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Mostrando entradas con la etiqueta Diario de una equilibrista [María Jesús Sánchez]. Mostrar todas las entradas
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29 de agosto de 2020

  • 29.8.20
¿Cuánto hace que no me sumerjo en hojas de papel blancas y negras llenas de historias, de vivencias ajenas, de fantasía y de realidades que superan a la ficción? El trabajo con sus lecturas para traducir no me deja tiempo para elegir yo el libro en el que perderme. Termino tan cansada, con los ojos secos de tanta pantalla, con el cuello rígido por la falta de movimiento, que no tengo ganas ningunas de coger un libro. Y es una pena porque mi vida era más feliz cuando era una ávida lectora.



Nadie podrá quitarme esos veranos en el pueblo con mi abuelo cargados de lecturas diferentes. El conde de Montecristo, La dama de las camelias, Historia de dos ciudades, Viento del este, viento del oeste... Son tantas las novelas que me han emocionado y quitado el sueño... Eran como amantes para los que se roba tiempo de donde sea, solo por pasar otro ratito con ellos.

Recuerdo las noches de lamparita y tensión leyendo Los pilares de la tierra. Intriga, injusticias, pasión, amor... esculpidos en buena prosa. ¿Y qué decir de aquella convalecencia veraniega enganchada –creo que es la palabra perfecta para mi estado– a la saga sueca de Los hombres que amaban a las mujeres?

No sabía si era de día o de noche, si el día había sido más cálido que el anterior: lo único que quería conocer era toda la trama que había unido a aquellos personajes. Terminaba uno y cogía el siguiente; el problema vino cuando los terminé todos y me quedé huérfana de un mundo en el que había vivido la última semana –no recuerdo los días en que me bebí las miles de páginas, pero fueron pocos–.

Hay libros que tal cual los termino, los comienzo de nuevo porque no quiero que me dejen, no quiero volver a lo cotidiano. Cuanto más inteligente es el autor, más me atrapan. Y he de decir que una historia simple bien contada es maravillosa, pero no te produce ese subidón que te da la enganchante intriga de una novela negra.

En busca del tiempo perdido fue una delicia pero de esas que son tan saciantes que hay que digerir poco a poco. No es un libro para leer de golpe: hay que darle su tiempo, pararte en un párrafo y oler su belleza. Tampoco puedes tener prisa con Las olas, de Virginia Woolf: te podrías saturar y no disfrutar del balanceo de su escritura.

Volveré a las recetas del doctor Gallardo y me suministraré otro libro.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

22 de agosto de 2020

  • 22.8.20
Sigo con la resaca y el problema es que la nueva embestida está al llegar. No me he podido recuperar y ellas ya están subiendo por mis pies. Este mes, Aníbal y sus hunos, con su caballería entera, han asolado mi pobre cuerpo. Venían disfrazados de hormonas invisibles que corrían como locas por mi torrente sanguíneo.



Primero decidieron acumular líquidos por doquier, haciéndome sentir como un globo pesado que no flota. Mi piel se estiró tanto que la irritabilidad hizo su aparición en forma de pensamientos oscuros cuyas olas gigantes me atraparon sin dejarme apenas respirar. Perdí territorios que creía conquistados, oasis de paz sitos en blancas montañas. El suelo se abrió y apareció un abismo. Un abismo que, por conocido, no deja de ser terrorífico.

Empujada todo el día a pensar y hacer cosas sin parar, yo pedía descanso y equilibrio, y la dictadura hormonal pedía "más madera", aunque el árbol fuese mi esencia. Es difícil nadar en aguas negras y turbias. Lo peor es que fui tan ingenua que creí que con el estandarte de la razón podría sofocar la rebelión que mi cuerpo sufría. Imposible flotar con toda esa loca fuerza convertida en maremoto. No supe ponerme a salvo, no fui capaz de ver el peligro y buscar un lugar seguro en un buen libro.

Me enfrenté a un fantasma que nadie puede controlar y fueron tantas las ahogadillas que aún no me he podido levantar. Y las noto, noto que vuelven porque el espejo me lo dice y porque el sueño se resiste a cubrirme.

¿Seré capaz esta vez de asumir que la naturaleza es así, o al menos la mía, y que no se puede enfrentar lo inevitable? La onagra suaviza los envites, pero no los hace desaparecer. Soy pequeña y débil. Reconócelo, Marta. Me gustaría ser como ese maestro budista que, para ser feliz, "abraza lo inevitable". Ojalá esta vez no trague tanta agua. Ojalá sea lo bastante fuerte para no enfrentarme, para no enfadarme porque mi cuerpo tenga su propio ritmo. Ojalá.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

15 de agosto de 2020

  • 15.8.20
Mediodía. La chicharra se desgañita anunciando otro día de cielo y sol blancos. Poco ha permanecido la pobre callada, solo cuatro horas ha podido mi casa respirar aire de fuera –decir "libre" sería mentir–. Mi cerebro calcula las horas para volver a la cama como si deseara que "este cáliz" pasara cuanto antes mejor. Horas blancas, horas vacías, casillas sin objetos que las rellenen. Otro confinamiento dentro de la burbuja del aire acondicionado.



Me desperté temprano y eché a andar para comprobar que seguía viviendo en la misma ciudad, que había gente fuera y que las paredes de mi casa no eran Finisterre. Las horas son como ese pan malo esponjoso que se estira pero no se parte: son infinitas en cada segundo.

No me gusta andar sola con mis propios pensamientos, prefiero pasear con la emoción. Elijo la música y me pongo ese vestido medio trapo de algodón que me cubre pero no me aprieta. Ese que deja que el aire envuelva mi cuerpo por sus rendijas.

Como llevo tanto tiempo sin salir de casa, no solo soy capaz de ver lo cotidiano, sino que mi mente está abierta a encontrar nuevos sitios o a descubrir algo que siempre estuvo ahí, pero que la rutina no vio. Una cabina de teléfono testigo de otra época en la que las citas eran un acto de valentía unido a una buena memoria. Se quedaba y, hasta el momento del encuentro, solo había silencio, sin WhatsApp de recuerdos. Bajar a llamar a alguien que tenía la suerte de tener un teléfono fijo, encontrar las monedas y contar las palabras para que ellas resumieran el mensaje que tus pesetas podían pagar.

