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Mostrando entradas con la etiqueta Diario de una equilibrista [María Jesús Sánchez]. Mostrar todas las entradas
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21 de junio de 2019

  • 21.6.19
Estaba a dos asientos de mí en la peluquería. Y yo me preguntaba por qué yo sí y ella no. Era muy joven y se notaba que estaba comenzando el proceso y aún no sabía cómo peinarse y qué hacer con su escaso pelo. Se miraba y se volvía a mirar en el espejo, tratando de encontrarse, de reconocerse. Había tenido mala suerte: era una mujer en un cuerpo que no le correspondía.



Digo "mala suerte" porque, aún hoy, la sociedad señala y mira mal a quien la naturaleza le ha jugado una mala pasada. Ya debe de ser duro no reconocerse en un cuerpo para que, además, tengas que soportar el desprecio ajeno.

Yo, que soy muy espontánea, le recomendé algún truquito para verse más guapa. Le costaba aceptarlos, normal. Quería encontrar su propia imagen, su identidad, cosa que no es fácil para nadie. Pero lo bueno de todo es que ella no estaba sola. "Abuela cómo estoy?", preguntó. Y a una señora con el pelo blanco, bastón y cara sencilla se le iluminaban los ojos mientras le respondía: "Estás guapísima". Era su sangre, su carne, su nieta. Y solo quería que fuera feliz. Aquellos que no aceptan, que señalan con el dedo, no saben qué es el amor.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

14 de junio de 2019

  • 14.6.19
A medida que voy conociéndome y aceptándome, soy menos proclive a juzgar a los demás. Sigo viendo y reconociendo a las malas personas, a esas a las que los demás no les importan y solo miran por ellos. Gente capaz de hacer cualquier cosa por poder, dinero o egoísmo. Las veo y las aparto.



Me refiero más bien a esas personas cuyo comportamiento no sigue la media social, no responde a la llamada “normalidad”. Cualquiera de nosotros puede tener un comportamiento irracional, fuera de tono o “extraño”. Todos somos producto de nuestras vivencias. Venimos a este mundo con una genética determinada, que nos hace más susceptibles a la hora de sufrir algunas enfermedades o a desarrollar determinados comportamientos.

Suerte tienen los optimistas de serie, a los que ya desde niños todo les parece bien. Tocados por la varita de la alegría y con unas gafas que solo enfocan la parte buena de la vida. Como suele decirse, todo lo ven “de color de rosa”.

Los demás vivimos entre el equilibrio y el desequilibrio perpetuo y aspiramos a esa “normalidad” de la que se habla, que nadie sabe cómo es o en qué consiste. Nadie habita en la cabeza del otro, nadie puede saber qué piensa o siente otro ser humano.

La mayor frustración viene cuando lees frases sobre lo que debería ser la vida, de cómo ser feliz. En definitiva, conseguir unas metas, lejanas y prácticamente inalcanzables. No hablan de mirar alrededor sino de visualizar un camino con una serie de etapas para conseguir un estado que parece estar fuera de uno mismo. Nunca dentro.

Cada uno llevamos una trayectoria, la mejor que hemos podido llevar en función de cómo estamos en cada momento. Quizás parezca incoherente, quizás lo vea raro, quizá no lo entiendan… Quizás esté sufriendo mucho por dentro. ¿No sería mejor no tener expectativas propias o ajenas y disfrutar de lo que hay? ¡ Qué pena que en el colegio o en casa no nos ayuden a aceptarnos y a querernos tal y como somos! Todo sería tan bonito...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


7 de junio de 2019

  • 7.6.19
Vivimos en una burbuja en la que solo vemos lo que nos enseñan por la tele. Y, a menudo, las imágenes ya ni nos duelen: las vemos moverse como si fueran un fotograma de una película demasiado conocida. Me gusta hablar con la gente y, ayer, cuando me trajeron una mesa a casa, escuché al chico que la traía e intenté adivinar su procedencia por su acento. Al final, terminé “entrevistándolo”.



Era de mi Nicaragua y llevaba nueve meses en España porque su madre, que ya llevaba tiempo aquí, le había facilitado los papeles. Un chico normal, morenito de piel, con ganas de trabajar y, sobre todo, con ganas de huir del infierno. No ponemos a Nicaragua en el mapa porque no tiene petróleo, ni nada que expoliar.

Sin necesidad de preguntar mucho, me contó que su amigo del alma, el que era como su hermano, sufrió un gran castigo solo por manifestarse en la calle contra el régimen que gobierna este país centroamericano, donde la paz nunca llega. No existe la democracia, no existe el diálogo: solo hay un monólogo que se hace escuchar con la fuerza de los palos y las balas.

Resulta que su amiguito, con el que tanto había vivido, recibió una paliza de la policía y no contentos con ello, lo pasearon arrastrándolo por el suelo atado a una moto. Me decía: "Como si fuera un perro". Pero ni un perro, ni nadie, se merece ese trato. Después de divertirse con él por las calles, y utilizarlo como advertencia de lo que te puede pasar si piensas diferente, le pegaron tres tiros en el pecho.

Cuando el Gobierno es el que agrede, ¿quién te puede proteger? Después de aquello, lo único que le quedó es irse a la Madre Patria a vivir y a intentar borrar de su mente las imágenes de infinito dolor y la rabia de ver tratar a su hermano del alma como si fuera un muñeco de trapo.

