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Manuel Bellido Mora | Fe, ultramarinos y comestibles

En su biografía hay —por este orden invariable y exacto— fe, ultramarinos y comestibles. Hay también dos hijos y una desgracia imprevista que, aunque no la dejó sola, sí le descompuso la vida. La muerte se asomó a su casa cuando nadie pensaba en ella, a una edad exenta de cementerios. Mis padres, que siempre fueron sus amigos, vivieron el duelo con la misma intensidad. Y aquel luto inesperado también me alcanzó a mí. Es ese runrún de la infancia ante lo inexplicable: un revés sigiloso y cruel cuando todo estaba por delante.

Conchi Bujalance Polonio, junto a su hija.
[FOTO: MANUEL BELLIDO MORA]

De repente como un rayo negro le arrebató lo que más quería. En un instante, lo que media entre un paso y otro, su ropa clara pasó a ser oscura. Y a ese hábito se acostumbró, pero frente a aquella extremaunción que todo lo estropeó, surgió la solidaridad de los más cercanos y, sobre todo, su decidida voluntad de seguir en pie.

No es preciso compararla con las mujeres fuertes de las que habla la Biblia para entenderla y describirla. Tomó las riendas y, aunque este en un principio no era su destino, se volvió resistente, más de lo que, por naturaleza, ya lo era.

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Asegura la escritora mexicana Ángeles Mastretta que los ojos y la voz bastan para contar a una persona. En su caso es así, pero en ella también sobresale la actitud, la bondad y una férrea e innegociable confianza en Dios. Ahora, rodeada de recuerdos, en su casa que tiempo atrás fue tienda recuenta las horas, incluso las intempestivas, y, a pesar de todo, da gracias a la vida.

Conchi Bujalance Polonio tiene 93 años. Nació en Montilla, en la calle Aleluya, y allí, muy próxima a Alta y Baja, permaneció hasta los 14 o 15 años. Era la casa de su abuela y, poco después, llegó el cambio a la calle José María Carretero, conocida también como calle del Indio, donde su familia tenía abierto un negocio de materiales de construcción; es decir, el primer gran trecho de su existencia lo pasó como quien dice en un palmo de terreno.

Allí estuvo hasta que se casó. El matrimonio, como entonces solía ocurrir, impuso el resto de lo que habría de ser su futuro, cuando se enfrentó a una fatalidad no anunciada con la fuerza poderosa de una determinación inquebrantable. Junto a su marido, Manolo Márquez abrió domicilio y despacho de comestibles en la calle Capitán Alonso de Vargas, pared con pared con la Casa del Inca, donde sigue viviendo.

Manolo Márquez, Antonio León y Conchi Bujalance.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: CONCHI BUJALANCE POLONIO]

“Mi padre tenía un almacén de materiales para obras”, empieza por decirme. “Atendíamos al público en la calle José María Carretero —rotulada así en honor del periodista y escritor 'El Caballero Audaz'—, y en Santa María teníamos la fábrica y otras dependencias, porque también se hacían allí losas de cemento, además de las tradicionales de barro. Funcionó hasta que mis hermanos se jubilaron”.

Próximo a estas naves estaba, pegada la vía del tren, la laguna del barrero, donde aparecieron los restos de una ballena fósil antediluviana en 1957. “Esos terrenos eran de mi abuelo, Miguel Polonio, en lo que se llamaba El Chilancón, junto al puente ferroviario; una balsa de cieno de la que se abastecía un tejar, que era asimismo de mi familia materna”. En su infancia, era un lugar de juegos para ella y sus amigas que acudían hasta aquel sitio en el arrabal de Montilla para ver, de paso, cómo se hacían los ladrillos y las tejas.

Conchi, cuya madre se llamaba Rosario Polonio Martínez, apenas recuerda el afloramiento de la ballena, aunque aquel leviatán enterrado era como una parte más de su familia. Fue un descubrimiento de importante trascendencia científica del que José Ponferrada Gómez dio cuenta al mundo por medio de crónicas periodísticas minuciosas, apoyadas en un valioso reportaje gráfico de Manolo González.

Hallazgo de la ballena de Montilla en El Chilancón de Santa María.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ CANDELAS]

Creció, pues, entre libros de cuentas y el ir y venir de pedidos, clientes y viajantes que trataban con su padre, Francisco Bujalance Polo. Aún subsiste el último eslabón de esta cadena de comerciantes, el establecimiento la que regentan sus sobrinos en la Avenida de Andalucía, muy cerca de donde estaban los derruidos arcos de la Puerta de Aguilar. Son los hijos de Paco Bujalance, hermano de Conchi.