Observo que solo hay gente mayor en la calle. Mujeres de pelo plateado y teñido que desayunan juntas en una terraza visitable solo a esa hora; parejas que andan desafiando las dificultades para mantener en forma un cuerpo muy vivido. Siempre que los veo quiero sentarme a conversar con ellos porque la historia de este país está en sus memorias, no en los libros.

Fiesta de palomas que desafían la distancia social. Por lo menos veinte picotean algo que no alcanzo a ver. Alguna mente cándida les habrá echado un pedazo de pan o algo de su gusto y pelean por rellenar sus barrigas antes de que la canícula haga su gran aparición.

Calles pequeñas con casas de pueblo en una ciudad que ya ha crecido y huye del estigma rural. Me hubiese gustado seguir callejeando sin rumbo, pero son las diez y el calor asfixiante muerde mis piernas.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

8 de agosto de 2020

  • 8.8.20
Esta mañana me he cruzado con él. Hacía tiempo que no lo veía: desde que cerró aquella coqueta cafetería que hacía esquina y que parecía un pastelito de fresa y vainilla. Hoy iba sin su mujer, esa señora que siempre mira hacia abajo, como si pidiera perdón por existir.



La gente del barrio hablaba de ellos: "Yo creo que él es mariquita y se casó con ella por las apariencias". "Ella trabajaba en un bar de copas de esos en que las mujeres son fáciles si les pagas". Comentarios vomitivos, jueces crueles de una realidad que no se conoce. ¿Qué más da si él, en una sociedad en la que querer a una persona de tu mismo sexo era ser "un vago y maleante", llegó a un acuerdo con ella?

Ella era una mujer que, a lo mejor por sus circunstancias –unas circunstancias que tienen mucho que ver con que la mujer era incapaz legalmente para firmar un contrato–, no le quedó otra que trabajar en aquel bar a donde no debería haber entrado si la historia social hubiese sido otra.

Todo esto es elucubrar: yo solo los conozco de vista, de ir al pequeño café, de saludarlos con un "hola" lejano por la calle. He entrado en el juego de la vecindad sin darme cuenta porque yo no sé si él es homosexual o si ella trabajó en una güisquería. Yo solo sé que los veo pasear juntos y que han tenido unos hijos que han sido queridos, han estudiado y se han buscado su futuro.

¿Y qué mierda le importa a nadie cuál ha sido su vida? Pero venimos de una cultura, de una sociedad, en la que nos ponemos por encima de todos y nos creemos mejores y lo suficientemente buenos o perfectos para tirar piedras a los otros, a los que nos parecen diferentes, porque no cumplen con esa imagen de familia que las fotos ñoñas nos enseñan.

Juzgar y decirles a los demás cómo tienen que ser. Pero, ¿nos conocemos nosotros realmente? ¿Conocemos nuestros lados oscuros, llenos de miedos y debilidades? ¿Nos gustaría que alguien nos mirara como miramos al que creemos "raro"? Pena que una sociedad que ha sido educada por la religión católica no recuerde el potente mensaje del Evangelio: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra". ¿Alguien está libre de algo?

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

25 de julio de 2020

  • 25.7.20
"No te quejes, no es para tanto, a mí...". Hay gente que da consejos a diestro y siniestro y en su sinrazón no ven que nadie aprende en cabeza ajena y que la vida interior de cada uno es distinta. Lo que a otros le duele, a ti puede no dolerte. El miedo de otros lleno de abandono y soledad a ti no te toca porque no has vivido en la negrura espesa.



Mujeres que critican a otras por estar de baja durante el embarazo, cuando ellas no lo han notado apenas, cuando no han tenido riesgo de perder ese niño tan deseado. Hombres que señalan a otros por ser sentimentales y no ser "ordeno y mando" en su casa, sin saber que el que se pierde la ternura es el bravucón, al que en su casa no le hablaron de debilidad y emociones.

Recuerdo cómo saqué de mi vida a una persona a la que molestaba que yo dijera que me dolía la pierna. Yo tenía que aguantar el dolor terrible de una bursitis que me pinzaba el nervio ciático mientras ella empatizaba conmigo una mierda. La borré y me quedé con mi dolor y con aquellos amigos que practicaron la compasión conmigo. Esos que sin haber tenido un dolor igual al mío, fueron lo bastante sensibles como para entenderme.

A veces el universo es justo, no siempre. Y hay momentos que creo que casi nunca. Esa justicia consiste en que la gente que mira por encima a los demás, que da consejos gratuitos, sufre en sus carnes el dolor, la pérdida o las emociones que no fueron capaces de entender o, por lo menos, de respetar. Y es ahí donde se acuerdan de su propio egoísmo.

No es desear mal a nadie querer que la gente sea más humana y menos mecánica. Dentro de nosotros viven muchas emociones, sensaciones y sentimientos que son de muchos colores y cambiantes. Nadie sabe cómo son. A veces, ni nosotros mismos los conocemos o reconocemos. En este camino de aprendizaje que es la vida he descubierto que no siempre un rostro eternamente sonriente esconde un corazón feliz.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

18 de julio de 2020

  • 18.7.20
Es una pena que no se elijan los alcaldes por su amor al municipio, por su visión estética y por su buena cabeza para gestionar el dinero público. Solo tienes que darte un paseo por las calles y ver el estado de los edificios, del asfalto, de las plazas, de las plantas para saber si él o la que gobierna en el pueblo o en la ciudad quiere a esa tierra. Sin olvidar servicios públicos tales como instalaciones deportivas, de salud, educativas...



No sé quién está ahora en el Ayuntamiento de Calatayud o quién ha estado antes, pero este pueblo grande –o, mejor dicho, ciudad– con estación de AVE, una huerta riquísima y famosa por la copla de "La Dolores", está dejado de la mano de Dios: el centro histórico ha sido abandonado, edificios que se caen y, lo peor, otros que ya no existen por derrumbe. Iglesias invisitables llenas de arte mudéjar, joyas abandonas, historia hecha cenizas...

Este verano me he decidido por hacer un poco de turismo interior con mi chico. Es una forma de conocer nuestro país y nuestros escasos ahorros lo pueden soportar. Y es triste ver una ciudad abandonada. Alguien tuvo la feliz idea de construir la estación de tren lejos del centro –igual que en Cuenca–, lo que ha hecho que surjan construcciones en torno a esta infraestructura, priorizando la especulación a la rehabilitación.