Si escucháramos las historias que cada uno tenemos seríamos más tolerantes, comprenderíamos lo que siente el otro cuando nos cuenta su realidad mientras nos mira los ojos.

Como a mí me pierde leer, conocía la historia de su país contada a través de la piel de la gran Gioconda Belli. Le pregunté si le gustaba leer, por sus gestos entendí que era una actividad que no practicaba mucho. Bajo promesa de lectura le regalé la magnífica biografía de Beli, una escritora nicaragüense que vivió las luchas de su país desde dentro y que ahora, desde fuera, sigue sintiendo el sufrimiento de su pueblo.

Me dio las gracias y yo le deseé que encontrara la paz en esta España nuestra que tanto se empeñan algunos en dividir.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

31 de mayo de 2019

  • 31.5.19
Es tierno, cariñoso, valiente, masculino, gamberro, caballero. Sin miedo a amar. Él es el guardián del bosque donde el hada vive, donde a veces se esconde. Solo él sabe cómo abrazarla, cómo cuidarla, cómo conectarla con la paz, con el amor, con la piel. Su voz y sus caricias la duermen en la tempestad.



Él conoce los secretos guardados en el cofre de la memoria, la percibe, la intuye… Le gusta verla feliz, verla contenta; le gusta verla correr y cantar como la niña que nunca abandonó. Sabe cómo jugar con ella: él también tiene un niño en su interior al que le gustan los mimos y las cosas “truchis”.

Ella ha aprendido que de su mano todo va bien; que él es él, el que la vida le tenía reservado para cuidarla y para enseñarle lo que es el amor de verdad, el amor que sale del corazón sin estrategias, y sin truenos.

Le dice cosas que hacen que el hada ría como una chiquilla. Palabritas que la hacen sentir especial, gestos caballerescos que le transmiten que ha venido para quedarse, para recorrer los caminos del bosque juntos.

Ella explora con sus dedos su territorio, busca su cuello, su cabecita, absorbe su olor y se deja arropar por su calorcito. En él encuentra la isla en la que reposar, en la que descansar, en la que sentirse viva. Aunque abandonar el castillo del árbol da vértigo, los vuelos juntos son una maravilla, un regalo dulce que proporciona paz y descanso.

Lancelot ha entrado en el bosque y ha encontrado allí su hogar. Su fuerza no reside en su escudo, ni en su armadura –de la que, por cierto, adolece–. Su fuerza radica en la bondad que lo habita, en su sensibilidad, en su valentía amando. Y lo mejor de todo es que es humano, es de carne hueso y no es perfecto. De hecho, con relativa frecuencia, se vuelve azul y gruñe, pero el hada ya sabe qué tiene que hacer: dejarlo que corra solo un rato.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

17 de mayo de 2019

  • 17.5.19
Ayer tuve todo el día el corazón encogido. Todos los días, a las siete y media de la mañana,  hay un mendigo de pelo blanco y barba larga de nieve sentado con su perro, un bonito pastor alemán, y un trocito de cartón en el que reclama alguna ayuda a los viandantes. Pero ayer estaba solo y esta vez el mensaje del cartón era distinto: "Me han robado a mi perro".



Un hombre que leyó su desesperación, se paró e intentó animarlo. "Seguro que aparece", le decía ante la incredulidad del otro. Un hombre mayor que deambula por las calles, con un amigo que lo quiere y acompaña. Y ahora su único amigo había desaparecido. Y entendí el amor de mucha gente a los animales, a su lealtad y cercanía.

Recuerdo la confesión de Eduardo Galeano sobre el dolor que la muerte de su compañero perruno le había provocado, él que siempre lo obligaba a volver a la realidad tras horas absorbido por las páginas de nuevos escritos...

Y, en este caso, el dolor era más grave: el hombre de la calle no posee nada, no tiene ninguna seguridad en su vida. Solo le acompañan los ojos oscuros y las orejas puntiagudas de su perro.

Pero esta mañana se ha obrado el milagro. Nada más salir a la calle, allí estaban los dos amigos de nuevo. Los pelos del animal daban cobijo a la fría mañana del anciano. Me he ido contenta... pero con la sensación de que algo estamos haciendo mal para que haya gente viviendo en la calle y para que las personas prefieran los animales a los humanos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

10 de mayo de 2019

  • 10.5.19
Imagino, sí. O quizás no seré capaz de imaginármelo. Porque debe de ser duro. Debe de ser duro que te miren por la calle por el color de tu piel, por tu altura, por tener unos rasgos indígenas, por vestir diferente, por tener otra cultura. Debe de ser difícil haber nacido en España y que te digan que tienes que irte a “tu país” solo porque tu piel es más morena.



Debe de ser difícil llegar a un país que no es el tuyo, con un clima diferente, con un ritmo de vida distinto, que vengas huyendo de la guerra y de la pobreza y te miren mal. Debe de ser horrible sentir continuamente miradas de asco, sentir que te perdonan la vida. Necesitar demostrar algo todo el tiempo, algo que no se sabe qué es. ¿Cómo se puede tener otro color, otra cara, otra forma de mirar? Como si uno pudiese elegir...

