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Manuel Bellido Mora | Pepe el de los oros

Pepe Moriana es el correcaminos de las alhajas. Con su inseparable maletín, es el andariego que se empeñó en enjoyar dedos, cuellos y muñecas de la gente anónima. Quienes siempre se quedaban mirando las lujosas y prohibitivas vitrinas como un sueño dorado inalcanzable, encontraron en él a un proveedor de metales preciosos a plazos.


Pepe, al igual que el Camborio lorquiano, terminó volviendo de oro el río de la vida de los menesterosos de tanto meter quilates de ley, no limones (“ya me pagarás cuanto puedas”), en las modestas alacenas. Su libreta de encargos, cobros y débitos es un mapa real del entorno geográfico en el que nació.

“Soy natural de Aguilar de la Frontera, aunque de tanto corretear entre uno y otro pueblo, me siento tan montillano como aguilarense. Una parte muy importante de mi vida la he pasado entre estos dos lugares. Yo dejé Aguilar y me coloqué en un taller de platería en Córdoba a final de los años cincuenta. Tendría yo, entonces, unos catorce años aproximadamente”.

Siendo inquieto como él mismo se autodefine, no cabía ser otra cosa que viajante. Agente volante de pequeños caprichos a domicilio. En lugar de abrir despacho estable y de allí no apartarse, siempre prefirió la calle. Es el orífice nómada.

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“Yo ganaba dinero, pero me di cuenta muy pronto de que todo resultaba más rentable vendiendo directamente lo que hacía, casa por casa. Empecé con fatiguitas como todo el mundo, aunque a los tres años ya tenía hecha una buena clientela. Yo, así, giraba visita cada mes”.

A nadie obligaba ni exigía. Desplegaba su paño de terciopelo como si fuera una alfombra mágica. Pero él en el forro de su abultada cartera de piel legítima no pretendía el Toisón de Oro, que eso es privativo de la realeza que todo lo privatiza. No. Todo su afán era que el humilde ahorro también disfrutase de algún resplandor, aunque fuera mínimo. El brillo iluminaba el cuarto y daba a elegir:

“«Tú, ¿qué quieres? ¿Esto? ¡Toma!». Y si se lo quedaba, no me firmaban nada ni dejaban papel fiado. Si quería una pulsera que valía cuarenta mil pesetas, una pasta, yo lo hacía posible. «Bueno, Pepe, ¿cómo te pago yo esto?». O unos pendientes. «No hay problema. Me lo vas dando en un año, poco a poco, tal como vayas pudiendo»”.

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La confianza mutua era la regla entre ambas partes, sin necesidad de certificados, de fe rubricada. Tan solo de tratarnos ha nacido un compromiso, como decía Machín en aquel bolero. Sin firmar un documento, ni mediar un previo aviso, sin cruzar un juramento, cantaba el cubano en tan deliciosa tonada. A base de campechanía abrió puertas, hasta la más remisa. Entraba en las casas de vecinos con su joyel en cuero negro como un rey mago de los pagos fraccionados.

La cuestión era simple. De la misma forma que había que apencar sin falta con las mensualidades del seguro de defunciones, el resguardo del ataúd, ya saben, con la mayor naturalidad, igual con este arete, aquella pulsera, el collar deseado. Nada de bisutería. El recibo del agua y de la luz, vengan. La cobranza de los muertos, al corriente. Pero también este anillito de oro. De primera, por supuesto. Para lucirlo mientras llega, o no, la parca.

“Yo no giraba letras ni facturas, sino que facilitaba la adquisición todo lo que podía. Y ya llegaba un momento en que más que clientes, eran amigos. Eran tiempos difíciles en los que no siempre había dinero en el monedero: «Ay, Pepe, es que este mes no puedo». Que si ha llovido, que si no tengo...”.

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“Y siempre la contestación mía era la siguiente: «¡Pero si yo no he venido a cobrarte! Yo es que he pasado por aquí, por tu puerta, y he entrado a saludarte. El mes que viene me pagas». Y entonces yo daba la media vuelta y me iba. Así a este cliente me lo metía en el bolsillo más todavía”.

Con este trato amable, dejando que las cosas corrieran sin presiones, Pepe vio crecer su valija de piel de Ubrique con el boca a boca, de manera espontánea y sin propaganda ninguna. El crédito amigable era él, lo que lo hizo de inmediato una figura tan popular en Montilla como en Aguilar.

