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COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

7 de enero de 2022

  • 7.1.22
Amiga mía, no puedo evitar darle vueltas a una anécdota de juventud. Ya sabes que siempre he pasado mucho tiempo en las bibliotecas, hasta el punto de hacer amistad con algunos bibliotecarios. Me gustaba conversar con ellos y conocer sus puntos de vista. Si bien, las conversaciones esporádicas acababan siendo las más jugosas.


Un día aparecí en una de mis bibliotecas habituales con un libro en la mano, La insoportable levedad del ser de Milan Kundera. Un documento que adquirí de segunda mano y que tenía la cubierta en un estado mejorable.

Uno de los bibliotecarios me vio con el libro y torció el gesto. Por supuesto, admitió la calidad de la lectura, pero cuestionó mi calidad como lector. “No tienes edad para este libro”, me dijo.

¿De qué iba? Siempre me he enorgullecido de la calidad de mis lecturas y el hecho de cuestionar mi capacidad como lector hirió mi orgullo. Con la debida educación, le pedí explicaciones y me las dio con detalle.

La idea que me planteó el bibliotecario es que podía y, de hecho, me recomendaba leer ese libro, como otros tantos. Sin embargo, le sacaría poco partido, porque hay obras que no pueden entenderse hasta alcanzar cierta madurez. No había tenido suficiente experiencia vital como para sacarle provecho a esa lectura.

Amiga, ¿qué puedo decirte? En efecto, ni tenía la madurez vital para entender sus palabras, ni para leer aquel libro. Una obra que no me pareció gran cosa en aquel entonces y que hoy revalorizo. La he fastidiado bastante, me han fastidiado bastante, he dejado a bastantes personas detrás y me han dejado bastantes personas de lado como para empezar a entender esta novela. Estoy en proceso, aunque el camino es largo. Empiezo a entender, en un momento en el que cada vez entiendo menos de todo. ¿Te pasa a ti también?

Por favor, no te rías de mí si te digo que cada vez me doy más cuenta de lo imperfectos que somos. Tú y yo. Todos. Es un dictado lógico, desde luego. Nadie con cierta inteligencia puede afirmar la existencia de la perfección. Sin embargo, es la experiencia la que te enseña el alcance de nuestros defectos.

Somos lectores imperfectos, hijos imperfectos, amigos imperfectos, trabajadores imperfectos, amantes imperfectos... ¡Cuesta tanto aceptar las limitaciones propias y ajenas! En especial, cuando vives en la obsesión por tener todo bajo control, por entenderlo todo, por hacerlo todo bien. Quizás, nuestra estupidez sea lo único perfecto. Y hasta eso lo pongo en duda.

Es seguro que sufrimos por razones absurdas. Y con mucha seguridad, algo irracional nos impondrá el viaje que no tiene opción de retorno. Casi siempre, nuestra mente se ocupa de cuestiones nimias y dejamos de disfrutar por las razones más pueriles. ¿No hay cierto grado de locura en ello?

Reviso las utopías, que siempre me han parecido sandeces y hoy considero imprescindibles. Pienso en la mengana austral de Mario Benedetti y lamento decirte que, a diferencia de su caso, querida mía, sé que tú no eres mi utopía. Ya no. En cambio, sí sé con seguridad que para mí no puede haber utopía alguna sin tu presencia, aunque sea ausente.

Lo admito. No tengo madurez para leer ciertos libros con provecho, ni tampoco para escudriñar entre mis imposibles para sacarles beneficio.

Quedémonos con las palabras del grupo galo La Femme en Le jardin (se puede escuchar aquí): No esperes nada de la vida / Pero cuando la luz entra por tu ventana no te pongas en la sombra / No temas la vida, o la locura porque todos estamos locos / Bajo los ojos de la Macarena.

Amadísima amiga, despréndete de las imposiciones y disfruta sin sentimiento de culpa de esta vida que se nos escapa entre los dedos de las manos. Come, bebe, fornica, lee y ve cine, tanto del bueno como del malo. Me aplicaré el consejo. Hasta donde sé hacerlo, al menos.

Quizás, tras años de dolor, esfuerzo, lecturas y goce, si no nos morimos o nos quedamos impedidos, podamos llegar a entender el libro de Milan Kundera. Y, ¿quién sabe? Quizás podamos reencontrarnos, vaciar una botella de buen vino y llegar a entendernos entre nosotros dos. Aunque sea una comprensión imperfecta.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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