Solamente una vez me sentí fuera de lugar en otro país: fue en Alemania, en una tienda donde una rubia con ojos azules me miraba desde su superioridad aria. Todos alguna vez nos sentimos fuera de lugar en algún ambiente que se aleja de nuestra personalidad, o entre gente que no se siente como nosotros. Eso es normal.

Todos somos diferentes pero, también, somos seres gregarios que necesitamos formar parte de una comunidad y, a la vez, estas comunidades necesitan tener una identidad propia, que la mayoría de las veces se consigue creyéndose superior a los otros grupos.

No hay nada más que darse una vuelta por un barrio pijo para ver que todos visten igual, llevan idénticos peinados y hablan parecido. Quien forma parte de ese grupo no quiere bajarse del carro y hará lo imposible para permanecer en él, aunque ya no tenga dinero. El vestir de la misma manera le da la seguridad de que no va a sufrir un destierro eterno.

Quizás es el miedo el que hace que mires por encima, o la seguridad interior, como cuando quieres entrar en una hermandad universitaria y debes hacer perrerías a los débiles. Esos débiles que el día de mañana serán genios y tendrán un buen trabajo, mientras los matones seguirán odiando y realizando tareas inferiores a sus expectativas.

Me gustan los diferentes, los que han sufrido, los incomprendidos, los frikis, todas esas personas que tienen historias engarrotadas en su interior. ¿Por qué? Porque esas experiencias los han hecho más humanos. Y las apariencias son solo cáscaras perecederas que muchas veces no nos comunican nada del ser humano que hay detrás.

Hay sonrisas llenas de miedos, de dolor; hay miradas que demandan abrazos en morse; hay cabezas agachadas que esconden seguridades; hay gritos que hablan de necesidades. Y hay altiveces que maquillan soledades. ¿Cómo sería todo esto si respetásemos al otro? Dejad ser a cada uno según su esencia, con la única máxima de no transgredir los derechos humanos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

3 de mayo de 2019

  • 3.5.19
Aprendiendo que la vida es algo más que esta jaula imaginaria que me he construido para no sufrir. Aprendiendo que no hay límites, ni por debajo, ni por arriba, ni en los lados. Descubriendo que el amor no es lo que yo imaginaba, sino que es un sentimiento de dentro que nada tiene que ver con los físicos, las apariencias o las miradas.



Descubriendo que no hay fuego más fuerte que el de la ternura y el de la pureza de un corazón bueno. Sentir que en el alambre ya no estoy sola; sentir que nunca ha existido dicho alambre: solo una cuerda atada a mi pie para que no volara, para que no traspasara el cercado.

Sentir una mano en la que puedes confiar; dejarme llevar sin planes, ideas o sin saber nada… Madurando y siendo consciente de mi presente sin pretender agarrar nada, dejando el control y seguir solo el camino que me indica mi libre corazón. Ser yo sin esfuerzo, sin estrategias, sin guerras. Solo sentir su cercanía y calor y dar gracias al destino por haber puesto esa intersección en la que nos hemos cruzado, por haber traído el regalo de Reyes Magos en otoño.

Maravillándome de que tengo un cuerpo, una piel, un corazón que vibran, que sienten, que han escapado del arresto perpetuo de la mente. Solo mi piel es mi gran consejera: ella me guía a ciegas y con los ojos abiertos.

Aprendiendo que todo esto que llamamos "realidad" no es más que una construcción de la mente que nos hace verla favorable o no, que los pensamientos son los peores esclavistas que existen, que algunos son tan buenos que se disfrazan de reales cuando son simples corazas con las que afrontar el día día.

Constatando que la felicidad es un abrazo fuerte, un beso que hace cosquillas, un sofá compartido, una risas en la cocina, unos nombres en diminutivo… Las pequeñas cosas.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

26 de abril de 2019

  • 26.4.19
Yo no sé qué Biblia he leído yo y cuál han leído esos cristianos que salen en la tele a los que les da igual el prójimo que muere en el Mediterráneo huyendo de la guerra y del hambre. Esos que no quieren que tengan sanidad, ni una mano amiga. Esos que disfrutan con ver cómo el que menos tiene, el desheredado de la tierra, no levanta cabeza y paga con mucho sudor su pan diario.



El otro solo es un ser, no humano, que me permite vivir bien, al que puedo engañar y explotar para que aquel pueda vivir como un rey. Piedras de un camino por el que transitar y no mojarse de lodo. Cero empatía. Los niños que pasan hambre no son más que dibujos inexpresivos, borrosos que no aprietan el corazón.

Sus hijos están calentitos y van a colegios donde solo se relacionan con los de su clase para así asegurarse una buena posición en la vida. No quieren que compitan en colegios públicos con los otros, sin más ayuda que sus ganas de aprender y trabajar. Eso es para los desgraciados, no para "mi niño bonito".

Que tener un hogar es un lujo, algo imposible para un trabajador, da igual. Yo estoy en mi torre... La Tierra es un negocio más del que aprovecharse: no les importa el aire de sus nietos. Yo, yo y yo...Y yo que siempre creí que el individualismo era algo propio de los protestantes, resulta que hay mucho católico de pacotilla, de golpe en el pecho, que no son más que los fariseos de la Biblia, esa que no han leído... Y si lo hicieran, llamarían "hippie" a Jesucristo.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

5 de abril de 2019

  • 5.4.19
Los océanos, llenos de plástico; los animales y los humanos, con plástico dentro de su cuerpo. Todos al servicio del petróleo y de los que mandan en el mundo, sin olvidar, por supuesto, la falta de civismo de algunos animales humanos. Donde yo compro la fruta y la verdura ecológica, aparte de no venir en un recipiente de plástico, tienen bolsas resistentes, hechas de patata, ideales para cargar y para conservar alimentos en el frigorífico.



