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7 de agosto de 2023

  • 7.8.23
Los meteorólogos aseguran, con datos en la mano, que el mes de julio ha sido el más caluroso de la historia, al menos desde que se tienen registros. Han demostrado que sucesivas olas de calor, que asfixiaban día y noche a la gente, convirtieron el pasado mes en un horno insoportable. Y no solo por las temperaturas máximas sino también por el clima político que padecimos esos días. Se juntaron, así, dos combustibles inflamables que lograron hacer arder al país. El ambiente estaba mucho más que caldeado: era abrasador.


De esas dos mechas, a mi juicio, la que mayor peligro representaba era el comburente político, enriquecido con una pirómana campaña electoral sumamente enrabietada. Tanto fue así que, de hecho, me fui de vacaciones con miedo en el cuerpo. Temía acabar chamuscado por las llamas de la intolerancia y el sectarismo, como las que conocí en una época que creía superada, cuando los derechos y las libertades emanaban de concesiones arbitrarias, según conveniencia, de un dictador.

Entonces no era necesario que cometieras un delito, porque delito era cualquier cosa que desagradara al régimen, para que te enchironaran. Muchos libros eran considerados subversivos y estaba prohibido publicarlos. Así como obras de teatro, cinematográficas o musicales. Algunos quieren recuperar esas tijeras a la libertad y volver aplicar aquella censura.

Es lo que sentí a lo largo del pasado mes de julio, cuando algunos de los partidos que competían en las elecciones pretendían que retrocediéramos a los tiempos de la desigualdad, la discriminación y las mordazas, como ya empiezan a hacer en aquellos municipios y comunidades en las que han accedido al gobierno.

Intentan imponer una moral indiscutida, una verdad única y un pensamiento adoctrinado. Solo permitirán los suyos: su moral, su verdad y su pensamiento. No admiten el disenso ni la pluralidad ni la diversidad. Ni siquiera admiten unas autonomías que se asientan en la pluralidad, incluso de lenguas, del país.

Y persiguen, para combatirlo y anularlo, el feminismo porque apela a la igualdad en derechos de la mujer respecto del hombre. Clausuran oficinas contra la violencia machista y eliminan toda referencia –y ayudas, por supuesto– a las personas LGTBI. Incluso desprograman obras y espectáculos porque airean ansias de libertad, de tolerancia y de justicia. Por eso tuve mucho miedo.

De hecho, interrumpí mis vacaciones para acudir a votar, recorriendo varios centenares de kilómetros en el trayecto de ida y vuelta, inmerso en temores y sudores. Y no solo por el calor que registraban los termómetros de los meteorólogos. No empecé a relajarme y dejar de sudar hasta cerca de la medianoche del día 23, cuando, contra el pronóstico de encuestas que no admitían otra posibilidad, el fuego se apagó, el peligró desapareció temporalmente y mi desasosiego disminuyó considerablemente.

Sé que nada se ha resuelto satisfactoria y completamente. Quedan muchos rescoldos que podrían volver a prender en cualquier momento, es cierto. Pero aquellas llamas gigantescas que iban a devorar todo el país, dejándonos otra vez a la intemperie de lo reaccionario, han sido apagadas por los bomberos de las urnas y el agua de los votos.

Fue entonces cuando pude respirar más tranquilo. Pero acabé mis vacaciones con la sensación agridulce de habernos librado de un grave peligro por los pelos, casi de no contarlo, porque solo lo hemos sorteado de milagro. El milagro que consiguen quienes sienten miedo porque tienen memoria, aunque guarden silencio, y no renuncian a la tolerancia, al progreso y a la convivencia.

No estoy contento, sin embargo. El futuro sigue siendo incierto y complicado. Nada se conquista para siempre puesto que todo puede derrumbarse –o quemarse– cuando menos se espera. Los logros alcanzados están continuamente amenazados por el fuego del populismo retrógrado, negacionista, misógino e intolerante que todo lo destruye y convierte en cenizas.

Hasta las certezas que anteriormente nos mantenían rectos en nuestras convicciones se diluyen en la lucidez de las dudas y las desconfianzas. Porque viendo cómo las gastan los pirómanos del progreso y la pluralidad, ninguna parcela de nuestra convivencia en libertad está libre de las llamas.

Estos pirómanos son capaces de volver a intentar un incendio social. Da miedo de solo pensarlo. Y más si para ello no tienen empacho en recurrir a la mentira, la descalificación y el insulto. Se valen de cualquier medio, hasta de poner en duda las instituciones y cuestionar las reglas de la democracia. No se paran en chiquitas. Y con gente así es mejor estar prevenidos y no bajar la guardia. Es lo que tienen las libertades: hay que defenderlas, no solo disfrutarlas.

DANIEL GUERRERO

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