Pero Conchi no cree que el hecho de pertenecer a un mundo de comerciantes e industriales fuera a marcarla o a predestinarla. Estaba al margen de alguna manera. “No teníamos contacto con el negocio, ni íbamos a la oficina. De eso se ocupaban mis hermanos y mi padre. Hasta que no me casé yo estaba ajena a todo aquello. Éramos cuatro: dos mujeres y dos varones, pero ya solo quedamos mi hermana y yo”.

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Todo da un giro cuando comienza la relación con su novio, Manolo Márquez. Se abrían otras posibilidades, pero no demasiadas dado el papel secundario de las mujeres en aquellos años. Ni el noviazgo, algo tan íntimo, se libraba de las restricciones.

“Yo tenía 17 años cuando nos pusimos en relaciones. Eran tiempos en que estábamos muy vigilados. Aquello era como un calvario, dadas las dificultades y todo tipo de impedimentos que encontraban las parejas. Mi padre no quería ni que fuéramos al cine. Estaba prohibido, no estaba bien visto. Nuestro noviazgo duró siete años. Era un compromiso ver a Manolo”.

Lo rememora como un episodio lleno de limitaciones. Apenas podían tener una conversación con cierta privacidad. No es que estuvieran vigilados, es que en cualquier cosa, por inocente que fuera, se veía tentación que había que evitar. “Mi padre no quería puerta, con lo que la única opción de vernos es que él pasara a la casa. Y allí estábamos todo el tiempo en el salón con ellos, y ya está. Luego, cuando llegaba la hora, se iba, pero no podías salir ni a despedirlo, para evitar que nos quedáramos a solas”.

Conchi Bujalance, vestida de novia.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: CONCHI BUJALANCE POLONIO]

“Mi padre daba algunos golpes en la tarima y ya sabías tú lo que quería decir. No te podías parar en la puerta. Nosotros vivíamos arriba. Siempre teníamos la carabina al lado, que era Rafaela Gázquez, la que estaba en casa. Fue un noviazgo muy decente, apenas te podías mover y desde luego no era posible ir al cine a la segunda función, ni siquiera cuando la relación estaba más que consolidada”.

Ni en las ferias se relajaba tan inflexible disciplina. Solo podía quedarse hasta que su hermano Paco decidía subirse. Era casi imposible encontrar un rato de soledad. Y así siete años, hasta que Manolo regresó a Montilla después de prestar el servicio militar. Entonces, y solo entonces, fue el momento de pensar en boda, que a fin de cuentas venía a representar una cierta independencia.

Fue una celebración muy recordada. Un momento de felicidad también para los amigos del nuevo matrimonio que no se perdieron el banquete nupcial. En las buenas y en las malas, nunca echaron de menos al círculo más estrecho de amistades, la charpa, entre los que estaba Manuel Bellido Bellido y Carmeli Mora Pedraza. “Eran nuestros íntimos amigos, como hermanos. Manolo tenía la panadería familiar en la calle Escuelas, y Carmeli muy cerca, en la calle Alta y Baja.”

Carmeli Mora y Manolo Bellido, en su panadería.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: PANADERÍA MANUEL BELLIDO E HIJOS]

En su flamante vida de casada, Conchi empezó a trabajar en la tienda. Era un pequeño negocio de comestibles donde, a la vez, en tiempo de matanza, se vendía toda clase de embutidos y derivados del cerdo. “Fui aprendiendo poco a poco, no me quedaba otra. Aquí vivía mi suegra y mi cuñada Sofía. Y yo fui aprendiendo cada día. Me fui soltando en el mostrador. En aquel tiempo se abría a las seis y media de la mañana, porque las personas que estaban en el campo compraban el fardelillo a diario, ya que entonces no había frigoríficos ni neveras para guardar los alimentos”.

“Había que consumirlos del día a día, tal y como se iban necesitando. Incluso el aceite, algo tan socorrido, se despachaba a medida, casi con una alcuza, según se iba necesitando o había dinero para adquirirlo. En la plaza compraban algunas cosas, y otras se las llevaban de nuestra tienda”.

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Entre la clientela, predominaba el trabajador del campo, aunque también se atendía a gente más pudiente. Pero mayormente lo que había eran jornaleros y pequeños propietarios. A falta de métodos modernos de conservación, las chacinas y tocinos se guardaban en sal. Había pilas de sal en las que se depositaban muchos artículos cárnicos.

No todos pagaban al contado. Era bastante habitual que se dejara a deber para abonar la cuenta a plazos, según se iba pudiendo. Conchi, como la mayoría de tendilleros de aquella época, estaba acostumbrada a apuntar, a dar de fiado como método. Anotar lo que estaba pendiente y esperar tiempos mejores era una forma de ayudar al público más necesitado en tiempos de escasez y bajos sueldos.