Nos engañan. Podríamos vivir con la energía del sol, del viento, del agua, de la tierra; crear envases biodegradables en poco tiempo. Podríamos cuidar este planeta, que es el único que sabemos que está habitado por seres que inspiran y expiran. A lo mejor en los otros había gente como nosotros, que se los cargaron y los hicieron inhabitables.

La inmediatez, la autoestima abonada por las posesiones o la moda, una publicidad que nos hace creer que seremos eternos... Azucarillos que se tiran masivamente, miles de botellas que crean montañas molestas de plástico y tetra-briks. El momento, el ahora. Y quien venga detrás, que arree… Los amos del mundo somos todos. No vemos el planeta como nuestra casa, sino como un piso alquilado donde todo vale. Y que, como no es mío, me da igual lo que le pase.

Las voces que alertan del calentamiento están afónicas de gritar. ¿Qué pensarán los mandatarios, esos que pasan del efecto invernadero, sobre el futuro de sus hijos, de sus nietos, sobre su salud, sobre su derecho a nadar en ríos y subir montañas para ver la nieve? Están ciegos por las monedas que tapan sus ojos. Solo cuando les viene una enfermedad incurable, los poderosos caen en que son de carne y hueso, y humanos, y que todo ese dinero que le gusta atesorar no les va a servir para nada. Para nada.

La muerte es la única certeza. Pero antes de que ella llegue, habrá que vivir y dejar vivir. Dejar existir a esas miles de especies que comparten nuestro entorno, que no son okupas, sino titulares de derechos. Derecho a la vida, a la limpieza del aire, de los mares y de los ríos. A que las estaciones les marquen sus ritmos vitales y a que su hábitat no desaparezca.

No es una visión apocalíptica: la caja de Pandora lleva tiempo abierta. Por mis sobrinas y por los millones de niños que hemos traído a este mundo, tenemos una obligación con ellos, con su vida, con su futuro. Un grano no hace una montaña, pero miles, sí. Y yo estoy dispuesta a poner el mío.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

29 de marzo de 2019

  • 29.3.19
Un árbol desnudo, un eucalipto frondoso, un cable, otro cable, una torre, un cerro cargado de árboles que desafían la gravedad. Una casa abandonada, ¿qué sería de sus habitantes? Una casa con un huerto verde, un camino de polvo rojo, un llano lleno de matorrales redondos; una encina, un almendro en flor de invierno. Un río diseccionado en pequeñas charcas, un puente de hierro, un túnel que atraviesa una montaña y otra, y otra.



Un río que brilla y corre llenito de ganas por encontrar el mar. Una torre de piedra olvidada, pájaros que toman el sol en los cables horizontales de la electricidad, disfrutando, sin quemarse. Tierra preparada, latente de vida, semillas plantadas que esperan su momento para explotar y sonreír a una primavera que ya ha llegado, que no ha esperado al veintiuno de marzo.

Dos palmeras solitarias, miles de naranjos perfumados. Terrenos dibujados con escuadra y cartabón, propiedades parceladas. Orden perfecto. Un tractor dominguero, una acequia seca, pequeños olivos que sueñan con aceitunas de mesa. Vida por todas partes. Cielo seco que no acepta la lluvia, ese maná que nos limpia de las impurezas. Cañaverales que esconden aguas, que nos hablan de frescor húmedo.

Un lago de plástico que cobija las plantas de fuera de temporada. Mano humana que altera el ritmo de la naturaleza. Otra casa blanca coronada con tejas rojas, casitas dispersas entre el verde y el marrón. Ninguna ciudad se avista. El suelo verde cortado al cepillo, ningún pelo sobresale, uniformidad que atrapa…

Y pensar que si en vez de mirar por la ventana de este tren, que me trae de regreso a casa, estuviera enredada en los pensamientos sin respuesta, estaría perdiéndome todo este espectáculo que a mi mente embelesa. Me muevo sobre una alfombra mágica que me lleva volando sobre los campos de mi Andalucía. Que me enseña los miles de regalos que la madre naturaleza nos cuenta. Cuando corro, todo esto se me escapa, pero hoy el tren no corre, sino que vuela bajo para mostrarme toda esta gran belleza.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

22 de marzo de 2019

  • 22.3.19
A veces me da por pensar en esa gente que se cree superior a los demás, ya sea por raza, sexo o dinero. Debe de ser horrible estar todo el día demostrando la superioridad de la que se adolece. Mi experiencia en la vida me ha demostrado que las personas que son más seguras son aquellas que aceptan la fragilidad humana; aquellas que ven iguales por todas partes.



