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12 de febrero de 2021

  • 12.2.21
En primer lugar y para que no surjan dudas os confieso –queridas amigas y amigos– que me gusta el Carnaval pero también os digo que –como me ocurre con el fútbol, con la política y con el periodismo– lo vivo de una manera moderada, sin excesivo apasionamiento, sin idolatría y sin fanatismo. Por eso procuro mantener cierta distancia que me permita disfrutarlo y, además, analizarlo y criticarlo.

En mi opinión, las agrupaciones nos muestran unos espejos, cóncavos o convexos, en los que se reflejan, alargados o achatados, nuestros rostros y nuestros gestos, nuestras virtudes y nuestros defectos, nuestras aspiraciones y nuestras frustraciones.

Este año, debido a la crisis sanitaria, se han suprimido todos los actos púbicos, no saldremos a las calles y a las plazas pero podremos disfrutar con el buen humor de las coplas desde nuestros hogares gracias a la televisión.

El buen humor, aunque no está relacionado necesariamente con el amor, sí tiene mucho que ver con la amabilidad. Por eso aplaudo el humor que humaniza las relaciones humanas, ese humor al que se refieren muchos de los amigos que nos visitan, cuando nos dicen que el rasgo que más les llama la atención es el fino e ingenioso humor de los habitantes. Se refieren al humor amable que ha de constituir para nosotros un reto, un desafío y una responsabilidad.

El humor es un lenguaje que la Estética lo considera como arte, la Poética como resorte literario y la Antropología como una manifestación cultural: es la consecuencia natural de la facultad humana del lenguaje que puede servir para construir la sociedad o, a veces, para destruirla. Por eso, justamente en estos momentos de preocupación por la dichosa pandemia, nos viene bien condimentar nuestra convivencia ciudadana con algunas pizcas de la sal y de la pimienta de nuestro buen humor.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR


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