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22 de noviembre de 2021

  • 22.11.21
La Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque quiere recordar los cien años del nacimiento del escritor y bodeguero montillano José Cobos Jiménez con una conferencia de Antonio Varo Baena y una exposición de sus libros, en cuyas vitrinas también se pueden ver algunos libros míos que dediqué a este articulista. Varo ha calificado a Cobos como el Azorín montillano. Y creo que no se equivoca al llamarlo así. Tuve la suerte de compartir con él muchos fines de semana en Córdoba en los últimos años de su vida, cuando volvía de Montilla y partía para Sevilla cualquier domingo de aquellas semanas siempre recordadas, y compartíamos en unos y otros bares, o bien en la casa de alguno de sus hijos un almuerzo abundante de exquisiteces y tertulias golosas.


Era un escritor local. Escribía de Montilla. Y siempre he pensado y he escrito que ese es su gran valor. Saberse hijo de una tierra y aprender a amarla dejando el rastro de sus venas y de sus vísceras en la tinta impresa de los libros. Adoraba sus títulos, breves y bellos, como si fueran un poema comprimido en varias palabras, frases a veces robadas a un poema y que en la portada del libro cobraban una nueva identidad, otro significado, títulos que parecían proceder de aquella escuela que inauguró Marcel Proust con En busca del tiempo perdido y que alcanzó su cumbre con El desorden de tu nombre, aunque, dicho de paso, el título no es de Juan José Millás, solo lo ganó a un amigo jugando a las cartas. De esta escuela de títulos prodigiosos procede también Pepe Cobos. Baste recordar esta breve galería: Menos que nube, Al correr del tiempo, Corazón plural o Montilla, verde estrella.

Recuerdo cuando Manolo Cobos me mostró los folios de este último manuscrito. Le propusimos a su padre la publicación del libro. Él aceptó, después de añadirle algún capítulo más. Hice el prólogo y el Ayuntamiento lo publicó un año después. Le pedimos a Antonio Povedano la ilustración de la portada, que vio la luz sobre un fondo verde de hoja de pámpano. Manuel Ruiz Luque, como siempre, cuidó la edición.

Los años pasan en su fluido insobornable y la memoria, aunque ya deteriorada, conserva algunas imágenes inalterables en su poso. Siempre recuerdo a Pepe Cobos sentado a la mesa de alguna terraza, frente a la estación de ferrocarril, con el puño cerrado de su mano derecha en el que a veces apoyaba el mentón. Bebía tinto de Valdepeñas. Hablaba. Le gustaba hablar. De vez en cuando, hacía unos mohínes que lo llevaban a mover su nariz celestial y que lo caracterizaban. Era de oratoria fluida y elegante. Le gustaba escuchar a su interlocutor y mostrarle trozos de su vida como el carnicero que despedaza la pieza para ofrecer la porción medida, justa y limpia.

Hablamos entonces tanto de aquellos libros que nunca escribió, que nunca supe por qué alguien como él un día opta por abandonar la pluma o la máquina de escribir y solo esboza delante de los amigos los manuscritos de escritura encriptada en el olvido o en cualquier otro lugar al que nadie tiene acceso, tampoco él. Nunca sabré por qué alguien decide no escribir más o por qué piensa que su obra ya está ultimada, cerrada para siempre, sin saber acaso que un escritor nunca es dueño de sus propias palabras ni de su indeclinable destino. Y Pepe Cobos lo sabía, pero la vida le había golpeado sin compasión. Ahora, allí sentado, escuchando el silbido de los trenes que partían a cualquier rincón del mundo o que regresaban de cualquier otro ángulo de la vida que ya no ansiaba conocer, él se debatía entre un tiempo luminoso que se diluía en sus recuerdos y un futuro brumoso que pisaba sin mucho entusiasmo.

Pero le bastaba con que la conversación se encendiera un tanto para que los fantasmas difusos del desencanto se borraran en el frío inclemente de aquellos inviernos cordobeses. Nunca sabremos qué sueños masticaba en lo más hondo de su espíritu ni qué libros hubiera escrito si la vida le hubiese otorgado algunos otoños más de aquella felicidad serena con la que alimentaba sus días últimos.

En las cartas que su familia ha cedido para esta exposición, el visitante puede conocer la correspondencia que el escritor montillano mantuvo con Azorín, El Caballero Audaz o Dámaso Alonso, entre otros muchos. Con él se fue un modo de entender la vida, de compartirla, como se desprende de estas misivas, de mirar al pueblo, esa capacidad para describir las cosas pequeñas y para amar esos detalles nimios e insignificantes que hacen de cada día un hogar que huele a pan recién horneado y que nadie ve a no ser que alguien como él nos advierta del peligro de cruzar el lugar sin apercibirnos de pon dónde andamos.

Lo recuerdo siempre elegante, cercano, soportando el peso de la tristeza con una disciplina espartana, reventando a cada instante el dolor como si fuese un globo de feria, que flota a nuestro alrededor sin alcanzar nunca los tejados de la ciudad ni el azul del cielo. Lo veo sentado a nuestro lado, empuñando su bastón, mirando a ninguna parte o hacia dentro de él mismo, consciente de la labor bien hecha e inacabada, pero hermosa, sencilla, equilibrada, con las aspiraciones precisas de quien solo aspira a contar, pisando con sus botas el terruño donde nació, la vida que nos ha dejado en unos cuantos libros: breves, coherentes, bien medidos en su narrativa y en sus aspiraciones. Me gusta leerlo y releerlo. De él he aprendido que hay que saber mirar las cosas como si fueran menos que nube, con un corazón plural a prueba de sobornos emocionales, a la par que andamos al correr del tiempo, persiguiéndolo en sus bucles y controlándolo con la palabra clara, cristalina, justa, imprescindible. Eso es la escritura, me diría él. Cómo lo sabía.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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