Un grupo de casi treinta jóvenes de Montilla, Córdoba y Jerez de la Frontera ha llegado este verano a la Misión diocesana de Picota, en Perú, después de varios meses de preparación junto a la Delegación de Misiones y movidos por el testimonio de los montillanos que ya participaron en esta misma experiencia pero hace dos años.
La expedición estará acompañada por Fernando Suárez, párroco de Santiago Apóstol de Montilla y vicerrector de la Basílica Pontificia de San Juan de Ávila. Su presencia da continuidad a una relación misionera que ha ido arraigando entre los jóvenes de la localidad desde que aquel primer grupo regresó de Perú y compartió una experiencia que conmovió a buena parte de la juventud montillana que, de algún modo, ha querido seguir los pasos del patrón de la localidad, san Francisco Solano.
Y es que los relatos de aquellos participantes despertaron el interés de nuevos voluntarios que, a lo largo del curso, se han formado para dedicar una parte de sus vacaciones estivales al servicio de las comunidades de Picota. Entre ellos se encuentran Gema Jordán y Jesús Tubío, dos jóvenes que afrontan el viaje como una oportunidad para entregarse a los demás y profundizar en su fe.
En el caso de Gema Jordán, escuchar las vivencias de quienes habían viajado anteriormente a Perú alimentó su deseo de experimentar la sensación de dar y servir. La joven espera contribuir a la misión y convertirse en un nexo de unión que permita a otras personas conocer a Jesucristo. El amor que asegura haber recibido de Dios es el principal motivo por el que ha decidido dedicar sus vacaciones a ayudar a quienes más lo necesitan.
Además, Gema Jordán entiende el servicio a los demás como una forma de devolver ese amor recibido. Sin embargo, también es consciente de que la labor misionera no se limita a los países con mayores necesidades materiales. A su alrededor, señala, también existen personas solas, vulnerables o necesitadas de acompañamiento y del amor de Dios.
De igual modo, Jesús Tubío encontró un estímulo decisivo en el testimonio de los jóvenes que estuvieron en Perú hace dos veranos. Considera que se encuentra ante una experiencia irrepetible que le permitirá crecer y entregarse a las personas que necesitan ayuda. También asume que durante la misión surgirán momentos difíciles, aunque confía en superarlos con la fuerza de Dios y el apoyo de sus compañeros.
Para este joven, haber crecido en una familia que le ha enseñado a situar a Dios en el centro de su vida ha marcado su forma de entender la entrega. Dedicar su tiempo libre a los demás representa, a su juicio, una manera de aceptar la misión que el Señor tiene pensada para él. Esa ayuda, insiste, no debe quedar restringida a los países empobrecidos ni limitarse a la asistencia material, ya que acercar a Dios a quien no lo conoce también resulta esencial porque "el que vive con Él vive mejor".
Por otro lado, la llegada de este grupo coincide con un periodo de relevo en la presencia sacerdotal de la diócesis de Córdoba en Perú. Nicolás Rivero se ha despedido de la feligresía de la parroquia Virgen del Perpetuo Socorro de Picota después de cuatro años de servicio pastoral y ha regresado a España para asumir un nuevo destino en Córdoba.
Antes de su marcha, el sacerdote grabó un vídeo en el que dio gracias a Dios "por el tiempo que le ha regalado" en esta parroquia. Nicolás Rivero reconoció que había sido "muy feliz" durante su estancia en Perú y expresó su agradecimiento a los animadores de las comunidades cristianas y a todas las personas que se cruzaron en su camino. Según destacó, esas experiencias lo ayudaron a ser "mejor sacerdote".
Asimismo, el presbítero recordó el apoyo que recibió de sus compañeros durante estos cuatro años. A su llegada encontró refugio en Antonio Reyes, a quien agradeció su "ayuda y cercanía" durante los dos años que compartieron. En la segunda mitad de su estancia convivió con Borja Redondo, al que considera "un hermano". La convivencia sacerdotal y el trabajo compartido en la misión fueron dos pilares importantes de esta etapa.
En su despedida, Nicolás Rivero pidió humildemente a los fieles que rezaran por él y perdonaran sus pecados. La comunidad respondió con una misa de acción de gracias en la que reconoció "su entrega, dedicación y servicio" y agradeció que, durante estos cuatro años, hubiera sembrado "fe, esperanza y amor". Aunque un nuevo encargo pastoral lo espera en Córdoba, el sacerdote conservará el recuerdo de su paso por Perú.
