Mensajero de nuestros vinos. Esto es el Maestro Moriles, un estupendo y admirado artista que, desde hace casi medio siglo, hace de su propia identidad una defensa de lo que mejor nos representa. Este apelativo, además, lo diferencia de otros músicos y de inmediato lo relaciona con la provincia de Córdoba, de la que procede. Su vida da, no para una canción, sino para una sinfonía completa. Maestro Moriles es un seudónimo que suena bien. Es atractivo, armónico, eufónico, como diría algún clásico.
Resulta tan peculiar que ha terminado por ocultar su verdadero nombre y apellido, que es Enrique Castejón. Así es como se mueve por el mundo. Le sirve de anuncio en los carteles y programas, y todo quisqui lo conoce como Maestro Moriles. Ahondar en su personalidad lo entronca con el último sabio de Córdoba, ya lo verán. Pero ¿cuál es el origen, nunca mejor dicho, de esta curiosa y singular denominación de origen?
“En realidad, lo del sobrenombre de Maestro Moriles no lo adopté yo, sino que me lo adoptaron. Esto fue idea de un periodista que trabajaba en 'La Guía del Ocio' de Madrid. Yo por entonces dirigía y arreglaba el repertorio de una orquesta de baile para fiestas, celebraciones y verbenas. Actuábamos en las muchas ferias que había en todos los pueblos en los años ochenta, y también en los barrios de Madrid. Era La Orquesta Imposible”.
O sea, fue una casualidad. En ocasiones, una ocurrencia termina por marcar el destino. Y esto, justamente, es lo que sucedió. Maestro Moriles es el resultado de una invención afortunada, un truco periodístico para dar categoría. En este ingenioso apodo se aúna gracia y sabiduría. Magisterio, vaya, en una palabra. Un genial golpe de efecto soñado por cualquier publicista.
“Se dio la circunstancia que mi amigo el periodista también tocaba con nosotros, era el clarinetista. Así que se hizo una autoentrevista para promocionarnos en las Fiestas de San Isidro. El Ayuntamiento nos había contratado para un par de escenarios, de modo que quiso dedicarnos una página completa en aquella revista, hablando de La Orquesta Imposible, de sus componentes y de sus historias”.
“Él sabía cómo me llamaba, pero ignoraba mi apellido, así que como yo vengo de Córdoba, se le ocurrió ponerme Maestro Moriles, que le parecía mucho más original, audaz y simpático. Y además, como yo en esa época ya hacía de embajador de los vinos de Montilla-Moriles en Madrid, resultó muy acertado. Siempre le insistía a todo el mundo que era un vino fantástico; vaya, era lo que se dice un verdadero heraldo de su calidad y prestigio”.
Aquel sobrenombre estaba bien puesto. A fin de cuentas, Enrique Castejón era, tal como él mismo se define, una especie de emisario. Predicaba nuestros vinos siempre que tenía ocasión. Hacía misión con ellos, realizaba un eficaz apostolado en cada barra de bar.
“Lo normal es que cuando salíamos de marcha, siempre acabábamos tomando nuestros vinos. Yo, desde luego, pedía Moriles y los demás pedían cerveza u otras cosas. Al final, dadas mis preferencias, decidió ponerme Maestro Moriles. Y así salió publicado en 'La Guía del Ocio', que entonces tenía una enorme difusión. Yo qué sé; lo vieron dos millones de personas. En ese momento, perdí mi nombre real, que es Enrique Castejón, para ser el Maestro Moriles para el resto de los días”.
Enrique, ya se ha dicho, es un gran amante de los vinos de Córdoba. Lo pregona en cada actuación, en cada folleto donde aparece su nombre. Y sin embargo a nadie en su tierra le ha dado por darle las gracias. Qué menos. Lo lleva a gala en entrevistas y en su vida cotidiana, pero hasta ahora sin la más pequeña y mínima recompensa, ¿a qué se espera para hacerlo? Digo yo.
“Oficialmente no he recibido ningún tipo de reconocimiento, aunque tampoco lo he buscado. En Córdoba capital, cuando fuimos a grabar el disco con PVP, bromeábamos con esto, pero sin darle mayor importancia. Hombre, ya me hubiera gustado algún detalle”.
“Pero nunca se ha producido. Ni por parte de Moriles ni de ninguna bodega, aunque hubiera sido estupendo tener algún regalo (bromea). Una botellita de cualquier bodega. Pero así es la vida. Yo, de todas formas, no elegí el nombre: me vino dado y estoy muy agradecido”.