Hablas en la calle con la gente y te dicen que la juventud se va, que no hay salida aquí. La calle principal, la Rúa, está llena de establecimientos cerrados que no pueden vender a turistas que no llegan porque las ruinas, salvo que sean romanas, no atraen.

Imagino un pueblo cuidado, lleno de calles bonitas y muchos jóvenes organizando visitas guiadas que cuentan la historia de este pueblo aragonés, que nos hablen de leyendas de moros y cristianos, que nos muestren la mezcla que dejó recuerdo en el arte, en esas iglesias y edificios preciosos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

4 de julio de 2020

  • 4.7.20
Estoy contenta y agradecida porque Margarita, mi compañera del internado, me mande cada vez más textos para traducir. Me estoy planteando estudiar alemán y sumarlo al español, inglés, francés e italiano que ya domino. Sigo dándole clases a Julia, ahora también de Francés porque su colegio se ha convertido en bilingüe y sus padres no saben una palabra del idioma galo.



Me gusta y me distrae mucho ver cómo las expresiones en estos idiomas son tan distintas, a pesar de venir del latín. Mismos antepasados, pero evolución distinta. Yo siempre estuve feliz porque los hispanohablantes hayamos preservado tanto nuestra lengua de invasiones extranjeras. Me refiero básicamente a la invasión inglesa.

Partiendo de la base de que nuestra lengua es una amalgama resultado de las tantas influencias que hemos tenido en esta piel de toro, lo cierto es que España ha sido un país atractivo para muchos pueblos y, sin embargo, hemos resistido bien la colonización lingüística inglesa.

Franceses e italianos llevan años utilizando expresiones anglosajonas tipo "il weekend" en Italia o "le weekend" en Francia. A nosotros, sin embargo, aún nos queda nuestro fin de semana, si bien es cierto que tratamos de resumirlo en un "finde". La evolución natural de las lenguas es la de economizar, la de acortar las palabras, pero no es cambiar una palabra autóctona por otra de fuera que viene impuesta por unos medios que, para ser modernos, utilizan el inglés.

¿Qué opinaría Cervantes? Tenemos un idioma con un vocabulario vastísimo, rico, florido que no necesita de nada, ni de nadie. Cuando estamos mal, decimos "me duele". Me duele a mí, lo siento yo. En francés dicen que tienen un mal en el sitio del cuerpo donde siente el dolor. A mí me parece como algo externo, que estuviera en la superficie, sin penetrar. Los ingleses tienen un dolor. Nosotros no tenemos un dolor o un mal: sentimos dentro el sufrimiento.

"¿Cómo amaneció?", me decían las niñas del orfanato de Tegucigalpa. ¿Hay una manera más bonita de preguntar cómo estás y cómo has pasado la noche? Y ese "te extraño" mejicano... Nuestros hermanos de América son más poetas hablando, siguen con su maravilloso castellano antiguo que permite que dos niños se hablen de "vos" sin distanciarse.

Y ahora veo a la gente joven con sus "followers" y no sus seguidores; gente que te sigue porque le gusta lo que propones. O "influencers", esa palabra inventada para comprimir las tendencias que marca una persona en redes sociales. Pues no: es una persona influyente y punto. Aunque en algunas ocasiones no tengan de qué presumir...

Defendamos nuestro idioma y nuestra cultura, coño. Eso es lo que me dan ganas de gritar por la ventana. Y ahora me voy a hacer un salmorejo con un falmenquín y me dejo de tonterías y de hamburguesas...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

27 de junio de 2020

  • 27.6.20
En nuestro país siempre se dice que "quien no tiene padrino no se bautiza". Y es una triste realidad. Las puertas están cerradas sin que nadie te ofrezca la posibilidad de mostrarte, de enseñar tus capacidades y tus ganas de trabajar.



Después de que mi padre cayera en desgracia, no tengo puertas a las que llamar. Así que aquí estoy, sola ante el peligro: el peligro de la exclusión social. Quizás debería haber dedicado más tiempo a trabajos importantes y menos a esos que no aparecen en la vida laboral, pero he hecho lo que he podido. Solo aparecen los años trabajados en la biblioteca privada del amigo de mi padre.

Tengo dos opciones: tirarme al suelo, llorar y esperar a que algo me caiga del cielo o coger una libreta y un bolígrafo y hacer una de esas listas que tanto me gustan con lo que sé hacer.

De todas formas, puedo respirar un poco mejor porque mi prima me buscado a una pareja para poder alquilar mi piso. Los dos trabajan y espero que ese dinero me permita cubrir mis gastos básicos: alquiler, luz, agua, internet... Si sobra algo para la comida, genial, pero he de moverme rápido y encontrar un trabajo que me permita si no vivir, sí al menos sobrevivir.

He estado pensando que estaría bien trabajar desde casa, con un ordenador, sin atascos y sin prisas. Me he puesto en contacto con una amiga del internado francés, que ahora tiene una pequeña empresa de traducción y me he ofrecido con mis cuatro idiomas y mi capacidad para redactar.

Ella aún se acuerda de mis relatos y cuentos. Sería genial poder traducir sobre todo obras literarias de otros países, ser una pequeña Borges. Aunque en este momento me conformo con que me paguen por llevar a mi idioma cualquier artículo o contrato. Tengo que tener los pies en la tierra.

Me ha contestado que no tiene mucho trabajo, pero que cuenta conmigo, que me irá dando pequeños encargos y ya veremos... Espero que ella sea mi madrina, mi hada madrina en este mundo laboral tan feroz. Y ahora me voy a darle clase de Análisis Sintáctico a mi vecinita Julia. Ella distingue el sujeto y el predicado y yo puedo comprar comida.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

20 de junio de 2020

  • 20.6.20
Me he despertado esta mañana y me he visto reflejada en el espejo de mi cuarto, como si yo no fuera yo, como si la que mira desde dentro del espejo sea otra que me juzga y me abofetea con mi situación real. "Marta, tienes ya 32 años y ninguna estabilidad laboral", me dice mientras me recuerda que no he aprobado las oposiciones a la Biblioteca Nacional y que se aleja mi sueño de verme rodeada de libros antiguos llenos de vida e historias.



El piso que heredé de mis abuelos no lo tengo alquilado y mis ingresos se reducen a dar clases a los hijos de mis vecinos. No puedo trabajar de camarera porque la situación está difícil y solo tengo en mi haber un título de licenciada en Biblioteconomía. ¿Vuelvo a mi antigua ciudad y vivo en mi piso renunciando a la gran urbe y a la cercanía de mi amor? "Maldito parné", por su culpita, mi independencia se ve atacada y mi vida pende de un hilo.

