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Daniel Guerrero | 11 de septiembre: Allende

Hoy se cumplen 50 años del fallecimiento del presidente de Chile, Salvador Allende (1908-1973), quien se suicidó viéndose acorralado en el Palacio de La Moneda por el bombardeo al que sometió al edificio, con aviones y tanques, el golpista Augusto Pinochet.


Con casco y un fusil, dejó su vida defendiendo la democracia de su país. Este médico, socialista y presidente de Chile (uno de los cuatro médicos entre los 500 militantes que fundaron el Partido Socialista de Chile) describió así su lucha: “Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”.

Tenía buenas intenciones y sólidas convicciones, pero se equivocó. El Golpe de Estado de Pinochet logró aplastar, con la criminal fuerza de las armas, la democracia y el Gobierno elegido en las urnas para implantar a continuación una sangrienta y férrea dictadura en el país, cuyas heridas todavía supuran dolor y división en buena parte de la sociedad chilena.

Hoy se rememora, con la muerte de Allende, el 50.º aniversario de un sueño roto. Porque, con Allende, era la primera vez en la historia de Occidente que un candidato marxista accedía a la presidencia de un país a través de las urnas. Se convirtió, así, en un peligroso ejemplo para el resto de países.

Precisamente por esa razón, el cruento y sanguinario Golpe de Estado fue organizado y patrocinado por Estados Unidos, decidido a impedir como sea un proyecto socialista de cambio social llegado al poder gracias a los votos de los ciudadanos.

No podían tolerar que el Gobierno elegido en noviembre de 1970 en Chile, una auténtica revolución socialista por vía democrática, protagonizada por la Unidad Popular liderada por Allende y apoyada por la Democracia Cristiana chilena, prosperase y fuera emulado en otras latitudes de América y del mundo, hasta el punto de poner en peligro los equilibrios de poder y la preponderancia de EE UU en el sistema político global.

Los papeles desclasificados que ya se han publicado en EE. UU. acerca de las reuniones, iniciativas y maniobras conspiratorias que decidieron Richard Nixon, presidente, y Henry Kissinger, consejero de Seguridad Nacional, así lo atestiguan para vergüenza de quienes sientan su ética y honestidad concernidas.

Y es que la vía socialista de Chile marcó entonces un hito en todas partes, también en España, donde aguardábamos impacientes el final de nuestra insoportable dictadura franquista, con la muerte en su cama del dictador (1975), para que emergiera una deseada e inevitable democracia. A tales ansias de libertad y democracia contribuyó también la Revolución de los Claveles, que derrocó sin disparar una bala la dictadura de Salazar de nuestro vecino e ignorado Portugal (1974).

Eran tiempos, por tanto, en los que nuestras aspiraciones y compromisos políticos estaban nutridos por los sucesos acaecidos en el extranjero (ante la censura existente en España), que parecían indicar la próxima caída, cual fichas de dominó, de las cadenas que nos inmovilizaban y asfixiaban, aquí, en nuestro país.

Porque, como dice Antonio Muñoz Molina en un artículo reciente, “la única actualidad política en una dictadura es la que sucede en el extranjero”. De ahí que siguiéramos con atención las tristes noticias que llegaban de Chile y que tuvieron enorme eco en la prensa de entonces y, en especial, en los medios progresistas que apostaban por la democracia y las libertades.

Algunas de aquellas portadas se hicieron icónicas con el transcurrir del tiempo, como las de las revista Triunfo o Cuadernos para el Diálogo. El rigor y la preocupación informativa las llevaban a cuidar con esmero la imagen y el diseño tipográfico con el que anunciaban, de un simple vistazo, el contenido que nos ofrecían.

Y es que, como destacan en el estudio titulado La prensa española y el golpe de estado en Chile, elaborado por los profesores Alfonso Díaz y Raúl Bustos, de la Universidad de Tarapacá (Chile), “medios como 'Pueblo',' Cuadernos para el Diálogo', 'Índice', 'Triunfo' y 'Cambio16', que habían seguido con expectación y esperanza la experiencia socialista chilena (...), no ocultaron su tristeza por lo sucedido, pero, al mismo tiempo, denunciaban fuertemente el quiebre de la legalidad en Chile…”.

Sí, el Gobierno de Allende concentró grandes esperanzas y despertó enormes simpatías, fundamentalmente entre quienes carecían de libertad y democracia. No es de extrañar que se convirtiera en un mito para los movimientos de izquierdas.

Muchas de las iniciativas que intentó poner en marcha, como la reforma agraria contra el latifundismo, la nacionalización de la minería del cobre (un recurso primordial de la economía chilena en manos de propietarios transfronterizos), la política sanitaria o las medidas sociales, supusieron el modelo a seguir para cualquier gobernante socialista del mundo.

Pero se equivocó. No supo entender que se enfrentaba a los poderes establecidos y a los detentadores de la Fuerza y el Capital, quienes manejan los hilos desde Washington sin rubor y, como en este caso, con descaro. No valoró Allende el grado de lealtad a la democracia de sus Fuerzas Armadas, ni el respeto a la soberanía nacional de los centros de poder económico internacionales, ni siquiera previó la influencia en su país de la geopolítica de Guerra Fría en que estaba inmerso el mundo. No alcanzó, en fin, a medir realmente las fuerzas contra las que se enfrentaba con su pacífica y democrática revolución socialista.

Fue un idealista. También ante su propio final trágico. Acorralado en el palacio presidencial, haciendo frente al Ejército sublevado y dispuesto a matarle, fue capaz de emitir un último mensaje, antes de suicidarse, a través de Radio Magallanes, en el que se ratifica en sus convicciones: “En estos momentos pasan los aviones. Es posible que nos acribillen, pero que sepan que aquí estamos, por lo menos con nuestro ejemplo, que en este país hay hombres que saben cumplir con la obligación que tienen”.

Esa es la razón por la que cada 11 de septiembre no puedo dejar de recordar a Salvador Allende, una persona que con su conducta, coherencia intelectual y entrega por su pueblo contribuyó a que tomara conciencia política y forjara el ideario de mis convicciones a favor de una sociedad más justa, libre, tolerante y democrática.

DANIEL GUERRERO
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