Montilla vivió ayer un intenso y emotivo Jueves Santo en sus calles, donde la tradición, la devoción y la belleza de sus cofradías se entrelazaron desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la Madrugada, en una jornada marcada por la estabilidad meteorológica y una atmósfera primaveral que permitió el normal desarrollo de todos los actos previstos, reforzando el fervor popular y la participación ciudadana.
Desde las primeras horas del día, la ciudad comenzó a latir al ritmo inconfundible de cornetas y tambores con la tradicional diana floreada del Cuerpo de Romanos de Jesús Preso, que recorrió buena parte del centro urbano anunciando una jornada que, fiel al refrán popular, lució con una luz especial.
El itinerario, que partió desde la calle Corredera, atravesó enclaves emblemáticos del casco histórico para concluir en la Plaza de la Rosa, donde horas más tarde se fue congregando un numeroso público expectante ante uno de los momentos más singulares de la Semana Santa montillana.
En efecto, la escenificación del Prendimiento volvió a convertirse en uno de los grandes focos de atención del día. La representación del beso traidor de Judas, ejecutada con una cuidada puesta en escena por el Cuerpo de Romanos de Jesús Preso, combinó solemnidad y teatralidad en una secuencia cargada de simbolismo. Los lanceros, con sus tres genuflexiones, recrearon el instante del arresto de Jesús en el Huerto de los Olivos, ofreciendo una estampa que conecta con más de un siglo de historia y tradición.
Además, el peso histórico de este acto quedó nuevamente de manifiesto en su arraigo en la vida cofrade de la localidad. Tal y como recuerda Elena Bellido, doctora en Historia por la Universidad de Córdoba y directora de la Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque, "el Prendimiento es un acto que se encuentra intrínsecamente vinculado a la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Preso y María Santísima de la Esperanza".
La especialista, que es académica correspondiente a la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba, subraya que sus orígenes se remontan a 1914, cuando un grupo de jóvenes impulsó la creación de la hermandad en la ermita de Nuestra Señora de la Rosa y comenzó a desarrollarse esta singular escenificación inspirada en la iconografía del arresto de Jesús.
Y es que, a lo largo del siglo XX, esta representación ha ido evolucionando sin perder su esencia. Desde la incorporación de los Apóstoles en los años veinte hasta la reorganización del cuerpo de soldados romanos en 1930 bajo la dirección de Manuel Jiménez León, pasando por la significativa participación de la banda del Segundo Regimiento de Ingenieros Zapadores de Madrid en 1928, la tradición ha sabido adaptarse al paso del tiempo sin renunciar a su identidad.
Por otro lado, la estación de penitencia de la Hermandad de Jesús Preso volvió a desplegar toda su riqueza patrimonial y devocional en un cortejo de gran envergadura. El paso de la Oración en el Huerto, acompañado por el ángel cuyo cáliz ha sido restaurado recientemente, abrió una comitiva en la que también destacó el Cristo de la Columna, obra de Juan de Mesa El Mozo, portado a hombros por mujeres de la cofradía. A continuación, la imponente imagen de Jesús Preso, sostenida por 45 costaleros, avanzó entre el respeto del público, antes de dar paso al palio de María Santísima de la Esperanza, acompañado por San Juan Evangelista.
De igual modo, la jornada estuvo marcada por el recuerdo emocionado a Francisco Bellido Bellido, figura muy vinculada a la hermandad y fallecido recientemente, cuya memoria estuvo presente a lo largo de todo el recorrido en un ambiente de homenaje compartido.
Ya en la transición hacia la noche, Montilla fue adentrándose en un clima de silencio y contemplación que alcanzó su punto culminante en la Madrugada del Viernes Santo con la salida de la Hermandad del Santísimo Cristo de la Misericordia y María Santísima de la Amargura desde el Llanete de la Cruz. En este enclave, cargado de simbolismo, la medianoche dio paso a una de las estaciones de penitencia más sobrecogedoras de la Semana Santa local.
El Santísimo Cristo de la Misericordia volvió a erigirse como eje central de la procesión. La talla, realizada en 1989 por Francisco Solano Salido Jiménez, representa el instante en el que Cristo pronuncia sus últimas palabras en la cruz, generando una profunda impresión entre los asistentes. Junto a Él, la presencia serena y dolorosa de María Santísima de la Amargura completó una escena de gran intensidad emocional, en la que el silencio del público y la tenue luz de los cirios construyeron una atmósfera única.
Además, la hermandad mantuvo una de sus tradiciones más significativas, con los hermanos más veteranos portando un crucifijo en el cíngulo de su hábito, en un gesto que simboliza la fidelidad y el compromiso acumulado durante décadas. Este detalle, aparentemente sencillo, volvió a adquirir una dimensión especial en una madrugada donde cada elemento contribuyó a reforzar el sentido profundo de la estación de penitencia.
Por otro lado, la dimensión artística de las imágenes volvió a ser objeto de atención. Según explica Elena Bellido, el Cristo de la Misericordia recoge "ese instante límite en el que Cristo habla con los hombres y con Dios", mientras que la influencia del Barroco sigue marcando "las directrices que siguen nuestros imagineros contemporáneos", evidenciando la pervivencia de una tradición estética profundamente arraigada.
Y es que, entre incienso, saetas y silencio, la madrugada se convirtió en un auténtico templo al aire libre donde la ciudad, entregada a sus devociones, vivió uno de los momentos más intensos de toda la Semana Santa. Un Jueves Santo que, desde la luz de la mañana hasta la penumbra de la noche, volvió a demostrar la capacidad de Montilla para emocionar, reunir y mantener viva una herencia que se transmite de generación en generación.