“Es un nombre fantástico. Todo el mundo aquí en Segovia me conoce por Moriles, lo que es un orgullo. He trabajado con artistas cordobeses, entre ellos Emilio José, que nació en Fernán Núñez. Con él hemos estado por toda Andalucía y hemos tocado en muchos pueblos de Córdoba. Una vez, Komando Moriles, una banda de ska de La Bisbal en Gerona, se puso en contacto conmigo para quedar, por esta afinidad de tener el mismo nombre, de compartir raíces. Pero no llegó a fraguar una reunión”.
El día a día de los músicos suele incluir mucho trasnoche. Y entonces, después de la actuación, llegaba el momento de confraternizar y disfrutar del tiempo libre. Y a la hora de elegir bebida, resultaba natural que se notara de dónde es cada uno. En este sentido, Emilio José y el Maestro Moriles no tenían duda. O Moriles o Montilla, como rezaba aquel inmarchitable eslogan.
“Cuando salíamos a tomar algo, Emilio José era uno de los que, invariablemente, tomaban un buen fino. Íbamos con algunos compañeros malagueños, el bajista y el batería, que no solían tomarlo, pero nosotros sí. Era lo habitual. Él estaba acostumbrado a los generosos. Cantaba fandangos como nadie, aparte de todo su repertorio melódico. Estaba muy enraizado con las costumbres y el folclore de su pueblo natal. En el cante era fantástico, escuchándolo te caías de espaldas. Lo pasé muy bien a su lado”.
Pero es sabido que la carretera es el peor enemigo de los músicos —mánagers desalmados y codiciosas compañías discográficas aparte—. En aquellas rutas interminables de giras veraniegas a troche y moche al Maestro Moriles le aguardaba un trago amargo que modificó sus planes, su modo nómada de vida.
“Lo que pasa es que yo tuve un accidente tremendo al regreso de un concierto en Huelva. Íbamos en dirección a Madrid y yo conducía la furgoneta con todo el equipo de sonido, porque el técnico se había puesto malo. Y tuvimos un grave siniestro”.
“Como consecuencia, me pasé un montón de tiempo sin actuar. Dejé de tocar con Emilio José y, en general, aquello me apartó del directo, salvo con algunos artistas puntuales. Por ejemplo, fui durante algunos años el pianista de Bibi Andersen (Bibiana Fernández). Y con ella siempre he ido cuando lo ha necesitado”.
“En ese momento abandoné los escenarios y solo me limitaba a grabar discos, a trabajos en estudios, además de a componer canciones que siempre las firmaba bajo el nombre de Maestro Moriles. Y de esta manera trabajé con otros importantes artistas como Micky, que siempre ha sido un tipo fabuloso”.
La música siempre ha sido para él como un primer amor irrenunciable, aunque, a efectos prácticos, sea insuficiente o poco útil para vivir con cierta holgura, para cubrir las exigencias del día a día. Este hecho le llevó a buscar alternativas económicas y laborales, sin abandonar del todo los escenarios.
Eso nunca. Lo de estar unido a las tablas es, para él, regla intocable. Tan definitorio de su carácter, aunque sin necesidad de tanto dramatismo, casi como el juramento de Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó. No estaba dispuesto a rendirse. Esto, como su propio alias, no era negociable.
“Busqué una salida en la informática. Monté una empresa en este sector que tuvo cierto éxito, tanto que en un momento dado me decidí a aceptar una oferta de mi socio que estaba interesado en quedarse con mi parte de la sociedad”. De modo que tuvo puntería al reencauzar su vida después de su accidentada y forzosa salida del mundo de la música. En esta etapa, el vino y la gastronomía de su infancia se convertirían, quién lo iba a decir, en sus mejores aliados en la profunda Castilla, aunque aún le quedaban otros escollos dolorosos antes de reemprender la carrera musical.
“Y con ese dinero y alguna ayuda de la familia, me compré un restaurante en un pueblecito de Segovia que se llama La Losa. Y aquí nos especializamos en comida y bebida cordobesa. Empezamos a hacer flamenquines, salmorejo y, por supuesto, a servir vino de Moriles. La gente venía a probarlo. Venían de El Escorial, de La Granja, clientes que se aficionaron a nuestros vinos y a nuestra gastronomía”.
“Durante un tiempo el negocio funcionó, pero luego, por desgracia, mi esposa falleció, con lo que yo dejé de tener tanto interés en el restaurante. Lo dejé y ahora lo lleva el hijo de mi segunda esposa. Me quedé a vivir en Segovia por amor. Esa es la cuestión”.