Cuando cobraban bien el jornal del campo o la cosecha era el momento de saldar deudas. “Eran buenos clientes, honrados y serios, aunque no les sobraba el dinero. Y fíjate hasta qué punto eran de confianza que si a mí se me pasaba, ellos mismos se acordaban de recordarme el importe que tenían pendiente”.

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Aunque tardó poco a habituarse al ritmo del trabajo y al trato cordial con la clientela, Conchi reconoce que, al principio, era bastante tímida. La tienda le abrió camino, se fue acostumbrando y, en cierto modo, también la fue endureciendo. Pero la vida aún le tenía reservada la prueba más difícil: la repentina muerte de Manolo.

“Todo ocurrió en un instante. Estaba en la tienda y me dijo que iba al Registro de la Propiedad a resolver un asunto. Tenía que arreglar unos papeles. Fue y ya nunca volvió vivo. Falleció en aquellas mismas oficinas en la calle Escuelas. Entonces no había tanatorios ni nada de esto, así que lo llevaron a casa de mis padres. Tenía 36 años cuando le sobrevino la muerte”.

Aquella tragedia lo cambió todo. Conchi Bujalance lleva más tiempo viuda que casada. Costaba subir la cuesta sola con dos hijos pequeños. Los niños eran tan chicos que apenas recuerdan a su padre. Las fotos, ya que la memoria es difusa en este aspecto, es lo que tienen a mano para saber cómo era su figura. Conchi suplió la ausencia con una sólida voluntad de no venirse abajo. Y lo consiguió pese a que no estaba preparada para superar un obstáculo de esta magnitud.

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“Salí adelante dando tropezones. Es verdad que no pasamos hambre, pero sí escasez. Estuvimos privados de muchas cosas, porque hay que tener en cuenta que el negocio era chico, no era gran cosa, pero me tuve que acostumbrar a hacer frente a todo lo que se iba presentando. Eso era todos los días. Te llamaban del banco con urgencias de letras y facturas a punto de vencer, que no podían esperar. Había que buscar donde fuera”.

Fueron duros momentos de apuro, pero Conchi aprendió a sobrevivir. Supo desenvolverse en trámites bancarios, en las cuentas y aprendió enseguida a sortear toda clase de apremios, cosa en la que en todo momento contó con la ayuda de los amigos. Su robusta fe cristiana hizo el resto. Ni hizo reproche a Dios ni, en ningún momento, se debilitaron sus creencias.

“Yo tenía buenos vecinos y clientes que me han ayudado mucho, mucho. Los amigos de Manolo, también. Pero era yo la que tuve que tomar el mando, asumir responsabilidades, tratar con representantes, hacer los pedidos, estar al corriente con bancos y cajas de ahorros. No había más remedio que adaptarse. Yo, en este sentido, siempre he sido una persona muy positiva”.

Conchi Bujalance, junto al Santísimo Cristo del Amor.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: CONCHI BUJALANCE POLONIO]

Pero no bastaba con tener entereza y una voluntad de hierro en una sociedad en la que todo estaba supeditado al hombre, mientras que la función de la mujer resultaba meramente subsidiaria, subordinada al absoluto protagonismo masculino. No tenía otra alternativa. Era necesario mirar los problemas cara a cara. No había otro remedio.

“Me decía a mí misma: esto hay que hacerlo, no cabe arredrarse. Y allá que iba, decidida, a pesar de que yo en mi vida nunca había tratado con un director de sucursal bancaria, ni sabía nada de esto. Supe manejarme con proveedores que siempre me atendieron estupendamente, porque yo iba a hablar con José Padillo y aquello era un encanto de persona. Siempre iba con uno de mis hijos cuando él me recibía. Eran muy pequeños, cinco y seis años, cuando falleció su padre. Ellos también tuvieron que aprender. Me ayudaron mucho. Y lo siguen haciendo”.

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Inma y Paco salieron adelante en tan difíciles circunstancias. Ambos completaron carrera de Magisterio (Ciencias de la Educación) y con objeto de aportar su grano de arena, convirtieron la casa en improvisada aula de estudios. Allí daban clases particulares para refuerzo del alumnado en verano. Esta fue una ayuda fundamental para superar las adversidades.

“Es que había veranos con una cantidad importante de estudiantes, pero de igual forma se funcionaba en invierno, durante el curso. Esto fue lo que a nosotros nos sacó adelante, porque la tienda no era suficiente. A veces, me llamaban del banco para que me apresurara a cubrir algún débito. Afortunadamente siempre que llamé a la puerta de amigos y clientes encontré el socorro correspondiente. Los amigos de Manolo se portaron como si fueran de mi familia”.