Mi madre murió hace tiempo víctima de una educación elitista –solo la enseñaron a ser un adorno– y mi padre aún sigue con sus problemas financieros. La verdad es que nunca he podido contar con ellos. Yo fui el fruto único de una ansia por perpetuar la especie, por dejar un apellido sin más cariño, ni cuidado. Los internados fueron mis casas oscuras y mi única familia fueron mi abuela y mi prima. Con el tiempo he ampliado la familia con amigos de verdad. Es una familia elegida y no impuesta por la naturaleza.

Tengo qué pensar qué hacer con mi vida. Hablo cuatro idiomas, soy luchadora y trabajadora. Algo conseguiré. Eso es lo que le digo a la desconfiada del espejo. Me tengo que mover: el título universitario y la buen formación no dan de comer, ni pagan el alquiler.

Fantaseo con qué podría hacer: profesora de Secundaria, secretaria de un embajador, traductora en algún organismo internacional... Luego caigo de golpe a la realidad que me circunda y no me queda otra que echar currículum hasta que dé con la puerta adecuada. "Algo saldrá, Marta". Ese es mi mantra desde la mañana hasta la noche.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

13 de junio de 2020

  • 13.6.20
El ser humano tiene una capacidad de adaptación grande, pero solo somos conscientes de ello en los malos momentos. Nos quieren vender desde la publicidad una vida irreal donde no hay dolor, ni sufrimiento: todo es pasarlo bien y sonreír siempre. Pero esa no es la realidad.



La realidad es agridulce, es caleidoscópica, cambiante y llena de montañas y valles. Lo bueno es que no siempre estamos en el mismo sitio. A veces, por negro que parezca el lugar, al final se sale. Es una verdad que tenemos que repetírnosla.

Ya van varios meses que no he podido dormir pegada a él como un koala, que no he podido pasear de su mano, que no me ha despertado con miles de besos y un desayuno de cuento. Lo que nos ha salvado es vivir el día a día, sin ver ningún horizonte temporal, sin frustrarnos por lo que no tenemos.

Ha habido días en los que he querido coger un tren o una escoba mágica e ir a verlo para que me abrazara, para que me dijera: "Todo va a ir bien". Echaba de menos su olor y su calor, su ternura de hombre con carácter. Cuando me venía abajo, él me ha dado siempre abrazos virtuales y, al grito de "ya nos queda menos", nos hemos dormido en la cercanía que da la esperanza.

Cuento los días para verlo, para abrazarlo, para disfrutar de esas pequeñas disputas sobre qué ver en la tele o si vamos a un centro comercial o no. La distancia me ha hecho valorar las pequeñas cosas. He descubierto que no se necesita tanto para vivir bien.

He visto la realidad sin ansiedad por tener y es tranquilizadora. Días buenos y días malos, ánimo alto, ánimo bajo. Ser un ser cambiante como lo somos todos los seres que habitamos este planeta. Cambia el tiempo, cambia el mar, la luna, el calor del sol...

La soledad me ha ayudado a entenderme, a entrar dentro y no verme siempre desde fuera. A ser compasiva con mis emociones. A descubrir y aceptar que mi vida no es plana; que mi cuerpo cambia, que el hambre de hoy no es el hambre de mañana.

Mi realidad actual es que me queda menos para disfrutar de mi novio. Y también forma parte de esa realidad no mirar el calendario, no querer que los días vuelen porque, si no, me pierdo el hoy. Ayer dimos un paseo juntos por calles estrechas llenas de historia. Nos contamos miles de cosas mientras él me hablaba al oído y yo lo guiaba en una noche fresquita de primavera.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

6 de junio de 2020

  • 6.6.20
Unos pocos no representan a todos. No todos los policías, guardias civiles o militares son iguales, ni piensan lo mismo, ni son capaces de cualquier cosa. Hay una gran mayoría que ve su trabajo como un servicio a la comunidad, un servicio público de ayuda, y tienen grandes valores. El problema es que ellos deben obediencia a sus superiores y éstos, a veces, no son buenos ejemplos.



Recuerdo a ese general Miaja, que tan bien describe Manuel Chaves Nogales en Los secretos de la defensa de Madrid. Hombre recto que había jurado fidelidad a la República y defendió Madrid hasta el último momento, sin dar su apoyo a los golpistas, que hubiera sido para él lo más fácil. No era un rojo, ni nada de eso: era una persona íntegra que defendió la democracia hasta el final.

La democracia consiste en aceptar a quien gobierne porque lo ha elegido el pueblo libremente y éste es soberano. Te guste o no te guste. Y si no lo respetas, es que no eres demócrata y piensas que las cosas se deben hacer como tú quieras. Y eso te convierte en un dictador.

Las dictaduras no son buenas, ni las de izquierdas –tipo rusa–, ni las de derechas –tipo española–. Los sistemas totalitarios convierten a las personas en un número, sin capacidad para ser ellas mismas. No todos somos iguales, ni sentimos lo mismo, por esa la naturaleza o Dios –para el que lo vea así– nos dio un ADN diferente, único e irrepetible. A esto hay que unirle esas "circunstancias" de las que hablaba Ortega y Gasset. No hemos tenido todos la misma vida, ni la misma familia o iguales oportunidades.

La democracia española es relativamente joven y se enfrenta con la permanencia de sujetos que vienen de otras épocas en las que podían hacer lo que quisieran sin ningún tipo de consecuencias. Y ahora ya no es posible.

Me alegro de todos los pasitos que hemos ido dando. Hoy día, los Cuerpos de Seguridad del Estado son gente en la que puedes confiar y recurrir ante cualquier problema. Este no es uno de esos países donde encontrarse con la policía es sinónimo de miedo. No generalicemos: hay manzanas podridas pero, si se las saca de la cesta, el resto podrá seguir brillando.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

30 de mayo de 2020

  • 30.5.20
Estoy harta de la gente que odia. Estoy harta de que este país parezca una secta maniqueísta con dos posturas enfrentadas: o blanco o negro. O estás conmigo o, si no lo estás, automáticamente estás contra mí. ¿Por qué no nos ayudamos los unos a los otros para salir todos juntos hacia delante? ¿Por qué las críticas feroces hacia todo lo que hace el otro?