Que se haya anclado en Castilla, en un clima tan diferente, no supone como se puede apreciar una renuncia a sus señas de identidad cordobesas. En su caso, además, pertenece a una familia que ha dejado honda huella en la cultura y la ciencia.
Enrique Castejón (el apellido nos orienta) es nieto de don Rafael Castejón y Martínez de Arizala, ilustre profesor y director de la Escuela de Veterinaria, arabista y político. Gran intelectual, en suma, que, entre otras numerosas actividades, todas de gran mérito, fue director de la Real Academia de Córdoba.
“Era mi abuelo. Yo soy hijo de Rafael Castejón Calderón, que también era cordobés y que, como su padre, sobresalió en las Letras y las Artes. Llegó a Madrid en tiempos duros, en aquellos años difíciles de la posguerra. Se hizo con un puesto en la Administración pública, llegando a ser jefe de enseñanza de la música en la capital de España. Él estaba muy interesado en que yo estudiara piano y así fue como hice la carrera en esta especialidad en el conservatorio. Y aunque no vivíamos en Córdoba, regresábamos a casa de mi abuelo siempre que podíamos”.
Don Rafael Castejón, fallecido el 15 de junio de 1986, redondeó una vida plena. Tenía autoridad y sólido conocimiento en muy variadas materias, lo que hacía que, en su caso, el término de polígrafo resultara estrecho, insuficiente, dada su inabarcable sabiduría.
En Montilla conoció y trató con afecto a José Ponferrada Gómez, al que propuso en diferentes ocasiones que ingresara en la Real Academia de Córdoba, sin éxito. Buena prueba de esta consideración es lo que escribió en el periódico Córdoba del 17 de abril de 1981 elogiando abiertamente Vilanos sobre Montilla, segundo libro de Ponferrada: “Es un libro encantador en el que van desfilando, con abundancia de documentación erudita, los personajes, sucesos y acontecimientos de toda índole que al paso de los siglos ha ido produciendo el generoso espíritu montillano”.
Hay afecto sincero en estas líneas sobre Ponferrada, “quien descubre nuevos valores, deshace errores y coloca a un sinnúmero de montillanos valiosos en los más encumbrados puestos de la Corte de los Austrias”. Y si por este riguroso análisis que excede lo protocolario y convencional, Castejón es una persona inolvidable para la familia Ponferrada —cabe suponer que mucho más lo es entre sus propios descendientes—, en cuya memoria dejó huella intacta.
“Tengo recuerdos muy tiernos de mi abuelo, don Rafael Castejón, un hombre verdaderamente grande. Él fue el que me enseñó a beber fino, a diferenciarlo, a cómo había que pedirlo, a qué temperatura había que servirlo. Al charlar con él, descubrí que era mucho más de lo que mi padre me había contado”. “Había sido director general de Sanidad con el Gobierno de Alejandro Lerroux en la época de la Segunda República. Yo iba a verle con frecuencia y recuerdo las conversaciones con él”.
“En una ocasión me llevó al Alcázar de Córdoba por las Caballerizas Reales y entonces me llevó a un sitio concreto donde estuvo detenido. Me dijo: aquí estuve yo un mes entero esperando a que vinieran a matarme. El pobre hombre había estado allí preso cuando el levantamiento militar de Franco y había estado condenado a muerte. En fin, fue una cosa que yo no sabía. Me lo contó él allí mismo, 'in situ'”.
La vivienda familiar de sus abuelos forma parte del patrimonio artístico de Córdoba. Ahora, readaptado a este fin, es un lujoso 5 estrellas que conserva frescos históricos y arquitectura original. El Hospes Palacio del Bailío guarda, además, un antiguo vínculo con la estirpe de El Gran Capitán.
Como su propia denominación sugiere está cerca de la Cuesta del Bailío, un rincón que Enrique aprecia en especial, no únicamente por razones sentimentales, sino también de tipo profesional. Fue el lugar en el que se grabó uno de los discos más renombrados del grupo PVP, del que él formó parte.
“En aquella época, sobre 1986 si no recuerdo mal, estábamos preparando un disco con producción de Teddy Bautista que, entonces, además de gran compositor y arreglista, era presidente de la Sociedad General de Autores, o estaba a punto de serlo. Estábamos ultimando las canciones para grabarlas y a él y al otro productor que se llamaba Javier Carrasco les pareció buena idea que tuviéramos una especie de retiro espiritual para preparar las canciones a fondo, y yo propuse que fuéramos a grabar a la casa de mi abuelo, a la casa del Bailío, por eso esta obra se llama así”.
