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Manuel Bellido Mora | Al compás del pan

El otro día escuché decir a Maui de Utrera que el pan representa lo esencial. Razón no le falta. Y san Honorato le premie tan atinado juicio. Esta artista, que acostumbra a acompasar música y gastronomía, sabe de lo que habla. Y hace muy bien en poner melodía a tal primordial alimento.


Es algo cotidiano y sencillo, sostiene: “Incluso rebañar un plato con pan es un gesto de amor hacia quien ha cocinado para ti”, ha declarado con motivo de la presentación de su nuevo disco “Cariño, pásame el pan”. Es una frase cotidiana que resulta tierna como la miga. Lo contrario es la dureza del mendrugo, incomestible.

Pero hay que tener cuidado con todos estos términos que se prestan al juego metafórico, porque, casi sin darnos cuenta, lo siguiente es decir que amasar es un acto de amor. Y aunque de alguna forma esto sea verdad, conviene no dejarnos embriagar por los excesos líricos.

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Trabajar de noche no es como rondar de madrugada con serenatas de aquí para allá. Poco hay de romántico en una tahona a pleno rendimiento. Estamos hablando de un oficio sacrificado que, para empezar, te altera los biorritmos. O sea, que llevas el paso cambiado. Que tienes los ojos más abiertos cuando los demás descansan. Dulcemente, o no, eso es otro cantar.

Por eso, cuando a un panadero le llegan los papeles del retiro, tiene que resetearse. Es como empezar de nuevo. Y esto, justamente, es lo que le ha pasado de un tiempo a esta parte a Manuel Sánchez Ruiz. Se ha sacudido la harina y lo ves por la calle tan campante, con su escala mañanera para el café, que es como tomar el pulso a la vida, en la taberna de La Unión. Esto que no falte.

Pero es que, además, él tiene cuatro poderosas razones —bueno, seis— para salir a que le dé el aire: sus hijas Auxiliadora y Marisol, amén de los nietos que lo reclaman cada vez más a la voz de "abuelo". Lo que ahora es y que luce, sin disimulo, como un entorchado.

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Pronto, en noviembre del año próximo, será octogenario, pero aunque ya está en pleno umbral de la ancianidad, en su sobrenombre de Manolillo lleva como una prórroga de la infancia, que en su caso es jovial por naturaleza. El paso del tiempo no lo ha agriado. Mejor para él.

En 2010 le sonó el momento de poner punto final a su vida laboral. Pero, midamos las palabras, sólo a su vida de currante legal, con papeles y contrato. Ya era hora. Él ha llegado y felizmente puede contarlo. Ha trabajado hasta el final y ahora, como está mandado, se merece disfrutar de otras cosas. De otros planes, y no me refiero exclusivamente al de pensiones. Porque, conociéndolo, inactivo no se va a quedar nuestro entrañable jubilado, le dije entonces en un convite de despedida en el horno, rodeado de compañeros y de cariño.

No lo imagino, por ejemplo, metido en el Hogar del Pensionista, viendo caer una detrás de otra las hojas del almanaque. Eso no va con su carácter. Para entretenerse, prefiere otras paseras asoleadas. Si, en todos estos años, su mujer no ha conseguido encerrarlo en casa, no creo que de pronto se resigne a quedarse quieto, como un mueble viejo. Llegado el caso, si es necesario, es muy capaz de sorprendernos con una completa metamorfosis: esta noche se acuesta panadero y mañana amanece hecho un consumado campesino, atento y cuidadoso con sus viñas y olivos.

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Eso está al caer, me atreví a pronosticar. Es andarín e incluso se le ha visto dando pedaladas. De hecho, es conocido que se había ido preparando para esta especie de segunda actividad, en lugar de pasar a la reserva, amuermado, en dique seco. Manuel Sánchez Ruiz ha completado el ciclo. Ha estado cerca de 55 años vinculado a la misma familia; primero, en la calle Escuelas, y más tarde, en las Casas Nuevas. A eso se llama fidelidad.

