Montilla recupera hoy la memoria de Manuel González Candelas, Hijo Adoptivo de la Ciudad, que falleció el 21 de febrero de 2006, hace justo veinte años, tras una intensa y extensa vida dedicada a retratar, durante décadas, la vida y las gentes de la Campiña Sur cordobesa. Pero antes de convertirse en referencia visual de esta ciudad y de su entorno, la historia de Manuel González Candelas comenzó lejos de Montilla, en un escenario doméstico donde la fotografía no era un adorno cultural, sino un medio de vida.
José Rey García, cronista oficial de Montilla y yerno de Manuel González Candelas, sitúa el origen de la vocación y de la profesión de su suegro en la casa familiar de Villa del Río, en cuya planta baja existía un estudio fotográfico regentado por su padre, Antonio González de la Torre. En esa misma casa, junto al Guadalquivir, nació Manuel González Candelas el 26 de noviembre de 1925. Fue el cuarto hijo de una familia que llegó a contar once hermanos. Sus padres fueron Antonio González de la Torre, oriundo de Montoro, y Benita Candelas Chacón, nacida en Tánger.
Ambos se establecieron en Villa del Río tras contraer matrimonio en Tetuán el 11 de abril de 1919. Aquel arraigo, sin embargo, no resistió el golpe de la Guerra Civil: la familia se vio obligada a abandonar precipitadamente la ciudad, dejando atrás ajuar, recuerdos, una cubertería de plata de boda, cámara, focos y, sobre todo, una copiosa colección de placas de cristal que, según recuerda José Rey García, desapareció en el transcurso de la contienda.
La huida tuvo un destino concreto y áspero: Baeza. Allí vivieron refugiados durante los años de hostilidades y allí continuó Manuel su etapa escolar, asistiendo a clases en la misma aula donde, tiempo atrás, Antonio Machado impartiera sus lecciones.
Al concluir la guerra, el regreso a Villa del Río se encontró con la casa desvalijada y con un horizonte incierto para el cabeza de familia: los antecedentes de Antonio González como antiguo alcalde durante la República no presagiaban tranquilidad ni prosperidad bajo el régimen franquista. Por eso, Benita y Antonio tomaron la decisión de abandonar el pueblo y rehacer su vida en otro lugar.
De este modo, Montilla aparece en la biografía como refugio y como promesa. La familia abandonó Villa del Río y, tras barajar diversas posibilidades, decidió instalarse en Montilla, ciudad que Antonio González conocía desde comienzos de los años treinta, cuando acudía cada primavera con trípode, cámara, placas y magnesio para retratar durante varios días a quienes se acercaban al patio y las galerías del desaparecido Hotel Comercio, convertido entonces en improvisado estudio. Montilla lo acogió bien y contaba con amigos que facilitaron el establecimiento de los González Candelas. Corría el mes de noviembre de 1940.
Pero aquel traslado no fue un simple cambio de padrón: fue el comienzo de un taller de imágenes que, con los años, acabaría siendo también una crónica colectiva. Antonio González instaló en Montilla su negocio como fotógrafo, abriendo estudio y laboratorio en el número 31 de la actual calle Puerta de Aguilar, por entonces denominada José María Alvear. "Empezó retratando en el empedrado patio de la casa y, años después, habilitó una sala de estudio, con una pesada cámara y focos diseñados por él mismo y fabricados por un latonero local", explica José Rey.
En ese ecosistema de oficio, con apenas quince años, su hijo Manuel ya ayudaba en el laboratorio; a los diecisiete, la fotografía de estudio tenía pocos secretos para él. Su yerno lo describe como un joven experto capaz de controlar la calidad de la luz con la sola medida de su mirada. "Colocaba focos sin fotómetro, graduaba una luz frontal para el detalle, levantaba volúmenes con luces laterales y añadía una luz tonal para evitar sombras indeseadas", rememora.