Es pues un disco con historia mayúscula. Está impregnado de esa atmósfera refinada que vino a ensanchar el catálogo sonoro de la formación. Lo financió la multinacional Virgin, aunque con un resultado comercial desigual. La crítica lo recibió sin entusiasmo. Lo sentenció arguyendo que representaba un desvío desafortunado de los principios estéticos del grupo. Para los músicos, sin embargo, sí que fue una buena experiencia.
“Allí nos fuimos todos. Había espacio de sobra, trabajamos a gusto. Allí nos instalamos y estuvimos todo el tiempo necesario para grabar todas las canciones, el contenido completo del álbum”. “Fue el último que se registró con esta formación, porque luego siguió una especie de disolución. Estuvo mucho tiempo sin tocar, aunque ahora creo que se ha vuelto a juntar. Hicieron giras y sacaron un par de discos más, pero ya sin mí. No tengo nada que ver con esta nueva y última fase”.
“No tengo relación con ellos. Pero aquel disco del Bailío quedó bien e, incluso, una de sus canciones fue muy exitosa. La cogieron de sintonía en un programa deportivo en Argentina. Triunfamos con esta canción fuera, aunque aquí en España no tuvo tanta repercusión. Eso sí, con aquel triunfo de ventas fuera de España hicimos las Américas”.
En el campo musical puede presumir de una envidiable hoja de servicios. PVP, a los que aportó una variada gama de teclados, es solo un capítulo. Dicen de él, del Maestro Moriles, que ha actuado en los escenarios más insólitos incluyendo desde Disneylandia a los tugurios más sórdidos del barrio chino de Valencia. Pero esto, que no deja de ser una frase divertida al describir los insólitos escenarios a los que ha ido a parar, sería constreñir su dilatada carrera a una anécdota. Y no sería justo. Vean si no.
Ha grabado con La Frontera, Hamlet, Aerolíneas Federales y Antonio Vega. Ha compuesto para cine, televisión y teatro. Es un multinstrumentista que se ha codeado en la producción con Phil Manzanera, Rafael Trabuchelli y Jaime Marqués. Es asombroso el historial de Enrique Castejón Maestro Moriles, cuya colección de sabores musicales es tan amplia y compleja como lo son los vinos generosos que inspiran tan sureño sobrenombre.
El jazz, la bossa nova y, cómo no, los sonidos flamencos orientan ahora su rumbo. Últimamente suele compartir escenarios con Ignacio Vidaechea El Búho, vuelo nocturno con un compañero que viene de tocar con Manolo Sanlúcar, Eva Yerbabuena, Carmen Linares, Joaquín Cortés y Javier Barón, pureza y vanguardia de lo jondo.
“He tenido la suerte de cuajar una gran relación de amistad con Ignacio Vidaechea, al que se conoce como El Búho, un saxofonista segoviano, también flautista que ha estado con todos los grandes en giras por todo el mundo, junto a flamencos de postín. Toca muy bien la flauta flamenca y ha estado en cuadros flamencos con marchamo internacional”.
“Es un gran músico y desde que nos conocimos y decidimos hacer conciertos juntos, la verdad es que nos va muy bien en numerosas actuaciones y colaboraciones. Es a lo que más me dedico. Me encanta y es lo que más me divierte. Pero, vaya, estoy en otros grupos con más amigos”.
“Estoy interesado en ayudar a la gente a disfrutar de la música, porque, por ejemplo, también dirijo un coro de góspel aquí en Segovia. No son profesionales, pero funciona. Ya van cantando. Incluso, nos contratan por ahí y nos pagan (bromea). Yo es que siempre he tenido la cosa que más que lucirme yo, que no toco tan bien, lo que considero importante es apoyar a quienes tengo a mi alrededor a disfrutar de la música, participando en coros, en orquestas. A esto me dedico”.
Lleva mal el distanciamiento físico de su tierra natal. Pero como dice el refrán, "con buen vino se anda el camino", que está abierto al son de la música. ¿Quién dice que no encajaría de fábula en alguna edición del Montijazz Vendimia?
“Me parece fantástico. Además, el año que viene como ya estaré jubilado de mi otro trabajo (informática, programación y diseño de páginas web), podré viajar con mucha más facilidad. Estaría encantado de ir a tocar allí con la formación que mejor convenga. Es fabuloso actuar con El Búho porque el público se pone loco en cuanto se pone a soplar”. Soplan, pues, buenos vientos. Y, en fin, qué duda cabe que sería la ocasión propicia para poder disfrutar a gusto de un buen vino en una bodega. Dónde mejor. Palabra del Maestro Moriles.
