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Miguel Molina de la Torre: el primer alumno del Colegio Salesiano de Montilla

La Familia Salesiana de Montilla recuerda hoy al sacerdote Miguel Molina de la Torre, primer alumno del Colegio Salesiano, coincidiendo con el 90.º aniversario de su asesinato en la localidad malagueña de Ronda, donde desempeñaba el cargo de vicario-administrador del Colegio del Sagrado Corazón.


Nacido en Montilla el 17 de mayo de 1887, Miguel Molina de la Torre creció en el seno de una familia humilde y cristiana, estrechamente vinculada a la obra de Don Bosco. De hecho, cuando solo contaba 12 años de edad, quedó inscrito como primer alumno de la Casa Salesiana fundada en el mes de octubre de 1899, cuando la congregación se estableció en la casa de Teresa Enríquez, ubicada en el Llano de Palacio, junto al singular arco de Santa Clara.

En ese lugar inició sus estudios Miguel Molina de la Torre antes de incorporarse como aspirante a la comunidad de Sevilla-Santísima Trinidad, donde comenzó a encauzar su vocación religiosa y sacerdotal. Posteriormente, continuó su formación en Carabanchel Alto, adonde llegó el 17 de octubre de 1904.

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Al año siguiente inició el noviciado y el 28 de septiembre de 1906 realizó su profesión religiosa en Sevilla. Durante los dos años siguientes alternó los estudios de Filosofía con la enseñanza, una combinación que marcaría toda su trayectoria como salesiano, educador y sacerdote.

Entre 1908 y 1917 permaneció en Utrera. Durante los primeros cinco años compaginó las prácticas pedagógicas con los estudios de Teología, que culminaron con su ordenación sacerdotal el 20 de septiembre de 1913 en Jerez de la Frontera. En los tres años posteriores ejerció como consejero escolar y desarrolló las primeras tareas de su ministerio sacerdotal.

Tras aquella primera etapa, desempeñó durante otros dos años el mismo cometido en Córdoba. Más tarde asumió el cargo de prefecto-administrador en el Colegio del Sagrado Corazón de Ronda, donde permaneció entre 1919 y 1927. Desde allí fue destinado a Sevilla-Santísima Trinidad, centro en el que ejerció también como prefecto-administrador entre 1927 y 1930.

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Después regresó a Córdoba como catequista y, finalmente, volvió a Ronda, donde trabajó como prefecto desde 1933 a 1936, año en que lo sorprende el golpe de Estado a instancias de los sublevados y la posterior persecución religiosa que se desencadenó con la Guerra Civil.

La documentación conservada por la Inspectoría Salesiana Santiago el Mayor sobre su personalidad destaca su preparación, su capacidad para la enseñanza y una forma de relacionarse marcada por la cercanía. La comunidad de Utrera apoyó su admisión al orden del subdiaconado al apreciar en él “excelente espíritu religioso, aplicación y notable disposición al estudio. Obediente y humilde, desempeña con gran celo sus ocupaciones”.

Los testimonios incorporados a su causa de beatificación —que culminó el 28 de octubre de 2007 en Roma, gracias al Papa Benedicto XVI— subrayan sus cualidades humanas y docentes. “Nuestro don Miguel se distinguió siempre por su gran corazón y por sus extraordinarias dotes que supo poner al servicio de su misión de educador y maestro. Era un elocuente orador, licenciado en Filosofía y Letras... Era el prototipo de la hidalguía, y alentaba a los hermanos más jóvenes en el desempeño de sus actuaciones”, resalta la Inspectoría Salesiana Santiago el Mayor.

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También se conserva el recuerdo de quienes fueron sus alumnos. Uno de aquellos testimonios afirma que “tanto en Ronda como en Utrera tenía reputación entre los alumnos de ser muy bueno, muy amable, un profesor competente que no se enfadaba con los alumnos, aunque era justo... Dejó fama de bondad refinada”.

Sin embargo, la situación de la comunidad religiosa de Ronda cambió de manera abrupta a partir del 18 julio de 1936, cuando tuvo lugar el golpe de Estado militar contra el Gobierno de la Segunda República, un acontecimiento que marcó el inicio de la Guerra Civil española.

Los dos colegios salesianos de la ciudad malagueña fueron los últimos centros religiosos atacados en aquellos días. El 21 de julio, un grupo de milicianos armados registró durante tres horas el Colegio del Sagrado Corazón en busca de armas, aunque la inspección no permitió localizar ninguna.

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La Inspectoría Salesiana Santiago el Mayor señala que los milicianos buscaron “durante tres horas infructuosamente por todos los rincones de la casa las armas, que creían que poseían los salesianos en gran cantidad”. Dos días después, el 23 de julio, el registro se repitió en medio de una situación más violenta.

