Montilla vivió ayer un Viernes Santo de profunda emoción con las estaciones de penitencia de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores, la Hermandad del Sagrado Descendimiento de Nuestro Señor Jesucristo y la Pontificia Hermandad del Santo Entierro, Soledad y Angustias de la Madre de Dios, en una jornada marcada por los contrastes de sus cortejos, la intensidad devocional y una climatología primaveral que permitió el desarrollo completo de todos los desfiles procesionales por las calles de la ciudad.
Desde primeras horas de la mañana, la iglesia de San Agustín, recientemente reabierta al culto tras nueve meses de obras, volvió a erigirse en el corazón simbólico de la Semana Santa montillana. Y es que, con las primeras luces del día, las puertas del templo se abrieron para dar paso a uno de los momentos más esperados del calendario cofrade, con un cortejo que, un año más, convirtió la calle Ancha en epicentro de la devoción popular.
El discurrir de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores estuvo acompañado por una meteorología plenamente favorable, sin riesgo de lluvia, lo que contribuyó a realzar la solemnidad de una procesión que volvió a desarrollarse con la alegría y el júbilo que la hace diferente. La jornada, luminosa y templada, permitió que cada detalle pudiera contemplarse con nitidez, desde la salida hasta el regreso al templo.
El cortejo se abrió con la imagen de Jesús Rescatado, talla del siglo XVIII que, en su representación en soledad y con las manos atadas, evocó desde el inicio el tono de sacrificio y abandono que caracteriza esta jornada. Tal y como explica Elena Bellido, doctora en Historia por la Universidad de Córdoba y directora de la Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque, el mensaje visual de esta imagen fija el sentido de la procesión en torno a la entrega silenciosa.
Tras él avanzó Nuestro Padre Jesús Nazareno, atribuido a Juan de Mesa El Mozo, cuya imagen, con la cruz al hombro y el rostro sereno, volvió a concitar la emoción de los fieles a lo largo de todo el recorrido. Su presencia, profundamente arraigada en la tradición local, ofreció una de las estampas más reconocibles del Viernes Santo montillano.
Por otro lado, el Santísimo Cristo de la Yedra protagonizó uno de los momentos más significativos de la jornada, justo en el año en el que se conmemora el centenario de su incorporación al cortejo procesional. Esta talla renacentista de autor anónimo, presente en esta procesión desde 1926, recorrió las calles de Montilla entre el respeto y la emoción, con un gesto especialmente simbólico en la presidencia de su paso, ocupada por hermanos veteranos y familiares de quienes impulsaron su resurgir hace ahora un siglo.
La imagen, fijada a la cruz con tres clavos y con la cabeza inclinada, ofreció durante el simbólico acto de La Lanzada una estampa de profundo dramatismo contenido, reforzado por la naturalidad de su cabellera y barba, así como por la corona de espinas tallada en la propia madera.
Cerró el cortejo María Santísima de los Dolores, obra del montillano Manuel Garnelo y Alda, cuya mirada baja y gesto contenido sintetizaron el dolor sereno de una madre. La Virgen presentó como estreno un nuevo corazón repujado y bañado en plata, atravesado por siete puñales, donado por un grupo de hermanos, además de una cuidada decoración de las velas elaborada durante la Cuaresma por el equipo de Priostía.
De igual modo, la implicación de los fieles se hizo visible a través de la campaña Lágrimas de Devoción, cuyas piezas de cristal acompañaron a la imagen durante la estación de penitencia como símbolo de unión entre la Virgen y sus devotos. La Banda de Música Pascual Marquina volvió a poner la nota sonora al cortejo, envolviendo cada instante en una atmósfera de recogimiento.
Sin duda, uno de los momentos más cargados de simbolismo volvió a vivirse en el Paseo de Cervantes, donde Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores bendijeron los campos, en un gesto que conecta la tradición cofrade con las raíces agrícolas de la localidad y que, hora más tarde, se repitió en el Llano de Jesús, a las puertas de la sede canónica de la cofradía.
Ya por la tarde, la Hermandad del Sagrado Descendimiento de Nuestro Señor Jesucristo tomó las calles desde su capilla de la calle Fuente Álamo, en una estación de penitencia que destacó por la solemnidad y el orden de su cortejo. La modificación del itinerario, motivada por la existencia de elementos físicos que impedían el recorrido inicialmente previsto, no restó un ápice de belleza a una salida que volvió a concitar la atención de numerosos vecinos y visitantes llegados desde distintos puntos de la provincia, que pudieron disfrutar en los primeros instantes de la saeta que dedicó la montillana María José Delgado.