En su lugar está previsto que llegue en septiembre Jesús María Moriana, nombrado el pasado mes de junio por el obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, misionero ad gentes de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Moyobamba. Hasta ahora había ejercido como párroco de San Mateo Apóstol de Lucena, responsabilidad que compaginó con la de vicario de la Campiña en el último Consejo Episcopal.
Pasado el verano, Jesús María Moriana viajará a Perú para asumir su nuevo servicio pastoral junto a Borja Redondo, que acompaña actualmente la Misión diocesana. El sacerdote recibió el nombramiento con "alegría", pues hacía muchos años que había solicitado participar en este proyecto. Al mismo tiempo, ha reconocido sentir "cierto miedo y respeto" ante una labor muy diferente de los encargos desempeñados hasta ahora.
En ese sentido, Moriana espera "recibir mucho" durante esta nueva etapa y colaborar llevando al Señor y prestando toda la ayuda que resulte posible. El cambio representa un "reto", ya que una parroquia de misión constituye una "novedad" dentro de un territorio apartado, aunque afronta el destino poniéndose en manos de Dios.
A pocas semanas de su partida, el sacerdote ha asegurado que en su equipaje no faltará la "ilusión". También ha pedido "oración y el compromiso" de mantener presentes a la misión y a las personas más necesitadas. Su estancia en Perú tendrá una duración determinada, pero, como ha recordado, la tarea encomendada por el Señor "dura siempre".
Además del grupo integrado por jóvenes de Montilla, Córdoba y Jerez, nueve seminaristas viajarán a Perú junto al vicerrector del Seminario Conciliar San Pelagio, Guillermo Padilla, y al sacerdote Ángel González, ordenado el pasado 27 de junio. Su participación en la misión se desarrollará entre el 27 de julio y el 27 de agosto.
Pedro Baena será uno de los seminaristas que vivirán esta experiencia por primera vez. La preparación del grupo ha concedido especial importancia a la dimensión espiritual, pues sus integrantes consideran que es el Señor quien los llama a la misión y a llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Durante los últimos meses han mantenido encuentros periódicos para preparar las catequesis que impartirán en las comunidades peruanas.
Al mismo tiempo, este periodo de formación ha fortalecido la dimensión comunitaria. Los seminaristas ven el viaje como una oportunidad para crecer en fraternidad, y Pedro Baena confía en que el mes compartido en Perú afiance la comunión entre ellos.
Una vez en Picota, se pondrán a disposición de Borja Redondo para visitar las comunidades que les sean encomendadas y aportar su "pobre persona, su pobre testimonio". Pedro Baena considera que su labor deberá transmitir la alegría de haberse encontrado con el Señor y de haber descubierto el amor de Dios y del Evangelio.
No obstante, el seminarista reconoce que enfrentarse a la realidad de un país con numerosas carencias supondrá un "choque fuerte". Muchas de esas dificultades son materiales, mientras que las personas que conocen los misioneros viven, según su experiencia, con "un corazón más alegre" porque tienen a Dios. Frente a ello, Baena observa que las sociedades con mayores recursos materiales pueden terminar relegando la dimensión espiritual.
De hecho, quienes han participado anteriormente en Picota suelen coincidir en que los principales evangelizados terminan siendo los propios misioneros. La fe sencilla de las comunidades y su forma de afrontar las dificultades dejan una huella profunda en quienes llegan desde España con la intención inicial de ayudar.
Por su parte, Ángel González viajará a Perú pocas semanas después de haber recibido la ordenación sacerdotal. El presbítero ha reconocido que todavía no es "totalmente consciente" de la gracia que puede recibir con esta oportunidad. Espera que la misión favorezca su "conversión" y le permita conocer más a Jesús. Si su testimonio ayuda a acercar al Señor a otras personas, considera que obtendrá el "ciento por uno".
El sacerdote también ha recordado que no todas las personas pueden participar presencialmente en una misión, aunque existe una "dimensión esencial" al alcance de todos: la oración y el ofrecimiento. A partir del ejemplo de la Madre Teresa de Calcuta, ha explicado que no es necesario viajar lejos para ayudar al prójimo.
Así, Ángel González ha invitado a reconocer que existen "Picotas en nuestras propias casas", entre los amigos y en los ambientes cotidianos. La primera misión comienza en el entorno más próximo, por lo que ha pedido que "abramos los ojos" para descubrir las necesidades cercanas y convertir el servicio diario en una expresión del amor de Dios.