Durante aquella segunda irrupción, Miguel Molina y otro salesiano, el padre Torrero, fueron encerrados y amenazados para que revelasen el supuesto escondite de unas armas que no habían aparecido. Miguel Molina fue colocado en el patio de cara a una pared y temió que su vida terminase en aquel momento.

Mientras se producían los asaltos, la capilla del colegio sufrió graves daños. El sagrario fue forzado, las formas consagradas quedaron esparcidas por el suelo y la imagen del Sagrado Corazón fue destrozada. Según el testimonio de Manuel María Martín, estudiante de Teología que pasaba allí las vacaciones, Miguel Molina reaccionó ante aquellos hechos insistiendo en el perdón. "¡Pobrecitos, hay que perdonarlos!", repetía el religioso montillano.

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Otro episodio recogido en la documentación que fundamentó su causa de beatificación relata que el cocinero del colegio fue atado a una encina y golpeado para que declarase contra Miguel Molina. "Pese a las agresiones, el trabajador manifestó que no tenía nada contra él y que los salesianos eran muy buenos", detallan los documentos.

La presión sobre la comunidad salesiana continuó durante la madrugada del 24 de julio. Los milicianos regresaron al colegio y encerraron a los religiosos en la pequeña habitación del portero, donde algunos de ellos se confesaron. Hacia el mediodía recibieron la orden de abandonar el edificio. De este modo, los salesianos dispusieron de pocos minutos para recoger algo de ropa antes de bajar al comedor, escoltados por hombres armados que los amenazaban e insultaban.

Los mismoa testimonios sostienen que la salida del colegio estuvo marcada por una despedida especialmente dolorosa. Los religiosos se abrazaron antes de separarse, conscientes del peligro al que se enfrentaban: “¡Ánimo! ¡Don Bosco nos espera! ¡Hasta el cielo!”.

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Miguel Molina abandonó el centro entre lágrimas y se dirigió a la pensión Progreso, cuyo propietario era un empleado municipal conocido por su relación con el colegio. A la mañana siguiente recibió la noticia de la muerte del director y del confesor de la comunidad, los padres Torrero y Canut, considerados los primeros salesianos asesinados en Ronda durante aquellos días.

Miguel Molina permaneció en la pensión hasta la noche del 27 al 28 de julio. Durante las primeras horas de la mañana del martes 28, un piquete de milicianos acudió a buscarlo y se lo llevó junto a otros tres salesianos procedentes de la otra casa que la congregación mantenía en Ronda. Los religiosos fueron introducidos en un vehículo conocido popularmente como el Drácula debido a la función que desempeñaba durante aquellos días. Antes de partir, Miguel Molina pronunció una breve plegaria: “¡Jesús mío, ten piedad de mi!”.

La documentación de la Inspectoría Salesiana sostiene que no fueron trasladados ante ningún comité. Atados de dos en dos, fueron conducidos hasta las tapias del cementerio de Ronda, donde recibieron la descarga que acabó con sus vidas. Miguel Molina tenía 49 años y faltaban menos de dos meses para que se cumplieran 23 años desde su ordenación sacerdotal. Sus restos fueron sepultados posteriormente en la fosa común del cementerio.

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La documentación que sustentó su causa de beatificación recoge el testimonio del ingeniero químico Manuel Ortega, quien tuvo conocimiento de la manera en que Miguel Molina afrontó sus últimos momentos. La Inspectoría Salesiana Santiago el Mayor señala que “Ortega recogió el rumor de que don Miguel había muerto con fortaleza cristiana y por el único motivo de que quien era sacerdote estaba sentenciado”.

Ese mismo testimonio alude también a la fama de santidad que fue creciendo en Ronda en torno a Miguel Molina. Manuel Ortega, que había sido republicano de izquierdas y concejal del Ayuntamiento, dejó constancia de la consideración que la figura del salesiano montillano fue adquiriendo entre quienes conocieron su trayectoria y las circunstancias de su muerte.

Noventa años después de su asesinato, Montilla conserva su recuerdo en el callejero urbano. No en vano, Miguel Molina da nombre a una calle situada a espaldas de la Plaza de la Rosa, muy cerca del Colegio Salesiano y en un entorno donde se encuentran las Escuelas del Pescao, la antigua Casa de la Cultura y la popular Casa de Las Camachas.

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La efeméride de este 28 de julio vuelve a unir Montilla y Ronda a través de la memoria de quien fue el primer alumno de la casa salesiana montillana y dedicó cerca de tres décadas a la formación, la administración escolar, la catequesis y el sacerdocio. Su muerte, ocurrida de manera trágica junto a las tapias del cementerio rondeño el 28 de julio de 1936, cumple hoy 90 años.

JUAN PABLO BELLIDO / REDACCIÓN
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL

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