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Carlos Serrano | Miguel Hernández, perdón

El primer aviso del peligro llegó cuando, con gesto amenazante, se pretendía acabar con una guerra. La ironía de la ignorancia rozaba lo sublime. Eran más letales sus declaraciones de prensa que los misiles y las bombas. En cierto modo, levantaba la moral el hecho de que aquel bruto fuera el presidente de una de las mayores potencias mundiales. Todo es posible, entonces.


Debía de ser digno de ver cómo los consejeros de prensa veían pisoteado su trabajo constantemente. Me refiero a los que tuvieran algo de decencia. Pues aquel orangután, obsesionado con que se le reconociera como el miembro con mayor capacidad entrepernil de la manada, solo se rodeaba de palmeros y bailaores de agua profesionales. Pelotas de toda la vida, si lo prefieren.

Así es difícil convencer al mundo de que has comenzado una guerra legítima. No sé quién acuñó el término, pero es frívolo, siendo educado. No creo que alguien que ha perdido su casa en un bombardeo exclame: «Menos mal que era legítima; ¿te imaginas el disgusto si no lo fuera?».

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El segundo aviso llegó cuando los ciudadanos mostraron preocupación por la explosiva situación geopolítica. No había que esperanzarse; no es que hubieran desarrollado un mágico interés por informarse en medios de calidad, pero ir al trabajo en coche sin gastarte la nómina comenzaba a ser un problema. Al supermercado llegaban menos alimentos y las empresas mandaban teletrabajar para ahorrar algo de energía.

Tendemos a ignorarlo todo hasta que nos afecta al bolsillo. Si mueren mujeres y niños y hay sufrimiento, son cosas de la vida al nacer en el lado bueno y tranquilo de la balanza. En el momento en que me suben la gasolina, voy a la Casa Blanca, si hace falta, y pongo orden para que triunfe la paz. Es el resumen de la Historia. Mientras mi nevera personal esté llena, la del vecino puede oxidarse, si es preciso. Pero a mí que no me toquen el privilegio de evitar el transporte público.

Yo entiendo esta lógica: el gran líder tiene muchos apoyos en sus acciones merecedoras del Nobel de la Paz; nada es culpa suya. Qué manía la de bombardear países que, al parecer, se lo buscan, y que encima me afecte a la cuenta corriente. Son fenómenos que, por supuesto, nada tienen que ver con la acción de señalar un punto del mapa y reducirlo a cenizas.

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A lo mejor esto es ser demasiado pesimista y el señor Trump —se me escapó el nombre— sea un fan de Celtas Cortos y quiera aplicarse la canción: «Haz turismo invadiendo un país: es barato y te pagan la estancia…». Teherán está preciosa en esta época del año. No me extraña que todos hablen de ella: es la guerra de moda.

Parece ser que Ucrania ya es un destino vacacional, que Palestina ha inaugurado otra escuela y otro parque infantil, y que África ha logrado erradicar los términos hambruna y guerra civil. Sudán, Yemen, Siria, Myanmar, Somalia y la región del Sahel están de fiesta, celebrando el aniversario del fin de la violencia. La amnesia supone el tercer aviso.

Es imposible vivir con los ojos cerrados. A modo de avestruz, enterrar la cabeza en la arena no nos dejará ver las lágrimas, es cierto. Pero quizá la dignidad muera ahogada. Debemos tomar partido ante qué mundo queremos que hereden las próximas generaciones: es difícil respirar con los pulmones llenos de humo.

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El último aviso es la muerte de la coherencia. Elegir qué muerte merece el llanto y cuál el olvido es una decisión imposible de tomar a nivel moral. No existe la bondad en el humo de metralla, ni justicia en la destrucción de un hospital por fuego de mortero.

No hay nada bello en cometer crímenes contra la humanidad en cualquiera de sus formas; no hay banderas que merezcan la ciega veneración de ver aniquilado al supuesto enemigo. No somos nadie para contradecir los inmortales versos de Miguel Hernández: «Tristes guerras si no es de amor la empresa. Tristes, tristes».

CARLOS SERRANO MARTÍN
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL

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