obra una realidad utópica: La Ciudad de los Sueños.
Un país soberano alejado de la realidad industrial, una suerte de Macondo donde todos satisfacen sus necesidades y viven alejados de los peligros propios de la realidad cotidiana. Sin embargo, y esto es importante, este paraíso es fruto de un paternalismo autoritario y, por ende, contiene ya en su origen las semillas de su destrucción.
Poco a poco, La Ciudad de los Sueños va degradándose. Llega una suerte de anticristo radical dispuesto a acabar con la paz de este mundo utópico, y lo consigue explotando las debilidades del sistema. En este punto, la desintegración del mundo onírico se torna en una pesadilla. El propio Kubin ilustra esta desintegración con imágenes oscuras inspiradas en las pinturas negras de Goya.
La otra parte refleja el fin de un mundo que pudo ser feliz y eterno, y que sucumbe como consecuencia de sus propias contradicciones. Un relato que, de un modo u otro, se repetiría constantemente en la literatura y el cine alemán hasta la llegada del nazismo.
De hecho, Siegfried Kracauer (1889 – 1966) escribiría un influyente trabajo sobre estos demonios, que subyacieron en el inconsciente colectivo alemán en el cine del período republicano: From Caligari to Hitler: A Psychological History of the German Film (De Caligari a Hitler. Una historia psicológica del cine alemán, 1947).
En resumen, los alemanes eran conscientes de que estaban asistiendo al final de su mundo, y su producción cultural reflejó sus miedos e inquietudes. En el siglo XXI, parece que estamos recuperando parte de este legado. Ha habido experimentos expresionistas en el cine como Poor Things (Pobres criaturas, 2023), de Yorgos Lanthimos, o Resurrection (Resurrección, 2025), de Bi Gan, o revisiones como Nosferatu (2024), de Robert Eggers —y, por cierto, la gran cantidad de versiones cinematográficas del vampiro en los últimos tiempos es para hacérselo mirar—.
En cierto sentido, nosotros también asistimos al fin de un mundo que se extingue y al nacimiento de otro que no terminamos de vislumbrar. ¿Hasta qué punto se refleja esta transformación en nuestra producción cultural? Ahí tenemos un buen tema en el que profundizar. Quizás otro día.
Haereticus dixit
Quizás la obra que más me ha impactado en este sentido sea Die andere Seite (La otra parte, 1909), de Alfred Kubin (1877 – 1959). Kubin era ilustrador y estaba pasando por un momento complicado. En este punto, nos ofrece en su obra una realidad utópica: La Ciudad de los Sueños.
Un país soberano alejado de la realidad industrial, una suerte de Macondo donde todos satisfacen sus necesidades y viven alejados de los peligros propios de la realidad cotidiana. Sin embargo, y esto es importante, este paraíso es fruto de un paternalismo autoritario y, por ende, contiene ya en su origen las semillas de su destrucción.
Poco a poco, La Ciudad de los Sueños va degradándose. Llega una suerte de anticristo radical dispuesto a acabar con la paz de este mundo utópico, y lo consigue explotando las debilidades del sistema. En este punto, la desintegración del mundo onírico se torna en una pesadilla. El propio Kubin ilustra esta desintegración con imágenes oscuras inspiradas en las pinturas negras de Goya.
La otra parte refleja el fin de un mundo que pudo ser feliz y eterno, y que sucumbe como consecuencia de sus propias contradicciones. Un relato que, de un modo u otro, se repetiría constantemente en la literatura y el cine alemán hasta la llegada del nazismo.
De hecho, Siegfried Kracauer (1889 – 1966) escribiría un influyente trabajo sobre estos demonios, que subyacieron en el inconsciente colectivo alemán en el cine del período republicano: From Caligari to Hitler: A Psychological History of the German Film (De Caligari a Hitler. Una historia psicológica del cine alemán, 1947).
En resumen, los alemanes eran conscientes de que estaban asistiendo al final de su mundo, y su producción cultural reflejó sus miedos e inquietudes. En el siglo XXI, parece que estamos recuperando parte de este legado. Ha habido experimentos expresionistas en el cine como Poor Things (Pobres criaturas, 2023), de Yorgos Lanthimos, o Resurrection (Resurrección, 2025), de Bi Gan, o revisiones como Nosferatu (2024), de Robert Eggers —y, por cierto, la gran cantidad de versiones cinematográficas del vampiro en los últimos tiempos es para hacérselo mirar—.
En cierto sentido, nosotros también asistimos al fin de un mundo que se extingue y al nacimiento de otro que no terminamos de vislumbrar. ¿Hasta qué punto se refleja esta transformación en nuestra producción cultural? Ahí tenemos un buen tema en el que profundizar. Quizás otro día.
Haereticus dixit
RAFAEL SOTO ESCOBAR
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL


















