El paso de misterio, obra del reconocido imaginero cordobés Antonio Bernal Redondo, volvió a mostrar la escena de la decimotercera estación del Vía Crucis, con José de Arimatea y Nicodemo descendiendo el cuerpo de Cristo de la cruz, en un conjunto de gran fuerza expresiva y cuidado tratamiento anatómico.
De igual modo, la presencia de María Santísima de la Encarnación, San Juan y María Magdalena al pie del madero completó una escena de profundo dramatismo, en la que los símbolos de la Pasión reforzaron el carácter catequético del conjunto. El acompañamiento musical de la Banda de Cornetas y Tambores Nuestra Señora de la Salud de Córdoba añadió intensidad y elegancia al discurrir del cortejo.
Por último, Montilla se sumió en el silencio con la salida de la Pontificia Hermandad del Santo Entierro, Soledad y Angustias de la Madre de Dios desde la Parroquia de San Francisco Solano. El cortejo volvió a desarrollarse en un ambiente de sobriedad y recogimiento, en el que cada elemento adquirió un profundo significado simbólico.
El Cristo Yacente en el Sepulcro, de impronta tardomanierista y rasgos protobarrocos, recorrió el casco histórico de Montilla en su urna de caoba acristalada, manteniendo viva una tradición devocional de siglos. A su vez, el sonido del Tambor de Viruta marcó el ritmo de la procesión, convirtiendo el silencio en una forma de oración colectiva.
Por otro lado, María Santísima de la Soledad acompañó al Sepulcro portada por costaleros, consolidando una disposición que aporta una especial carga simbólica a la estación de penitencia. La imagen, obra de escuela granadina fechada en 1677, volvió a presentarse enlutada, con la corona de espinas en sus manos y el corazón atravesado por los Siete Dolores en el pecho.
Asimismo, el paso de la Virgen incorporó los avances realizados en su talla, con trabajos ejecutados por el tallista Ismael López y las figuras de querubines realizadas por David Ruiz, elementos que evidencian la continuidad y el cuidado del patrimonio cofrade local, en una clara apuesta por los artistas montillanos.
En definitiva, el Viernes Santo dejó en Montilla una jornada de profunda intensidad emocional, en la que la fe, el arte y la historia se entrelazaron en un mismo pulso colectivo. Desde la luz de la mañana hasta la penumbra de la noche, la ciudad volvió a acompañar, con respeto y devoción, el relato de la Pasión, reafirmando una tradición que sigue viva generación tras generación.
Desde primeras horas de la mañana, la iglesia de San Agustín, recientemente reabierta al culto tras nueve meses de obras, volvió a erigirse en el corazón simbólico de la Semana Santa montillana. Y es que, con las primeras luces del día, las puertas del templo se abrieron para dar paso a uno de los momentos más esperados del calendario cofrade, con un cortejo que, un año más, convirtió la calle Ancha en epicentro de la devoción popular.
El discurrir de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores estuvo acompañado por una meteorología plenamente favorable, sin riesgo de lluvia, lo que contribuyó a realzar la solemnidad de una procesión que volvió a desarrollarse con la alegría y el júbilo que la hace diferente. La jornada, luminosa y templada, permitió que cada detalle pudiera contemplarse con nitidez, desde la salida hasta el regreso al templo.
El cortejo se abrió con la imagen de Jesús Rescatado, talla del siglo XVIII que, en su representación en soledad y con las manos atadas, evocó desde el inicio el tono de sacrificio y abandono que caracteriza esta jornada. Tal y como explica Elena Bellido, doctora en Historia por la Universidad de Córdoba y directora de la Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque, el mensaje visual de esta imagen fija el sentido de la procesión en torno a la entrega silenciosa.
Tras él avanzó Nuestro Padre Jesús Nazareno, atribuido a Juan de Mesa El Mozo, cuya imagen, con la cruz al hombro y el rostro sereno, volvió a concitar la emoción de los fieles a lo largo de todo el recorrido. Su presencia, profundamente arraigada en la tradición local, ofreció una de las estampas más reconocibles del Viernes Santo montillano.
Por otro lado, el Santísimo Cristo de la Yedra protagonizó uno de los momentos más significativos de la jornada, justo en el año en el que se conmemora el centenario de su incorporación al cortejo procesional. Esta talla renacentista de autor anónimo, presente en esta procesión desde 1926, recorrió las calles de Montilla entre el respeto y la emoción, con un gesto especialmente simbólico en la presidencia de su paso, ocupada por hermanos veteranos y familiares de quienes impulsaron su resurgir hace ahora un siglo.
La imagen, fijada a la cruz con tres clavos y con la cabeza inclinada, ofreció durante el simbólico acto de La Lanzada una estampa de profundo dramatismo contenido, reforzado por la naturalidad de su cabellera y barba, así como por la corona de espinas tallada en la propia madera.
