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La tradición de salir a recoger setas, un ritual que une generaciones

Cuando llega el otoño y las primeras lluvias despiertan el olor a tierra húmeda, los pueblos del interior vuelven a llenarse de movimiento. Familias enteras se calzan las botas, preparan el coche y se dirigen al monte con una mezcla de entusiasmo y paciencia. No es solo una excursión: es una costumbre que se transmite de padres a hijos, una especie de rito compartido que combina naturaleza, gastronomía y aprendizaje.


En España, la recogida de setas forma parte de la cultura popular desde hace décadas. Hay zonas donde incluso marca el calendario del otoño, como ocurre en Soria, Cataluña o el norte de Castilla y León. Lo que empezó como una actividad práctica se ha convertido en un plan de fin de semana que reúne a amigos, vecinos y curiosos.

Detrás de esa imagen bucólica del campo y las cestas de mimbre hay toda una forma de entender la relación con la naturaleza: sin prisa, con respeto y con ese punto de emoción que solo se siente al encontrar un ejemplar perfecto escondido entre las hojas.

Un aprendizaje que empieza en la infancia


Casi todos los aficionados a las setas recuerdan su primera salida con cariño. No fue por la cantidad recogida, sino por la experiencia: caminar con los mayores, aprender a distinguir formas y colores, escuchar nombres extraños y, sobre todo, entender que no todo lo que brilla en el bosque se come. Esa transmisión de conocimiento oral, de generación en generación, es una de las cosas más bonitas de esta tradición.

Los niños aprenden a observar con curiosidad, a agacharse, a mirar debajo de las hojas y a valorar lo que el bosque ofrece. Y los adultos, al enseñar, redescubren su entorno con otros ojos. Esa conexión entre generaciones convierte la recolección en algo más que un pasatiempo: es un momento de unión familiar y de respeto compartido.

En tiempos donde la tecnología ocupa cada vez más espacio, pasar una mañana buscando setas es una manera sencilla de reconectar con lo esencial. Es mirar el reloj menos y el suelo más.

Gastronomía y paciencia


La recompensa final llega en casa, cuando se limpia la cosecha y se cocina. No hay comida que sepa igual que aquella que uno mismo ha recogido. Los guisos con níscalos, los revueltos de boletus o las setas a la plancha tienen un sabor distinto porque detrás hay esfuerzo, tiempo y cuidado.

Pero no siempre se trata de llenar la cesta. Los buenos aficionados saben que, muchas veces, el valor está en el paseo. Hay días en los que apenas se encuentran ejemplares, y aun así se vuelve satisfecho. La recolección de setas enseña paciencia y respeto: no se arranca lo que no se conoce, no se pisa lo que no se va a recoger y no se esquilma el terreno.

Las cestas para setas simbolizan precisamente esa filosofía. Son el emblema de una práctica responsable, de una manera de acercarse al bosque sin dañarlo. En ellas se mezclan tradición y funcionalidad: ligeras, duraderas y ecológicas, siguen siendo la mejor opción para mantener las setas frescas y permitir que las esporas se dispersen mientras se camina.

El valor del paisaje y la calma


La búsqueda de setas no solo trata de recolectar, sino también de observar. Cada tipo de bosque ofrece especies distintas, y conocerlas es casi una forma de geografía natural. Hay quien prefiere los pinares, otros los hayedos o los robledales; cada terreno tiene su aroma, su luz y su ritmo.

Lo más curioso es que, aunque el objetivo sea encontrar setas, muchos acaban volviendo cada año por otras razones: el silencio del monte, la bruma matinal, el crujir de las hojas bajo los pies. En un mundo acelerado, la jornada micológica se ha convertido en una pausa necesaria.

Salir con amigos o en familia, compartir un termo de café y pasar horas caminando entre árboles tiene algo de ritual moderno. Al final, se trata de disfrutar del momento, de observar cómo el bosque cambia de color y de sentir que, por unas horas, uno forma parte de ese equilibrio natural.

Mantener viva la tradición


El auge del turismo micológico y la creciente afición por esta práctica también han traído consigo una mayor conciencia sobre la necesidad de preservar los bosques. Cada año, más municipios organizan jornadas informativas y talleres para aprender a identificar especies y recolectar sin dañar el ecosistema.

Esa combinación de conocimiento, respeto y disfrute es la que mantiene viva la tradición. Buscar setas no es solo una moda estacional: es una forma de mirar el mundo con atención, de entender que la naturaleza ofrece mucho, pero también exige cuidado.

Y aunque el bosque se llene de gente cada otoño, cada caminante, cada familia y cada cesta forman parte de una misma historia compartida. Una historia sencilla, que huele a humedad, a madera y a tierra, y que sigue recordando que, a veces, la felicidad cabe en una mañana al aire libre y en una cesta bien llevada.

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