El oficio se extendió a los hermanos: Juan, Benito y Francisco vivieron también de la fotografía; los dos primeros emigraron a Cataluña para montar su propio estudio, y Francisco formó sociedad con Manuel en el estudio de Montilla. Pero el negocio debía alimentar a una familia numerosa y exigía mayores ingresos. Y ahí aparece un rasgo que acompaña a Manuel González durante toda su trayectoria: el movimiento.
Aún joven, se desplazó a pueblos del entorno en busca de clientela, viajando habitualmente a Espejo y La Rambla. En pensiones alquilaba habitaciones por temporadas, instalaba máquina de placas, focos y lienzos pintados, e improvisaba un estudio donde hoy suena extraño pensar que hacerse un retrato fuese “algo extraordinario”. Bodas, bautizos, comuniones y cualquier acontecimiento que rompiera la monotonía del pueblo quedaban fijados para hogares que colgaban imágenes en paredes como quien cuelga identidad.
Además, aquellos destinos rurales tuvieron geografía concreta. En Espejo instaló el estudio a comienzos de la década de los cincuenta, primero en la Posada de Valeriano, en la calle General Baturones, junto al Ayuntamiento; más tarde se trasladó a la Fonda de Baenilla, en la calle Trinidad Comas, donde permanecería hasta el cierre del estudio.
"Décadas después, en el desván de esa fonda, aparecieron varios miles de clichés en una lata circular de las usadas para transportar películas de cine, junto a objetos de mi suegro y decenas de fotos en papel con su sello de autor", detalla José Rey García.
A finales de los sesenta, Manuel González Candelas cerró en Espejo y abrió en La Rambla, en la calle Aguilar: allí colocó focos, fondos, vitrinas y una mesa camilla desde la que retocaba fotos esperando clientes. La vieja Vespa de los desplazamientos fue sustituida por un Seat 600, que le permitió viajar por los pueblos comarcanos tanto en su labor de fotógrafo como de corresponsal de la Agencia EFE.
La biografía de Manuel González no se limita al retrato y la ceremonia. José Rey García cuenta que en 1946 fue llamado a filas para cumplir el Servicio Militar y acudió con entusiasmo, movido por el afán de conocer horizontes. Desde su destino en el Ministerio del Ejército en Madrid, solicitó incorporarse voluntariamente a una expedición del Servicio de Geodesia y Topografía con una misión singular: realizar el mapa topográfico del territorio del Sahara español.
Como fotógrafo del Servicio Geográfico del Ejército, formó parte de una caravana de más de ochenta camellos y varias decenas de hombres que recorrió el desierto durante casi un año. En esos meses, que Manuel relataba de manera apasionada, quedaron impresas escenas de noches abiertas, tormentas de arena, hienas rondando el campamento, tertulias con guías nativos, un vínculo de confianza con “Linda”, su camella, y el descubrimiento íntimo de lo que el reportaje fotográfico podía ser no sólo documento, sino también aventura y relato.
Licenciado en 1948, convenció a su padre para adquirir una máquina de paso universal y el equipo necesario para hacer reportajes, iniciando una actividad que lo liberaba de las limitaciones del estudio y de las grandes máquinas de placas.
Convencido de que el futuro estaba más allá de las cuatro paredes, abrió “una ventana al mundo” —ese mundo provinciano que, según José Rey García, "le seduce y le atrapa"— y estableció con él un diálogo cotidiano con la cámara. Su objetivo se dirigió entonces a acontecimientos sociales, políticos, deportivos y culturales, a actos públicos de toda índole, a bodegas, talleres de cerámica, viñedos y olivares, a oficios y rincones de la geografía local.
En paralelo, su vida personal se asentó en Montilla. En 1954 contrajo matrimonio con Aurora Pedraza Cívico, con la que tuvo cuatro hijos: María de los Ángeles —esposa de José Rey—, Manuel, Antonio Ignacio y Raquel. Ese mismo año inició su actividad como corresponsal gráfico de la Agencia EFE en Montilla, con la misión de cubrir las noticias de la Campiña cordobesa.
