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Manuel Bellido Mora | En nombre del vino (I)

Cualquiera de los numerosos viajes que él ha hecho para llevar nuestros vinos a los más recónditos lugares del mundo, tiene mucho más valor que todos los discursos que se puedan escribir. Aprendimos geografía mirando mapas y supimos de las grandes ciudades en películas y novelas. Él, en cambio, las conoce porque ha estado allí. Al modo de san Pedro Apóstol —figura que representa en La Pasión (también, antes, hizo de san Felipe)—, lleva unas llaves, las que, en este caso, le ayudan a abrir mercados en el complejo y difícil negocio del vino.


Que al igual que los primeros seguidores de Cristo, que es su misma doctrina, posea una especie de don de lenguas (habla español, inglés, francés, tiene conocimientos de alemán y entiende italiano), viene a facilitarle la tarea de acercar descreídos a la fe de los generosos. Con el vino se gana el pan.

Rafael Delgado Ruz es nuestro Phileas Fogg. Es capaz de darle la vuelta al mundo en ochenta días sin que el vino se le remonte. Es su salvoconducto, esa cosa casi humana, viva y expresiva, la copa que sirve para conciliar, que aleja disputas. Con él, Rafa ha recorrido toda la escala. Es, para él, como un supremo mandato. Hacer amigos en nombre del vino. No hay nada más pacificador.

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“Mi relación con el mundo del vino no tiene mucho que ver con alguna tradición familiar”, empieza por decirme para situarnos. “Mi padre era albañil y mi abuelo sí que había tenido un majuelo, aunque yo ni siquiera llegué a pisarlo. Lo más parecido a un contacto con la viña y el vino en mi infancia es acompañar a mi padre a una lagareta de la familia Puig, porque él, cuando llegaba septiembre, dejaba temporalmente los andamios para trabajar en vendimia”.

Rafael Delgado Ruz, que está acostumbrado a leer en los libros sagrados, vivió su primer contacto vendimiario tal que un prodigio. La vio como lo que es, una labor de enorme dureza, pero también advirtió en ella, aún tan niño, algún elemento mágico e inexplicable.

“Recuerdo, la primera vez que fui, ver cómo era el mosto, cómo se medía y entraba en una de las tinajas. Me llamaba la atención que un líquido como aquel se pudiera pesar. Esto me pareció asombroso. Y lo que es la vida, algunos años después, siendo yo joven, se plantea la posibilidad de hacerme una entrevista para entrar a formar parte de una bodega. Ahí empezó todo”.

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Parece nacido para este cometido. A su facilidad para el diálogo, con el que difumina barreras de lenguas foráneas, con esa fluidez antigua de los intercambios comerciales, añade por su cuenta una predisposición natural a abrir rutas. Sabiendo de antemano que, para hacerlo según ley, contigo viaja un bien preciado: vinos luminosos para las noches oscuras.

“Tenía ciertos conocimientos de inglés, lo que me abrió las puertas. Es justamente eso que se dice que en el reino de los cielos el tuerto es el rey. Y a mí me pasó lo mismo. Tenía cierta destreza en un momento en que esto no era muy habitual en Montilla. Y comencé a trabajar en 1979 en Pérez Barquero, cuando esta empresa estaba integrada en el grupo Rumasa, con Paco Casas como director gerente. En esa época, José Ruz Ramírez era el director de la división de vinos de Montilla-Moriles en este conglomerado empresarial”.

Su trayectoria es la del círculo que se ha ido cerrando. Empieza y acaba en un mismo lugar. En una fase inicial, Rafael Delgado, tras su estreno en Pérez Barquero, tuvo pronto la oportunidad de enlazar con un nuevo contrato en la Compañía Vinícola del Sur, también dentro de Rumasa. Dos destinos sin salir de una casa común.


Era un momento de gran actividad en este sector, lo que terminó procurándole sólida experiencia. Allí permaneció hasta mayo de 1983 para pasar, a continuación, a otra bodega del mismo grupo en Sevilla. Se trataba de La Unión Vinícola Alcoholera, que era una planta embotelladora en Sevilla, ajena a cualquier denominación de origen. Tuvo una etapa de gran éxito, sobre todo cuando la sangría, reina del verano, se puso de moda en mercados como el americano y el alemán, además de gozar de una considerable aceptación en España.

“También se elaboraba una especie de mistela que servía para la preparación de vinos dulces. Yo me encargué de la exportación de estos productos durante los dos años que estuve en esta empresa, antes de mi regreso a Montilla”. Aquel fue solo un breve paréntesis. Le valió para conocer otros ámbitos en el campo de las bebidas. Eso sí, nada más. Porque, para él, el compromiso prioritario siempre ha llevado el nombre de su pueblo.