Resulta tan peculiar que ha terminado por ocultar su verdadero nombre y apellido, que es Enrique Castejón. Así es como se mueve por el mundo. Le sirve de anuncio en los carteles y programas, y todo quisqui lo conoce como Maestro Moriles. Ahondar en su personalidad lo entronca con el último sabio de Córdoba, ya lo verán. Pero ¿cuál es el origen, nunca mejor dicho, de esta curiosa y singular denominación de origen?
“En realidad, lo del sobrenombre de Maestro Moriles no lo adopté yo, sino que me lo adoptaron. Esto fue idea de un periodista que trabajaba en 'La Guía del Ocio' de Madrid. Yo por entonces dirigía y arreglaba el repertorio de una orquesta de baile para fiestas, celebraciones y verbenas. Actuábamos en las muchas ferias que había en todos los pueblos en los años ochenta, y también en los barrios de Madrid. Era La Orquesta Imposible”.
O sea, fue una casualidad. En ocasiones, una ocurrencia termina por marcar el destino. Y esto, justamente, es lo que sucedió. Maestro Moriles es el resultado de una invención afortunada, un truco periodístico para dar categoría. En este ingenioso apodo se aúna gracia y sabiduría. Magisterio, vaya, en una palabra. Un genial golpe de efecto soñado por cualquier publicista.
“Se dio la circunstancia que mi amigo el periodista también tocaba con nosotros, era el clarinetista. Así que se hizo una autoentrevista para promocionarnos en las Fiestas de San Isidro. El Ayuntamiento nos había contratado para un par de escenarios, de modo que quiso dedicarnos una página completa en aquella revista, hablando de La Orquesta Imposible, de sus componentes y de sus historias”.
“Él sabía cómo me llamaba, pero ignoraba mi apellido, así que como yo vengo de Córdoba, se le ocurrió ponerme Maestro Moriles, que le parecía mucho más original, audaz y simpático. Y además, como yo en esa época ya hacía de embajador de los vinos de Montilla-Moriles en Madrid, resultó muy acertado. Siempre le insistía a todo el mundo que era un vino fantástico; vaya, era lo que se dice un verdadero heraldo de su calidad y prestigio”.
Aquel sobrenombre estaba bien puesto. A fin de cuentas, Enrique Castejón era, tal como él mismo se define, una especie de emisario. Predicaba nuestros vinos siempre que tenía ocasión. Hacía misión con ellos, realizaba un eficaz apostolado en cada barra de bar.
“Lo normal es que cuando salíamos de marcha, siempre acabábamos tomando nuestros vinos. Yo, desde luego, pedía Moriles y los demás pedían cerveza u otras cosas. Al final, dadas mis preferencias, decidió ponerme Maestro Moriles. Y así salió publicado en 'La Guía del Ocio', que entonces tenía una enorme difusión. Yo qué sé; lo vieron dos millones de personas. En ese momento, perdí mi nombre real, que es Enrique Castejón, para ser el Maestro Moriles para el resto de los días”.
Enrique, ya se ha dicho, es un gran amante de los vinos de Córdoba. Lo pregona en cada actuación, en cada folleto donde aparece su nombre. Y sin embargo a nadie en su tierra le ha dado por darle las gracias. Qué menos. Lo lleva a gala en entrevistas y en su vida cotidiana, pero hasta ahora sin la más pequeña y mínima recompensa, ¿a qué se espera para hacerlo? Digo yo.
“Oficialmente no he recibido ningún tipo de reconocimiento, aunque tampoco lo he buscado. En Córdoba capital, cuando fuimos a grabar el disco con PVP, bromeábamos con esto, pero sin darle mayor importancia. Hombre, ya me hubiera gustado algún detalle”.
“Pero nunca se ha producido. Ni por parte de Moriles ni de ninguna bodega, aunque hubiera sido estupendo tener algún regalo (bromea). Una botellita de cualquier bodega. Pero así es la vida. Yo, de todas formas, no elegí el nombre: me vino dado y estoy muy agradecido”.
“Es un nombre fantástico. Todo el mundo aquí en Segovia me conoce por Moriles, lo que es un orgullo. He trabajado con artistas cordobeses, entre ellos Emilio José, que nació en Fernán Núñez. Con él hemos estado por toda Andalucía y hemos tocado en muchos pueblos de Córdoba. Una vez, Komando Moriles, una banda de ska de La Bisbal en Gerona, se puso en contacto conmigo para quedar, por esta afinidad de tener el mismo nombre, de compartir raíces. Pero no llegó a fraguar una reunión”.