Tras el fallecimiento de su padre en 1956, se hizo cargo del estudio junto con su hermano Francisco, sin renunciar a una rutina que hoy forma parte de la nostalgia de varias generaciones: cada primavera, ambos realizaban una ruta por colegios montillanos y la cámara Contax iba registrando, uno tras otro, los rostros de la chiquillería de los años cincuenta y sesenta ante un mapa de España o un fondo de lienzo, en esa liturgia escolar que acaba encontrando sitio en álbumes de fotos amarillentas.
Por otro lado, la labor como corresponsal dio a su archivo una dimensión pública. José Rey García explica que González asumió con entusiasmo la tarea, compaginándola con el estudio, y que sus fotografías comenzaron a aparecer con frecuencia en periódicos de tirada nacional.
Alcanzó la aspiración máxima de un corresponsal gráfico: ver una fotografía en primera página de la prensa nacional. Lo disfrutó en varias ocasiones, a página completa, abriendo diarios como ABC y Ya. Entre los años cincuenta y ochenta, pocos acontecimientos de interés en Montilla y localidades próximas escaparon a su objetivo.
Además, hubo coberturas que trascendieron lo local. Uno de sus trabajos con mayor repercusión mediática y científica fue el reportaje del hallazgo de un fósil de ballena en Montilla. En el verano de 1957, operarios de una fábrica de cerámica encontraron restos fosilizados al extraer arcilla en un barrero próximo a las vías del ferrocarril. El hecho adquirió dimensión nacional y el Gobierno envió a tres científicos para analizar los huesos in situ: Rafael Martín Roldán, Rafael Cabanás Pareja y Diego Jordano.
Años después, en 1961, publicaron conclusiones en la Revista de Estudios Geológicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en un artículo titulado Primer cetáceo fósil español, Balaonoptera rostratella, Van Beneden, del Mioceno de Montilla (Córdoba). El hallazgo fue dado a conocer por José Ponferrada Gómez e ilustrado con un amplísimo reportaje fotográfico de Manuel González, con eco en varios diarios.
De igual modo, su cámara dejó testimonio de episodios que hoy se leen como páginas de una transformación urbana y social: el derribo de los arcos de la Puerta de Aguilar; el nacimiento de nuevos barrios; las fiestas populares; las Exposiciones de Arte, Industria y Artesanía de la década de los cincuenta; las fiestas de la Vendimia con ministros y damas engalanadas; torneos de ajedrez con grandes maestros internacionales y Catas Flamencas que reunieron a figuras de guitarra, cante y baile.
En todos esos negativos, junto a actos de relevancia, quedan también personajes anónimos, artesanos y artistas, trabajadores en faena, gentes pintorescas y populares, así como representantes del mundo de la política, del clero y de los ecos de sociedad.
El archivo de Manuel González, según resalta José Rey García, también rozó escenas de alto voltaje simbólico. Cubrió el paso de Franco por Montilla y dejó “la única fotografía que existe de Franco a su paso por Montilla”, lograda —según relata el cronista— introduciendo la cámara por la ventanilla entreabierta del coche mientras sorteaba a los escoltas y apretaba el disparador, en condiciones difíciles para obtener una imagen limpia.
Fotografió repetidamente a los reyes Juan Carlos y Sofía, y una de esas imágenes, tomada durante una visita a la Casa de San Juan de Ávila cuando aún eran Príncipes de España y coloreada a mano, fue uno de los presentes ofrecidos por la Corporación Municipal montillana al Rey Juan Carlos I cuando fue recibida en audiencia en el Palacio de la Zarzuela el 11 de febrero de 1991.
Tampoco pasó inadvertida la presencia en octubre de 1967, en Montilla, de Carlos Hugo de Borbón-Parma, recibido con entusiasmo por monárquicos carlistas, ni el posterior paso de Don Juan Carlos por pueblos de la Campiña en su periplo para darse a conocer.
