De reponedora en el Eroski a señora letrada. Del ajetreo y el ruido en la trastienda de un gran almacén al rigor y las formas de una sala de vistas. Del trabajo manual que deja raspaduras en la piel al tacto impoluto de los manuales de legislación.
Querer es poder. Esta es su consigna. La que ha guiado su existencia por lugares imprevistos. Estaba predestinada a ser campesina, a tener un modesto empleo para sacar adelante a los suyos, pero desafió todo lo que estaba preconcebido. Y nada pudo impedir sus ansias de superación, aunque el primer estímulo lo encontró en su propia casa.
Soledad Sánchez Ruiz es una trabajadora nata, lo ha sido toda su vida. Con 17 años cursaba en Córdoba la carrera de Técnica de Jardín de Infancia. Pero todo se interrumpe de pronto cuando se queda embarazada y decide casarse. Este hecho lo cambió todo. Dejó los estudios, se buscó un empleo y se dedicó a la vez al cuidado de sus hijos: dos, porque todavía no tenía veinte años cuando alumbró al segundo.
“Fue un palo decirle a mi padre: «papá, tengo que dejarlo todo, me voy a casar». A lo hecho, pecho. Me pegó un chispazo en la cabeza. No me vine abajo. Fue como madurar en un instante. Tomé las riendas de mi vida, sin pensarlo más. Hay que ponerse una meta, puede tardar más o menos, pero si el objetivo no lo pierdes de vista, lo consigues”.
Mira atrás y parece increíble la de vueltas que ha dado su mundo particular. Hay agricultura y carpintería en su pasado compartido con su marido, Francisco Jordano Jiménez. Vivieron en Lucena, pasaron por laboratorios de análisis de aceituna y, además, ella estuvo empleada en un almacén de alimentación.
Ambos trabajaban de lunes a viernes en una empresa y los fines de semana, en el campo. Era imposible mantener tal ritmo, lo que hizo que él montase su propio negocio, en el que Sole, al salir del curro, también se implicaba.
Pero el futuro, pensó ella, nunca está escrito. Tenía 37 años cuando su rumbo da un nuevo giro al plantearle su primer hijo, entonces adolescente, su intención de abandonar libros y apuntes. Esto, que en teoría es una mala noticia en cualquier casa, vino curiosamente a revolucionarlo todo.
“Porque yo prácticamente le obligo a que por la noche saque la ESO. ¿Y cómo lo hice? Estaba entonces trabajando con su padre en la empresa familiar de servicios agrícolas que habíamos montado. Curraba, claro que sí, pero por la noche tenía que completar los estudios. Grababa las lecciones en un casete y él las escuchaba mientras estaba en el tajo. Nunca desconecté del campo. Siempre tenía las lecciones en la cabeza. Lo primordial es que mi sueldo siguiese entrando en la casa”.
No fue fácil convencerlo, porque argumentaba, con razón, que trabajar e hincar los codos resultaba complicado. Pero como Sole nunca se echa atrás para nada, ideó una forma de alentarlo que, al mismo tiempo, se iba a convertir en un reto personal para ella: compartir aula con él, es decir, sacar adelante también la misma titulación que su hijo. Era su plan para demostrarle que se podía hacer las dos cosas, estudiar y trabajar.
Lo hizo así, situándose al mismo nivel que él. Esto, perseguir una misma finalidad, iba a resultar determinante. Lo que ocurre es que Sole llevaba 17 años ajena al día a día de las asignaturas y los textos de clase. Había estado entregada a sacar adelante su familia. Esa había sido la prioridad.
No fue fácil. A la falta de costumbre, unía ciertas lagunas en ortografía por un demasiado largo periodo sin contacto con los libros. Aquello era una cuesta arriba. “Me di cuenta que tenía limitaciones, así que no dudé en matricularme en la ESO para ponerme al día, aunque se me hizo largo tener que ir todos los días al instituto en un horario complicado. Pero lo logré. Y saqué muy buenas notas. «Se puede —le dije a mi hijo—, así que ahora te toca a ti». Evidentemente no le quedó más remedio que apuntarse”.
Sole comprendió que, incluso, era posible llegar más lejos. Y como siempre, desde que era una cría, había tenido querencia por la lectura, se planteó el siguiente propósito: completar el Bachillerato. Y lo hizo sin renunciar a su trabajo como reponedora en el supermercado Eroski, del polígono Jarata. De allí salió sabiendo que el compañerismo, la ayuda mutua, la defensa de prójimo, es un arma muy poderosa. Allí también aprendió la importancia de la disciplina.
