Así como los mercaderes en sus vigilias recuentan monedas y temen que se agrieten sus negocios, él, mi amigo, sueña con un cuadro más: un óleo, una acuarela, un acrílico sobre tabla. Nació para servir al arte y bajo este concreto mandato se articulan sus días. Siendo un bachiller conoció a Rafael Rodríguez, que ya era todo un maestro. Ese fue el primer paso.
Ángel Márquez Espejo, más conocido como 'Ángel Paula'.
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]
“Yo tendría unos 15 o 16 años. Iba a La Toba, que para mí es como una segunda casa, a llevar materiales de obra para la construcción. Entonces tuve mi primer contacto. Luego, mientras estudiaba en el Instituto Inca Garcilaso, empecé a tratar a Juan Arrabal y, pronto, a base de ir a su casa, nos fuimos haciendo amigos. Me di cuenta de que el arte, y en particular la pintura, me impactaba. Me conmovía. Y lo sigue haciendo”.
A este eslabón seguirían otros y, de esta manera, en Ángel Márquez Espejo fue aflorando el coleccionista. El enamorado insaciable; el que siempre da cobijo a una pieza más: escultura, cerámica, vidrio, esta talla, aquel bronce. No es exagerado calcular en cerca del millar, si no más, lo que ha reunido como obediente esclavo de la belleza que es. Su oficio es estar pendiente del artista. Atender y cubrir sus necesidades logísticas. Darle auxilio cuando lo inmediato es llevar sus creaciones de un lado para otro. Estar al tanto del montaje. Cuidar los detalles.
“A Luis Cárdenas le hice el transporte de todos sus cuadros cuando se le presentó la oportunidad de hacer su primera exposición individual, que fue en la Casa del Inca. Y lo mismo con Paco Salido. Era a finales de la década de los setenta, o a principio de los ochenta. Es increíble la clase y el nivel de esta generación. Es una suerte haber visto cómo ha ido evolucionado hasta cotas fabulosas”.
Pero la curiosidad de Ángel también le llevó a interesarse por el pasado remoto. Como fundador del Grupo Acrópolis removió y sondeó suelos a la busca de tesoros escondidos, fragmentos de historia ocultos durante siglos que, gracias al esfuerzo de este colectivo, vieron de nuevo la luz.
“Estuvimos recuperando valiosos restos: monedas, ornamentos, trozos de vasijas, columnas desgajadas y otros objetos, lo que sirvió de base para constituir más tarde el Museo Histórico de Montilla. Y, además, me hice socio de la Asociación de Amigos de Montilla”.
“Y a este propósito siempre es conveniente recordar a Pepito Pedraza Luque, el joyero que luchó de manera constante para conseguir muchas cosas. Sin ir más lejos, la génesis de la Banda de Música Pascual Marquina se debe a él. Peleó lo que no está escrito para poder reunir los instrumentos y siempre se preocupó de todo, hasta por el más mínimo detalle, las cuerdas y los accesorios, qué se yo”.
La creación de la Galería de Arte Louvre, de Pepe Pedraza Salido, primo del anterior, en 1986, también fue un hecho decisivo, ya que vino a unirse a una considerable cantera de creadores locales que fueron llamando la atención. Era un núcleo extraordinario, una cosa insólita para un pueblo.
Vino a dinamizar este mundillo, fue un punto de encuentro entre aficionados y artistas que, tantos años después, todavía funciona, si bien más espaciada, casi como un placer privado. Ahora, Pepe, la mantiene como disfrute personal, más que como actividad económica. La pandemia del covid redujo una programación que su propietario y gestor mimó con el mayor cuidado.
José Pedraza Salido, en su galería de arte de La Andaluza.
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]
“Esto fue esencial y determinante”, asegura Ángel. “Llegué a conocer a grandes artistas de Córdoba y de otras ciudades. Entré en contacto con renombradas figuras, con lo que, poco a poco, fui ensanchando mi círculo de contactos, mi radio de acción”.
Todo le interesaba, cualquier dibujo, bocetos o apuntes, aunque pareciera algo inservible e insignificante. Hasta en lo más nimio ve algo notable, digno de ser apreciado, pues él sabe que contiene en sí mismo, en lo que se da por sobrante, el borrador de una obra posterior.