Aun así, el giro más íntimo de su biografía llegó con la enfermedad. A finales de 1983, una grave dolencia lo retiró de la actividad profesional, pero —según José Rey García— no consiguió apartarlo de la cámara. En ese periodo, la fotografía dejó de ser sustento familiar para convertirse en sustento del espíritu, en instrumento de expresión artística.
Durante una prolongada convalecencia, rescató imágenes del pasado de archivos castigados por el tiempo y el abandono, y en una labor hecha “por el disfrute de hacerla” impresionó más de trescientas fotografías en blanco y negro que coloreó pacientemente durante tres años, recuperando su perfil de artesano de la imagen.
Con minúsculos pinceles devolvió color a escenas de lagar, calles, rincones, personajes anónimos, edificios y ambientes de Montilla, su pueblo de adopción, creando un resultado que ya no era blanco y negro, pero tampoco color: era “otra cosa”, arte apoyado en mirada y oficio.
Aquella etapa abrió la puerta a a multitud de exposiciones y a dos libros en los que se recoge parte de su trabajo. En el prólogo del segundo, Montilla en la mirada, publicado en 1998, el propio José Rey García dejó una reflexión que define bien el espíritu documental del fotógrafo.
El cronista afirma: “Digo que es de fotografías y no de fotografía, porque parece ser que cuando el término se singulariza, hace a la fotografía objeto de sí misma, la técnica, el trabajo de laboratorio, la estética o la mayor o menor osadía artística, se convierten en el primer, y en algunos casos único, fin perseguido; mientras que, cuando es empleado en plural, son las cosas situadas ante la cámara las que son convertidas en objeto de interés, las que se elevan a la categoría de merecer ser observadas”.
Su colaboración en proyectos culturales de diversa índole —catálogos de exposición; carteles de la Fiesta de la Vendimia, la Cata Flamenca, la Semana Santa o la Centuria Romana Munda; o publicaciones locales como el Boletín de Información Municipal o Nuestro Ambiente— daba cuenta de su calidad humana y de su disposición generosa a colaborar con cualquier iniciativa.
Todo ello influyó, sin duda, para ser reconocido como Hijo Adoptivo de Montilla, título que recibió en junio de 2005 de manos del entonces alcalde de la localidad, Antonio Carpio Quintero. "Aunque nunca ocultó su nacimiento en Villa del Río, siempre se manifestó como montillano y presumía de ello", resalta José Rey García, quien recuerda que la iniciativa se promovió desde foros locales, animada por fotógrafos, historiadores, artistas y amigos.
El nombramiento de Hijo Adoptivo de Montilla no fue un gesto aislado, sino el reconocimiento institucional a una evidencia: sus fotografías forman parte de numerosos archivos particulares e institucionales, incluido el Archivo Municipal, y aparecen también decorando paredes de bodegas, mesones y restaurantes como si fueran un álbum compartido sobre el vino y sobre las calles y plazas de la ciudad. José Rey García remarca que, “sin pretenderlo”, una parte importante de su obra, dispersa y anónima, ha conservado “la crónica en imágenes de casi un siglo de Montilla”.
Lamentablemente, la fecha del 21 de febrero de 2006 queda marcada en la memoria local como el día de su partida, y con ella se cierra una biografía atravesada por el oficio, la curiosidad y una perseverancia que, según el propio cronista oficial de la ciudad, "nunca entendió de relojes".
José Rey García lo describe como fotógrafo “apasionado, tenaz, infatigable”, para quien hacer fotografías era “un modo de vivir sin mirar el reloj o qué fecha marcaba el calendario”. Y en esa imagen final —la cámara como imspiración, la luz como instinto, el instante como botín— se condensa la razón por la que Montilla vuelve hoy la vista atrás: porque, al mirar sus fotografías, la ciudad se mira también a sí misma.