Es una mujer meticulosa que sabe de las ventajas del orden en el trabajo. Presenció injusticias con los camioneros que, después de muchas horas al volante, cansados, tenían que esperar a que llegase el turno de entrega de la mercancía.
Aquellas esperas interminables a ella, que lo estaba viendo, le resultaban insufribles. Quién sabe si este tipo de situaciones despertó, en parte, su curiosidad judicial. Lo cierto es que gracias al contrato en Eroski tuvo la suficiente y necesaria estabilidad laboral. Y margen para entrever el porvenir con cierta confianza.
“Lo que yo hiciera en los estudios no podía afectar a mi casa y mis hijos. Es verdad que les quité tiempo, pero la ilusión por seguir podía más. Aprobé y ya animada por compañeros y profesorado, di el paso a la universidad. La UNED era el camino. Me hablaron de esta posibilidad que yo desconocía, me gustó y entre todas las posibilidades, escogí Derecho. Era un mundo que me había atraído desde siempre”.
Con la edad que ya tenía, no había tiempo que perder, de modo que se propuso, y lo logró, sacar un curso por año, sin dejar en ningún momento su trabajo en el híper, ni descuidar a la familia, lo que era especialmente complicado en época de exámenes. Sole pasó muchas noches sin dormir para afrontar con solvencia todas las pruebas que tenía por delante. Fueron nueve años seguidos sin levantar la vista de los folios y anotaciones.
“Si veía que alguna asignatura se atravesaba, la dejaba para septiembre, sin problemas. Conseguí el grado, pero, entonces, la verdad, no pensaba ejercer como abogada, aunque siempre tuve claro que sí me iba a colegiar. Pero enseguida llegó otro reto: hacer las prácticas. Y no resultó nada fácil, ya que yo no tenía contactos ni conocía ningún despacho”.
Sin embargo, en ese momento crucial, le sonrió la suerte. Y en este caso, la fortuna tiene nombre y apellido: el de un magistrado del Juzgado que le abrió las puertas cuando ella más agobiada estaba. Ocurrió cuando Sole, toda inexperta y bisoña, se plantó en la sede judicial para tantear si allí existía alguna posibilidad de hacer prácticas.
“Yo allí no conocía a nadie, pero me pareció que era un lugar donde yo podía aprender y formarme, a pesar de que, en un primer momento, me encontré algo desamparada. Del apuro me sacó Teresa, una funcionaria que me dijo: «espérate, que voy a preguntar». Lo siguiente fue que el titular de Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número dos, el señor Francisco José Ortega Reyes, salió en mi ayuda cuando me vio tan agobiada”.
Sole se emociona al relatar este providencial encuentro. Se para y le cuesta seguir, con las lágrimas a flor de piel. Es consciente de que aquel momento sirvió para cambiar de arriba abajo todo su destino. En adelante, le esperaba la toga. Así que se olvidó para siempre de su uniforme de reponedora de supermercado. Adiós a estanterías, a cargar y transportar productos.
“Este juez ha sido muy importante para mí. Él me abrió su despacho como si me conociera de toda la vida. Pero sí me dijo una cosa muy clara: «tú tienes que ver esta profesión desde el otro lado de la mesa». Y ahí estaba cargado de razón. Lo mismo no es ver los casos desde la perspectiva de un juez, que desde la posición de un letrado. Ese consejo me abrió los ojos. Y añadió: «si no encuentras a nadie, vuelve, que yo te pondré en contacto con algún despacho. No obstante —precisó—, mi sala la tienes abierta para que vengas a ver los juicios»”.
Era el verano de 2019, llegó septiembre y ella continuaba sin encontrar a nadie. Pero de nuevo la buena suerte le salió al paso cuando conoció, en el Juzgado, a Antonio Jesús Salido Mendoza, por recomendación del juez. Entablaron conversación, la invitó a colaborar y, a día de hoy, comparten como socios un importante bufete profesional.
Pero hasta ese momento, la incertidumbre pesaba más de la cuenta. Sole no sabía muy bien para dónde tirar y, por otro lado, era consciente de la ilusión que había en su casa para que se encarrilara como abogada. Aquella duda, ese titubeo inicial, apenas duró unos minutos, porque si había llegado hasta ese punto, con 42 años cumplidos, había sido para algo.
