Eladia Durán pasó muchas horas en el mostrador del Barril de Oro, que su padre puso en marcha como lógico y natural complemento de la tonelería. Y nada más apropiado que darle este nombre a este bar tan emblemático, cuya carta de tapas y de vinos selectos tan en consonancia está con el resplandor de su dorada denominación. Detrás de esta barra, a fuerza de entrega y acertada mano en la elección de vinos y de tapas, convirtió este bar en una referencia de buen gusto que se prolonga, ya en manos de otras personas, hasta el día de hoy.
Fachada del Barril de Oro, en la Avenida de Andalucía.
[FOTO: AYUNTAMIENTO DE MONTILLA]
Esta obra —el inmueble y el bar, que también incluía la vivienda familiar— la hizo con su habitual buen gusto el maestro albañil y promotor Francisco Castellano Córdoba, fiel amigo del patriarca Luis Durán. Situado en pleno cruce entre la Avenida de Andalucía y la Avenida de Boucau, frente al edificio de la Monumental, de Bodegas Alvear, este es un lugar estratégico plenamente vinatero.
Y, para refrendarlo, hasta hace bien poco, ahí se instaló una tienda en un amplio local comercial. Dentro, toda clase de maravillas: un repertorio interminable de toneles, escogidas botellas de Montilla–Moriles y, lo más tentador, una preciosa bodeguita casera en la que agasajar a clientela y amistades.
Entras allí y todavía, imperecedero, sigue oliendo a roble viejo. A serrín, con la aromática estela de las soleras mientras recorres con la mirada los estantes con el oportuno catavino, y toda clase de carteles como parados en el tiempo. Para Eladia son estímulos que, de inmediato, activan su memoria, que es el legado de su gente y de su sangre.
“En Montilla, al principio, no había toneleros”, nos dice. “Las empresas iban a buscarlos a Jerez. Mi padre, que estaba en Cobos desde los nueve años, siendo un niño, cuando venían a la bodega, él se pegaba allí para ayudar a aquellos señores. Él, en la bodega trabajó en todo, pero, digamos que se especializó en la tonelería, aunque lo mismo arreglaba botas que salía a vender vino: hizo de todo, si bien el oficio de tonelero, con todos sus secretos, lo aprendió allí”.
“Poco a poco se fue independizando, lo que le llevó a irse a vivir a una habitación al final de la calle Fuente Álamo, casi pegado a Los Caños. Él, cuando salía de Bodegas Cobos, iba arreglando todo lo que le salía, hasta que se instaló por su cuenta en la calle La Parra, donde yo iba a diario cuando salía de la escuela. Era una tonelería de tres socios. Casi sin darme cuenta, pronto supe las claves: la selección de las duelas, saber juntarlas, el doblado del barril y el acabado de la cabeza, que es algo esencial”.
Los siguientes pasos llevaron a los Durán a la calle El Horno, al taller del cruce, junto al Paseo de las Casas Nuevas, en el que incluso trabajó de albañil y, finalmente, a la carretera de Córdoba a Málaga. En todos estos lugares, Eladia fue feliz.
Estaba a gusto en esta rama de la carpintería en la que, para ella, lo fundamental es sentirse realizada, como un destino vital. “En este gremio hay toneleros artesanos, artesanos de verdad. Y luego, hay otros que hacen barriles. Los primeros son los que yo he conocido en mi casa. Y, desde luego, hay una notoria diferencia entre ambos. Pero lo que se aprende, nunca se olvida. Todavía, a pesar de que ya estoy retirada, me siguen trayendo barriles para que los arregle y los ponga a punto”.
Sirviéndose de su dilatado magisterio, Eladia restaura fisuras, cierra salideros, aprieta abrazaderas y los deja como nuevos, por dentro y por fuera, “recomponiendo el roto barril del corazón desanillado”, como emocionadamente cantaba el poeta Manuel de César en uno de sus Sonetos del Corazón, un libro de antigua imprenta bellamente editado por Manuel Ruiz Luque, con ténues láminas de Lorenzo Marqués Muñoz-Repiso.
El poeta montillano Manuel de César Márquez, recientemente fallecido.