“En mi colección, lo fundamental son los artistas cercanos, los que tengo más próximos, pero en su composición cuento igualmente con reconocidas firmas dentro del panorama andaluz, incluso nacional. En este sentido, el descubrimiento del trabajo de Alfonso Ariza ocupa capítulo aparte. Pepe Pedraza y yo lo visitamos con frecuencia en su casa estudio de La Rambla”.
“Para mí, en esto del arte, es tan importante el vínculo con las personas como la posesión de su obra. Me interesa ver cómo viven, cómo trabajan y cómo se desenvuelven. Y, en el caso de Alfonso Ariza, concurrían unas condiciones muy especiales. Era un problema poder comunicarse con él a causa de una acusada sordera. Pero no hay barreras para los genios”.
“Otro personaje con características muy singulares era Antonio Gómez Nucete —recuerda—, que casi se comportaba como un niño. Entonces, en este acercamiento al artista, te encuentras con situaciones novedosas y casi de aventuras”.
Ángel parece supeditarlo todo al arte. Es el alimento que lo tiene en pie. Un artículo de primera necesidad. Se mueve entre el deseo de tener algo en sus manos y el placer de conseguirlo. Es, en realidad, un anhelo permanente. Lo que le lleva a una pugna inacabable: la de no detenerse con tal de disfrutar todo lo que le gusta. Le reconforta, acaso como estímulo espiritual, el deleite de lo bien hecho.
“Adquieres un cuadro, por ejemplo, y a los cuatro días ves otro que te llama la atención. Es algo que no tiene fin, porque cuando lo tienes lo que te apetece es compartir esa obra con todo el mundo. Mi casa está abierta. Han entrado artistas y amigos que se han interesado por lo que tengo”.
“Y estoy abierto a intercambios y a todo lo que ayude a mover el trabajo de los artistas. De hecho, mi gran ilusión es abrir al público un local en el que pueda exponer la colección, renovándola cada cierto tiempo para que todo el mundo la disfrute. Hasta el nombre lo tengo pensado. Se llamará Literartes, con lo que en una palabra, uno mis dos grandes aficiones”.
Como se ve, la escritura es otra de sus prioridades. Es muy capaz de anteponer una lectura a cualquier otro recreo. Colabora asiduamente en la revista El Ladrío, de la Asociación El Coloquio de los Perros. Además, integró el colectivo de amigos La Avenencia, que se forjó alrededor de Rafael Rodríguez Portero, por iniciativa de José María Luque.
En definitiva, está volcado con cualquier manifestación cultural. Y todo lo ha hecho por amor al arte. Costeó la tirada de una serie de grabados homenaje a Vicente Núñez, a quien visitaba con cierta asiduidad en la taberna de El Tuta, mitad oficina mitad despacho para quienes entraban en su círculo de confianza. Se trata de una delicada lámina cuya autoría se debe al cordobés José Luis Muñoz. Es una edición limitada que regaló y repartió entre amigos como recuerdo gráfico y fiel del poeta de Aguilar de la Frontera.
Y, asimismo, se hizo cargo de la publicación de un precioso cuadernillo de Pablo García Baena. Contenía el discurso, las palabras lujosas, que pronunció este escritor de Cántico, Premio Príncipe de Asturias de las Letras, al aceptar ser Capataz de Honor de la Fiesta de la Vendimia. Ángel lo entresacó de la grabación existente en Montilla Televisión en la que se contenía aquel acto.
Pablo García Baena, durante su discurso como Capataz de Honor de la Fiesta de la Vendimia.
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]
No hay camino que no haya transitado. Y esto es así literalmente, porque es un consumado excursionista, un andarín que sabe de trochas y de cañadas. De cuestas, llanos y crestas tan elevadas como las de Sierra Nevada, en las que ha hecho cima más de una vez.
Pero, sobre todo, es refugio seguro, en caso de temporal, para la belleza. Lo que se ve rechazado, él lo acoge. Es, por esto mismo, un atento guardián de la imaginería, otra de sus predilecciones. Una talla de Jesús atado a la Columna ha encontrado protección en su casa.