La empatía ha desaparecido de golpe y porrazo y ha hecho acto de presencia el individualismo exacerbado, que me habla más de un país protestante que de uno católico."Lo que yo quiero, lo que yo necesito, a lo que yo tengo derecho y el resto de la sociedad, que se pudra". Esa es la consigna.

Lo peor es que muchos utilizan el nombre de Dios en vano para defender su egoísmo. "Por sus actos los conoceréis". Aquí no pasa, los actos y comportamientos de algunos que se autoproclaman cristianos están a años luz de ese Evangelio de paz y amor, donde se nos pide no juzgar al otro, porque seremos juzgados con la misma vara de medir que usemos.

Todos somos humanos, todos somos frágiles, como lo demuestra esta pandemia. Todos tenemos miedos y esperanzas y nadie, absolutamente nadie, está libre de pecado. Ojalá dejen ya de tirar piedras. Si siguen así, lo que hundirán será su propia Iglesia.

Cuando era pequeña me gustaba leer los Evangelios, especialmente el de San Mateo. Ahí encontraba amor de verdad y me hablaba de un Dios que en nada tenía que ver con el que nos asustaban las monjas. Pobrecillas, ellas no conocieron ese amor.

Yo quiero salir a la calle, ver a mi novio, pasear de la mano con él, darnos besitos y comer rico en algún restaurante. Pero entiendo que en el mundo no estamos solos él y yo, y estamos haciendo un esfuerzo para aceptar esta situación, para entender que somos parte de una humanidad amenazada por un ser microscópico que nos está enseñando que el egocentrismo mata.

Me dan ganas de gritar desde la ventana: "¡Vamos a unirnos! !Rememos juntos para que este barco no se hunda y nosotros con él!". Hablemos de lo que nos emociona, de lo que nos cohesiona. Digámonos cuánto nos apreciamos y queremos. Busquemos semejanzas y obviemos los mensajes de odio. Que se maten los políticos, que se den ellos hostias en la calle, que esta vida es muy corta y, cuando quieras recular y cambiar, a lo mejor ya la guadaña te espera.

Me llamó una amiga antes de morirse para pedirme perdón e irse en paz. Me borró de su vida porque nuestras ideas eran diferentes y lo hizo con rabia y sin verme a mí, a su amiga que siempre la ayudó y quiso. Nuestra última conversación estuvo ausente de reproches y llena de recuerdos felices y momentos inolvidables porque, aunque estuviéramos en las antípodas ideológicas, las dos teníamos buen fondo. ¡Amemos al prójimo como a nosotros mismos!

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

16 de mayo de 2020

  • 16.5.20
Ha cambiado mi visión sobre muchas cosas. Ahora soy más consciente de que tenemos un planeta finito, que ya no aguanta más ser un basurero. Recuerdo cuando se decía que no había que tener nada roto en casa porque traía mala suerte y nosotros, seres pequeños y asustados, hacemos mil rituales para sentir que somos dueños de nuestros destinos y que todo depende de nosotros. Pobres ilusos.



Yo era una más que tiraba objetos rotos, con la creencia de que si algo no era perfecto, no tenía valor. Y ahora me veo pegando las alas de esa bonita hadita que encontré en Inglaterra, sentada y con una flor coral en su cabello castaño. Ella para mí es un recuerdo de un inolvidable viaje con dos maravillosas personas por la campiña inglesa.

También estoy con mis viejos collares, esos que me regalaron o yo encontré en mercadillos o tiendas de todas partes, y los arreglo. Junto de nuevo sus cuentas y les doy nuevas formas. De uno me han sobrado bolas y me he hecho una pulsera preciosa. ¡Qué alegría cuando he podido resucitar ese collar largo de semillas rojas que me trajo una amiga de un viaje por América del Sur!

Utilizo envases de plástico de la fruta o cajas de cartón para organizar mis armarios de cocina. Ahora todo está en su sitio y existe un orden. Cuando veo que algo ya no necesito, o que guardo algo que ya no utilizo, practico el desapego y lo vendo en esas aplicaciones nuevas.

Me estoy deshaciendo de mi colección de discos de vinilo. Mi tocadiscos ya no funciona y la aguja es muy cara, así que los he puesto a la venta por un módico precio para que alguien disfrute esas joyas que yo he guardado con mimo durante años. Doy ropa y zapatos a los que más lo necesitan.

Me gustan esas cadenas que se forman entre mis amigas con hijos, que se pasan la ropita, los zapatos y los juguetes. No solo se ahorra, sino que además se da vida a cosas que han tenido muy poco uso porque los niños crecen.

Muchos objetos tienen varias vidas pero, a las primeras de cambio, nos deshacemos de ellos por moda o por aburrimiento. Ahora, en mi visión global del mundo, cuando veo tirar algo siempre pienso a qué lugar irá a parar, dónde estará la montaña de escombros y porquería...

Me encanta que me den ropa y estrenar su nueva vida. Y ahora me voy a recomponer un collar de bolas de cristal de colores que era de una amiga y que su hijita rompió con esa fuerza que tienen unas manitas pequeñas que empiezan a explorar la vida.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

9 de mayo de 2020

  • 9.5.20
Las mujeres no tenemos suficiente con tener la regla todos los meses, con pasar un embarazo hinchadas y un parto doloroso. No. Además, tenemos que estar delgadas, depiladas, con el cabello perfecto, bien vestidas y oliendo a flores. “La mujer bien puesta, quita al hombre de la puerta”, se decía en el pueblo de mi abuela. ¿Por qué todo recae sobre nosotras?



Estoy harta y, en un acto de rebeldía –que no sé cuánto me durará– me voy a dejar las canas al aire. Sí, tengo canas, como tantos hombres de mi edad. ¿Por qué ellos están interesantes y nosotras envejecidas? Señores de la moda y de la publicidad: hacednos guapas con nuestras hebras blancas en el cabello. Y no nos obliguéis a meternos bótox y otras porquerías para parecer “muñecas repollos” de esas que tocaban en las tómbolas.

Nuestra piel natural también puede ser bonita con nuestras arrugas y flacideces. El cuerpo de todos cambia. Es maravilloso ver a esas actrices mayores que no se han hecho nada en la cara y lucen esas arruguitas como premios de toda una vida de experiencias.

