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28 de marzo de 2022

  • 28.3.22
En ocasiones, el azar forja un destino de esplendor con el mismo material con el que se elabora la esencia del fracaso. Tal vez este fue el caso de Luis Roldán, primer director civil de la Guardia Civil (valga la inútil reincidencia). Con el anuncio de su nombramiento al frente del instituto armado, quedó descartada la controvertida polémica del general Andrés Casinello quien, a pesar de todo y por los servicios prestados, fue ascendido a general de División en el primer Consejo de Ministros celebrado tras las elecciones del 22 de junio de 1986. Nadie explicó las razones de esta urgencia. “El hombre que más sabía de ETA” no fue destinado a la Comandancia de Ceuta hasta que se tuvo claro que no alcanzaría la Dirección General del Cuerpo. Los militares habían perdido aquella mano, pero el juego acababa de empezar.


El veto impuesto por el clandestino Sindicato Unificado de la Guardia Civil (SUGC) al nombramiento del general de División Andrés Casinello como director general de la Benemérita, sobre todo por su presunta vinculación con la creación del Grupo Antiterrorista de Liberación (GAL), había hecho saltar a la opinión pública los graves problemas internos que planteaba la sustitución del general Sáenz de Santamaría. Un desafortunado artículo firmado por Casinello y publicado en un diario conservador dio al traste con las aspiraciones del general y estuvo a punto de costarle el puesto. El Gobierno socialista, ante el cúmulo de barbaridades suscritas por Casinello en torno al SUGC, que degeneraron incluso en el insulto y la descalificación, no tuvo más remedio que destinarlo a Ceuta, donde las palabras de este militar de la vieja escuela no podían encontrar resonancia alguna.

Colaboradores cercanos a la Dirección General de la Guardia Civil entendían que Sáenz de Santamaría no había escatimado esfuerzos de ningún tipo en la lucha antiterrorista. En ciertos sectores, se pensaba que la Guardia Civil había protagonizado, prácticamente en solitario, la lucha contra ETA en Euskadi y Navarra, con un balance muy positivo que pasaba por más de 600 detenciones y una veintena de comandos terroristas desarticulados desde que, en el mes de noviembre de 1983, Sáenz de Santamaría sucediera a Aramburu Topete al frente del instituto armado.

El comité ejecutivo nacional del SUGC mostró una semana después su enorme satisfacción por el histórico nombramiento de Luis Roldán, que daba el espaldarazo a una de las principales aspiraciones de la organización clandestina. Representantes sindicales instaron entonces al Senado y al Congreso de los Diputados a que abrieran un debate sobre la democracia en la Guardia Civil. Roldán tenía entonces 43 años y había nacido en Zaragoza. Hasta ese momento nada en su carrera política hacía prever que el Consejo de Ministros lo elegiría para esta alta responsabilidad.

Este maño, de calva generosa y barba cerrada, hacía constar en su currículum que era ingeniero y licenciado en Ciencias Económicas. Sin saberlo, con estas mentiras académicas, acababa de inaugurar una galería de políticos, desde Cristina Cifuentes a Pablo Casado, y otros muchos, que se vanagloriaban tanto del cargo como del título que nunca fue suyo. Durante los últimos años, Roldán había servido a la Administración de forma airosa desde un puesto delicado: la Delegación del Gobierno en Navarra. Con su nombramiento se erigía como el primer civil que dirigía el instituto armado desde que el Duque de Ahumada lo creara en 1844.

El sindicato clandestino de la Guardia Civil se volvió a poner en contacto con la prensa en noviembre de 1986, pocos días después de la profunda remodelación llevada a cabo en el organigrama del Ministerio del Interior. Su secretario general manifestó que, entre las reivindicaciones que expondrían al recién elegido director general del Cuerpo, destacaba la legalización del sindicato, la abolición de conductas militares y el desmantelamiento de los servicios informativos.

También mostró su satisfacción por los ceses fulminantes de los generales Casinello y Cereceda, que consideraba promovidos por el propio sindicato clandestino. Pero Luis Roldán, lejos de atender estas peticiones, recordó el carácter militar de la Guardia Civil.