Señor Amarrado a la Columna, de Francisco Solano Salido y Paco Salido Mendoza.
[FOTO: MANUEL BELLIDO MORA]
“La rescaté una vez que la cofradía del Jueves Santo decidió prescindir de ella. Yo la consideró una magnífica obra de Francisco Solano Salido y de su hijo el pintor Paco Salido Mendoza. Así que llegué a un acuerdo con la Hermandad de Jesús Preso y María Santísima de la Esperanza para recuperar esta imagen”.
“Es una joya, una pieza de gran categoría con una concepción moderna. Es de los mismos autores que forjaron el Cristo de la Misericordia, una escultura formidable con personalidad propia, algo que quizá la gente no ha llegado a entender”.
Este permanente estar a disposición del arte lo define. De su colección se nutren muestras y exposiciones. Aporta aquello que le solicitan, pero siendo este un rasgo principal de su desprendido carácter, hay otro aún más llamativo. Desempeña algo así como una labor de custodio que está siempre dispuesto a llevar a cabo cualquier traslado de cuadros y enseres artísticos donde sea conveniente.
De esta forma, ha acarreado y prestado para una antológica una selección representativa del quehacer de Paco Serrano, que era un grandísimo pintor de Fernán Núñez, ya fallecido; o, más recientemente, ha transportado los cuadros de Juan Luque, de variado formato, con ocasión de su muestra individual en la Galería Haurie, de Sevilla.
“Como yo he estado en el mundo del transporte, pongo mi experiencia al servicio de quien lo necesite. He llevado obra hasta Madrid. En un Simca 1200 trasladé toda la exposición completa de Luis Cárdenas. Lo hago por gusto. No me importa y, si acaso, me dan algo para los gastos de combustible. Pero básicamente lo hago por amistad”.
Ángel Márquez iba para maestro, aunque en cierto modo lo es. Guardó su título de Magisterio, sin tener que pasar por colegio alguno. Al hacerlo, cuando tomó esta decisión de no ejercer como profesor, tal vez dejó por el camino un buen enseñante. Pero, a cambio, se consagró a la pedagogía del arte, en la que, a su modo, también ha creado escuela.
“Durante mucho tiempo estuve dedicado al negocio familiar de materiales de construcción. De hecho, casi todo el mundo me conoce por Ángel Paula, que todos nosotros, mis hermanos, recogemos de nuestro padre. Pero, a la par que trabajaba en esto, iba introduciéndome cada vez más en todo tipo de asuntos culturales que, al final, es lo que me satisface más. Es, creo, lo que le da el color y la intensidad a la vida”.
Y por si todo esto fuera poco, ahora de forma providencial sus dos hijas, Ángela y Aurora, residen en Italia, donde lo monumental, su inagotable patrimonio, se ofrece en sobredosis. “Mi mujer, Aurora Jiménez Vázquez, y yo vamos un par de veces al año. Una vive en Roma y otra en Florencia, qué más se puede decir. Son dos ciudades que, por estas razones, conozco y disfruto cada vez que estoy allí. Y ya no busco lo consabido, sino aquello más escondido y desconocido, lo que no está en guías y catálogos, pero que, tal vez, es más bello y deslumbrante”.
“No es lo que busca el turismo de masas. Yo ya he pasado por ahí. Existen pueblos apartados de los circuitos habituales que son verdaderas maravillas. En Italia también tengo a un primo, Carlos Pérez Márquez, que es prior de una congregación de los Siervos de María. Toda una eminencia en materia religiosa y artística”.
Es, pues, como un sino que acepta satisfecho, al que no opone resistencia, si no que se deja llevar por él. A su juicio, bendito sea, una pincelada basta para restañar las taras de este planeta. Y cree, sin titubear, que en un pigmento habita la armonía. Esta es la paleta cromática con la que él interpreta lo que nos rodea.
