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Luis Narváez Luque revive su historia cofrade en el pregón de la Humildad

La Parroquia de San Francisco Solano acogió anoche el XVII Pregón de Hermandad pronunciado por Luis Narváez Luque, quien anunció la llegada de una nueva Semana Santa en Montilla con un discurso cargado de vivencias personales, memoria cofrade y profundas referencias a Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia y a María Santísima de la Caridad en sus Tristezas.


El templo de El Santo, estrechamente vinculado a la historia y al presente de la corporación franciscana, se convirtió en escenario de una cita que cada Cuaresma actúa como antesala espiritual de los días grandes. Luis Narváez Luque, hermano de la cofradía desde 1995, capataz del Señor desde 2004 y hermano mayor entre 2018 y 2023, asumió el encargo confiado por la hermandad con un pregón en el que entrelazó su propia biografía con la vida colectiva de la corporación.

El pregonero inició su intervención con una evocación íntima y simbólica de su primer encuentro espiritual con el Señor de la Humildad, al afirmar que “aquel día de primavera, cuando la tarde moría, mis pasos encontraron tu camino, entre nazarenos y algarabía", y se preguntó "cómo puede ser que mis ojos, hasta ese día, no te conocían”. En ese arranque, Luis Narváez situó el origen de su compromiso cofrade en una vivencia personal que marcó el resto de su vida.

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Además, en ese mismo inicio confesó el vínculo profundo que nació desde aquel instante al señalar que “lo supe nada más que al cruzarme con tu mansa mirada: no fue la casualidad la que me llevó a tu vera, ni yo el que te encontró en tu pedestal de plata: eres Tú el que me has encontrado a mí: Tú me llevaste a tus plantas”. Con esas palabras, el pregonero expresó el sentido de pertenencia y de vocación que ha guiado siempre su trayectoria en el seno de la hermandad del Martes Santo.

Tras esa introducción, Luis Narváez Luque dedicó un apartado especialmente significativo a Manuel Jesús Morales Narváez, encargado de presentarlo, a quien se dirigió con palabras cargadas de memoria compartida y afecto, recordando el camino recorrido juntos dentro de la cofradía. “No solo nos une la sangre: nos une el amor a Dios, el amor a la Virgen y al oficio más bonito del mundo, ser sus costaleros”, dijo.

El pregonero recurrió también a un lenguaje simbólico inspirado en el mundo taurino para describir el momento que vivía, afirmando que “vengo ante vosotros de pregonero, con el mismo respeto con que se observa un Miura, al que se admira y a veces se teme”. Y añadió, reforzando la dimensión íntima de aquel instante: “Hoy toreo en mi casa, en el coso que me dio la alternativa del martillo, del esparto y la trabajadera”.

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De igual modo, Luis Narváez Luque realizó un recorrido por la historia de la hermandad, desde sus orígenes a finales de la década de los ochenta hasta su consolidación actual. Recordó el papel decisivo de sus fundadores y de quienes impulsaron el crecimiento de la corporación, afirmando que “todos lucharon y vivieron por sacar la cofradía adelante, tras muchos años de sacrificios personales, de horas robadas al hogar y al descanso”.

En ese repaso histórico, evocó los primeros ensayos, la primera estación de penitencia en 1996 y las dificultades de aquellos comienzos, cuando, según relató, “en Montilla no había tradición de costal, y empezamos completamente de cero en todo”.

El pregón se convirtió también en una crónica personal de su propia evolución dentro de la hermandad, desde costalero hasta capataz. Recordó con especial intensidad su primer Martes Santo al frente del paso, cuando, ante la imagen del Señor, pronunció: “Vámonos Señor, ayúdame y dame fuerzas, que Montilla te necesita como el sediento el agua”.


En otro momento de su intervención, el pregonero reflexionó sobre el verdadero sentido de pertenecer a una cofradía, al señalar que “la hermandad no es salir a la calle en procesión, por mucho que nos gusten esas horas: es tan efímero que se nos pasan volando y nos quedamos un año esperando verlos”. Y añadió que “la verdadera hermandad son los ratos buenos que echamos de trabajo desinteresado”.

Por otro lado, Luis Narváez dedicó palabras especialmente emotivas a María Santísima de la Caridad en sus Tristezas, a quien definió desde la devoción más íntima como “el sol en mi noche cerrada, mientras que tus ojos son el océano donde mi vida navega”. Asimismo, expresó el vínculo espiritual que le une a la imagen del Señor, al que definió como “capataz de los cielos, Humilitas Dei, Dios en la tierra”.

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En la recta final de su pregón, Luis Narváez Luque elevó el tono hacia una reflexión sobre la vida, la muerte y la fe, proyectando su mirada hacia la eternidad. “El día que me llames para la procesión eterna, iré sin miedo ni pena, porque será una procesión celestial de Gloria”, afirmó.

Y concluyó su intervención con una imagen profundamente vinculada a Montilla y a la propia hermandad, al declarar que “cuando suene tu martillo, el del capataz eterno, no tendré inquietud ni zozobra. Cómo voy a tener miedo si ya he visto el cielo”, apuntó, para cerrar con una afirmación que resumió el sentido último de su pregón: “que el cielo está en Montilla cada Martes Santo”.

El XVII Pregón de Hermandad confirmó así la estrecha relación de Luis Narváez Luque con la Franciscana Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia, María Santísima de la Caridad en sus Tristezas y San Francisco Solano que, con este acto, volvió a situar en el centro de la vida cofrade el anuncio de una nueva Semana Santa.


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