A Manolillo, que, así pasen los años, seguirá, como ya digo, con este familiar diminutivo a modo de eterno flequillo de adolescente, lo miras y sigues viendo en su rostro alegre cierta lozanía perenne. Lo trae como una rotunda raíz en su árbol genealógico. Su padre, que también se llamaba Manuel (Manuel Sánchez Torres), era delgado como él.

Era un curtidor que estuvo toda su vida en la tenería de Amo. Era una persona espigada para la época (más alto que mi primo, me apunta Juanillo). Más que primos, son hermanos y, aparte de compartir oficio, puede decirse que se criaron juntos, pese a una ligera diferencia de edad. Mientras uno vivía en calle Zarzuela Alta, el otro se metía como podía en una gran casa de vecinos en el Llanete de la Cruz. Pero no había distancia ni discusión que los separase.

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Aquellos caserones en los que, apretados, se hacinaba la gente y donde, como dice el actor José Sacristán que se crio en uno de ellos, vivían tres familias en cuarenta metros y, por falta de cuarto de baño, había que ir a cagar al corral, con un candil de aceite. Ellos, mejor que nadie, saben bien cuántas fatigas y necesidades se pasaban, pero nunca dejaron que la miseria les devorara la alegría de vivir, ni consintieron más amarguras de la cuenta.

Les une el vínculo de la sangre: sus familias están emparentadas por las dos ramas y, además, asistieron a clase en la misma escuela, la del Cerrillo San José, aunque, eso sí, en distintos cursos. Había que arrimar el hombro; así que, forzado por las circunstancias, su paso por las aulas fue más breve de lo deseable.

La madre de Manolillo tenía un genio muy vivo, y esto, como quien derrama una gracia en la herencia genética, la repartió entre sus hijos. Tres mujeres: Aurori, Carmeli (a la que conocemos por Chilli) y Loli, y dos varones, Pepe y, claro, nuestro compañero.

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Candelaria, como su nombre indica, era una mujer luminosa. Entrometida, guasona y muy sonriente, era muy decidida. Iba a donde era necesario para echar medio jornal con el que ayudar en casa. A veces, camino adelante, se desplazaba hasta el Cortijo de Castillejo, muy cerca de Montemayor.

Le decían La Chocha y, como todos los apelativos, este también tiene su explicación. Lo recibió de su abuelo, que vendía almejas chochas en la plaza de abastos. Para sus clientes, era Manuel El de las Chochas. Y ya tan salado remoquete se le quedó para los restos: a él y, por consiguiente, a toda su familia.

Los ricos hacendados, al doblar la última esquina, ceden la fortuna a sus descendientes. Los humildes y menesterosos se tienen que conformar con legar el apodo, a mucha honra. Juanillo (Juan Aguilar Ruiz), que ha sido mi confidente para pergeñar estas líneas, asegura que a su tía, a Candelaria, no le disgustaba el mote. No solo no le sentaba mal, sino que se mondaba de risa cuando lo oía al paso.

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Pero, cuidado, que este tipo de sobrenombres no son del gusto de todos, porque, como suele ocurrir de tanto repetirlos sin ton ni son, se pierde su sentido original, y así, más veces de lo pertinente, el apodo ha derivado en otras expresiones y en lo que no es.

Podría esperarse que de un padre curtidor y una madre campesina no saliese algo muy distinto. Pero Manolillo eligió su propio destino. Y lo hizo siendo un niño. Con once años entró como botones en el Casino Montillano, aunque lo de hacer recados no era lo suyo.

Poco después comenzó a trabajar en la panadería de José y Luisa Bellido en la calle Escuelas. Allí aprendió los rudimentos del oficio con el que se ha ganado la vida y ha prosperado. Pronto aquel principiante se hizo un consumado maestro de pala, lo que le dio oportunidad de transmitir sus antiguos conocimientos, su sabiduría de perfilado hornero a los sucesivos peones a los que adiestró como si fueran sus propios hijos.