[FOTO: AYUNTAMIENTO DE MONTILLA]
Este íntimo y cotidiano contacto con la madera ha sido, para ella, un camino en el mejor conocimiento de todo lo relativo al vino. En su casa, todo ha girado alrededor de él, esta sutil cosa dorada. Era un integrante más de la familia, al igual que su hermano Pepe, que depuró su arte en Velasco Chacón, o donde hiciera falta, “porque había que traer dinero de fuera, a la vez que trabajaba en nuestra propia tonelería. Con poco más de 15 años, él ya era tonelero. Lo aprendió, como yo, de mi padre”.
“Es que, a mí, una cosa me ha llevado a la otra”, asevera con orgullo. Eladia, que maneja la venencia con soltura, ha agudizado, a la par, unas depuradas cualidades olfativas. Aprecia la categoría de un vino o, por el contrario, sabe rechazarlo, con solo acercarse a él.
“He aprendido de mi padre que no se puede echar un vino en cualquier sitio. Si no tienes un buen barril, no puedes tener un buen vino. Un fino no se puede volcar en un barril de madera nueva. Sin embargo, a los barriles de madera vieja les das un fregado y los tienes otra vez en condiciones óptimas. A los barriles hay que darles tiempo y atenciones. Esto es lo que me ha dado para vivir”.
Después de unos años difíciles que vinieron aparejados a las crisis económicas de las bodegas, pero también al cambio de hábitos y preferencias en el consumo, las tonelerías vienen resurgiendo con fuerza en Montilla. Es un fenómeno, este del nuevo impulso en el negocio gracias al envinado de barriles para whisky, que Eladia Durán sigue con interés.
“Es una gran alegría, porque tenemos empresas que ya están extendidas por medio mundo. Pero, sin embargo, noto que, en general, pocos se acuerdan de los tiempos que han vivido los anteriores para sacar este negocio adelante en unos años en que escaseaban este tipo de empresas. Ya quedan pocos maestros viejos. Ahora, la orientación es otra muy distinta”.
Eladia Durán, junto a su hijo, Antonio Luis Ramírez Durán, y a Rafaela Raya Sánchez.
[FOTO: MANUEL BELLIDO MORA]
Mientras conversamos, entresaca fotografías del álbum familiar. Lo hace escogiendo sus mejores momentos, sin que le aflore la añoranza. Es mujer que no quiere quedar anclada en el pasado, sino que se aferra a lo actual. A su lado, su hijo Antonio, profesor de Educación Física en un Instituto de Secundaria de Aguilar de la Frontera, la escucha atentamente. Ha heredado de su padre, Antonio Ramírez Pino, la pasión por el deporte. La tonelería ya no es lo suyo, pero sabe de dónde viene.
Rafaela Raya Sánchez, que la admira y ha escrito la introducción del libro de Eladia, también nos acompaña y baja con nosotros hasta la bodega. Es hora de brindar. Y de despejar una cuestión, una duda apremiante:
—¿La saga de los toneleros Durán se ha acabado?
Ella responde, como quien no esquiva la pena, con una apagada afirmación.
—¿Y esto —le pregunto— ¿qué sensación te produce?
“En la familia, por diversas razones, no ha habido continuidad. Nadie, entre nuestros descendientes, se ha interesado para seguir con esta actividad. Han tomado otros caminos. En su momento, se habló de hacer una sociedad entre los tres hermanos, aportando cada uno lo que supiera. Pero esta propuesta no llegó a buen puerto y cada uno tiramos por nuestro lado”.
La tonelería es una tarea dura y sacrificada, mucho más si el negocio es tuyo, y no estás en él por cuenta ajena. Eladia lo sabe muy bien. “Pese a los avances y adelantos tecnológicos, sigue siendo un oficio complicado y difícil. Se necesita tener mucha vocación para desempeñarlo. Hoy en día, hay máquinas que facilitan mucho el trabajo, sin que el tonelero tenga que dar un solo martillazo”.
“Pero no deja de ser un trabajo duro, porque hay que sacar los aros, colocar la madera y hacerlo todo con gran concentración. Ahora bien, también es satisfactorio, porque, en cierto modo, en cada pieza terminada estás creando una pequeña obra de arte. Es cuestión de pura destreza”.
Montaje de un barril en la Fiesta de la Vendimia de 2008.