La relación entre la diócesis de Córdoba y la Misión de Picota comenzó a consolidarse el 12 de octubre de 2010, cuando los sacerdotes Francisco Granados y Juan Ropero partieron hacia Perú acompañados por el entonces obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández. Desde 2007, distintos grupos de laicos y seminaristas ya habían realizado misiones puntuales en aquel territorio.
En aquel momento, el obispo de Córdoba firmó un convenio de colaboración con el obispo prelado de Moyobamba para establecer un puente misionero destinado a atender la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Picota. Francisco Granados y Juan Ropero fueron los primeros sacerdotes diocesanos enviados en virtud de este acuerdo.
Desde entonces, la colaboración ha permitido sostener económicamente distintas iniciativas desarrolladas en Moyobamba, además de mantener una corriente permanente de oración. El convenio nació con la finalidad de evangelizar aquel territorio, responder a las necesidades materiales de sus habitantes, escuchar sus inquietudes espirituales y acompañarlos en su formación cristiana.
A través de esta labor, las comunidades reciben formación para que sus integrantes puedan llegar a otras personas como animadores cristianos. Sacerdotes, seminaristas y laicos mantienen así una vinculación continua con Picota, impulsada por la Delegación Diocesana de Misiones y por las parroquias que cada año organizan grupos para participar en el proyecto.
Durante estos años han ejercido como misioneros en Picota ocho sacerdotes diocesanos: Francisco Granados, Juan Ropero, Leopoldo Rivero, Francisco José Delgado, Rafael Prados, Antonio Javier Reyes, Nicolás Rivero y Borja Redondo. A ellos se sumará después del verano Jesús María Moriana, que dará continuidad a una presencia pastoral iniciada hace dieciséis años.
El testimonio compartido por quienes han pasado por la misión coincide habitualmente en una misma enseñanza: los participantes reciben mucho más de lo que inicialmente creen ofrecer. La convivencia con las comunidades de Picota les permite comprobar que la felicidad no depende únicamente de los bienes materiales y que, desde su experiencia de fe, la confianza en Dios constituye un apoyo fundamental ante las dificultades.
La expedición estará acompañada por Fernando Suárez, párroco de Santiago Apóstol de Montilla y vicerrector de la Basílica Pontificia de San Juan de Ávila. Su presencia da continuidad a una relación misionera que ha ido arraigando entre los jóvenes de la localidad desde que aquel primer grupo regresó de Perú y compartió una experiencia que conmovió a buena parte de la juventud montillana que, de algún modo, ha querido seguir los pasos del patrón de la localidad, san Francisco Solano.
Y es que los relatos de aquellos participantes despertaron el interés de nuevos voluntarios que, a lo largo del curso, se han formado para dedicar una parte de sus vacaciones estivales al servicio de las comunidades de Picota. Entre ellos se encuentran Gema Jordán y Jesús Tubío, dos jóvenes que afrontan el viaje como una oportunidad para entregarse a los demás y profundizar en su fe.
En el caso de Gema Jordán, escuchar las vivencias de quienes habían viajado anteriormente a Perú alimentó su deseo de experimentar la sensación de dar y servir. La joven espera contribuir a la misión y convertirse en un nexo de unión que permita a otras personas conocer a Jesucristo. El amor que asegura haber recibido de Dios es el principal motivo por el que ha decidido dedicar sus vacaciones a ayudar a quienes más lo necesitan.
Además, Gema Jordán entiende el servicio a los demás como una forma de devolver ese amor recibido. Sin embargo, también es consciente de que la labor misionera no se limita a los países con mayores necesidades materiales. A su alrededor, señala, también existen personas solas, vulnerables o necesitadas de acompañamiento y del amor de Dios.
De igual modo, Jesús Tubío encontró un estímulo decisivo en el testimonio de los jóvenes que estuvieron en Perú hace dos veranos. Considera que se encuentra ante una experiencia irrepetible que le permitirá crecer y entregarse a las personas que necesitan ayuda. También asume que durante la misión surgirán momentos difíciles, aunque confía en superarlos con la fuerza de Dios y el apoyo de sus compañeros.
Para este joven, haber crecido en una familia que le ha enseñado a situar a Dios en el centro de su vida ha marcado su forma de entender la entrega. Dedicar su tiempo libre a los demás representa, a su juicio, una manera de aceptar la misión que el Señor tiene pensada para él. Esa ayuda, insiste, no debe quedar restringida a los países empobrecidos ni limitarse a la asistencia material, ya que acercar a Dios a quien no lo conoce también resulta esencial porque "el que vive con Él vive mejor".