Como una especie de consecuencia natural, Sole Sánchez Ruiz está especializada en cuestiones agrarias, conflictos por lindes y servidumbres, disputas de tierras, entre otros asuntos. Estaba abocada a resolver temas espinosos en lo que conoce bien desde pequeña: el campo.
“El campo sigue ahí. Está muy presente, no puedo obviarlo porque es parte de nosotros, de nuestra vida, ya que la empresa que montamos de servicios agrarios sigue activa, y con mucha demanda. En campaña de aceituna podemos llegar a treinta trabajadores, lo que requiere mucho papeleo y gestiones. Es verdad que mi vida está fijada en la abogacía, pero yo no puedo olvidar mis orígenes. El campo me ha dado de comer. No puedo dejarlo atrás”.
Considera que le debe mucho a la cultura campesina, que ahí reside buena parte de su carácter luchador. Por eso antepone el cuidado y la atención del campo, que es algo, me dice convencida, que hay que mimar. Conoce fincas, caminos y veredas y sabe delimitar perfectamente, con la ley en la mano, lo que se puede hacer o no.
Abundan los pleitos entre propietarios entre sus expedientes. Pero ella se mueve bien en este terreno, porque, aparte de lo que dictan las leyes, tiene un profundo conocimiento de todo lo que gira alrededor de la agricultura.
“El mundo agrario me da mucha clientela porque me conoce de toda la vida. Todo el que me trata sabe de dónde procedo. Y esto es algo que no quiero dejar atrás. Yo nunca doy un pleito por perdido. Y si el cliente lo tiene claro, yo aún más. Es obvio que hay que prepararlo con la correspondiente documentación, pero lo importante es que se pueda acreditar”.
Hay algo, sin embargo, que le preocupa, tanto como agricultora como desde el plano jurídico: la falta de relevo generacional en el campo. Observa con pesadumbre el desinterés de la gente joven por darle continuidad a la labor y la tradición de quienes le preceden.
“Es un tema complejo y desalentador. Tenemos muy poco relevo generacional. No es algo, esto de la continuidad, un problema que yo tenga en casa, ya que mis hijos sí han decidido seguir. Llevan toda la vida con esto, gracias a Dios. Pero sí que es verdad que tenemos numerosos clientes que no saben cómo afrontar este dilema. Se encuentran con que los descendientes se dedican a otras cosas y, claro, alguien se tiene que ocupar del campo”.
Sole Sánchez Ruiz vive el día a día. Le entusiasma lo que hace. Forma parte del consejo rector de la Cooperativa Agrícola La Unión, siendo una de las primeras mujeres que accede a este órgano de gobierno en tan importante sociedad dedicada al vino y el aceite de oliva.
Transmite fuerza y optimismo. Es rotunda y alegre. Lo noté el primer día que la vi. Fue en un encuentro casual en Córdoba, a la salida de un juzgado. Se le notaba satisfecha. Pero, con tantas cosas que le han pasado, no sabe con certeza qué le va a deparar este ejercicio profesional de la abogacía.
“No tengo las puertas cerradas a nada. Ahora mismo estoy aquí, y es evidente que estoy a gusto, que me gusta y disfruto a fondo mi profesión. Pero no lo sé; lo que me venga, bien vendrá. Yo soy una persona de retos. Y si me empeño en algo, tengo muy claro que lo puedo conseguir”.
Es enorme la responsabilidad que siente al vestirse con la toga. Es un momento especial al que se llega con muchas horas de trabajo detrás. Entrar en sala es algo crucial. Es el momento de la verdad. De toda la verdad y nada más que la verdad, como predica el ritual.
“Ahí estás para pelear por una causa, para que el cliente esté defendido al cien por cien. Me gusta la solemnidad que tiene la abogacía, aunque hay situaciones en que esto se echa de menos. Y a mí me gustan las formas, el respeto y la rectitud”.
“Pero, al contrario de lo que antes era norma, ahora hay jueces que se muestran más flexibles. Cosa que no tiene por qué ser contraproducente. Es importante que te puedas expresar y que te dejen hablar; lo que ocurre es que a veces, por la carga de juicios, estos se afrontan como si fuera una rutina, con prisas”.
“La decisión final la tiene el juez. Pero este formalismo de antes, la devoción al compañero mayor, eso parece que se pierde un poco. Y tres cuartos de lo mismo sucede con la oratoria. La manera de expresarte es muy importante. Hay que saber explicarte. El papel lo soporta todo. Pero hay que demostrar que lo que tú muestras en el papel, es cierto. Y esto, en definitiva, requiere elocuencia y claridad”.