La vida se obstinó en mostrarle su cara más desagradable a Conchi. La pérdida de su esposo no fue el único escollo. A esto, por desgracia, vino a sumarse después la enfermedad de su hijo Paco, que fue perdiendo la vista de modo irrecuperable, a consecuencia de un desprendimiento de retina, sin que estos contratiempos amargos llegaran a resquebrajar su infinita confianza en la religión.

Francisco Márquez Bujalance saluda a Vicente Sánchez Jiménez en la Basílica.
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]

“Fueron golpes terribles. A mí me preguntaba mucha gente si todos estos males no me habían llevado a rebelarme contra Dios. Pero no. Nunca cerré las puertas de la Iglesia. Al contrario, siempre me he agarrado más fuerte a la fe. Todas las noches rezaba. Decía «Dios mío, ayúdame. Ayúdame e ilumina el camino que tengo que seguir. El que sea más beneficioso para mis hijos y para mí»”. Nunca renegó de estos principios cristianos, aunque también indica con mucha seguridad que nunca ha sido beata. “Pero creyente, sí”.

Conchi Bujalance va con este credo a todas partes. “Yo procuro no hacer mal a nadie. Hablo con todo el mundo, y saludo a quien me encuentro por la calle, aunque no conozca a esa persona. ¿Qué trabajo me cuesta decir «adiós» o «buenos días»? He creído siempre mucho en Dios y el que así va por la vida, se le ve. Dios abre las puertas, claro que las abre”.

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Se quedó viuda con 33 años y con 65, llegado el momento de la jubilación, se despidió del mostrador. Y no le dio pena hacerlo, porque también quería disfrutar más a fondo de su familia. A medida que pasaba el tiempo, también el horizonte fue despejándose de nubarrones negros. Inma encontró trabajo en Córdoba y en Montilla, al igual que su hermano Paco. Esto se hizo posible, en gran medida, gracias al apoyo de la comunidad salesiana.

Tantos años después, Conchi Bujalance tiene, en general, un buen recuerdo de la tienda. Cerrarla no le dejó un regusto amargo, sino que siempre valoró el aprecio que encontró en todo momento en su clientela, incluso en circunstancias adversas. Le siguieron respondiendo a pesar de la progresiva implantación de los grandes supermercados que abocaron a la desaparición a estos entrañables establecimientos de comestibles y ultramarinos.

“Es que yo me volcaba con la clientela, aunque no pocas veces estaba tan necesitada como ellas. Siempre actuaba igual: llévate lo que quieras, y si no me lo pagas de una vez, me lo pagas en dos. Se apartaba hasta la lotería de Navidad, que iban pagando a plazos cómodos”.

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Conchi echa la vista atrás y se da cuenta lo mucho que ha cambiado todo, en particular en todo lo relacionado con la mujer, que ya no es un cero a la izquierda, sino una persona en pie de igualdad con el hombre en cualquier orden de la vida.

“Antes una mujer no tenía derecho nada. Era impensable, salvo muy raras excepciones, que llevase negocios, a no ser que la pérdida del marido —como en mi caso— impulsase a ello. Estábamos sujetas a estar en la casa. A esto nos limitábamos: cocina, coser, planchar, lavar, estar pendiente de la casa. Era lo que había, pero hoy la vida está mucho más abierta para las mujeres”.

Tras el fallecimiento de su marido, el mundo se le vino encima. Pero nunca se achantó. Pasó dos años en casa de sus padres que le echaron una mano en el cuidado de los hijos para que ella no desatendiera la tienda. “Los llevaban al colegio, le daban de comer, estaban pendientes de ellos mientras yo estaba dedicada por entero todo el día a mi trabajo”.

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Estaba sola, se sobrepuso a temores y desconfianzas, pero nunca se sintió indefensa. Es una mujer amable, cordial y recta que me abre su domicilio como si fuera mío. Dentro, entre sus recuerdos y antiguas fotografías, también andan mis padres, a los que conocía desde que eran chavales. Casi vecinos, hubo entre ellos un hilo de cariño y complicidad que nunca se interrumpió.

Al poner fin a la tienda, la desmontó. Donde había estanterías, vitrinas y mostradores ahora hay una sala confortable. La miro y noto en ella, en Conchi, la certeza de que ha hecho las cosas bien. “Es que he tenido la suerte, Manolo, de que conmigo no se ha metido nadie. Yo he tenido abiertos los ojos para evitar peligros, y nunca he dado oportunidad a que se produzcan situaciones desagradables”.

MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: VARIOS AUTORES

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