No hubo calle que no recorriera, hasta los rincones más apartados. Llega el orive itinerante a donde nadie más llegaba. “Así fui agrandando mi muestrario. Yo lo hacía, yo lo vendía y yo lo cobraba. Era un negocio muy chiquito, pero muy productivo, ya que no había que restarle nada. Todo eran beneficios”.


Pepe estaba en ruta permanente. Conocía el callejero como la palma de su mano. Hasta los agentes de la Guardia Civil, los policías municipales y los carteros le consultaban cuando tenían alguna duda. Sabía plantarse en sitios donde no atinaban las fuerzas del orden.

Estaba aquí un día sí y otro no. Portando su valiosa mercancía, también se adentraba en lagares, casillas y cortijos de la Sierra y Cuesta Blanca. Y siempre lo hizo sin sobresalto alguno. Estaba seguro de que nunca le iba a pasar nada. Como así fue.

Por lo general, pernoctaba en Aguilar cuando se le hacía tarde y no le daba tiempo a tomar el último tren con destino a Córdoba, pero también alguna vez durmió al relente en mitad del campo, al cobijo de un olivo. Para evitar ir siempre cargado transportando a mano la maleta, Pepe la dejaba a buen recaudo de alguna familia amiga. Fue su cantera de colaboradores. Dentro, únicamente había oro. Nunca plata. Por una sencilla razón: es un metal que no le dejaba dinero.

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“Oro, esto solo. Si es que yo vendía un objeto de oro y me dejaba lo que veinte de plata. La plata no la quiero. Me busqué a unas personas que se quedaban con los muestrarios. Yo les surtía a ellos a comisión, nunca a sueldo. «Si quieres ganar dinero, trabaja», les decía. Eran vendedores particulares que se desenvolvían por su cuenta. De lo que vendía se llevaban un porcentaje”.

Entre unas cosas y otras, Pepe Moriana llegó a tener más de dos mil clientes. Esta, claro, no era una cifra fija: podía oscilar debido a que algunos lo abandonaban algún tiempo hasta que volvían a tener necesidad de hacer algún regalo por boda, cumpleaños, comuniones o alguna efeméride familiar cuando llegaban los días señalaitos.

Conseguían ahorrar o reunir una mínima cantidad para dar la entrada. Con eso bastaba. Pepe, paradójicamente, tenía sus mejores clientes entre la gente humilde que, en ocasiones, vivía de prestado, de alquiler, cuando ni siquiera poseía casa propia. En la dictadura, él, que sabe diferenciar perfectamente entre la pedrería y la pedrada, democratizó la filigrana. La pirita, que es el oro de los tontos, nunca entró en sus planes.

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“No tenían un duro, pero jamás me fallaron. También el pobre tiene derecho a la joyería fina de alta calidad. Todo el mundo cumplía; todos me pagaron. Y cuando llegó el momento de retirarme y pasar el negocio a mis hijos, nunca hubo problemas para saldar la cuenta de quienes, muy pocos, tenían algo pendiente. A la hora de irme, quedaba una cantidad mínima. Nada permaneció impagado, ni albarán por revisar, porque no lo había”.

Siempre se orientó por el buen trato. Procuraba ser amable, atento y simpático. En cierto modo, aplicó (quizás sin él saberlo) esa psicología del vendedor que antepone el roce y el contacto cordial a cualquier otro procedimiento seco y distante. Lo suyo nunca fue la puerta fría.

Una de sus primeras clientas fijas (siempre la lleva en el pensamiento) fue Trinidad Ponferrada Varo, a la que trataba con un enorme cariño. Ella, desde su modesta vivienda en un viejo corralón de la calle Altillos, a la altura de la Ermita de San José, le ayudó todo lo que pudo. Le compraba pequeñas piezas y, de paso, lo ponía en contacto con más posibles clientes. Pepe sabía de Trini porque la familia de ella trabajaba en el lagar de los Borbones, cerca del Llano del Espinar.

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“Para mí, Trini era como una madre y así me recibía cada vez que me pasaba a verla. A veces, cuando terminaba tarde, me quedaba en su salita (esto y un dormitorio separado por una cortina era todo lo que tenía como hogar, ya que la cocina colectiva estaba fuera, en el patio) para ver el fútbol en la televisión”.