Querer es poder. Esta es su consigna. La que ha guiado su existencia por lugares imprevistos. Estaba predestinada a ser campesina, a tener un modesto empleo para sacar adelante a los suyos, pero desafió todo lo que estaba preconcebido. Y nada pudo impedir sus ansias de superación, aunque el primer estímulo lo encontró en su propia casa.
Soledad Sánchez Ruiz es una trabajadora nata, lo ha sido toda su vida. Con 17 años cursaba en Córdoba la carrera de Técnica de Jardín de Infancia. Pero todo se interrumpe de pronto cuando se queda embarazada y decide casarse. Este hecho lo cambió todo. Dejó los estudios, se buscó un empleo y se dedicó a la vez al cuidado de sus hijos: dos, porque todavía no tenía veinte años cuando alumbró al segundo.
“Fue un palo decirle a mi padre: «papá, tengo que dejarlo todo, me voy a casar». A lo hecho, pecho. Me pegó un chispazo en la cabeza. No me vine abajo. Fue como madurar en un instante. Tomé las riendas de mi vida, sin pensarlo más. Hay que ponerse una meta, puede tardar más o menos, pero si el objetivo no lo pierdes de vista, lo consigues”.
Mira atrás y parece increíble la de vueltas que ha dado su mundo particular. Hay agricultura y carpintería en su pasado compartido con su marido, Francisco Jordano Jiménez. Vivieron en Lucena, pasaron por laboratorios de análisis de aceituna y, además, ella estuvo empleada en un almacén de alimentación.
Ambos trabajaban de lunes a viernes en una empresa y los fines de semana, en el campo. Era imposible mantener tal ritmo, lo que hizo que él montase su propio negocio, en el que Sole, al salir del curro, también se implicaba.
Pero el futuro, pensó ella, nunca está escrito. Tenía 37 años cuando su rumbo da un nuevo giro al plantearle su primer hijo, entonces adolescente, su intención de abandonar libros y apuntes. Esto, que en teoría es una mala noticia en cualquier casa, vino curiosamente a revolucionarlo todo.
“Porque yo prácticamente le obligo a que por la noche saque la ESO. ¿Y cómo lo hice? Estaba entonces trabajando con su padre en la empresa familiar de servicios agrícolas que habíamos montado. Curraba, claro que sí, pero por la noche tenía que completar los estudios. Grababa las lecciones en un casete y él las escuchaba mientras estaba en el tajo. Nunca desconecté del campo. Siempre tenía las lecciones en la cabeza. Lo primordial es que mi sueldo siguiese entrando en la casa”.
No fue fácil convencerlo, porque argumentaba, con razón, que trabajar e hincar los codos resultaba complicado. Pero como Sole nunca se echa atrás para nada, ideó una forma de alentarlo que, al mismo tiempo, se iba a convertir en un reto personal para ella: compartir aula con él, es decir, sacar adelante también la misma titulación que su hijo. Era su plan para demostrarle que se podía hacer las dos cosas, estudiar y trabajar.
Lo hizo así, situándose al mismo nivel que él. Esto, perseguir una misma finalidad, iba a resultar determinante. Lo que ocurre es que Sole llevaba 17 años ajena al día a día de las asignaturas y los textos de clase. Había estado entregada a sacar adelante su familia. Esa había sido la prioridad.
No fue fácil. A la falta de costumbre, unía ciertas lagunas en ortografía por un demasiado largo periodo sin contacto con los libros. Aquello era una cuesta arriba. “Me di cuenta que tenía limitaciones, así que no dudé en matricularme en la ESO para ponerme al día, aunque se me hizo largo tener que ir todos los días al instituto en un horario complicado. Pero lo logré. Y saqué muy buenas notas. «Se puede —le dije a mi hijo—, así que ahora te toca a ti». Evidentemente no le quedó más remedio que apuntarse”.
Sole comprendió que, incluso, era posible llegar más lejos. Y como siempre, desde que era una cría, había tenido querencia por la lectura, se planteó el siguiente propósito: completar el Bachillerato. Y lo hizo sin renunciar a su trabajo como reponedora en el supermercado Eroski, del polígono Jarata. De allí salió sabiendo que el compañerismo, la ayuda mutua, la defensa de prójimo, es un arma muy poderosa. Allí también aprendió la importancia de la disciplina.
Es una mujer meticulosa que sabe de las ventajas del orden en el trabajo. Presenció injusticias con los camioneros que, después de muchas horas al volante, cansados, tenían que esperar a que llegase el turno de entrega de la mercancía.
