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Rafael Soto | Gabriel Rufián y los peligros del culto a la identidad

Si ser de izquierdas significa defender la igualdad entre las personas, creer en una organización racional de la sociedad y en la lucha contra la explotación, el nacionalista de izquierdas se encuentra con la contradicción de que defiende la singularidad de quien nace en un pedazo de tierra, que lo hace basándose en sentimientos, y que sus intereses se alinean con los de los que utilizan estructuras políticas en su propio beneficio.


La triste realidad es que todo nacionalismo es supremacista y excluyente, incluso cuando no lo pretende: una premisa incómoda que la pseudoizquierda identitaria se niega a digerir. El culto a la identidad tiene sus peligros, y entre ellos está que los nacionalismos llevan más de doscientos años de ventaja sobre los nuevos identitarismos. Y, sobre todo, que las derechas son más ordenadas y disciplinadas. En España lo hemos visto con el Partido Nacionalista Vasco, con Vox y, ahora, con Aliança Catalana.

Este último partido promete liderar la oposición en la región catalana y ocupar un espacio respetable en las ya fragmentadas Cortes españolas. Tiempo al tiempo. Gabriel Rufián, que es más listo de lo que aparenta, ya se huele el problema.

El diputado independentista sabe que Vox está triturando a la extrema izquierda que ha alimentado a los nacionalismos durante los últimos años, y que el independentismo que tanto fomentó ha perdido su espíritu progresista. Quizás, por eso Rufián dice ahora lo que era una evidente para casi todos: “Ha habido un discurso independentista que en un momento dado quizá era excluyente, incluso ofensivo para con el resto”. Tócate los pies…

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