El día a día de los músicos suele incluir mucho trasnoche. Y entonces, después de la actuación, llegaba el momento de confraternizar y disfrutar del tiempo libre. Y a la hora de elegir bebida, resultaba natural que se notara de dónde es cada uno. En este sentido, Emilio José y el Maestro Moriles no tenían duda. O Moriles o Montilla, como rezaba aquel inmarchitable eslogan.
“Cuando salíamos a tomar algo, Emilio José era uno de los que, invariablemente, tomaban un buen fino. Íbamos con algunos compañeros malagueños, el bajista y el batería, que no solían tomarlo, pero nosotros sí. Era lo habitual. Él estaba acostumbrado a los generosos. Cantaba fandangos como nadie, aparte de todo su repertorio melódico. Estaba muy enraizado con las costumbres y el folclore de su pueblo natal. En el cante era fantástico, escuchándolo te caías de espaldas. Lo pasé muy bien a su lado”.
Pero es sabido que la carretera es el peor enemigo de los músicos —mánagers desalmados y codiciosas compañías discográficas aparte—. En aquellas rutas interminables de giras veraniegas a troche y moche al Maestro Moriles le aguardaba un trago amargo que modificó sus planes, su modo nómada de vida.
“Lo que pasa es que yo tuve un accidente tremendo al regreso de un concierto en Huelva. Íbamos en dirección a Madrid y yo conducía la furgoneta con todo el equipo de sonido, porque el técnico se había puesto malo. Y tuvimos un grave siniestro”.
“Como consecuencia, me pasé un montón de tiempo sin actuar. Dejé de tocar con Emilio José y, en general, aquello me apartó del directo, salvo con algunos artistas puntuales. Por ejemplo, fui durante algunos años el pianista de Bibi Andersen (Bibiana Fernández). Y con ella siempre he ido cuando lo ha necesitado”.
“En ese momento abandoné los escenarios y solo me limitaba a grabar discos, a trabajos en estudios, además de a componer canciones que siempre las firmaba bajo el nombre de Maestro Moriles. Y de esta manera trabajé con otros importantes artistas como Micky, que siempre ha sido un tipo fabuloso”.
La música siempre ha sido para él como un primer amor irrenunciable, aunque, a efectos prácticos, sea insuficiente o poco útil para vivir con cierta holgura, para cubrir las exigencias del día a día. Este hecho le llevó a buscar alternativas económicas y laborales, sin abandonar del todo los escenarios.
Eso nunca. Lo de estar unido a las tablas es, para él, regla intocable. Tan definitorio de su carácter, aunque sin necesidad de tanto dramatismo, casi como el juramento de Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó. No estaba dispuesto a rendirse. Esto, como su propio alias, no era negociable.
“Busqué una salida en la informática. Monté una empresa en este sector que tuvo cierto éxito, tanto que en un momento dado me decidí a aceptar una oferta de mi socio que estaba interesado en quedarse con mi parte de la sociedad”. De modo que tuvo puntería al reencauzar su vida después de su accidentada y forzosa salida del mundo de la música. En esta etapa, el vino y la gastronomía de su infancia se convertirían, quién lo iba a decir, en sus mejores aliados en la profunda Castilla, aunque aún le quedaban otros escollos dolorosos antes de reemprender la carrera musical.
“Y con ese dinero y alguna ayuda de la familia, me compré un restaurante en un pueblecito de Segovia que se llama La Losa. Y aquí nos especializamos en comida y bebida cordobesa. Empezamos a hacer flamenquines, salmorejo y, por supuesto, a servir vino de Moriles. La gente venía a probarlo. Venían de El Escorial, de La Granja, clientes que se aficionaron a nuestros vinos y a nuestra gastronomía”.
“Durante un tiempo el negocio funcionó, pero luego, por desgracia, mi esposa falleció, con lo que yo dejé de tener tanto interés en el restaurante. Lo dejé y ahora lo lleva el hijo de mi segunda esposa. Me quedé a vivir en Segovia por amor. Esa es la cuestión”.
Que se haya anclado en Castilla, en un clima tan diferente, no supone como se puede apreciar una renuncia a sus señas de identidad cordobesas. En su caso, además, pertenece a una familia que ha dejado honda huella en la cultura y la ciencia.