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Alguno, todo hay que consignarlo, se ganó como propina un oportuno coscorrón por su torpeza: era su manera de hacerse respetar y de despabilar a los novatos. Y le dio resultado. Sus discípulos, entre los que cuenta a colegas que son, para él, más que pupilos, lo tienen por buena persona y por un tipo la mar de afable. También resaltan de él su temperamento vivaz y dicharachero, como el que gastaba su madre.

Lo describen bondadoso, servicial, siempre dispuesto a ayudar y nada conflictivo. Cuando se le han presentado contratiempos, y no le ha faltado ocasión, les ha hecho frente, sin asperezas ni escándalos. En ese sentido no es apocado ni se encoge ante las inconveniencias. Los problemas, me comentan sus amigos, se los echa a la espalda, como si fuera un saco de harina. O de sal.

Pesan, desde luego, pero nunca van a doblegar su voluntad. Ni antes, cuando gozaba de la plenitud de su fortaleza, ni ahora, cuando las energías menoscabadas las suple con inteligencia y una buena dosis de maña. Habrá quien diga que este agasajo se excede con tanta coba. Y que incluso a santos y próceres se le pueden poner reparos. Que no existe la conducta intachable. Por supuesto.

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Pero, si le preguntáramos a los vecinos de la panadería, a lo único que le podría objeción, creo yo, sería a su afición a cantar, al tarareo sin fin. Aunque, tal vez, sería una desaprobación amable, sin acritud. Un reproche suave, casi tierno, frente a esta costumbre cantora tan suya, por hacerlo —esta es la cuestión— con nocturnidad y alevosía.

Se ha pasado madrugadas enteras acogido a un perpetuo repertorio de rancheras, algunos ritmos de moda y, en particular, entonando recios himnos patrióticos, sonada debilidad de este recluta eterno. Su devoción a las marchas militares no ha desmayado con los años. Su garganta continúa en perfectas condiciones. Tan rotunda y viril, como si tuviera que desfilar al día siguiente.

Al oírlo tan entregado a las tonadas marciales parece que nunca se hubiera licenciado del todo, y que una parte de él permaneciera intacta junto al palo de la bandera en el cuartel de Sevilla, en Infantería Soria 9, de tanto renombre en Semana Santa.


El servicio militar lo vivió intensamente. Guarda pocas fotos, pero la mayoría de ellas son con el uniforme del Ejército en el campamento de Cerro Muriano. ¡Qué apego a los himnos de combate! Y, sin embargo, este espíritu castrense tiene nada y menos de belicoso.

Te contaba cuántas maniobras y ejercicios hacía con detalle cada vez que disfrutaba de algún permiso; de modo que uno terminaba compartiendo con él cuartel, imaginariamente, lo quisieras o no. Un buen día, cuando ya tenía la blanca en el bolsillo, la fiebre por el color caqui le empujó a llevarnos a Córdoba a un desfile de tropas, en el Paseo de la Victoria.

Fuimos en un Simca 1000 una mañana lluviosa, pero esta contingencia meteorológica no arredró a los soldados. Recuerdo que aquel vehículo tenía un reproductor de cartuchos, que era un sistema de cintas magnéticas similar a los casetes, pero de mayor tamaño y con mejor sonido.

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Entre el repertorio, no faltaron una serie de piezas para entonar en los ejercicios de adiestramiento del batallón. Para ir entrando en ambiente, más que nada. Sin embargo, lo más sustancioso de aquella expedición no fue la parada militar: lo más sabroso ocurrió al regreso.

Por cambiar la ruta, nos volvimos por la carretera de Granada, vía Santa Cruz, con obligado descanso en Espejo, para degustar el chorizo de Casa Lorenzo. Y no fue una escala de trámite en plan avituallamiento de ciclista, tomando las viandas al vuelo sin bajarse de la bicicleta, como hacen los corredores en pleno esfuerzo. ¡Qué va!

