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Rafael Soto | La jaula dorada de nuestro tiempo

El culto a la identidad es una jaula dorada porque el que se mete en ella alcanza propósito y pertenencia, a cambio de renunciar a su pensamiento crítico y su libertad individual. Los identitarismos son la distracción perfecta del Capital, la justificación de los males y el sentido artificial de un sistema desalmado.


En una era de incertidumbres y capitalismo desbocado, nada como una buena dosis de identidad. Esta semana hemos tenido dos ejemplos claros. Sánchez ha recurrido al nacionalismo catalán al referirse a “dos países” cuando hablaba de España y Cataluña. ¿Alguien se acuerda sobre qué se debatía en aquel momento? Y tanto PP como Vox nos han dado la semanita con eso de la “prioridad nacional”. Un concepto que todavía no entiendo.

El capitalismo vive de marear a los consumidores, concepción única que puede tener del ciudadano. Crea necesidades que no son tales, favorece una rebeldía pueril y fomenta la pertenencia como distracción. Por eso, durante la Edad Contemporánea, capitalismo y nacionalismo —que no deja de ser un identitarismo— fueron dos ‘ismos’ que casaron bien. En la Postmodernidad, la jaula dorada la representa el culto a la identidad.

La identidad es una certeza necesaria en un mundo de incertidumbres. Es un aspecto áureo de nuestra realidad subjetiva y social, porque nos da un lugar, un espacio, una comunidad a la que volver. Sin embargo, también es una jaula cuando se le rinde culto hasta llegar, en ocasiones, a la caricatura.

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El españolito tiene que ser muy españolito, seguir un estereotipo y cuidarse de que alguien piense que es rojo. El buen miembro del colectivo LGTBI tiene que ser de izquierdas, progresista y anticlerical, so pena de ser un traidor. La buena mujer es feminista —aunque ni entre estos colectivos se pongan de acuerdo en qué es ser “buena feminista”—, progresista, trabajadora y una suerte de Wonder Woman —productiva, por supuesto—. No como Ayuso, que es “una mala mujer”, como ha llegado a decir alguna por ahí…

Todo identitarismo es conservador en esencia, por mucha rebeldía pueril que pueda llegar a movilizar —véase el ejemplo de los nacionalismos de izquierda—. Y por eso, la izquierda clásica es universalista y el Estado es una herramienta, no enemigo al que batir.

La insustancialidad de la política nacional, el avance del capitalismo salvaje y las vejaciones al Derecho Internacional son tres realidades de la actualidad que, cada vez más, me hacen sentir horror y vergüenza del tiempo que me ha tocado vivir. Ahora me esfuerzo en centrarme en los debates que de verdad importan. Aunque sea solo a mí.

Haereticus dixit


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