Si tienes que odiar para ser alguien es que tu vida es gris y triste; si no, estarías viviéndola y disfrutando de tus seres queridos. A lo mejor es que no los tienes... El odio te pudre por dentro, el perdón es un antídoto. Perdón hacia uno mismo; perdón ante las debilidades del otro. No se trata de dar por buenos comportamientos horribles sino de soltar el dolor que te hicieron y seguir sin la mochila de las malas acciones ajenas sobre tus cansados hombros. Tarea difícil lo del perdón. Pero es que hay gente que odia al otro por deporte; el otro es una cosa, no es un prójimo. Es un negro, un gay, una mujer, uno con ideología diferente…

Los que me dan ganas de llorar son aquellos blanquitos que ven a la persona de piel oscura como un inferior. Y luego lo miras y ves que él tiene el pelo oscuro, no es alto, ni fuerte, ni guapo, ni tiene estudios: es solo un “hater”, como se dice hoy en día, que lo único que hace es echar la culpa de su vida de mierda al otro, que no tiene nombre ni cara, pero que le descarga de la responsabilidad de su propia existencia.

No tengo nada porque no he estudiado, trabajado, ni me he sacrificado, pero la culpa de mi desempleo es del inmigrante. Eso sí, el que odia no haría ni muerto el trabajo pesado que desarrollan miles de migrantes. ¿Yo cuidar a un señor mayor que está en cama? No. ¿Yo trabajar en un invernadero? No. ¿Yo coger fresas de rodillas? No. Él quiere ser un señorito con esclavos que trabajen para él y vota al primero que le dice que él es especial por haber nacido aquí y que tiene derecho a todo. Sobre todo, a vivir del cuento y a chupar de lo público.

Aquellos que ven la raza negra inferior, ¿en qué fundamentan esta teoría? Son más fuertes, rápidos y, según cuentan, mejor dotados. Solo necesitan, como todos, una buena alimentación y educación desde niños para llegar donde ellos se propongan. Como todos nosotros.

Los niños que pasan hambre, da igual el color de su piel, desarrollan muy poco sus capacidades intelectuales. Me da pena y miedo pensar que la persona que ha de descubrir alguna solución para alguna enfermedad difícil, ya sea cáncer, esclerosis múltiple u otra, no pueda llegar porque nació en el barrio equivocado.

La igualdad de oportunidades es una obligación, ya que supone un bien para toda la humanidad. Que cada uno dé lo mejor de sí mismo, da igual en el campo en el que sea, hará que nuestra especie sea mejor. Y necesitamos ser mejores. Con urgencia.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

8 de marzo de 2019

  • 8.3.19
Sentada en la parada del autobús, cuando el sol apenas ha empezado a despuntar en este invierno cálido, observo cómo pasa un coche tras otro. Y de repente, mi mente me hace una observación: el 80 por ciento de los vehículos que he visto pasar eran conducidos por mujeres. Mujeres que van al trabajo; mujeres que llevan a sus hijos al colegio, solas o acompañadas. Me parece que tener el volante en sus manos es una metáfora de lo que hoy en día es la vida de las féminas: ellas eligen hacia dónde ir y dónde quieren estar.



Mujeres que han roto las normas, que ya no viven en el claustro del hogar. Como mi pobre abuelita. A ella le encantaría ver a mujeres pasear solas, con faldas cortas o largas; a mujeres que deciden no casarse, que no necesitan la autorización de un varón para poder vivir. Ella sí la necesitaba. Incluso para los tres olivos que heredó de sus padres, mi abuelo tuvo que darle permiso para aceptar esa herencia.

Y me pongo a pensar que de eso no hace tanto tiempo: la ley no cambió hasta 1981. Ella me contaba cómo una mujer no podía ir a un bar sola, ya que se la consideraría una indecente. Ella solo salía para ir a misa. Si viera hoy a las mujeres mayores con colores alegres, tomando café con sus amigas o yendo a bailar… Y no enterradas en vida. ¡Qué pena, abuelita, que no has podido verlo! Pero yo te lo cuento…

Llegó el autobús y mi mirada se posó en la dignidad de una mujer india, india de América, con su pelo negro brillante cogido en dos trenzas y un poncho oscuro. Con su cara dorada y los ángulos de sus facciones que hablan de antiguas civilizaciones: maya o azteca, deduzco.

Una mujer camina por la acera con un cesto en la cabeza en perfecto equilibrio. Su piel oscura contrasta con las flores y colores brillantes de su atuendo. El cesto diríase que va pegado a ella, no se mueve. Allí lleva pequeños detalles para vender y así poder mantener a su familia. Sonrisa de dientes blancos que invita a comprar.

Chinitas que corren con pies libres de ventas y que deciden los hijos que la Providencia les traerá. Mujeres distintas, pero hermanas en el corazón, creadoras de vida, llenas de emociones y con ojos tiernos que entienden el dolor ajeno.

Mujeres que viven porque otras dejaron sus vidas en el camino por la igualdad de derechos. Mujeres que respiran aire fresco, que no deben olvidar que siempre hay lobos agazapados con ganas de llevarlas de nuevo a la celda de la dependencia obligada, a la minoría de edad.

No podemos guardar las banderas, no podemos confiarnos… Esa sería nuestra perdición. El camino ya empezado, pero aún queda un gran trecho. Y en este recorrido debemos contar con esos compañeros varones que siempre nos han querido libres.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

1 de marzo de 2019

  • 1.3.19
Ayer un neurólogo decía en televisión que es muy importante tener un propósito en la vida. Aunque estoy harta de gurús que dan pócimas fantásticas para ser feliz y de cuyas bocas solo salen idioteces, en este caso, me ha llegado lo del propósito.