Por otro lado, la llegada de este grupo coincide con un periodo de relevo en la presencia sacerdotal de la diócesis de Córdoba en Perú. Nicolás Rivero se ha despedido de la feligresía de la parroquia Virgen del Perpetuo Socorro de Picota después de cuatro años de servicio pastoral y ha regresado a España para asumir un nuevo destino en Córdoba.
Antes de su marcha, el sacerdote grabó un vídeo en el que dio gracias a Dios "por el tiempo que le ha regalado" en esta parroquia. Nicolás Rivero reconoció que había sido "muy feliz" durante su estancia en Perú y expresó su agradecimiento a los animadores de las comunidades cristianas y a todas las personas que se cruzaron en su camino. Según destacó, esas experiencias lo ayudaron a ser "mejor sacerdote".
Asimismo, el presbítero recordó el apoyo que recibió de sus compañeros durante estos cuatro años. A su llegada encontró refugio en Antonio Reyes, a quien agradeció su "ayuda y cercanía" durante los dos años que compartieron. En la segunda mitad de su estancia convivió con Borja Redondo, al que considera "un hermano". La convivencia sacerdotal y el trabajo compartido en la misión fueron dos pilares importantes de esta etapa.
En su despedida, Nicolás Rivero pidió humildemente a los fieles que rezaran por él y perdonaran sus pecados. La comunidad respondió con una misa de acción de gracias en la que reconoció "su entrega, dedicación y servicio" y agradeció que, durante estos cuatro años, hubiera sembrado "fe, esperanza y amor". Aunque un nuevo encargo pastoral lo espera en Córdoba, el sacerdote conservará el recuerdo de su paso por Perú.
En su lugar está previsto que llegue en septiembre Jesús María Moriana, nombrado el pasado mes de junio por el obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, misionero ad gentes de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Moyobamba. Hasta ahora había ejercido como párroco de San Mateo Apóstol de Lucena, responsabilidad que compaginó con la de vicario de la Campiña en el último Consejo Episcopal.
Pasado el verano, Jesús María Moriana viajará a Perú para asumir su nuevo servicio pastoral junto a Borja Redondo, que acompaña actualmente la Misión diocesana. El sacerdote recibió el nombramiento con "alegría", pues hacía muchos años que había solicitado participar en este proyecto. Al mismo tiempo, ha reconocido sentir "cierto miedo y respeto" ante una labor muy diferente de los encargos desempeñados hasta ahora.
En ese sentido, Moriana espera "recibir mucho" durante esta nueva etapa y colaborar llevando al Señor y prestando toda la ayuda que resulte posible. El cambio representa un "reto", ya que una parroquia de misión constituye una "novedad" dentro de un territorio apartado, aunque afronta el destino poniéndose en manos de Dios.
A pocas semanas de su partida, el sacerdote ha asegurado que en su equipaje no faltará la "ilusión". También ha pedido "oración y el compromiso" de mantener presentes a la misión y a las personas más necesitadas. Su estancia en Perú tendrá una duración determinada, pero, como ha recordado, la tarea encomendada por el Señor "dura siempre".
Seminaristas y misioneros
Además del grupo integrado por jóvenes de Montilla, Córdoba y Jerez, nueve seminaristas viajarán a Perú junto al vicerrector del Seminario Conciliar San Pelagio, Guillermo Padilla, y al sacerdote Ángel González, ordenado el pasado 27 de junio. Su participación en la misión se desarrollará entre el 27 de julio y el 27 de agosto.
Pedro Baena será uno de los seminaristas que vivirán esta experiencia por primera vez. La preparación del grupo ha concedido especial importancia a la dimensión espiritual, pues sus integrantes consideran que es el Señor quien los llama a la misión y a llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Durante los últimos meses han mantenido encuentros periódicos para preparar las catequesis que impartirán en las comunidades peruanas.
Al mismo tiempo, este periodo de formación ha fortalecido la dimensión comunitaria. Los seminaristas ven el viaje como una oportunidad para crecer en fraternidad, y Pedro Baena confía en que el mes compartido en Perú afiance la comunión entre ellos.