Para mí, el tinte es una esclavitud que llega todos los meses. Todo para esconder que he heredado de mi padre el cabello blanco. Hombres heterosexuales: buscad en nosotras no la eterna lozanía sino la alegría, la ilusión, el tener una compañera de vida que esté ahí en los momentos buenos y en los no tan buenos. Cuando te gusta el corazón de una persona, su belleza está garantizada. La ves como un todo.

Creo firmemente en la alimentación sana, en el ejercicio, el cuidar este cuerpecito que nos va a acompañar hasta que desaparezcamos. Soy partidaria de hidratar esa piel que está siempre protegiéndonos. Pero lo que no entiendo es ese culto a la eterna juventud “recalchutada”. Yo no quiero besar unos labios de silicona, ni un culo inflado como un globo con ácido hialurónico: prefiero abrazar y tocar un cuerpo suave que está en movimiento.

El problema es que no hemos conseguido querernos naturales y, ahora, esas exigencias hacia la mujer se han impuesto también en el mundo masculino. Y te encuentras caras desfiguradas, con poco aspecto de humanas. Solo hay que ver a algunos actores y ver las aberraciones que han cometido.

Antes te he dicho que no sé cuánto tiempo durará mi rebeldía. Es verdad, yo no vivo sola en una isla, vivo en una sociedad y, como todos, soy un ser gregario que no quiere ser marginado. Vivimos bajo la dictadura de una belleza artificial que nos hace parecer muñecos o dibujos animados; una belleza impuesta por gente que lo único que busca es dinero, no la felicidad ajena. Pero hoy mis canas se mueven libres por mi negro pelo, dando testimonio de que son reales y existen.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

2 de mayo de 2020

  • 2.5.20
Escucho los aplausos desde mi ventana todos los días a la misma hora. Es un ritual bonito que, por unos segundos, nos hermana y nos saca de la rutina del aislamiento. Y estoy segura de que todos aquellos a los que van dirigidos lo agradecen y se sienten reconocidos por su gran labor.



Pero yo he estado pensando que los aplausos se los lleva el viento y, a lo mejor, desde hoy que estamos empezando a salir y nuestra vida, poco a poco, vuelve a tener cierta normalidad, nos olvidamos de estas personas que cada día están en primera línea de fuego ante un enemigo invisible.

No sé, pero yo creo que, a lo mejor, ellos y ellas preferirían otro tipo de reconocimiento. En el caso de los sanitarios, seguro que agradecen tener contratos de trabajo más estables, no de días sueltos como han tenido hasta ahora en muchos casos. O jornadas más acordes con la condición humana, que no soporta estar 24 horas sin dormir varias veces al mes y tener la lucidez necesaria para atender a un enfermo.

Tampoco les vendría mal que contrataran a más gente y ampliaran el número de camas en los hospitales para poder así atender con calidad y humanidad a la persona que viene con una dolencia o un mal y deje de ser un número en una camilla de un pasillo. Sé de lo que hablo porque he estado varias veces en Urgencias y en lista para pruebas.

Si hablamos de empleados de supermercados, estarían muy agradecidos si toda esa gente que aplaude con fuerza a las ocho de la tarde los tratara con el respeto debido, y se pusieran en su lugar como trabajador con limitaciones, que no puede responder a todas sus egoístas exigencias. Un "por favor" y un "gracias" es mejor que hacer ruido con las palmas de las manos.

También tenemos a los Cuerpos de Seguridad del Estado: ellos merecen un salario justo que esté en relación con la exigencia de su trabajo. Los policías nacionales, por ejemplo, estarían contentos, supongo, si tuvieran más compañeros para patrullar las calles y perseguir los delitos, y no dejar desatendidas ciertas funciones por falta de personal. Un amigo se queja de que no dan abasto.

Los transportistas necesitarían más descanso y jornadas menos eternas. Y así con todos esas personas de carne y hueso que están manteniendo este país ante una pandemia mundial. Sería bonito que los viésemos como seres humanos con limitaciones físicas y psíquicas, y los cuidásemos mucho para que estén bien y sigan haciendo de héroes.

Claro, pero para esto habría que observar la gestión de cada mandatario político, para ver cómo los trata, cómo los cuida, no solo cuando el país roza el colapso, sino siempre. Y alguna gente aplaude, remueve aire y no le importa a dónde van a parar sus impuestos, ni si se invierte en educación, sanidad, investigación o en gastos sociales que protejan a ese prójimo que no es invisible, sino que tiene rostro. Un rostro lleno de dolor y de miedo.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

18 de abril de 2020

  • 18.4.20
Y llegaron a Bretaña. El péndulo les había señalado en el mapa el lugar exacto donde sería la reunión. A medida que se iban acercando, iban sintiendo una llamada en su interior, una fuerza que las llevaba sin ninguna lógica y sin ninguna posibilidad de opinión. Aquella era la noche. La luna ya se elevaba sobre el mar teñida de un rojo anaranjado, que hablaba de un momento mágico, de una alineación planetaria adecuada.



Llegaron a un bosque de dólmenes sobre un acantilado y vieron la fogata enorme que se elevaba, haciendo que su humo se difuminara con la bruma que el mar había decidido desprender para así crear un cuadro aún más mágico para la ceremonia. Llamas azules, amarillas y rojas cantaban un mantra que invitaba a bailar a su alrededor.

La sensación era como la de esas noches en que una se siente libre y se entrega al misterio de la vida, zambulléndose de lleno en el mundo de las mil posibilidades sin controles y sin mañanas. Se podría decir que todas ellas eran capaces de volar, solo tenían que dejarse llevar por la magia y la belleza del momento.

Diecisiete mujeres de 17 puntos del planeta, que se conocían hace miles de años. Almas reencarnadas una y otra vez para practicar la magia, para dar a conocer la alegría de la vida. Sus encuentros no eran siempre con el mismo cuerpo, habían sido pelirrojas, morenas, mestizas, negras, asiáticas... Pero en todas ellas habitada siempre una luz. Una luz que provocaba envidias. La felicidad ajena siempre es pasto de las envidias de los desgraciados. Y, a veces, ese pasto verde y brillante era reducido a cenizas. Fuego para acallar la libertad.

Los bosques, los árboles, siempre han sido sus hogares, sus raíces en este mundo cambiante. Nada ni nadie puede transmitir la emoción de vivir si no contempla la luz que se filtra entre las ramas, si no escucha la algarabía con la que los pájaros se despiden del día, si no se ha sumergido en lago bañado por la Luz de la luna.