A medida que cumplo años, las preguntas sobre el sentido de la vida se agolpan en mi cabeza. Cuando el estrés y la rutina me dan un respiro, me pregunto si mi vida es solo correr cual pollo sin cabeza, persiguiendo una liebre invisible hecha de ideas ajenas, según las cuales la felicidad está la vuelta de la esquina, pero cuando llegas te das cuenta que la esquina ha desaparecido. Estamos dentro de una eterna rotonda.

Esta noche ha venido a mi cabeza la respuesta, sin tener que meditarla o analizarla. Mi propósito en la vida es escribir. Últimamente me cuestiono si yo podría ser escritora y vender libros. No por la fama, ni por conseguir mucho dinero. A mí me gustaría ser esa escritora que te entretiene en verano, en la consulta del médico, en un transporte público –qué pena que se haya perdido la bonita costumbre de leer libros en el autobús o en el metro: ya todo el mundo vive embutido en su “inteligente “móvil–.

¡Cuántas veces una novela me ha despegado del dolor de esperar a un doctor que me dijera si mi abuelita iba a vivir o no! También creo que mi pluma –me encanta ser cursi y utilizar esta clase de palabras– podría ayudar a la gente a mirarse en un espejo ajeno, pero con un reflejo muy parecido al suyo.

A fin de cuentas, todos y todas tenemos anhelos, miedos, esperanzas, dudas y momentos en los que la caverna de nuestra mente no tiene ninguna luz que indique una salida. Y es tan cálido saber que el desierto que atraviesas es el mismo por el que otros han transitado, y sobre todo, que te den la certeza de que la diáspora terminará algún día y si no hay tierra prometida, por lo menos habrá un valle desde el que contemplar el atardecer mientras el aire puro invade los pulmones.

Este es mi propósito, lo sé desde hace tiempo, pero… ¿Cómo dar el salto? ¿Valdría para ello? ¿Tú qué opinas, mi querido diario?

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

22 de febrero de 2019

  • 22.2.19
Hay algunos ángeles, muy denostados hoy en día, que ayudan y marcan la vida de los alumnos. Son esos profesores enamorados de su trabajo, docentes de corazón que te hacen amar una asignatura, aunque sea árida como el desierto de Gobi. Ellos ven en sus pupilos semillitas que van a florecer y no discriminan, ven potencial en todos ellos. No se rinden.



Ojeando mis libros de la universidad me ha venido a la memoria aquella profesora menudita y de rostro amable que nos ponía miles de ejemplos para hacernos querer su materia, aunque desde el principio todos estuviéramos a la defensiva.

No me acuerdo bien de cuál era, pero sí recuerdo que tenía que ver con legislación. Y los articulados son siempre tan poco interesantes... Sobre todo si el que te examina quiere que tengas una memoria de papagayo y repitas como en una letanía cada palabra de la ley correspondiente. Como si pensar estuviera sobrevalorado y diera igual entender lo que se lee y lo que quiere decir. A lo mejor la justicia actual española tiene que ver con esto: gente que ha sacado una oposición simplemente por tener buena memoria.

Me da pena que los maestros y profesores estén hoy tampoco valorados y tampoco respetados. La educación es una de las piedras angulares de una buena democracia. Ciudadanos y ciudadanas pensantes, y con espíritu crítico, es lo que necesitamos para hacer frente a la corrupción reinante y a la pérdida del valor de la honradez.

Hay que ser exigente a la hora de seleccionar a los docentes porque ellos tienen la vida de muchas personas en sus manos y, una vez elegidos, se les debe el máximo respeto. Respeto que, por otra parte, merecen todos los seres humanos.

También hay malos profesores. Me viene a la memoria la historia de una amiga de mi prima. Se topó en su camino con una profesora, aunque duela usar ese nombre, ya no que tenía la dignidad suficiente para tener ese título, que le dijo que ella nunca llegaría a nada. Prácticamente le hizo ver, siendo niña, que era una inútil.

Actualmente, esa chica estudió una carrera y es profesora de Secundaria, con sus oposiciones ganadas. Menos mal que su madre siempre creyó en ella y no dejó que hundieran a su hija, ni que hicieran mella en ella las palabras de una mujer frustrada e infeliz.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

8 de febrero de 2019

  • 8.2.19
Cuando llevas un tiempo tonteando con la tristeza, la alegría y la felicidad se antojan imposibles o difíciles de alcanzar. La tristeza te absorbe. Cuando profundizas en ella descubres que no es nada más que pensamientos negativos, algunos con tanta fuerza que distorsionan la realidad y nos convencen de que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer.



La tristeza te proporciona una inercia que, si bien no es gratis, produce una sensación de seguridad. La seguridad que da el pensar que este mundo es un valle de lágrimas y que si estás abajo, no puedes bajar más. Recuerdo las confesiones: "he pecado de pensamiento, obra y omisión".

¿Alguien no es responsable de sus pensamientos? Si fuera así, ¿no elegiríamos todos ideas positivas sobre nuestro presente y futuro y haríamos una lectura positiva de nuestro pasado? Hay gente que tiene más serotonina y lo tiene más fácil. Pero otros, que creo que somos una gran mayoría, tenemos que poner de nuestra parte para ver el lado brillante de la vida y hacer oídos sordos a la que siempre llora y tiene miedo.