Desde las primeras horas del día, la ciudad comenzó a latir al ritmo inconfundible de cornetas y tambores con la tradicional diana floreada del Cuerpo de Romanos de Jesús Preso, que recorrió buena parte del centro urbano anunciando una jornada que, fiel al refrán popular, lució con una luz especial.
El itinerario, que partió desde la calle Corredera, atravesó enclaves emblemáticos del casco histórico para concluir en la Plaza de la Rosa, donde horas más tarde se fue congregando un numeroso público expectante ante uno de los momentos más singulares de la Semana Santa montillana.
En efecto, la escenificación del Prendimiento volvió a convertirse en uno de los grandes focos de atención del día. La representación del beso traidor de Judas, ejecutada con una cuidada puesta en escena por el Cuerpo de Romanos de Jesús Preso, combinó solemnidad y teatralidad en una secuencia cargada de simbolismo. Los lanceros, con sus tres genuflexiones, recrearon el instante del arresto de Jesús en el Huerto de los Olivos, ofreciendo una estampa que conecta con más de un siglo de historia y tradición.
Además, el peso histórico de este acto quedó nuevamente de manifiesto en su arraigo en la vida cofrade de la localidad. Tal y como recuerda Elena Bellido, doctora en Historia por la Universidad de Córdoba y directora de la Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque, "el Prendimiento es un acto que se encuentra intrínsecamente vinculado a la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Preso y María Santísima de la Esperanza".
La especialista, que es académica correspondiente a la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba, subraya que sus orígenes se remontan a 1914, cuando un grupo de jóvenes impulsó la creación de la hermandad en la ermita de Nuestra Señora de la Rosa y comenzó a desarrollarse esta singular escenificación inspirada en la iconografía del arresto de Jesús.
Y es que, a lo largo del siglo XX, esta representación ha ido evolucionando sin perder su esencia. Desde la incorporación de los Apóstoles en los años veinte hasta la reorganización del cuerpo de soldados romanos en 1930 bajo la dirección de Manuel Jiménez León, pasando por la significativa participación de la banda del Segundo Regimiento de Ingenieros Zapadores de Madrid en 1928, la tradición ha sabido adaptarse al paso del tiempo sin renunciar a su identidad.
Por otro lado, la estación de penitencia de la Hermandad de Jesús Preso volvió a desplegar toda su riqueza patrimonial y devocional en un cortejo de gran envergadura. El paso de la Oración en el Huerto, acompañado por el ángel cuyo cáliz ha sido restaurado recientemente, abrió una comitiva en la que también destacó el Cristo de la Columna, obra de Juan de Mesa El Mozo, portado a hombros por mujeres de la cofradía. A continuación, la imponente imagen de Jesús Preso, sostenida por 45 costaleros, avanzó entre el respeto del público, antes de dar paso al palio de María Santísima de la Esperanza, acompañado por San Juan Evangelista.
De igual modo, la jornada estuvo marcada por el recuerdo emocionado a Francisco Bellido Bellido, figura muy vinculada a la hermandad y fallecido recientemente, cuya memoria estuvo presente a lo largo de todo el recorrido en un ambiente de homenaje compartido.
Ya en la transición hacia la noche, Montilla fue adentrándose en un clima de silencio y contemplación que alcanzó su punto culminante en la Madrugada del Viernes Santo con la salida de la Hermandad del Santísimo Cristo de la Misericordia y María Santísima de la Amargura desde el Llanete de la Cruz. En este enclave, cargado de simbolismo, la medianoche dio paso a una de las estaciones de penitencia más sobrecogedoras de la Semana Santa local.
El Santísimo Cristo de la Misericordia volvió a erigirse como eje central de la procesión. La talla, realizada en 1989 por Francisco Solano Salido Jiménez, representa el instante en el que Cristo pronuncia sus últimas palabras en la cruz, generando una profunda impresión entre los asistentes. Junto a Él, la presencia serena y dolorosa de María Santísima de la Amargura completó una escena de gran intensidad emocional, en la que el silencio del público y la tenue luz de los cirios construyeron una atmósfera única.
Además, la hermandad mantuvo una de sus tradiciones más significativas, con los hermanos más veteranos portando un crucifijo en el cíngulo de su hábito, en un gesto que simboliza la fidelidad y el compromiso acumulado durante décadas. Este detalle, aparentemente sencillo, volvió a adquirir una dimensión especial en una madrugada donde cada elemento contribuyó a reforzar el sentido profundo de la estación de penitencia.
Por otro lado, la dimensión artística de las imágenes volvió a ser objeto de atención. Según explica Elena Bellido, el Cristo de la Misericordia recoge "ese instante límite en el que Cristo habla con los hombres y con Dios", mientras que la influencia del Barroco sigue marcando "las directrices que siguen nuestros imagineros contemporáneos", evidenciando la pervivencia de una tradición estética profundamente arraigada.
Y es que, entre incienso, saetas y silencio, la madrugada se convirtió en un auténtico templo al aire libre donde la ciudad, entregada a sus devociones, vivió uno de los momentos más intensos de toda la Semana Santa. Un Jueves Santo que, desde la luz de la mañana hasta la penumbra de la noche, volvió a demostrar la capacidad de Montilla para emocionar, reunir y mantener viva una herencia que se transmite de generación en generación.
JUAN PABLO BELLIDO / REDACCIÓN
FOTOGRAFÍA: ÁLVARO CARRASCO
FOTOGRAFÍA: ÁLVARO CARRASCO


















































