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10 de octubre de 2020

  • 10.10.20
Malos tiempos para el contacto humano, para sentir el latido del otro, para templar el alma con la suavidad de una mano. La única bandera que nos une a todos los españoles es la cercanía, el hablar con todo el mundo, el coger al amigo por el hombro y reír con cualquier tontería. Pero hay un bicho dando vueltas por el planeta Tierra que amenaza con quitarnos nuestra esencia. 


Veo programas antiguos en la tele, antes de que todo fuera anormal; veo a la gente expresar su alegría con besos y abrazos. También el consuelo ante la pérdida viene envuelto de esos mismos ropajes. Sin embargo, las circunstancias obligan ahora a la distancia. Qué duro es quedar con amigos y no poder sentirlos, no poder acariciarles el brazo para expresar empatía o cariño. 

Con la familia solo quedan los besos de los ojos, no esos besos de mariposa que tanta gracia les hacen a nuestros bebés. Ahora nos regalamos simples besitos que las miradas envían por el aire a una cara querida que, sin embargo, se nos presenta lejana. 

Y en medio de esta falta de cariño, oscuros seres utilizan la soledad impuesta para crear odio, para llenar las insatisfacciones personales de miradas negras hacia el otro, simplemente por ser diferente, por ser “el otro”. El siglo XX vio derramar mucha sangre humana por indecentes seres que movieron masas para señalar que la culpa de todas las desgracias era de uno que no era yo. 

Ayer escuché a una cantautora hablar de la fragilidad e imperfección que todos llevamos dentro. Ninguno puede mirar por encima a nadie, los sentimientos están dentro y todos tenemos los mismos. Sentimos miedo, ira, rabia, amor... El problema es cuando el que te domina es el miedo: no hay droga paralizante más fuerte. 

En estos días de malas noticias, verdaderas o creadas, necesitamos más que nunca el contacto, la unión, la colectividad. Necesitamos compartir deseos, sueños e intereses. Esta noche me acuesto feliz: he salido con buenos amigos y, aunque no nos hemos besado en la mejilla, nuestras conversaciones y risas han creado una lumbre alrededor de la cual nos hemos sentido conectados y nuestras vivencias compartidas han vuelto a unirnos, mirándonos y deseándonos lo mejor. Lo confieso: soy un ser gregario. Me gusta arracimarme con mi gente.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ



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