Cerró el cortejo María Santísima de los Dolores, obra del montillano Manuel Garnelo y Alda, cuya mirada baja y gesto contenido sintetizaron el dolor sereno de una madre. La Virgen presentó como estreno un nuevo corazón repujado y bañado en plata, atravesado por siete puñales, donado por un grupo de hermanos, además de una cuidada decoración de las velas elaborada durante la Cuaresma por el equipo de Priostía.
De igual modo, la implicación de los fieles se hizo visible a través de la campaña Lágrimas de Devoción, cuyas piezas de cristal acompañaron a la imagen durante la estación de penitencia como símbolo de unión entre la Virgen y sus devotos. La Banda de Música Pascual Marquina volvió a poner la nota sonora al cortejo, envolviendo cada instante en una atmósfera de recogimiento.
Sin duda, uno de los momentos más cargados de simbolismo volvió a vivirse en el Paseo de Cervantes, donde Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores bendijeron los campos, en un gesto que conecta la tradición cofrade con las raíces agrícolas de la localidad y que, hora más tarde, se repitió en el Llano de Jesús, a las puertas de la sede canónica de la cofradía.
Ya por la tarde, la Hermandad del Sagrado Descendimiento de Nuestro Señor Jesucristo tomó las calles desde su capilla de la calle Fuente Álamo, en una estación de penitencia que destacó por la solemnidad y el orden de su cortejo. La modificación del itinerario, motivada por la existencia de elementos físicos que impedían el recorrido inicialmente previsto, no restó un ápice de belleza a una salida que volvió a concitar la atención de numerosos vecinos y visitantes llegados desde distintos puntos de la provincia, que pudieron disfrutar en los primeros instantes de la saeta que dedicó la montillana María José Delgado.
El paso de misterio, obra del reconocido imaginero cordobés Antonio Bernal Redondo, volvió a mostrar la escena de la decimotercera estación del Vía Crucis, con José de Arimatea y Nicodemo descendiendo el cuerpo de Cristo de la cruz, en un conjunto de gran fuerza expresiva y cuidado tratamiento anatómico.
De igual modo, la presencia de María Santísima de la Encarnación, San Juan y María Magdalena al pie del madero completó una escena de profundo dramatismo, en la que los símbolos de la Pasión reforzaron el carácter catequético del conjunto. El acompañamiento musical de la Banda de Cornetas y Tambores Nuestra Señora de la Salud de Córdoba añadió intensidad y elegancia al discurrir del cortejo.
Por último, Montilla se sumió en el silencio con la salida de la Pontificia Hermandad del Santo Entierro, Soledad y Angustias de la Madre de Dios desde la Parroquia de San Francisco Solano. El cortejo volvió a desarrollarse en un ambiente de sobriedad y recogimiento, en el que cada elemento adquirió un profundo significado simbólico.
El Cristo Yacente en el Sepulcro, de impronta tardomanierista y rasgos protobarrocos, recorrió el casco histórico de Montilla en su urna de caoba acristalada, manteniendo viva una tradición devocional de siglos. A su vez, el sonido del Tambor de Viruta marcó el ritmo de la procesión, convirtiendo el silencio en una forma de oración colectiva.
Por otro lado, María Santísima de la Soledad acompañó al Sepulcro portada por costaleros, consolidando una disposición que aporta una especial carga simbólica a la estación de penitencia. La imagen, obra de escuela granadina fechada en 1677, volvió a presentarse enlutada, con la corona de espinas en sus manos y el corazón atravesado por los Siete Dolores en el pecho.
Asimismo, el paso de la Virgen incorporó los avances realizados en su talla, con trabajos ejecutados por el tallista Ismael López y las figuras de querubines realizadas por David Ruiz, elementos que evidencian la continuidad y el cuidado del patrimonio cofrade local, en una clara apuesta por los artistas montillanos.
En definitiva, el Viernes Santo dejó en Montilla una jornada de profunda intensidad emocional, en la que la fe, el arte y la historia se entrelazaron en un mismo pulso colectivo. Desde la luz de la mañana hasta la penumbra de la noche, la ciudad volvió a acompañar, con respeto y devoción, el relato de la Pasión, reafirmando una tradición que sigue viva generación tras generación.
JUAN PABLO BELLIDO / REDACCIÓN
FOTOGRAFÍA: ÁLVARO CARRASCO
FOTOGRAFÍA: ÁLVARO CARRASCO


















