La luna, esa hechicera que lleva la locura, que nos cimbrea y nos despierta la pasión dormida. Allí estaban aquellas 17 mujeres. Sus almas habían decidido reunirse una vez en esta vida, coincidiendo con el eclipse lunar más grande del siglo. Sabían que volverían a encontrarse pero no sabían cuándo sería la próxima vez. Cuándo sus almas elegirían de nuevo otro cuerpo de mujer libre.

Mientras ellas bailaban poseídas por la fuerza de la tierra y del cielo, una mujer que ignoraba su poder, conjuraba a los espíritus de los cuatro elementos para que él apareciera. "Prometo cuidarlo y quererlo bien", decía mientras abría su corazón al cielo oscuro de la noche. La luna se vestía de rojo y ellas danzaban para que los hombres buenos descubrieran su fuerza y su poder. "Hermana, mírate en el río, corre descalza y nada desnuda. Siente tu cuerpo, siente la sabia que por ti corre y vive".

Era un baile sin letras pero escondía esta oración, esta plegaria: "Dadora de vida, regazo protector, brazos fuertes y dulces, sonrisa curadora, labios llenos de besos que resucitan, madre tierra, madre luna, madre agua... Desdibújanos y borra nuestros límites. Volemos con el pensamiento, hablemos con nuestros cuerpos, dejemos que nuestro cabello lo peine el viento.

Bendita unión de amor fraternal que aquí nos ha convocado. Para las guerras, haz que brote el amor, manda la avaricia a la forja para que renazca con forma generosa. Madre tierra, espíritus de los vientos soplan para que huyan los malos sueños y solo se quede la calma.

Abrir las ventanas, que vuelen las cortinas y las sábanas, Que la mar nos dé descanso y durmamos en su arena siendo niñas. Volvamos al origen, a la esencia, a la desnudez primitiva. Nada tenemos, nada trajimos y nada nos llevaremos. Soltemos las ansias y flotemos sobre unicornios de viento".

Bailaban y reían sin dirigirse palabra, no necesitaban el sonido para compartir lo que todas sabían. La mujer que pedía, la que antes imploraba, percibió la fuerza de la danza que, mediante círculos concéntricos, se expandía. Crecía y crecía.

Ahora ya no esperaba, ya no miraba el cielo. Ahora, la futura enamorada odiaba, trepaba por los árboles y corría por las copas. El deseo es un licor que si no se comparte, se agria. Ella lo sentía, lo olía, sabía que estaba cerca.

Después de volar, bajo a la tierra, corrió sintiendo la tierra húmeda y la vida que tras las hojas muertas habitaba. Llego al rincón secreto, a la fogata que seducía y no halló cuerpos, solo energías. Bailó y bailó hasta caer en el sueño. La despertó una caricia del sol y sintió contra su cuerpo el calor de otro cuerpo y fundó un hogar en aquel claro del bosque.

Las cuatro manos levantaron una casa y un huerto, y la Madre Tierra los proveyó de momentos. Todo tenían, nada ansiaban y, al llegar el ocaso, partieron con un zurrón plagado de caricias. Las caricias no pesan, no cuestan, se pueden cargar en el alma por los siglos de los siglos. Dejaron una huella bonita, dejar una casa para otras almas y así se perdieron en el horizonte y renacieron al alba.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

11 de abril de 2020

  • 11.4.20
Te quiero con mis miedos, con mis incertidumbres, con mis idas y venidas, con la niña que se asustaba y se escondía bajo la cama, y con la mujer decidida que también vive en mí. Siempre te quise encontrar, aunque a veces me diera vergüenza reconocerlo. Supongo que me prometía a mí misma ser fuerte y estar a salvo. Pero esa fortaleza entraña también una debilidad, un algodón suave que comparto contigo.



Tú me ves y me percibes. Nunca te ha dado miedo mi miedo. Tú te guías por mis actos, por mis caricias, y por los cuidados que te prodigo. Crees más en mí que yo. Eres mi compañero de vida, el osito que me abraza y da calor en la cama, y el pitufo gruñón que hace valer su personalidad. Vamos llegando a un equilibrio de paz y amor. Ambos hemos cedido para aceptar al otro tal y como es, para que el otro sea feliz. No se trata de amar la perfección, sino la humanidad.

Amo esos días en que la rendición de mi cuerpo es completa y me dejo caer en tus brazos, y dejo que me dibujes con tus dedos. Dormir pegada a ti, sabiendo que el bosque está cuidado, que no estoy sola, es maravilloso. Despertarme con miles de besos y con un desayuno preparado con amor hacen mis mañanas alegres.

Me gustan nuestros paseos por Madrid, nuestros tiempos muertos en el campo o en la playa. Siento tu fuerza cuando me caigo, o cuando necesito un punto real en el que anclarme. Me gusta ser tu sueño, me gusta verte feliz y alegre. Me gusta introducir mis dedos en tu pelo blanco y luminoso y trazar círculos en tu cabeza, desde el cuello hasta el nacimiento del cabello. Me gusta oírte suspirar mientras lo hago. El león se convierte en gatito dulce.

Lo que más me gusta de cuando estamos juntos es que volvemos a ser niños que tontean y se ríen, provocándose mutuamente. Yo también doy gracias por haberte encontrado en mi camino.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

4 de abril de 2020

  • 4.4.20
Con la palabra "distopía" se designa, según Google, un tipo de mundo imaginario, recreado en la literatura o en el cine, que se considera indeseable. Hoy mi chico me ha dicho por videollamada que Madrid es una distopía, que parece como si fuera 1 de enero por la mañana todo el tiempo: nadie se mueve por la calle, no hay ruido, es un silencio raro y carente de vida.



No nos podemos ver porque él tiene que trabajar y entra y sale a su oficina y yo estoy recluida sin un papel que me permita visitarlo. Yo no miro fuera: yo he decidido mirar dentro. La luz que se cuela por la ventana en este día frío de primavera, mis cincos macetas que permanecen ajenas a todo, ellas siguen pidiéndome agua y luz y hacen su fotosíntesis como si no pasara nada. Es primavera y ellas lo saben: están más verdes, más bonitas y alegres.