José Rey García, cronista oficial de Montilla y yerno de Manuel González Candelas, sitúa el origen de la vocación y de la profesión de su suegro en la casa familiar de Villa del Río, en cuya planta baja existía un estudio fotográfico regentado por su padre, Antonio González de la Torre. En esa misma casa, junto al Guadalquivir, nació Manuel González Candelas el 26 de noviembre de 1925. Fue el cuarto hijo de una familia que llegó a contar once hermanos. Sus padres fueron Antonio González de la Torre, oriundo de Montoro, y Benita Candelas Chacón, nacida en Tánger.
Ambos se establecieron en Villa del Río tras contraer matrimonio en Tetuán el 11 de abril de 1919. Aquel arraigo, sin embargo, no resistió el golpe de la Guerra Civil: la familia se vio obligada a abandonar precipitadamente la ciudad, dejando atrás ajuar, recuerdos, una cubertería de plata de boda, cámara, focos y, sobre todo, una copiosa colección de placas de cristal que, según recuerda José Rey García, desapareció en el transcurso de la contienda.
La huida tuvo un destino concreto y áspero: Baeza. Allí vivieron refugiados durante los años de hostilidades y allí continuó Manuel su etapa escolar, asistiendo a clases en la misma aula donde, tiempo atrás, Antonio Machado impartiera sus lecciones.
Al concluir la guerra, el regreso a Villa del Río se encontró con la casa desvalijada y con un horizonte incierto para el cabeza de familia: los antecedentes de Antonio González como antiguo alcalde durante la República no presagiaban tranquilidad ni prosperidad bajo el régimen franquista. Por eso, Benita y Antonio tomaron la decisión de abandonar el pueblo y rehacer su vida en otro lugar.
De este modo, Montilla aparece en la biografía como refugio y como promesa. La familia abandonó Villa del Río y, tras barajar diversas posibilidades, decidió instalarse en Montilla, ciudad que Antonio González conocía desde comienzos de los años treinta, cuando acudía cada primavera con trípode, cámara, placas y magnesio para retratar durante varios días a quienes se acercaban al patio y las galerías del desaparecido Hotel Comercio, convertido entonces en improvisado estudio. Montilla lo acogió bien y contaba con amigos que facilitaron el establecimiento de los González Candelas. Corría el mes de noviembre de 1940.
Pero aquel traslado no fue un simple cambio de padrón: fue el comienzo de un taller de imágenes que, con los años, acabaría siendo también una crónica colectiva. Antonio González instaló en Montilla su negocio como fotógrafo, abriendo estudio y laboratorio en el número 31 de la actual calle Puerta de Aguilar, por entonces denominada José María Alvear. "Empezó retratando en el empedrado patio de la casa y, años después, habilitó una sala de estudio, con una pesada cámara y focos diseñados por él mismo y fabricados por un latonero local", explica José Rey.
En ese ecosistema de oficio, con apenas quince años, su hijo Manuel ya ayudaba en el laboratorio; a los diecisiete, la fotografía de estudio tenía pocos secretos para él. Su yerno lo describe como un joven experto capaz de controlar la calidad de la luz con la sola medida de su mirada. "Colocaba focos sin fotómetro, graduaba una luz frontal para el detalle, levantaba volúmenes con luces laterales y añadía una luz tonal para evitar sombras indeseadas", rememora.
El oficio se extendió a los hermanos: Juan, Benito y Francisco vivieron también de la fotografía; los dos primeros emigraron a Cataluña para montar su propio estudio, y Francisco formó sociedad con Manuel en el estudio de Montilla. Pero el negocio debía alimentar a una familia numerosa y exigía mayores ingresos. Y ahí aparece un rasgo que acompaña a Manuel González durante toda su trayectoria: el movimiento.