El día 4 de ese mismo mes, con motivo del acto oficial de jura del cargo y toma de posesión, dijo: "Debe quedar claro que se trata de un instituto armado de naturaleza militar y, como tal, sus miembros están sujetos a determinadas limitaciones que tienen que ser respetadas con rigor". El sindicato clandestino, que aspiraba a la desmilitarización del cuerpo, entendió que aquel era el comienzo del fin.

La persecución contra guardias sindicalistas se extendió también a los periodistas, tanto por la vía intimidatoria, teléfonos “pinchados”, presiones a la empresa periodística y procesos judiciales. El procesamiento de dos periodistas, Juan Emilio Ballesteros y Antonio López Hidalgo, concluyó con una polémica sentencia absolutoria que negó el carácter militar de la Guardia Civil además de poner en juego una vez más en la España democrática el derecho a la libertad de información.

Sobre esta sentencia de la Audiencia de Sevilla, según la cual la Guardia Civil no era militar, y que entraba en contradicción con otra anterior del Tribunal Supremo, Roldán fue taxativo: “Bueno, la sentencia de Sevilla tenía relación con una cuestión relativa a profesionales de la información, a los que se acusaba de un presunto delito de injurias a las Fuerzas Armadas. En la medida en que la Guardia Civil no forma parte de las Fuerzas Armadas, la Audiencia de Sevilla hace la lectura de que no puede haber injurias a ésta. Pero lo que es evidente es que el Tribunal Supremo ha clarificado la situación diciendo que el reglamento de las Fuerzas Armadas en el aspecto sancionador es de aplicación a la Guardia Civil y dice que es un instituto de naturaleza militar y que el tribunal competente para juzgar los delitos o faltas que cometen dentro de la institución es el Tribunal Militar Central. Por tanto, la cuestión queda lo suficientemente clara”.

Su principal mérito, además perseguir a sindicalistas clandestinos y periodistas en el ejercicio de su profesión, fue inaugurar la corrupción en los años noventa. El primer civil en ocupar el cargo de director de la Guardia Civil murió el pasado 24 de marzo del cáncer de colon que padecía. Estos días, la prensa ha desgranado su currículum tan espectacular y su final tan esperpéntico. Diario 16 publicó entonces que era dueño de al menos una decena de pisos y chalés, además de dos mansiones en París y San Bartolomé (Antillas francesas), valoradas en más de cuatro millones de euros. Francisco Paesa contribuyó a su pobreza posterior. De su detención en Laos se ha hablado mucho la semana pasada. Un día abrió el armario de su despacho y lo encontró lleno de billetes. Se calcula que había sustraído 106 millones de pesetas de los fondos reservados del instituto.

A los periodistas que investigábamos el sindicato clandestino de la Guardia Civil nos tenía cierto respeto y alguna inquina. Era obvio: no le dejábamos en paz. Un día quiso conocerme. Me llamó su secretaria de entonces. Creo que se llamaba Esther. Era menuda, guapa, eficaz y eléctrica. En una palabra, su brazo derecho. De ella, después, ya no he oído nada. Me llamaba alguna vez para ofrecerme información. Me dijo que Luis viajaría a Sevilla para presidir un acto de la Guardia Civil. Ahora no recuerdo cuál. Tal vez fuera la celebración del Día del Pilar. Y que quería conocerme. Quería hablar, pero nada de entrevistas. Conservo fotos de aquella jornada. Tenía la barba cerrada, la calva amplia y reluciente. Y los ojos, oscuros, miraban de frente, pero daban la impresión de que no veían a nadie. Me llamó la atención que Roldán, cuando los militares visten tan ceremoniosos en estos eventos, llevara la americana del traje nevada de caspa intensa y desagradable.

La fortuna del expolítico, que se calcula asciende a 14 millones de euros en cuentas bancarias y propiedades, sigue sin aparecer. Cumplió 15 de los 31 años de prisión a los que fue condenado por el Tribunal Supremo, una de las penas más altas que ha recaído en un funcionario. Roldán siempre afirmó que toda su fortuna se la quedó Francisco Paesa. Y murió pobre, o al menos de manera muy decorosa. Su vida en los últimos años en Zaragoza no era la de un millonario. Paseaba a pie, se desplazaba en autobús de línea y vivía en un piso modesto. Antoni Asunción, que en 1994 tuvo que dimitir como ministro tras su fuga, dijo de él: “Miente más que habla. No hay que fiarse de él”. La pregunta sigue estando en el aire: ¿Entonces por qué se fiaron de él?

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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