Puede que el canónigo se inquiete ante las almas descarriadas. Que el lucro cesante perturbe al inversor que calcula pérdidas y ganancias. Que el bibliófilo esté intranquilo frente al hueco en la balda. Él, sin embargo, va a lo suyo. A la contemplación de lo que posee el indescifrable misterio del encanto. Le priva la estética. En esto, y no en otra cosa, consiste el gozo supremo al que aspira. Lo que hace es, por resumir, lo que se reserva al oficio de ángel.
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]
“Yo tendría unos 15 o 16 años. Iba a La Toba, que para mí es como una segunda casa, a llevar materiales de obra para la construcción. Entonces tuve mi primer contacto. Luego, mientras estudiaba en el Instituto Inca Garcilaso, empecé a tratar a Juan Arrabal y, pronto, a base de ir a su casa, nos fuimos haciendo amigos. Me di cuenta de que el arte, y en particular la pintura, me impactaba. Me conmovía. Y lo sigue haciendo”.
A este eslabón seguirían otros y, de esta manera, en Ángel Márquez Espejo fue aflorando el coleccionista. El enamorado insaciable; el que siempre da cobijo a una pieza más: escultura, cerámica, vidrio, esta talla, aquel bronce. No es exagerado calcular en cerca del millar, si no más, lo que ha reunido como obediente esclavo de la belleza que es. Su oficio es estar pendiente del artista. Atender y cubrir sus necesidades logísticas. Darle auxilio cuando lo inmediato es llevar sus creaciones de un lado para otro. Estar al tanto del montaje. Cuidar los detalles.
“A Luis Cárdenas le hice el transporte de todos sus cuadros cuando se le presentó la oportunidad de hacer su primera exposición individual, que fue en la Casa del Inca. Y lo mismo con Paco Salido. Era a finales de la década de los setenta, o a principio de los ochenta. Es increíble la clase y el nivel de esta generación. Es una suerte haber visto cómo ha ido evolucionado hasta cotas fabulosas”.
Pero la curiosidad de Ángel también le llevó a interesarse por el pasado remoto. Como fundador del Grupo Acrópolis removió y sondeó suelos a la busca de tesoros escondidos, fragmentos de historia ocultos durante siglos que, gracias al esfuerzo de este colectivo, vieron de nuevo la luz.
“Estuvimos recuperando valiosos restos: monedas, ornamentos, trozos de vasijas, columnas desgajadas y otros objetos, lo que sirvió de base para constituir más tarde el Museo Histórico de Montilla. Y, además, me hice socio de la Asociación de Amigos de Montilla”.
“Y a este propósito siempre es conveniente recordar a Pepito Pedraza Luque, el joyero que luchó de manera constante para conseguir muchas cosas. Sin ir más lejos, la génesis de la Banda de Música Pascual Marquina se debe a él. Peleó lo que no está escrito para poder reunir los instrumentos y siempre se preocupó de todo, hasta por el más mínimo detalle, las cuerdas y los accesorios, qué se yo”.
La creación de la Galería de Arte Louvre, de Pepe Pedraza Salido, primo del anterior, en 1986, también fue un hecho decisivo, ya que vino a unirse a una considerable cantera de creadores locales que fueron llamando la atención. Era un núcleo extraordinario, una cosa insólita para un pueblo.
Vino a dinamizar este mundillo, fue un punto de encuentro entre aficionados y artistas que, tantos años después, todavía funciona, si bien más espaciada, casi como un placer privado. Ahora, Pepe, la mantiene como disfrute personal, más que como actividad económica. La pandemia del covid redujo una programación que su propietario y gestor mimó con el mayor cuidado.
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]
“Esto fue esencial y determinante”, asegura Ángel. “Llegué a conocer a grandes artistas de Córdoba y de otras ciudades. Entré en contacto con renombradas figuras, con lo que, poco a poco, fui ensanchando mi círculo de contactos, mi radio de acción”.
Todo le interesaba, cualquier dibujo, bocetos o apuntes, aunque pareciera algo inservible e insignificante. Hasta en lo más nimio ve algo notable, digno de ser apreciado, pues él sabe que contiene en sí mismo, en lo que se da por sobrante, el borrador de una obra posterior.