Aún joven, se desplazó a pueblos del entorno en busca de clientela, viajando habitualmente a Espejo y La Rambla. En pensiones alquilaba habitaciones por temporadas, instalaba máquina de placas, focos y lienzos pintados, e improvisaba un estudio donde hoy suena extraño pensar que hacerse un retrato fuese “algo extraordinario”. Bodas, bautizos, comuniones y cualquier acontecimiento que rompiera la monotonía del pueblo quedaban fijados para hogares que colgaban imágenes en paredes como quien cuelga identidad.
Además, aquellos destinos rurales tuvieron geografía concreta. En Espejo instaló el estudio a comienzos de la década de los cincuenta, primero en la Posada de Valeriano, en la calle General Baturones, junto al Ayuntamiento; más tarde se trasladó a la Fonda de Baenilla, en la calle Trinidad Comas, donde permanecería hasta el cierre del estudio.
"Décadas después, en el desván de esa fonda, aparecieron varios miles de clichés en una lata circular de las usadas para transportar películas de cine, junto a objetos de mi suegro y decenas de fotos en papel con su sello de autor", detalla José Rey García.
A finales de los sesenta, Manuel González Candelas cerró en Espejo y abrió en La Rambla, en la calle Aguilar: allí colocó focos, fondos, vitrinas y una mesa camilla desde la que retocaba fotos esperando clientes. La vieja Vespa de los desplazamientos fue sustituida por un Seat 600, que le permitió viajar por los pueblos comarcanos tanto en su labor de fotógrafo como de corresponsal de la Agencia EFE.
Su aventura en el Ejército
La biografía de Manuel González no se limita al retrato y la ceremonia. José Rey García cuenta que en 1946 fue llamado a filas para cumplir el Servicio Militar y acudió con entusiasmo, movido por el afán de conocer horizontes. Desde su destino en el Ministerio del Ejército en Madrid, solicitó incorporarse voluntariamente a una expedición del Servicio de Geodesia y Topografía con una misión singular: realizar el mapa topográfico del territorio del Sahara español.
Como fotógrafo del Servicio Geográfico del Ejército, formó parte de una caravana de más de ochenta camellos y varias decenas de hombres que recorrió el desierto durante casi un año. En esos meses, que Manuel relataba de manera apasionada, quedaron impresas escenas de noches abiertas, tormentas de arena, hienas rondando el campamento, tertulias con guías nativos, un vínculo de confianza con “Linda”, su camella, y el descubrimiento íntimo de lo que el reportaje fotográfico podía ser no sólo documento, sino también aventura y relato.
Licenciado en 1948, convenció a su padre para adquirir una máquina de paso universal y el equipo necesario para hacer reportajes, iniciando una actividad que lo liberaba de las limitaciones del estudio y de las grandes máquinas de placas.
Convencido de que el futuro estaba más allá de las cuatro paredes, abrió “una ventana al mundo” —ese mundo provinciano que, según José Rey García, "le seduce y le atrapa"— y estableció con él un diálogo cotidiano con la cámara. Su objetivo se dirigió entonces a acontecimientos sociales, políticos, deportivos y culturales, a actos públicos de toda índole, a bodegas, talleres de cerámica, viñedos y olivares, a oficios y rincones de la geografía local.
En paralelo, su vida personal se asentó en Montilla. En 1954 contrajo matrimonio con Aurora Pedraza Cívico, con la que tuvo cuatro hijos: María de los Ángeles —esposa de José Rey—, Manuel, Antonio Ignacio y Raquel. Ese mismo año inició su actividad como corresponsal gráfico de la Agencia EFE en Montilla, con la misión de cubrir las noticias de la Campiña cordobesa.
Tras el fallecimiento de su padre en 1956, se hizo cargo del estudio junto con su hermano Francisco, sin renunciar a una rutina que hoy forma parte de la nostalgia de varias generaciones: cada primavera, ambos realizaban una ruta por colegios montillanos y la cámara Contax iba registrando, uno tras otro, los rostros de la chiquillería de los años cincuenta y sesenta ante un mapa de España o un fondo de lienzo, en esa liturgia escolar que acaba encontrando sitio en álbumes de fotos amarillentas.