Enrique Castejón (el apellido nos orienta) es nieto de don Rafael Castejón y Martínez de Arizala, ilustre profesor y director de la Escuela de Veterinaria, arabista y político. Gran intelectual, en suma, que, entre otras numerosas actividades, todas de gran mérito, fue director de la Real Academia de Córdoba.
“Era mi abuelo. Yo soy hijo de Rafael Castejón Calderón, que también era cordobés y que, como su padre, sobresalió en las Letras y las Artes. Llegó a Madrid en tiempos duros, en aquellos años difíciles de la posguerra. Se hizo con un puesto en la Administración pública, llegando a ser jefe de enseñanza de la música en la capital de España. Él estaba muy interesado en que yo estudiara piano y así fue como hice la carrera en esta especialidad en el conservatorio. Y aunque no vivíamos en Córdoba, regresábamos a casa de mi abuelo siempre que podíamos”.
Don Rafael Castejón, fallecido el 15 de junio de 1986, redondeó una vida plena. Tenía autoridad y sólido conocimiento en muy variadas materias, lo que hacía que, en su caso, el término de polígrafo resultara estrecho, insuficiente, dada su inabarcable sabiduría.
En Montilla conoció y trató con afecto a José Ponferrada Gómez, al que propuso en diferentes ocasiones que ingresara en la Real Academia de Córdoba, sin éxito. Buena prueba de esta consideración es lo que escribió en el periódico Córdoba del 17 de abril de 1981 elogiando abiertamente Vilanos sobre Montilla, segundo libro de Ponferrada: “Es un libro encantador en el que van desfilando, con abundancia de documentación erudita, los personajes, sucesos y acontecimientos de toda índole que al paso de los siglos ha ido produciendo el generoso espíritu montillano”.
Hay afecto sincero en estas líneas sobre Ponferrada, “quien descubre nuevos valores, deshace errores y coloca a un sinnúmero de montillanos valiosos en los más encumbrados puestos de la Corte de los Austrias”. Y si por este riguroso análisis que excede lo protocolario y convencional, Castejón es una persona inolvidable para la familia Ponferrada —cabe suponer que mucho más lo es entre sus propios descendientes—, en cuya memoria dejó huella intacta.
“Tengo recuerdos muy tiernos de mi abuelo, don Rafael Castejón, un hombre verdaderamente grande. Él fue el que me enseñó a beber fino, a diferenciarlo, a cómo había que pedirlo, a qué temperatura había que servirlo. Al charlar con él, descubrí que era mucho más de lo que mi padre me había contado”. “Había sido director general de Sanidad con el Gobierno de Alejandro Lerroux en la época de la Segunda República. Yo iba a verle con frecuencia y recuerdo las conversaciones con él”.
“En una ocasión me llevó al Alcázar de Córdoba por las Caballerizas Reales y entonces me llevó a un sitio concreto donde estuvo detenido. Me dijo: aquí estuve yo un mes entero esperando a que vinieran a matarme. El pobre hombre había estado allí preso cuando el levantamiento militar de Franco y había estado condenado a muerte. En fin, fue una cosa que yo no sabía. Me lo contó él allí mismo, 'in situ'”.
La vivienda familiar de sus abuelos forma parte del patrimonio artístico de Córdoba. Ahora, readaptado a este fin, es un lujoso 5 estrellas que conserva frescos históricos y arquitectura original. El Hospes Palacio del Bailío guarda, además, un antiguo vínculo con la estirpe de El Gran Capitán.
Como su propia denominación sugiere está cerca de la Cuesta del Bailío, un rincón que Enrique aprecia en especial, no únicamente por razones sentimentales, sino también de tipo profesional. Fue el lugar en el que se grabó uno de los discos más renombrados del grupo PVP, del que él formó parte.
“En aquella época, sobre 1986 si no recuerdo mal, estábamos preparando un disco con producción de Teddy Bautista que, entonces, además de gran compositor y arreglista, era presidente de la Sociedad General de Autores, o estaba a punto de serlo. Estábamos ultimando las canciones para grabarlas y a él y al otro productor que se llamaba Javier Carrasco les pareció buena idea que tuviéramos una especie de retiro espiritual para preparar las canciones a fondo, y yo propuse que fuéramos a grabar a la casa de mi abuelo, a la casa del Bailío, por eso esta obra se llama así”.
Es pues un disco con historia mayúscula. Está impregnado de esa atmósfera refinada que vino a ensanchar el catálogo sonoro de la formación. Lo financió la multinacional Virgin, aunque con un resultado comercial desigual. La crítica lo recibió sin entusiasmo. Lo sentenció arguyendo que representaba un desvío desafortunado de los principios estéticos del grupo. Para los músicos, sin embargo, sí que fue una buena experiencia.