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]
“La gente se quedaba admirada cuando, en plena plaza, en la Fiesta de la Vendimia, se competía para montar un barril, haciéndolo con plena excelencia. Era montarlo, doblarlo y meterlo en el fuego, como si se tratara de magos de la madera. Y todo esto hay que hacerlo con pleno cuidado porque, si no, corres el riesgo de que el barril se te caiga”.
Una diosa en la tonelería (I)
[FOTO: AYUNTAMIENTO DE MONTILLA]
Esta obra —el inmueble y el bar, que también incluía la vivienda familiar— la hizo con su habitual buen gusto el maestro albañil y promotor Francisco Castellano Córdoba, fiel amigo del patriarca Luis Durán. Situado en pleno cruce entre la Avenida de Andalucía y la Avenida de Boucau, frente al edificio de la Monumental, de Bodegas Alvear, este es un lugar estratégico plenamente vinatero.
Y, para refrendarlo, hasta hace bien poco, ahí se instaló una tienda en un amplio local comercial. Dentro, toda clase de maravillas: un repertorio interminable de toneles, escogidas botellas de Montilla–Moriles y, lo más tentador, una preciosa bodeguita casera en la que agasajar a clientela y amistades.
Entras allí y todavía, imperecedero, sigue oliendo a roble viejo. A serrín, con la aromática estela de las soleras mientras recorres con la mirada los estantes con el oportuno catavino, y toda clase de carteles como parados en el tiempo. Para Eladia son estímulos que, de inmediato, activan su memoria, que es el legado de su gente y de su sangre.
“En Montilla, al principio, no había toneleros”, nos dice. “Las empresas iban a buscarlos a Jerez. Mi padre, que estaba en Cobos desde los nueve años, siendo un niño, cuando venían a la bodega, él se pegaba allí para ayudar a aquellos señores. Él, en la bodega trabajó en todo, pero, digamos que se especializó en la tonelería, aunque lo mismo arreglaba botas que salía a vender vino: hizo de todo, si bien el oficio de tonelero, con todos sus secretos, lo aprendió allí”.
“Poco a poco se fue independizando, lo que le llevó a irse a vivir a una habitación al final de la calle Fuente Álamo, casi pegado a Los Caños. Él, cuando salía de Bodegas Cobos, iba arreglando todo lo que le salía, hasta que se instaló por su cuenta en la calle La Parra, donde yo iba a diario cuando salía de la escuela. Era una tonelería de tres socios. Casi sin darme cuenta, pronto supe las claves: la selección de las duelas, saber juntarlas, el doblado del barril y el acabado de la cabeza, que es algo esencial”.
Los siguientes pasos llevaron a los Durán a la calle El Horno, al taller del cruce, junto al Paseo de las Casas Nuevas, en el que incluso trabajó de albañil y, finalmente, a la carretera de Córdoba a Málaga. En todos estos lugares, Eladia fue feliz.
Estaba a gusto en esta rama de la carpintería en la que, para ella, lo fundamental es sentirse realizada, como un destino vital. “En este gremio hay toneleros artesanos, artesanos de verdad. Y luego, hay otros que hacen barriles. Los primeros son los que yo he conocido en mi casa. Y, desde luego, hay una notoria diferencia entre ambos. Pero lo que se aprende, nunca se olvida. Todavía, a pesar de que ya estoy retirada, me siguen trayendo barriles para que los arregle y los ponga a punto”.
Sirviéndose de su dilatado magisterio, Eladia restaura fisuras, cierra salideros, aprieta abrazaderas y los deja como nuevos, por dentro y por fuera, “recomponiendo el roto barril del corazón desanillado”, como emocionadamente cantaba el poeta Manuel de César en uno de sus Sonetos del Corazón, un libro de antigua imprenta bellamente editado por Manuel Ruiz Luque, con ténues láminas de Lorenzo Marqués Muñoz-Repiso.
[FOTO: AYUNTAMIENTO DE MONTILLA]
Señora del vino
Este íntimo y cotidiano contacto con la madera ha sido, para ella, un camino en el mejor conocimiento de todo lo relativo al vino. En su casa, todo ha girado alrededor de él, esta sutil cosa dorada. Era un integrante más de la familia, al igual que su hermano Pepe, que depuró su arte en Velasco Chacón, o donde hiciera falta, “porque había que traer dinero de fuera, a la vez que trabajaba en nuestra propia tonelería. Con poco más de 15 años, él ya era tonelero. Lo aprendió, como yo, de mi padre”.