“En mi colección, lo fundamental son los artistas cercanos, los que tengo más próximos, pero en su composición cuento igualmente con reconocidas firmas dentro del panorama andaluz, incluso nacional. En este sentido, el descubrimiento del trabajo de Alfonso Ariza ocupa capítulo aparte. Pepe Pedraza y yo lo visitamos con frecuencia en su casa estudio de La Rambla”.
“Para mí, en esto del arte, es tan importante el vínculo con las personas como la posesión de su obra. Me interesa ver cómo viven, cómo trabajan y cómo se desenvuelven. Y, en el caso de Alfonso Ariza, concurrían unas condiciones muy especiales. Era un problema poder comunicarse con él a causa de una acusada sordera. Pero no hay barreras para los genios”.
“Otro personaje con características muy singulares era Antonio Gómez Nucete —recuerda—, que casi se comportaba como un niño. Entonces, en este acercamiento al artista, te encuentras con situaciones novedosas y casi de aventuras”.
Ángel parece supeditarlo todo al arte. Es el alimento que lo tiene en pie. Un artículo de primera necesidad. Se mueve entre el deseo de tener algo en sus manos y el placer de conseguirlo. Es, en realidad, un anhelo permanente. Lo que le lleva a una pugna inacabable: la de no detenerse con tal de disfrutar todo lo que le gusta. Le reconforta, acaso como estímulo espiritual, el deleite de lo bien hecho.
“Adquieres un cuadro, por ejemplo, y a los cuatro días ves otro que te llama la atención. Es algo que no tiene fin, porque cuando lo tienes lo que te apetece es compartir esa obra con todo el mundo. Mi casa está abierta. Han entrado artistas y amigos que se han interesado por lo que tengo”.
“Y estoy abierto a intercambios y a todo lo que ayude a mover el trabajo de los artistas. De hecho, mi gran ilusión es abrir al público un local en el que pueda exponer la colección, renovándola cada cierto tiempo para que todo el mundo la disfrute. Hasta el nombre lo tengo pensado. Se llamará Literartes, con lo que en una palabra, uno mis dos grandes aficiones”.
Como se ve, la escritura es otra de sus prioridades. Es muy capaz de anteponer una lectura a cualquier otro recreo. Colabora asiduamente en la revista El Ladrío, de la Asociación El Coloquio de los Perros. Además, integró el colectivo de amigos La Avenencia, que se forjó alrededor de Rafael Rodríguez Portero, por iniciativa de José María Luque.
En definitiva, está volcado con cualquier manifestación cultural. Y todo lo ha hecho por amor al arte. Costeó la tirada de una serie de grabados homenaje a Vicente Núñez, a quien visitaba con cierta asiduidad en la taberna de El Tuta, mitad oficina mitad despacho para quienes entraban en su círculo de confianza. Se trata de una delicada lámina cuya autoría se debe al cordobés José Luis Muñoz. Es una edición limitada que regaló y repartió entre amigos como recuerdo gráfico y fiel del poeta de Aguilar de la Frontera.
Y, asimismo, se hizo cargo de la publicación de un precioso cuadernillo de Pablo García Baena. Contenía el discurso, las palabras lujosas, que pronunció este escritor de Cántico, Premio Príncipe de Asturias de las Letras, al aceptar ser Capataz de Honor de la Fiesta de la Vendimia. Ángel lo entresacó de la grabación existente en Montilla Televisión en la que se contenía aquel acto.
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]
No hay camino que no haya transitado. Y esto es así literalmente, porque es un consumado excursionista, un andarín que sabe de trochas y de cañadas. De cuestas, llanos y crestas tan elevadas como las de Sierra Nevada, en las que ha hecho cima más de una vez.
Pero, sobre todo, es refugio seguro, en caso de temporal, para la belleza. Lo que se ve rechazado, él lo acoge. Es, por esto mismo, un atento guardián de la imaginería, otra de sus predilecciones. Una talla de Jesús atado a la Columna ha encontrado protección en su casa.
[FOTO: MANUEL BELLIDO MORA]
“La rescaté una vez que la cofradía del Jueves Santo decidió prescindir de ella. Yo la consideró una magnífica obra de Francisco Solano Salido y de su hijo el pintor Paco Salido Mendoza. Así que llegué a un acuerdo con la Hermandad de Jesús Preso y María Santísima de la Esperanza para recuperar esta imagen”.