No nos enseñan a ser felices. Da más vértigo la felicidad que la pena. Supongo que somos dualidad y necesitamos lo malo para valorar lo bueno. Como dice la máxima espiritual que me dijo el hada rubia: "sin lodo no hay loto". Pero lo más importante es estar presente, con los sentidos abiertos cada momento, y ser capaz de ser agradecido con esta vida, que es un regalo. La tristeza puede hablar y yo decidí si la oigo o no...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

1 de febrero de 2019

  • 1.2.19
¿Tanto cuesta respetar al otro? Ver que hay gente más cercana al modelo estético de turno, y gente más lejana. La belleza es subjetiva. Ver que hay gente a la que le gusta la cerveza, y a otros a los que les gustan los refrescos o el agua clara. Gente que tiene un dios que le ayuda en sus penas, y gente que lleva una amatista en el bolsillo como protección.



Respeto es dejar a cada uno ser quien es. Ya tenemos bastante cada uno de nosotros con nuestra parte saboteadora como para tener también que bregar con las críticas externas. El problema es cuando vemos al otro como al enemigo, simplemente por ser diferente a nosotros. Y esto se agrava cuando surge el odio, que no es más que culpar al otro de nuestras desgracias o de nuestra mísera vida.

Pero no se rompe la cadena. Hay padres que siguen educando a sus hijos en el odio: son tan estúpidos que no se dan cuenta de que el que odia es un infeliz. Están condenando a esas criaturas a ir por el mundo atacando y sin tener paz interna. ¿Cuándo perdimos la conciencia de formar de una misma colectividad –la humana–? Como dijo Albert Einstein cuando le preguntaron por su raza y contestó: "humana, ¿es que hay otra?".

Lo que más me asquea son los dirigentes políticos que se dedican a dividir a la población, a sacar lo peor del ser humano para que esta corta vida sea una mierda para todos. Crear crispación con fines puramente económicos, que son los que siempre hay detrás, fomentar una sociedad dividida para que haya dolor incluso dentro de las familias. ¿Para qué?

Creo que los de abajo deberíamos impregnarnos del espíritu de los años setenta, esa época en la que fueron los movimientos ciudadanos los que pararon guerras, trajeron democracias y predicaron el amor a todo. No podemos sucumbir ni caer en sus luchas partidistas.

Habrá que mirar al lado y no para arriba, ver qué bueno podemos hacerle al prójimo. Ayudarnos mutuamente y cambiar la sociedad desde abajo. Quizás si todos nos imaginamos un mundo mejor, este sea posible. Soy una soñadora como John Lennon...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

25 de enero de 2019

  • 25.1.19
En el bosque de los árboles secos vive una bruja con rasgos encantadores que oculta un alma oscura y perversa que se alimenta de las alegrías ajenas. Si no te andas lista, te puedes enredar con su dulzura y caer en un pozo del que no se puede salir, aunque quieras. La clave está en no escucharla Y no probar su amargo chocolate.



Si muerdes, te perderás durante un tiempo y necesitarás ayuda para volver a respirar con normalidad. Todo en ella es atractivo y su casa es como la del cuento de Hänsel y Gretel. Pero no te fíes. Puedes llevar tiempo comiendo ese chocolate, pero eso no significa que sea bueno su consumo.

Cuando más alerta hay que estar es cuando eres feliz, o te ocurre algún pequeño milagro, o la vida te regala algo inesperado. Así, rebosante de energía, es como más le gustas. Con esa bonita energía ella puede seguir viviendo si consigue su fin, que no es otro que arrebatártela. Ella sin ti no puede vivir: envejecería hasta desaparecer. Pero es que la felicidad da mucho miedo. Más que la bruja. Y a veces dejarse caer en su telaraña, aunque no es agradable, sí resulta cómodo.

Hay que estar alerta y no responder a sus preguntas. Seguir caminando por tu sendero y evitar la tentación azucarada. Aunque la senda parezca peligrosa y no sepas a dónde lleva, es la senda de tu vida, el camino que has de construir. La casa de chocolate te da una protección ilusoria porque allí no hay aire, ni amor, ni vida. Cuando veo que me llama y me habla de felicidad, ya no la oigo. No es más que un viento frío que roza mi oído. La incertidumbre de la ruta es lo que hace latir mi corazón. Así que, por aquí seguiré…

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

18 de enero de 2019

  • 18.1.19
De nuevo he caído en brazos de Cole Latimer. Lo necesitaba. Me zambullo en esta novela romántica, como en un clásico de Antón Chéjov. Lo mismo escucho opera, que AC/DC, o sevillanas. Me gustan las películas de autor, me encanta My Blueberry Nights o No mires para abajo, pero también me distraigo viendo pelis moñas, siempre y cuando el argumento y la actuación sean creíbles.



En definitiva, me gustan y me emocionan miles de cosas. Me parece muy elitista o clasista tener que definirme dentro de un grupo. ¿Por qué no poder pertenecer a muchos? En determinados ambientes, parece que para formar parte de la manada tienes que tener determinadas aficiones y gustos. En la España del blanco y el negro, eres de los míos o estás contra mí.

Nos falta escuchar al otro; nos falta diálogo y respeto a las ideas ajenas. Nos falta espíritu democrático y ganas de llegar a acuerdos y soluciones. Cuando veo a políticos creando crispación, me encantaría que hubiera un torneo medieval, donde ellos se pegaran hasta que ganase uno y no utilizasen a los vasallos para que les hagan el juego sucio en la calle.