Aquellas esperas interminables a ella, que lo estaba viendo, le resultaban insufribles. Quién sabe si este tipo de situaciones despertó, en parte, su curiosidad judicial. Lo cierto es que gracias al contrato en Eroski tuvo la suficiente y necesaria estabilidad laboral. Y margen para entrever el porvenir con cierta confianza.
“Lo que yo hiciera en los estudios no podía afectar a mi casa y mis hijos. Es verdad que les quité tiempo, pero la ilusión por seguir podía más. Aprobé y ya animada por compañeros y profesorado, di el paso a la universidad. La UNED era el camino. Me hablaron de esta posibilidad que yo desconocía, me gustó y entre todas las posibilidades, escogí Derecho. Era un mundo que me había atraído desde siempre”.
Con la edad que ya tenía, no había tiempo que perder, de modo que se propuso, y lo logró, sacar un curso por año, sin dejar en ningún momento su trabajo en el híper, ni descuidar a la familia, lo que era especialmente complicado en época de exámenes. Sole pasó muchas noches sin dormir para afrontar con solvencia todas las pruebas que tenía por delante. Fueron nueve años seguidos sin levantar la vista de los folios y anotaciones.
“Si veía que alguna asignatura se atravesaba, la dejaba para septiembre, sin problemas. Conseguí el grado, pero, entonces, la verdad, no pensaba ejercer como abogada, aunque siempre tuve claro que sí me iba a colegiar. Pero enseguida llegó otro reto: hacer las prácticas. Y no resultó nada fácil, ya que yo no tenía contactos ni conocía ningún despacho”.
Sin embargo, en ese momento crucial, le sonrió la suerte. Y en este caso, la fortuna tiene nombre y apellido: el de un magistrado del Juzgado que le abrió las puertas cuando ella más agobiada estaba. Ocurrió cuando Sole, toda inexperta y bisoña, se plantó en la sede judicial para tantear si allí existía alguna posibilidad de hacer prácticas.
“Yo allí no conocía a nadie, pero me pareció que era un lugar donde yo podía aprender y formarme, a pesar de que, en un primer momento, me encontré algo desamparada. Del apuro me sacó Teresa, una funcionaria que me dijo: «espérate, que voy a preguntar». Lo siguiente fue que el titular de Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número dos, el señor Francisco José Ortega Reyes, salió en mi ayuda cuando me vio tan agobiada”.
Sole se emociona al relatar este providencial encuentro. Se para y le cuesta seguir, con las lágrimas a flor de piel. Es consciente de que aquel momento sirvió para cambiar de arriba abajo todo su destino. En adelante, le esperaba la toga. Así que se olvidó para siempre de su uniforme de reponedora de supermercado. Adiós a estanterías, a cargar y transportar productos.
“Este juez ha sido muy importante para mí. Él me abrió su despacho como si me conociera de toda la vida. Pero sí me dijo una cosa muy clara: «tú tienes que ver esta profesión desde el otro lado de la mesa». Y ahí estaba cargado de razón. Lo mismo no es ver los casos desde la perspectiva de un juez, que desde la posición de un letrado. Ese consejo me abrió los ojos. Y añadió: «si no encuentras a nadie, vuelve, que yo te pondré en contacto con algún despacho. No obstante —precisó—, mi sala la tienes abierta para que vengas a ver los juicios»”.
Era el verano de 2019, llegó septiembre y ella continuaba sin encontrar a nadie. Pero de nuevo la buena suerte le salió al paso cuando conoció, en el Juzgado, a Antonio Jesús Salido Mendoza, por recomendación del juez. Entablaron conversación, la invitó a colaborar y, a día de hoy, comparten como socios un importante bufete profesional.
Pero hasta ese momento, la incertidumbre pesaba más de la cuenta. Sole no sabía muy bien para dónde tirar y, por otro lado, era consciente de la ilusión que había en su casa para que se encarrilara como abogada. Aquella duda, ese titubeo inicial, apenas duró unos minutos, porque si había llegado hasta ese punto, con 42 años cumplidos, había sido para algo.
Como una especie de consecuencia natural, Sole Sánchez Ruiz está especializada en cuestiones agrarias, conflictos por lindes y servidumbres, disputas de tierras, entre otros asuntos. Estaba abocada a resolver temas espinosos en lo que conoce bien desde pequeña: el campo.