Entiendo el amor a la tierra, a los árboles, al olivo... Al fin y al cabo, ellos tienen su ritmo que nos habla de serenidad y vida. Contemplar cómo una semilla crece y se convierte en una flor y en un fruto más tarde es una magia que a menudo despreciamos, pero que es la única verdad que existe.

Ahora me busco más, escribo más, escucho mi cuerpo y sus necesidades. Ahora los rituales son la preparación de la comida, el descanso, elegir un buen libro o una buena película. Tengo tiempo para hidratarme la piel. La ducha no es algo automático: siento el agua y el gel que me limpian, que me protegen.

Bebo más agua, trato de pasear por mi casa, por mi hogar. Es verdad que ahora descubro lo bueno que sería tener un balcón por pequeño que fuera, en el que sentir el viento y el calor del sol. Pero no lo tengo. El tiempo frío acompaña porque me invita a estar dentro, a taparme con esa manta que compré hace tiempo y que es tan "gustosita".

El día no es plano, ni yo estoy siempre feliz y contenta, pero como me recordaba ayer una amiga, los días en los que no estamos encerrados tampoco son siempre felices. Las ondulaciones dibujan nuestros estados de ánimo. Es el tiempo de practicar la compasión con uno mismo; es el momento para callar esa voz que siempre nos exige y para la que uno nunca es suficiente.

Mirémonos como a niños y permitámonos errar y acertar, reír y llorar, estar alegres y estar tristes. Al fin y al cabo, de todo ello estamos hechos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

28 de marzo de 2020

  • 28.3.20
Ya llevo dos semanas sin salir de casa. Trato de leer, escuchar música, ver cine clásico e intento moverme: para ello bailo sevillanas sola, que es un ejercicio fantástico y dedico un rato al día a ordenar los cajones, armarios, el frigorífico... Todo lo que se ponga por delante. Acabo de poner en orden el armario de los bolsos y he encontrado dos objetos que me han hecho sonreír y quererte contar sus historias.



Uno es un pañuelo blanco, pequeño, con un sencillo bordado que me dio una señora. Yo creo mucho en las personas y mi experiencia vital me dice que las buenas abundan más que las malas, aunque estas últimas brillen más por el daño que ocasionan a sus semejantes. Curiosa palabra: "semejante". Y es que todos somos iguales, todos nos ponemos enfermos y nos morimos. Da igual la condición social: la enfermedad no distingue de colores, ni de creencias, ni de posesiones.

Estaba yo en la parada del autobús, no me acuerdo qué año, pero sí sé que era primavera y que había olvidado mi mascarilla para protegerme del polen. No paraba de estornudar por mi alergia y el último pañuelo de papel no aguantaba más. Sin yo pedir nada, sin decir, nada, una señora que estaba en la parada con su marido se me acercó y me dio un pañuelito de tela.

"Quédatelo, lo acabo de coger limpio". Yo en un primer momento rehusé el ofrecimiento porque no era de papel. Podía ser un recuerdo, algo que ella bordó. Insistió tanto y vi que me lo decía de corazón, que le di las gracias y me lo quedé. Llegó mi autobús y me fui a casa y agradecí el vivir en un sitio en el que la solidaridad y la empatía no se han perdido; donde el otro cuenta y no nos posee el individualismo exacerbado.

También he encontrado mi viejo bolso verde de mil bolsillos. Es viejo por la edad que tiene y por todo lo que ha vivido conmigo, pero está impoluto, como si fuera nuevo. Lo curioso de todo esto es que es el bolso más barato que tengo, de tela impermeable. Me costó solo cinco euros hace miles de años.

Es perfecto para los viajes, con sus miles de cremalleras. Te permite compartimentar de todo: dinero, billetes de tren o avión, pastillas, galletitas, llaves, todo lo que se te ocurra... Y es que las cosas más útiles, las que te acompañan siempre, las que están ahí todo el tiempo, no son caras, no son de marca, no son la última moda... Son simplemente objetos que te hacen la vida más fácil. ¡Ah! Se me olvidaba decirte que no pesa nada. Y ya sé que he puesto "miles de años" y "miles de cremalleras"... Pero es que a las personas que son de donde yo soy, nos encanta exagerar...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

21 de marzo de 2020

  • 21.3.20
Calles vacías, naranjos que lloran su soledad, una chica que anda por la calle con un nudo en el estómago y con ganas de llorar. Extraña su inocencia, su libertad sin culpa, su mente sin miedos, su vida adolescente inmortal. Suena esa canción que la lleva a aquel concierto, a aquel sentimiento de enamoramiento loco, aquel beso que duró una canción. Recuerda aquel tiempo en que el amor no tenía barreras, la caída era libre y sin red. No echa de menos a aquel chico de ojos verdes enormes que no supo amarla, o no pudo. No.



Quiere volver a ser ese yo libre, esa chica que suspiraba y escuchaba música en la noche abrazada a una almohada, mientras su mente se poblaba de mágicas historias. Siempre le ha costado vivir la realidad: ella prefiere soñar e imaginar sin límites; ella quiere ser la protagonista de los libros que piensa en escribir con sus pasos.

Olor a azahar perdido en la noche oscura, aroma de flores blancas que se desmayan sin remedio. Gente que no pasa, que no está, que no existe. Alguien a lo lejos con un carro lleno, pero no, no es uno de esos egoístas que han decido arrasar los supermercados. Es “solo” uno de esos indigentes que pasean con un carro recogiendo lo que otros tiraron como inservible.

La chica siempre piensa: “¿Cómo llegó esta persona a esa situación?”. Seguro que fue un niño risueño, un niño con ganas de vivir y con un futuro. No son invisibles, solo personas que se perdieron en el camino. Nos podía pasar a cualquiera. Muchas veces solo depende del lugar en que la cigüeña te deje, o de una pérdida dolorosa, o de un momento juvenil de búsqueda de identidad en el que se cruza la persona equivocada. Somos tan frágiles…

Me hago mayor, soy plenamente consciente de mi inmortalidad, todo me puede pasar… Soy muy sensible y quizá la soledad que me ha acompañado en esta noche perfecta para el paseo no ha respetado la puerta de mi casa y se ha colado mientras abría. No es la soledad brillante a la que muchas veces busco: ésta es fría, tan fría que rasga el cordón umbilical que me conecta con la realidad. Menos mal que te tengo a ti, que siempre me comprendes.

Bueno mañana será otro día. Lo bueno y lo malo pasan.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ



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