“Es que, a mí, una cosa me ha llevado a la otra”, asevera con orgullo. Eladia, que maneja la venencia con soltura, ha agudizado, a la par, unas depuradas cualidades olfativas. Aprecia la categoría de un vino o, por el contrario, sabe rechazarlo, con solo acercarse a él.
“He aprendido de mi padre que no se puede echar un vino en cualquier sitio. Si no tienes un buen barril, no puedes tener un buen vino. Un fino no se puede volcar en un barril de madera nueva. Sin embargo, a los barriles de madera vieja les das un fregado y los tienes otra vez en condiciones óptimas. A los barriles hay que darles tiempo y atenciones. Esto es lo que me ha dado para vivir”.
Después de unos años difíciles que vinieron aparejados a las crisis económicas de las bodegas, pero también al cambio de hábitos y preferencias en el consumo, las tonelerías vienen resurgiendo con fuerza en Montilla. Es un fenómeno, este del nuevo impulso en el negocio gracias al envinado de barriles para whisky, que Eladia Durán sigue con interés.
“Es una gran alegría, porque tenemos empresas que ya están extendidas por medio mundo. Pero, sin embargo, noto que, en general, pocos se acuerdan de los tiempos que han vivido los anteriores para sacar este negocio adelante en unos años en que escaseaban este tipo de empresas. Ya quedan pocos maestros viejos. Ahora, la orientación es otra muy distinta”.
[FOTO: MANUEL BELLIDO MORA]
Mientras conversamos, entresaca fotografías del álbum familiar. Lo hace escogiendo sus mejores momentos, sin que le aflore la añoranza. Es mujer que no quiere quedar anclada en el pasado, sino que se aferra a lo actual. A su lado, su hijo Antonio, profesor de Educación Física en un Instituto de Secundaria de Aguilar de la Frontera, la escucha atentamente. Ha heredado de su padre, Antonio Ramírez Pino, la pasión por el deporte. La tonelería ya no es lo suyo, pero sabe de dónde viene.
Rafaela Raya Sánchez, que la admira y ha escrito la introducción del libro de Eladia, también nos acompaña y baja con nosotros hasta la bodega. Es hora de brindar. Y de despejar una cuestión, una duda apremiante:
—¿La saga de los toneleros Durán se ha acabado?
Ella responde, como quien no esquiva la pena, con una apagada afirmación.
—¿Y esto —le pregunto— ¿qué sensación te produce?
“En la familia, por diversas razones, no ha habido continuidad. Nadie, entre nuestros descendientes, se ha interesado para seguir con esta actividad. Han tomado otros caminos. En su momento, se habló de hacer una sociedad entre los tres hermanos, aportando cada uno lo que supiera. Pero esta propuesta no llegó a buen puerto y cada uno tiramos por nuestro lado”.
La tonelería es una tarea dura y sacrificada, mucho más si el negocio es tuyo, y no estás en él por cuenta ajena. Eladia lo sabe muy bien. “Pese a los avances y adelantos tecnológicos, sigue siendo un oficio complicado y difícil. Se necesita tener mucha vocación para desempeñarlo. Hoy en día, hay máquinas que facilitan mucho el trabajo, sin que el tonelero tenga que dar un solo martillazo”.
“Pero no deja de ser un trabajo duro, porque hay que sacar los aros, colocar la madera y hacerlo todo con gran concentración. Ahora bien, también es satisfactorio, porque, en cierto modo, en cada pieza terminada estás creando una pequeña obra de arte. Es cuestión de pura destreza”.
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]
“La gente se quedaba admirada cuando, en plena plaza, en la Fiesta de la Vendimia, se competía para montar un barril, haciéndolo con plena excelencia. Era montarlo, doblarlo y meterlo en el fuego, como si se tratara de magos de la madera. Y todo esto hay que hacerlo con pleno cuidado porque, si no, corres el riesgo de que el barril se te caiga”.
Entregas anteriores
Una diosa en la tonelería (I)
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: VARIOS AUTORES
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