Por otro lado, la labor como corresponsal dio a su archivo una dimensión pública. José Rey García explica que González asumió con entusiasmo la tarea, compaginándola con el estudio, y que sus fotografías comenzaron a aparecer con frecuencia en periódicos de tirada nacional.
Alcanzó la aspiración máxima de un corresponsal gráfico: ver una fotografía en primera página de la prensa nacional. Lo disfrutó en varias ocasiones, a página completa, abriendo diarios como ABC y Ya. Entre los años cincuenta y ochenta, pocos acontecimientos de interés en Montilla y localidades próximas escaparon a su objetivo.
Además, hubo coberturas que trascendieron lo local. Uno de sus trabajos con mayor repercusión mediática y científica fue el reportaje del hallazgo de un fósil de ballena en Montilla. En el verano de 1957, operarios de una fábrica de cerámica encontraron restos fosilizados al extraer arcilla en un barrero próximo a las vías del ferrocarril. El hecho adquirió dimensión nacional y el Gobierno envió a tres científicos para analizar los huesos in situ: Rafael Martín Roldán, Rafael Cabanás Pareja y Diego Jordano.
Años después, en 1961, publicaron conclusiones en la Revista de Estudios Geológicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en un artículo titulado Primer cetáceo fósil español, Balaonoptera rostratella, Van Beneden, del Mioceno de Montilla (Córdoba). El hallazgo fue dado a conocer por José Ponferrada Gómez e ilustrado con un amplísimo reportaje fotográfico de Manuel González, con eco en varios diarios.
De igual modo, su cámara dejó testimonio de episodios que hoy se leen como páginas de una transformación urbana y social: el derribo de los arcos de la Puerta de Aguilar; el nacimiento de nuevos barrios; las fiestas populares; las Exposiciones de Arte, Industria y Artesanía de la década de los cincuenta; las fiestas de la Vendimia con ministros y damas engalanadas; torneos de ajedrez con grandes maestros internacionales y Catas Flamencas que reunieron a figuras de guitarra, cante y baile.
En todos esos negativos, junto a actos de relevancia, quedan también personajes anónimos, artesanos y artistas, trabajadores en faena, gentes pintorescas y populares, así como representantes del mundo de la política, del clero y de los ecos de sociedad.
Un archivo para la historia
El archivo de Manuel González, según resalta José Rey García, también rozó escenas de alto voltaje simbólico. Cubrió el paso de Franco por Montilla y dejó “la única fotografía que existe de Franco a su paso por Montilla”, lograda —según relata el cronista— introduciendo la cámara por la ventanilla entreabierta del coche mientras sorteaba a los escoltas y apretaba el disparador, en condiciones difíciles para obtener una imagen limpia.
Fotografió repetidamente a los reyes Juan Carlos y Sofía, y una de esas imágenes, tomada durante una visita a la Casa de San Juan de Ávila cuando aún eran Príncipes de España y coloreada a mano, fue uno de los presentes ofrecidos por la Corporación Municipal montillana al Rey Juan Carlos I cuando fue recibida en audiencia en el Palacio de la Zarzuela el 11 de febrero de 1991.
Tampoco pasó inadvertida la presencia en octubre de 1967, en Montilla, de Carlos Hugo de Borbón-Parma, recibido con entusiasmo por monárquicos carlistas, ni el posterior paso de Don Juan Carlos por pueblos de la Campiña en su periplo para darse a conocer.
Aun así, el giro más íntimo de su biografía llegó con la enfermedad. A finales de 1983, una grave dolencia lo retiró de la actividad profesional, pero —según José Rey García— no consiguió apartarlo de la cámara. En ese periodo, la fotografía dejó de ser sustento familiar para convertirse en sustento del espíritu, en instrumento de expresión artística.