Aquello, afuera prisas, fue una epifanía gastronómica redonda, apretada y grasienta. Y la pringue color sangre me pareció que tenía algo de patriótica bandera. Vamos, que desde esa hora feliz, estoy alistado a los embutidos de nuestros sabios vecinos. Lo juro.


En más de medio siglo como panadero, Manolillo sólo ha faltado en tres ocasiones a su trabajo. Primero, debido al servicio militar; después, a causa de una convalecencia por un grave accidente de tráfico, en el que resultó arrollado por un camión en plena repartida de pan. ¡Ay, cuántos peligros inesperados!

Y por último, claro está, cuando se casó con Sole Tejada Raya, en 1973, en una boda muy esperada. Ese día, Carmeli Mora y Manolo Bellido los acompañaron al altar. No volvieron de la luna de miel hasta que se quedaron con los caudales a cero.

Su obligada ausencia por el viaje de novios se suplió entre todos. A mí me correspondió una pequeña parte de su repartía, la que iba por la calle Las Salas, Fuente Álamo y un mínimo sector del Canillo. La hice y no me costó mucho familiarizarme con este cotidiano itinerario, ya que, en cierto modo, la conocía por haberlo seguido a su lado en bastantes ocasiones.

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Me llamaba la atención que era ágil y cordial al entregar el pan; también recuerdo el bolso de cuero atestado de calderilla, para dar el cambio a la clientela. Y, cómo no, por encima de todo sobresalía su excelente memoria, que le permitía recordar cada uno de los domicilios por los que pasaba, sin equivocarse ni confundirse nunca.

Pero había algo aún más prodigioso que todo esto: Manolillo se la ingeniaba para pelar la pava en pleno reparto. Sí, señor. Siempre buscaba un hueco en la calle Santiago (lo digo sin doble sentido) para representar una peculiar escena de cortejo ambulante, esto no se me olvida. Él tocaba la bocina (eludo decir "el pito") y Sole, como una Julieta sureña, acudía puntual y presurosa al rumor romancesco de su enharinado Romeo en la puerta de su domicilio, sin perder un instante.

Como hombre cabal y responsable que ha ido amasando un minúsculo capital para que su familia siempre estuviese protegida, se merece un discurso elogioso. Ha ahorrado y no ha despilfarrado el dinero. Ya habrá por ahí algún envidioso que venga apresurado a ponerle faltas.


Los clásicos componían sus alabanzas para subrayar la valía de las personas. Eran piezas henchidas de halagos, con bella literatura que evitaba caer en el empalago. Los llamaron panegíricos, que viene de la palabra griega pan —que quiere decir "todo"— y agyris —que significa "pueblo"—.

Es decir, que eran cumplidos que todo el pueblo entendía. Y aunque es verdad que la voz pan en su sentido alimenticio procede del latín panis, el vocablo panegírico —ahora que estamos tratando de panaderías— es el que mejor casa con el sano propósito de esta loa al que se despide tras tantos años de dedicación a algo tan básico, y candeal, como es acallar el hambre según artesano procedimiento.

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Así pues, Manolillo, este es tu panegírico. En este menester también el dios mitológico Pan nos sería de mucha utilidad. Es mitad hombre, mitad animal; y se le suele representar con una flauta. De ahí la flauta de pan, que aún se utiliza en orquestas y grupos folclóricos.

Por no dar la nota ni resultar más pedante de la cuenta, Pan es una deidad muy idónea. Es símbolo de fecundidad y de potencia sexual. Ambas cosas, según se sabe, las tiene demostradas nuestro homenajeado. Seguro que en este momento culminante le sale su mejor canto, aunque sea ya postrero.

MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: MANUEL BELLIDO MORA

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