“Mi paso por Vinsur, que había sido la antigua Bodega de Antonio Baena Panadero, fue muy provechoso. Cuando llegué allí me encontré con una actividad frenética, porque, en efecto, era una firma, por medio de la marca Monte Cristo, que estaba orientada al extranjero específicamente”.


“El principal destino era el mercado de Reino Unido, donde se consiguieron unos volúmenes de ventas importantísimos. Teníamos una actividad muy pujante, de lo que fui testigo; tuve esa suerte al especializarme en toda la labor de documentación para realizar estas operaciones”.

De esa época (final de la década de los setenta) data una serie de comerciales, que es como se denominan los anuncios para televisión en Gran Bretaña. Son cuatro spots, todos ellos de pequeño formato, aunque uno de los cuales presenta una duración algo mayor, poco más de 30 segundos. El tiempo es oro es el mandamiento esencial de un publicista.

Están concebidos como si fuera una serie de minipelículas inspiradas en el famoso aventurero Edmond Dantès, el universal personaje creado por Alexandre Dumas. Es una recreación histórica en la que este ficticio noble francés nacido en Marsella, que sobrevivió a traiciones y conjuras, recomienda a los súbditos de su graciosa majestad las excelencias de unos vinos diferentes.

AYUNTAMIENTO DE MONTILLA - AGÚSTICOS

El rescate de estas cuñas publicitarias, que están a buen recaudo en el archivo de Pérez Barquero, nos permite disfrutar ahora del contenido de curiosas y breves creaciones en las que se mezclan literatura, historia y enología con la aureola del héroe. Reproducimos los cuatro textos con la ayuda de Rafael, que los transcribe a continuación.


Spot 1

“Soy El Conde de Monte Cristo y, naturalmente, esta es mi bebida favorita. Monte Cristo. Cuenta con él”. (Es un juego de palabras, ya que count es "conde", pero también se corresponde con el verbo "contar").


Spot 2

“Soy El Conde de Monte Cristo y, naturalmente, (utiliza la expresión de manera natural), esta es mi bebida favorita. Monte Cristo Pale Cream. Mis amigos me dicen que tenemos mucho en común: cuerpo perfecto, riqueza (intensidad), pasión española y una pálida suavidad que viene de una impecable elaboración (utiliza la expresión "alimentación"). Y ¿saben? Yo no estaría en desacuerdo con ello. Monte Cristo de España: cuenta con él”.


Spot 3

“Monte Cristo Pale Cream es mi bebida favorita. De color pálido, pero rico (intenso) al paladar. Monte Cristo de España: >Pale Cream, Cream, Medium y Dry”.

AYUNTAMIENTO DE MONTILLA - 51 CATA FLAMENCA DE MONTILLA

Spot 4

“Finalmente (al menos), Pale Cream de las Bodegas del Conde hacen que cada ocasión sea especial. Monte Cristo de España. Pale Cream, Cream, Medium y Dry”.


Esta campaña publicitaria cumplió un claro objetivo: incrementar la presencia en el Reino Unido, donde llegó a vender más de 300.000 cajas anuales. Fue un logro que, de manera colateral, contribuyó a reforzar el eco internacional de estos vinos montillanos hechos al gusto europeo. La llevaron a cabo estudios de grabación especializados (se hizo tipo cine, como pequeñas historias cinematográficas) que se contrataron directamente en Madrid y Londres.

Parte de estas imágenes, ya en planos fijos (carteles, póster y displays), también se usaron en promociones concretas y puntuales en otros países como Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo y Escandinavia, clientes prioritarios para nuestras bodegas, además de Reino Unido. Son vinos que, en la actualidad, siguen envasándose.

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Representan un hito. Tal es así, que una nave de crianza se denomina La bodega de don Eduardo, en memoria y homenaje a Edward Butler, importador de vinos inglés que en la década de 1980 introdujo y potenció en el Reino Unido la marca Monte Cristo. “Hay que tener en cuenta que Reino Unido, en ese momento, no formaba parte de la Unión Europea, lo que complicaba todo el proceso, ya que, previamente, había que obtener la licencia de exportación”.

“Era imprescindible que pasara un visado en Sevilla, además del correspondiente permiso del Consejo Regulador. Una vez que nos daban la autorización para efectuar la exportación, era el momento de realizar una analítica de cada uno de los productos”.

“Había que llevar los vinos que salían a un laboratorio oficial en Córdoba. Y una vez que se superaba este trámite, había que pasar por el filtro de la delegación provincial del Ministerio de Agricultura”. Pero aún quedaba un paso más: la visita de los inspectores ministeriales que se pasaban por la bodega para dar el nihil obstat, el certificado de aprobación a la mercancía. Ellos controlaban los contenedores y los vehículos que se usaban para el transporte. Eran los propios conductores los que se encargaban de portar toda la documentación, ya que entonces no había correo electrónico, ni siquiera fax.

MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR / GRUPO PÉREZ BARQUERO

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