“El campo sigue ahí. Está muy presente, no puedo obviarlo porque es parte de nosotros, de nuestra vida, ya que la empresa que montamos de servicios agrarios sigue activa, y con mucha demanda. En campaña de aceituna podemos llegar a treinta trabajadores, lo que requiere mucho papeleo y gestiones. Es verdad que mi vida está fijada en la abogacía, pero yo no puedo olvidar mis orígenes. El campo me ha dado de comer. No puedo dejarlo atrás”.
Considera que le debe mucho a la cultura campesina, que ahí reside buena parte de su carácter luchador. Por eso antepone el cuidado y la atención del campo, que es algo, me dice convencida, que hay que mimar. Conoce fincas, caminos y veredas y sabe delimitar perfectamente, con la ley en la mano, lo que se puede hacer o no.
Abundan los pleitos entre propietarios entre sus expedientes. Pero ella se mueve bien en este terreno, porque, aparte de lo que dictan las leyes, tiene un profundo conocimiento de todo lo que gira alrededor de la agricultura.
“El mundo agrario me da mucha clientela porque me conoce de toda la vida. Todo el que me trata sabe de dónde procedo. Y esto es algo que no quiero dejar atrás. Yo nunca doy un pleito por perdido. Y si el cliente lo tiene claro, yo aún más. Es obvio que hay que prepararlo con la correspondiente documentación, pero lo importante es que se pueda acreditar”.
Hay algo, sin embargo, que le preocupa, tanto como agricultora como desde el plano jurídico: la falta de relevo generacional en el campo. Observa con pesadumbre el desinterés de la gente joven por darle continuidad a la labor y la tradición de quienes le preceden.
“Es un tema complejo y desalentador. Tenemos muy poco relevo generacional. No es algo, esto de la continuidad, un problema que yo tenga en casa, ya que mis hijos sí han decidido seguir. Llevan toda la vida con esto, gracias a Dios. Pero sí que es verdad que tenemos numerosos clientes que no saben cómo afrontar este dilema. Se encuentran con que los descendientes se dedican a otras cosas y, claro, alguien se tiene que ocupar del campo”.
Sole Sánchez Ruiz vive el día a día. Le entusiasma lo que hace. Forma parte del consejo rector de la Cooperativa Agrícola La Unión, siendo una de las primeras mujeres que accede a este órgano de gobierno en tan importante sociedad dedicada al vino y el aceite de oliva.
Transmite fuerza y optimismo. Es rotunda y alegre. Lo noté el primer día que la vi. Fue en un encuentro casual en Córdoba, a la salida de un juzgado. Se le notaba satisfecha. Pero, con tantas cosas que le han pasado, no sabe con certeza qué le va a deparar este ejercicio profesional de la abogacía.
“No tengo las puertas cerradas a nada. Ahora mismo estoy aquí, y es evidente que estoy a gusto, que me gusta y disfruto a fondo mi profesión. Pero no lo sé; lo que me venga, bien vendrá. Yo soy una persona de retos. Y si me empeño en algo, tengo muy claro que lo puedo conseguir”.
Es enorme la responsabilidad que siente al vestirse con la toga. Es un momento especial al que se llega con muchas horas de trabajo detrás. Entrar en sala es algo crucial. Es el momento de la verdad. De toda la verdad y nada más que la verdad, como predica el ritual.
“Ahí estás para pelear por una causa, para que el cliente esté defendido al cien por cien. Me gusta la solemnidad que tiene la abogacía, aunque hay situaciones en que esto se echa de menos. Y a mí me gustan las formas, el respeto y la rectitud”.
“Pero, al contrario de lo que antes era norma, ahora hay jueces que se muestran más flexibles. Cosa que no tiene por qué ser contraproducente. Es importante que te puedas expresar y que te dejen hablar; lo que ocurre es que a veces, por la carga de juicios, estos se afrontan como si fuera una rutina, con prisas”.
“La decisión final la tiene el juez. Pero este formalismo de antes, la devoción al compañero mayor, eso parece que se pierde un poco. Y tres cuartos de lo mismo sucede con la oratoria. La manera de expresarte es muy importante. Hay que saber explicarte. El papel lo soporta todo. Pero hay que demostrar que lo que tú muestras en el papel, es cierto. Y esto, en definitiva, requiere elocuencia y claridad”.
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: MANUEL BELLIDO MORA



















