“Me quedaba en su casa, veía el partido y, al acabar, cogía y tiraba para Aguilar o para Córdoba, según la hora. Esto lo he hecho yo más de una vez. Trini me ponía una cerveza para que estuviera a gusto mientras veía jugar a la pelota. Era un ser adorable. Y además entrar en una casa de vecinos solo tenía ventajas. Era lo mejor para mí. De una vez, podía atender a varios clientes, casi sin moverme”.

Pepe Moriana conocía la Sierra palmo a palmo. Llamaba por su nombre a quienes trabajaban y vivían allí. Amistad y negocio se entrelazaban. Para la gente era Pepe el de los oros. No hacía falta más para identificarlo. El apellido era lo de menos. A pesar de las distancias entre los caseríos, cuando le tocaba aquellos contornos le daba tiempo a visitar una media de ochenta clientes en pocos días.


“Tenía muy buenos conocidos en la Sierra de Montilla, hasta el punto de que, si era la hora de la siesta, estas familias, con toda amabilidad, me dejaban un sitio para echar una cabezadita. La cortesía era norma. Incluso, se disgustaban si alguna vez no me quedaba, en plena calima, a descansar un rato”.

Pepe iba andando a todas partes, atravesando fincas, pisando caminos, cogiendo atajos, con el maletín en la mano. No importaba que el sendero estuviera polvoriento o embarrado. Cuando necesitaba pan, se lo compraba a Mora, de la panadería de la calle La Parra, que hacía la repartía por aquella zona.

Parece que le daba de lado al coche, que este andarín nato lo rehuía. De hecho, fue el último de su charpa que tuvo automóvil. Prefería el tren y, una vez en Montilla, todo lo hacía a pie como un infatigable peregrino, tal que un apóstol áureo.

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“Ponía rumbo a la Sierra y donde primero me paraba era en la Casilla de Sánchez, que está detrás del Lagar de Las Puentes, de Alvear. Hasta allí me encaminaba. Y si me encontraba a alguien, como ya me conocía, me decía: «Moriana, dame la maleta»”.

“Me movía a gusto. No había recodo extraño. Y como la Sierra era tan grande, la dividía por sectores. Podía llegar hasta treinta caseríos. Dormía donde me pillaba y me tiraba hasta seis días, yendo de un lado a otro. Solía parar en el cortijo Santa Brígida, porque los caseros eran muy allegados a mi padre. Era una gran finca propiedad, entonces, del conde de la Cortina”.

A menudo rondaba la curiosidad, suelta, descarada e impertinente, por saber lo que llevaba en el errante cofre de cuero. ¿Qué había en su interior, tan cuidadosamente guardado? Pepe nunca deshizo del todo este secreto, ni siquiera cuando lo abría y enseñaba el muestrario.

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Él sabía que se desplazaba, que deambulaba de un lado a otro con algo muy valioso. Y era consciente de que corría riesgos, aunque nunca lo intranquilizó saber que viajaba con joyas por importe de casi cuatro millones de pesetas. Todo un tesoro. Nunca olió el peligro.

“La gente me preguntaba, aunque yo prefería no desvelar nada acerca de este contenido. ¿Por qué? Pues porque el personal suele ser muy indiscreto. Lo podían comentar entre unos y otros. Pero ¿para qué se quiere saber lo que yo llevaba? ¿A quién le importa? A nadie, nadie, nadie. Y eso que tenía buenos amigos allí, pero ni a ellos se lo decía”.

Medallas de vírgenes y del Sagrado Corazón de Jesús, cadenas, alfileres, cordones, sortijas, pendientes, lazos, pulseras de media caña, alianzas y, más adelante, algún que otro brillantito, cuando el negocio fue evolucionando, componían el repertorio habitual, además de gargantillas. Muchos escaparates de afamadas joyerías no llegaban a tanto.

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“Por mucho que adornasen el escaparate, llevaban menos dinero que Pepe Moriana. Tenían menos género que yo. En ocasiones, los mismos empleados de esas joyerías pomposas venían a comprarme a mí. Esta es la verdad, pero yo nunca sentí miedo ni preocupación por cargar con todo esto encima”.

“Nunca tuve incidentes. Nunca me ha pasado nada. Desde que era adolescente, estaba acostumbrado a cobrar cheques, a comprar utensilios para trabajar en el taller de joyería y sabía manejar bien el maletín. Toda mi vida he estado entre oros y he sido consciente de su valor.