Una vez en Picota, se pondrán a disposición de Borja Redondo para visitar las comunidades que les sean encomendadas y aportar su "pobre persona, su pobre testimonio". Pedro Baena considera que su labor deberá transmitir la alegría de haberse encontrado con el Señor y de haber descubierto el amor de Dios y del Evangelio.
No obstante, el seminarista reconoce que enfrentarse a la realidad de un país con numerosas carencias supondrá un "choque fuerte". Muchas de esas dificultades son materiales, mientras que las personas que conocen los misioneros viven, según su experiencia, con "un corazón más alegre" porque tienen a Dios. Frente a ello, Baena observa que las sociedades con mayores recursos materiales pueden terminar relegando la dimensión espiritual.
De hecho, quienes han participado anteriormente en Picota suelen coincidir en que los principales evangelizados terminan siendo los propios misioneros. La fe sencilla de las comunidades y su forma de afrontar las dificultades dejan una huella profunda en quienes llegan desde España con la intención inicial de ayudar.
Por su parte, Ángel González viajará a Perú pocas semanas después de haber recibido la ordenación sacerdotal. El presbítero ha reconocido que todavía no es "totalmente consciente" de la gracia que puede recibir con esta oportunidad. Espera que la misión favorezca su "conversión" y le permita conocer más a Jesús. Si su testimonio ayuda a acercar al Señor a otras personas, considera que obtendrá el "ciento por uno".
El sacerdote también ha recordado que no todas las personas pueden participar presencialmente en una misión, aunque existe una "dimensión esencial" al alcance de todos: la oración y el ofrecimiento. A partir del ejemplo de la Madre Teresa de Calcuta, ha explicado que no es necesario viajar lejos para ayudar al prójimo.
Así, Ángel González ha invitado a reconocer que existen "Picotas en nuestras propias casas", entre los amigos y en los ambientes cotidianos. La primera misión comienza en el entorno más próximo, por lo que ha pedido que "abramos los ojos" para descubrir las necesidades cercanas y convertir el servicio diario en una expresión del amor de Dios.
Dieciséis años de un puente misionero
La relación entre la diócesis de Córdoba y la Misión de Picota comenzó a consolidarse el 12 de octubre de 2010, cuando los sacerdotes Francisco Granados y Juan Ropero partieron hacia Perú acompañados por el entonces obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández. Desde 2007, distintos grupos de laicos y seminaristas ya habían realizado misiones puntuales en aquel territorio.
En aquel momento, el obispo de Córdoba firmó un convenio de colaboración con el obispo prelado de Moyobamba para establecer un puente misionero destinado a atender la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Picota. Francisco Granados y Juan Ropero fueron los primeros sacerdotes diocesanos enviados en virtud de este acuerdo.
Desde entonces, la colaboración ha permitido sostener económicamente distintas iniciativas desarrolladas en Moyobamba, además de mantener una corriente permanente de oración. El convenio nació con la finalidad de evangelizar aquel territorio, responder a las necesidades materiales de sus habitantes, escuchar sus inquietudes espirituales y acompañarlos en su formación cristiana.
A través de esta labor, las comunidades reciben formación para que sus integrantes puedan llegar a otras personas como animadores cristianos. Sacerdotes, seminaristas y laicos mantienen así una vinculación continua con Picota, impulsada por la Delegación Diocesana de Misiones y por las parroquias que cada año organizan grupos para participar en el proyecto.
Durante estos años han ejercido como misioneros en Picota ocho sacerdotes diocesanos: Francisco Granados, Juan Ropero, Leopoldo Rivero, Francisco José Delgado, Rafael Prados, Antonio Javier Reyes, Nicolás Rivero y Borja Redondo. A ellos se sumará después del verano Jesús María Moriana, que dará continuidad a una presencia pastoral iniciada hace dieciséis años.
El testimonio compartido por quienes han pasado por la misión coincide habitualmente en una misma enseñanza: los participantes reciben mucho más de lo que inicialmente creen ofrecer. La convivencia con las comunidades de Picota les permite comprobar que la felicidad no depende únicamente de los bienes materiales y que, desde su experiencia de fe, la confianza en Dios constituye un apoyo fundamental ante las dificultades.
JUAN PABLO BELLIDO / REDACCIÓN
FOTOGRAFÍA: DIÓCESIS DE CÓRDOBA
FOTOGRAFÍA: DIÓCESIS DE CÓRDOBA


















