“Es una joya, una pieza de gran categoría con una concepción moderna. Es de los mismos autores que forjaron el Cristo de la Misericordia, una escultura formidable con personalidad propia, algo que quizá la gente no ha llegado a entender”.
Este permanente estar a disposición del arte lo define. De su colección se nutren muestras y exposiciones. Aporta aquello que le solicitan, pero siendo este un rasgo principal de su desprendido carácter, hay otro aún más llamativo. Desempeña algo así como una labor de custodio que está siempre dispuesto a llevar a cabo cualquier traslado de cuadros y enseres artísticos donde sea conveniente.
De esta forma, ha acarreado y prestado para una antológica una selección representativa del quehacer de Paco Serrano, que era un grandísimo pintor de Fernán Núñez, ya fallecido; o, más recientemente, ha transportado los cuadros de Juan Luque, de variado formato, con ocasión de su muestra individual en la Galería Haurie, de Sevilla.
“Como yo he estado en el mundo del transporte, pongo mi experiencia al servicio de quien lo necesite. He llevado obra hasta Madrid. En un Simca 1200 trasladé toda la exposición completa de Luis Cárdenas. Lo hago por gusto. No me importa y, si acaso, me dan algo para los gastos de combustible. Pero básicamente lo hago por amistad”.
Ángel Márquez iba para maestro, aunque en cierto modo lo es. Guardó su título de Magisterio, sin tener que pasar por colegio alguno. Al hacerlo, cuando tomó esta decisión de no ejercer como profesor, tal vez dejó por el camino un buen enseñante. Pero, a cambio, se consagró a la pedagogía del arte, en la que, a su modo, también ha creado escuela.
“Durante mucho tiempo estuve dedicado al negocio familiar de materiales de construcción. De hecho, casi todo el mundo me conoce por Ángel Paula, que todos nosotros, mis hermanos, recogemos de nuestro padre. Pero, a la par que trabajaba en esto, iba introduciéndome cada vez más en todo tipo de asuntos culturales que, al final, es lo que me satisface más. Es, creo, lo que le da el color y la intensidad a la vida”.
Y por si todo esto fuera poco, ahora de forma providencial sus dos hijas, Ángela y Aurora, residen en Italia, donde lo monumental, su inagotable patrimonio, se ofrece en sobredosis. “Mi mujer, Aurora Jiménez Vázquez, y yo vamos un par de veces al año. Una vive en Roma y otra en Florencia, qué más se puede decir. Son dos ciudades que, por estas razones, conozco y disfruto cada vez que estoy allí. Y ya no busco lo consabido, sino aquello más escondido y desconocido, lo que no está en guías y catálogos, pero que, tal vez, es más bello y deslumbrante”.
“No es lo que busca el turismo de masas. Yo ya he pasado por ahí. Existen pueblos apartados de los circuitos habituales que son verdaderas maravillas. En Italia también tengo a un primo, Carlos Pérez Márquez, que es prior de una congregación de los Siervos de María. Toda una eminencia en materia religiosa y artística”.
Es, pues, como un sino que acepta satisfecho, al que no opone resistencia, si no que se deja llevar por él. A su juicio, bendito sea, una pincelada basta para restañar las taras de este planeta. Y cree, sin titubear, que en un pigmento habita la armonía. Esta es la paleta cromática con la que él interpreta lo que nos rodea.
Puede que el canónigo se inquiete ante las almas descarriadas. Que el lucro cesante perturbe al inversor que calcula pérdidas y ganancias. Que el bibliófilo esté intranquilo frente al hueco en la balda. Él, sin embargo, va a lo suyo. A la contemplación de lo que posee el indescifrable misterio del encanto. Le priva la estética. En esto, y no en otra cosa, consiste el gozo supremo al que aspira. Lo que hace es, por resumir, lo que se reserva al oficio de ángel.
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR





















