“Siempre he movido dinero y oro con toda tranquilidad, sin defensa alguna”. Eran gemas nada ostentosas. Virutas de lingote. Nada de quincalla. Detalles ínfimos adquiridos a crédito, por medio de cuotas asequibles. A nadie hay que privar de esto, tal era el lema de Pepe.


“A mí me salían las cuentas. Y como iba tirando, podía esperar un poco a quienes racaneaban o tardaban en liquidar lo atrasado. En vez de darme veinte duros, me daba diez. Y yo lo aceptaba; me hacía el tonto, me aguantaba. ¿Por qué? Porque estaba seguro de que al final cumplía. Fueron fieles conmigo. Y daba lo mismo dos meses más que dos meses menos”.

La clientela de Pepe Moriana era femenina casi al cien por cien. Eran las mujeres las que administraban el dinero de casa y, aunque el poder adquisitivo no era grande, siempre encontraban un margen para quedarse con este u otro objeto; preseas discretas pero que vienen a atestiguar, también en los menos pudientes, un gusto ancestral por la belleza.

“Ellas, para podérselo permitir, hacían equilibrios. Iban juntado poco a poco una pequeña cantidad con lo que le sobraba después de hacer la compra en la plaza de abastos. Y así, con este sobrante mínimo, tenían para una mensualidad”.

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Era la calderilla prodigiosa. Las monedas de latón, de aluminio o Dios sabría de qué aleación; las perras gordas, lo suelto y menudo se transmutaba en oro. De verdad. Oh, Pepe trashumante y alquimista, que volvió rubias las alcancías.

“Yo llevaba mi libreta en la que iba apuntando el saldo. Alguna no lo entendía. Ten en cuenta que la mitad de la población era analfabeta. Pero parte de mi trabajo era explicarlo. Les decía: «cuando tú vas al banco, ¿cómo sabes lo que has metido y has sacado? Pues esto, igual»”.

Vender en estas condiciones tenía riesgos, normal. Efectos imprevistos que podían llegar a ser mareantes. A menudo se plantaban en la hora del almuerzo. Y, claro, le ofrecían una copa. O dos. “Si a mí me hubiera gustado la cerveza y el vino, habría terminado borracho casi a diario. Yo era para esto muy severo. Y en los precios, aunque lo normal era recurrir al regateo, no he rebajado nada. Lo que sí hacía era ofrecer toda clase de ventajas”.

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Pepe no miraba el reloj. Y sigue sin hacerlo, aunque no se le escapa que el tiempo corre una barbaridad, bastante más que él. Mucho más rápido. ¡Y mira que ha corrido mundo! Alfonsi Chacón Partera, que es de San Sebastián de los Ballesteros, ha compartido la vida a su lado. Sabía que, de una forma u otra, siempre regresaba a casa, aunque fuera con la noche a cuestas y cansado.

Ella tiene los ojos claros, lo que delata, en la lejanía de los años, que desciende de aquellos colonos centroeuropeos que se establecieron en campiñas de Córdoba. Asiste a nuestra entrevista en silencio. Escucha cosas que le ha oído innumerables veces. Y está acostumbrada a verlo atareado en sus papeles, en inversiones y dividendos, en sus aficiones.

La principal es el fútbol. Lleva a gala un cordobesismo verdiblanco a ultranza y, sobre todo, una pasión desmedida por la Selección Española. Ha estado en ocho Eurocopas y en nueve Campeonatos del Mundo, incluido el más reciente en Estados Unidos, Canadá y México. En las fotos, entre el graderío, aparece envuelto en la bandera con el sombrero de su tierra. Inconfundible en un marasmo de enseñas y cánticos.


Es la imagen de un hombre que nació para viajar. Para Pepe Moriana, que ahora tiene 85 años, es lo máximo. No le queda espacio libre en el pasaporte. Es un forofo ferviente que tiene sus santuarios en Maracaná y Wembley. Y tiene muy claro qué pieza tallaría como regalo para los ganadores, para quienes han regresado con la gloria de las dos estrellas: una insignia de oro hecha a mano por un orfebre de Córdoba. Lo que es. Nada menos.

MANUEL BELLIDO MORA
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: JOSÉ MORIANA

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