Durante una prolongada convalecencia, rescató imágenes del pasado de archivos castigados por el tiempo y el abandono, y en una labor hecha “por el disfrute de hacerla” impresionó más de trescientas fotografías en blanco y negro que coloreó pacientemente durante tres años, recuperando su perfil de artesano de la imagen.
Con minúsculos pinceles devolvió color a escenas de lagar, calles, rincones, personajes anónimos, edificios y ambientes de Montilla, su pueblo de adopción, creando un resultado que ya no era blanco y negro, pero tampoco color: era “otra cosa”, arte apoyado en mirada y oficio.
Aquella etapa abrió la puerta a a multitud de exposiciones y a dos libros en los que se recoge parte de su trabajo. En el prólogo del segundo, Montilla en la mirada, publicado en 1998, el propio José Rey García dejó una reflexión que define bien el espíritu documental del fotógrafo.
El cronista afirma: “Digo que es de fotografías y no de fotografía, porque parece ser que cuando el término se singulariza, hace a la fotografía objeto de sí misma, la técnica, el trabajo de laboratorio, la estética o la mayor o menor osadía artística, se convierten en el primer, y en algunos casos único, fin perseguido; mientras que, cuando es empleado en plural, son las cosas situadas ante la cámara las que son convertidas en objeto de interés, las que se elevan a la categoría de merecer ser observadas”.
Hijo Adoptivo de Montilla
Su colaboración en proyectos culturales de diversa índole —catálogos de exposición; carteles de la Fiesta de la Vendimia, la Cata Flamenca, la Semana Santa o la Centuria Romana Munda; o publicaciones locales como el Boletín de Información Municipal o Nuestro Ambiente— daba cuenta de su calidad humana y de su disposición generosa a colaborar con cualquier iniciativa.
Todo ello influyó, sin duda, para ser reconocido como Hijo Adoptivo de Montilla, título que recibió en junio de 2005 de manos del entonces alcalde de la localidad, Antonio Carpio Quintero. "Aunque nunca ocultó su nacimiento en Villa del Río, siempre se manifestó como montillano y presumía de ello", resalta José Rey García, quien recuerda que la iniciativa se promovió desde foros locales, animada por fotógrafos, historiadores, artistas y amigos.
El nombramiento de Hijo Adoptivo de Montilla no fue un gesto aislado, sino el reconocimiento institucional a una evidencia: sus fotografías forman parte de numerosos archivos particulares e institucionales, incluido el Archivo Municipal, y aparecen también decorando paredes de bodegas, mesones y restaurantes como si fueran un álbum compartido sobre el vino y sobre las calles y plazas de la ciudad. José Rey García remarca que, “sin pretenderlo”, una parte importante de su obra, dispersa y anónima, ha conservado “la crónica en imágenes de casi un siglo de Montilla”.
Lamentablemente, la fecha del 21 de febrero de 2006 queda marcada en la memoria local como el día de su partida, y con ella se cierra una biografía atravesada por el oficio, la curiosidad y una perseverancia que, según el propio cronista oficial de la ciudad, "nunca entendió de relojes".
José Rey García lo describe como fotógrafo “apasionado, tenaz, infatigable”, para quien hacer fotografías era “un modo de vivir sin mirar el reloj o qué fecha marcaba el calendario”. Y en esa imagen final —la cámara como imspiración, la luz como instinto, el instante como botín— se condensa la razón por la que Montilla vuelve hoy la vista atrás: porque, al mirar sus fotografías, la ciudad se mira también a sí misma.
JUAN PABLO BELLIDO / REDACCIÓN
FOTOGRAFÍA: MANUEL GONZÁLEZ CANDELAS (ARCHIVO FAMILIAR)
FOTOGRAFÍA: MANUEL GONZÁLEZ CANDELAS (ARCHIVO FAMILIAR)























