“Allí nos fuimos todos. Había espacio de sobra, trabajamos a gusto. Allí nos instalamos y estuvimos todo el tiempo necesario para grabar todas las canciones, el contenido completo del álbum”. “Fue el último que se registró con esta formación, porque luego siguió una especie de disolución. Estuvo mucho tiempo sin tocar, aunque ahora creo que se ha vuelto a juntar. Hicieron giras y sacaron un par de discos más, pero ya sin mí. No tengo nada que ver con esta nueva y última fase”.
“No tengo relación con ellos. Pero aquel disco del Bailío quedó bien e, incluso, una de sus canciones fue muy exitosa. La cogieron de sintonía en un programa deportivo en Argentina. Triunfamos con esta canción fuera, aunque aquí en España no tuvo tanta repercusión. Eso sí, con aquel triunfo de ventas fuera de España hicimos las Américas”.
En el campo musical puede presumir de una envidiable hoja de servicios. PVP, a los que aportó una variada gama de teclados, es solo un capítulo. Dicen de él, del Maestro Moriles, que ha actuado en los escenarios más insólitos incluyendo desde Disneylandia a los tugurios más sórdidos del barrio chino de Valencia. Pero esto, que no deja de ser una frase divertida al describir los insólitos escenarios a los que ha ido a parar, sería constreñir su dilatada carrera a una anécdota. Y no sería justo. Vean si no.
Ha grabado con La Frontera, Hamlet, Aerolíneas Federales y Antonio Vega. Ha compuesto para cine, televisión y teatro. Es un multinstrumentista que se ha codeado en la producción con Phil Manzanera, Rafael Trabuchelli y Jaime Marqués. Es asombroso el historial de Enrique Castejón Maestro Moriles, cuya colección de sabores musicales es tan amplia y compleja como lo son los vinos generosos que inspiran tan sureño sobrenombre.
El jazz, la bossa nova y, cómo no, los sonidos flamencos orientan ahora su rumbo. Últimamente suele compartir escenarios con Ignacio Vidaechea El Búho, vuelo nocturno con un compañero que viene de tocar con Manolo Sanlúcar, Eva Yerbabuena, Carmen Linares, Joaquín Cortés y Javier Barón, pureza y vanguardia de lo jondo.
“He tenido la suerte de cuajar una gran relación de amistad con Ignacio Vidaechea, al que se conoce como El Búho, un saxofonista segoviano, también flautista que ha estado con todos los grandes en giras por todo el mundo, junto a flamencos de postín. Toca muy bien la flauta flamenca y ha estado en cuadros flamencos con marchamo internacional”.
“Es un gran músico y desde que nos conocimos y decidimos hacer conciertos juntos, la verdad es que nos va muy bien en numerosas actuaciones y colaboraciones. Es a lo que más me dedico. Me encanta y es lo que más me divierte. Pero, vaya, estoy en otros grupos con más amigos”.
“Estoy interesado en ayudar a la gente a disfrutar de la música, porque, por ejemplo, también dirijo un coro de góspel aquí en Segovia. No son profesionales, pero funciona. Ya van cantando. Incluso, nos contratan por ahí y nos pagan (bromea). Yo es que siempre he tenido la cosa que más que lucirme yo, que no toco tan bien, lo que considero importante es apoyar a quienes tengo a mi alrededor a disfrutar de la música, participando en coros, en orquestas. A esto me dedico”.
Lleva mal el distanciamiento físico de su tierra natal. Pero como dice el refrán, "con buen vino se anda el camino", que está abierto al son de la música. ¿Quién dice que no encajaría de fábula en alguna edición del Montijazz Vendimia?
“Me parece fantástico. Además, el año que viene como ya estaré jubilado de mi otro trabajo (informática, programación y diseño de páginas web), podré viajar con mucha más facilidad. Estaría encantado de ir a tocar allí con la formación que mejor convenga. Es fabuloso actuar con El Búho porque el público se pone loco en cuanto se pone a soplar”. Soplan, pues, buenos vientos. Y, en fin, qué duda cabe que sería la ocasión propicia para poder disfrutar a gusto de un buen vino en una bodega. Dónde mejor. Palabra del Maestro Moriles.
MANUEL BELLIDO MORA
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: MAESTRO MORILES
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: MAESTRO MORILES




















