¿Hay paz dentro de alguien que odia y grita? No. Hay mucha gente que por sus actos puedes ver la negrura de su corazón, la poca empatía y las ganas de que la vida de los demás sea igual de mierda que la suya.

Yo le pediría a la energía que todo lo mueve que nos mande paz para el corazón, que convierta el odio en respeto y que todos seamos capaces de vernos como realmente somos: simples seres humanos, con independencia del dinero o del poder que ostentemos.Todos somos mortales. Por eso no quiero cosas materiales: solo quiero paz. Aunque suene a ilusa.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

11 de enero de 2019

  • 11.1.19
Empieza a silenciarse la voz esa que siempre me ha exigido ser alguien que no soy, que no ha respetado mi esencia. Voy aprendiendo a bajar al cuerpo y a escucharlo: el cuerpo es sabio. Desde niña, en el colegio, con mis padres y en la iglesia siempre me sentido anulada o, más bien, como una atleta que no llega a la meta nunca.



Ser buena, modosita, no hablar mucho, no ser la voz disonante; ser una borrega más en la multitud y hacer lo que la sociedad espera de mí, o lo que Dios necesita de mí, o lo que mis padres querían. ¿Y cuándo me han dado la oportunidad de conocerme a mí misma?

Siempre corriendo sin llegar, cansada, exhausta, con las voces subidas cual auriga que no para de darme con el látigo. Yo soy el caballo al que hay que controlar, domar y, muchas veces, humillar. Estoy ante una página en blanco: yo. ¿Qué es lo que quiero? ¿Qué es lo que me gusta?

La mayor parte de las veces soy una mujer que adora la tranquilidad, la observación del universo; una mujer a la que le encanta dormir y para la cual, pasar el día tumbada es un día ganado. Un buen libro, música envolvente, una mantita y la mañana perfecta está ahí.

Pasear por las calles sin rumbo, solo por sentir el movimiento de mi cuerpo, el sol y el viento, y me sobran todas las joyas. Tiempo es mi regalo favorito. Tiempo para descansar, para reír con una amiga; tiempo para besar lento, para sentir su aroma y su calidez.

Salir de la rueda, dejar de ser el ratón tonto que solo corre. Desearme el bien, volar sobre la maldad, abrazar la ternura, la bondad y la sencillez. ¿Qué necesito ahora? Nada. Esta soy yo: la que vive dentro de mí, la que siempre está aunque a veces los gritos no la dejen expresarse. Esta soy yo...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

4 de enero de 2019

  • 4.1.19
Me encanta abrir las ventanas por la mañana y dejar que el aire fresco oxigene mi casa y se lleve los malos humos. Siempre tengo la sensación de que todo se renueva, de que existe algún tipo de nuevo comienzo. Cuando todo está ordenado y limpio se respira paz y armonía. ¿Por qué no hacer lo mismo con la mente? O con la propia existencia...



De vez en cuando hay que abrir las ventanas de la cabeza y dejar que el viento nos penetre por todo el cuerpo. Sentir su frío convertido en calidez y soltar todos los malos pensamientos y las contracturas musculares. Borrar los deseos frustrantes y dejar que el pasado se convierta en un globo lleno de helio que se escapa de entre los dedos, a pesar de lo mucho que la mente quiere agarrarlo. Ver cómo se aleja, se desprende de uno y se va haciendo pequeñito pequeñito hasta que el universo se lo traga.

La suciedad no es fácil de eliminar. Además, existen grados. Hay pensamientos que con solo pasarlos por la razón desaparecen porque son tontos y sin sentido. Pero, a veces, hay grasa incrustada de años de la que no nos podemos liberar tan fácilmente. Nos molesta, pero hemos aprendido a vivir con ella.

Pensamos que si no estuviera la echaríamos de menos porque, al fin y al cabo, se ha producido tal simbiosis entre los dos que hemos llegado a identificarnos con ella. Es decir, creemos ser esa grasa pegajosa que repele. Pero esta grasa no es real, es solo producto de la mente. En esa grasa hay mucha mierda acumulada por no haber abierto las puertas y las ventanas a tiempo.

Cuesta más, pero también se puede ir. Habrá que restregar más y no será cosa de un día, pero desaparecerá. Desde el momento que la veamos como algo ajeno, todo cambiará. Hay que pararse para ello. A lo mejor es un buen momento el inicio de un nuevo año y meter la limpieza dentro del ritual de las uvas y del cava.

Podría comenzar con salir a la calle y sentir el aire frío y algún que otro rayo de sol que se atreva a asomarse en invierno. Sentir que ese aire me va quitando capas y capas y llega hasta el lugar donde la mugre se ha escondido por décadas, la toca y la va deshaciendo sin ningún esfuerzo. Le digo adiós y sin saber cuál ha sido su función en este tiempo le doy las gracias porque alguna razón tendría para existir, llámese protección o lo que sea.

Comienza a llover y el agua lo va arrastrando todo hacia las alcantarillas. El agua es la fuerza que apenas se nota, pero que todo deshace, ya sea una roca o un camino. Limpia todo a su paso. Y con ese agua siento un nuevo bautismo, un nuevo renacer, una nueva senda que se ilumina frente a mí, que aunque desconocida aún, supone una aventura ilusionante.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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