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23 de octubre de 2020

  • 23.10.20
Es cierto que las plantas, los animales y los seres humanos experimentamos un esencial impulso para permanecer, para conservar lo que poseemos y para mantener lo que hemos logrado, pero también es verdad que los objetos que poseemos y los hábitos de comportamiento son expresiones del ansia de crecer, de cambiar y de progresar. 


Reconozcamos que los seres humanos poseemos una ilimitada capacidad para empezar algo nuevo y para configurar el mundo que nos rodea de acuerdo con esos modelos mentales que dibujamos con nuestras ideas y con nuestros deseos: tenemos una notable capacidad para renacer y para recomenzar.

Por eso suelo repetir que dejar de aprender es un síntoma preocupante de que estamos envejeciendo. Una de las diferencias que nos separan a los seres humanos de los demás vivientes es nuestra mayor capacidad y nuestra mayor necesidad de aprender. Una gaviota o un elefante, por ejemplo, a las pocas semanas de vida, ya han aprendido la mayoría de sus conocimientos y han desarrollado casi todas sus destrezas.

Los hombres y las mujeres, por el contrario, hemos de seguir aprendiendo a lo largo de toda nuestra vida. Aunque parezca exagerado, podemos afirmar que un recién nacido abandonado, no sólo no llegaría a ser hombre o mujer en el pleno sentido de estas palabras, sino que, a los pocos días, perecerían. Si es verdad esta afirmación en general y cuando la referimos a las tareas laborales, es aún más cierta cuando la aplicamos a las normas éticas y a las pautas sociales.

La generosidad o la solidaridad, la paz o la justicia, por ejemplo, no son el resultado espontáneo de algún automatismo biológico, sino el fruto posible de un difícil y lento aprendizaje. La democracia no se deduce de la razón ni de la historia, sino de un proyecto ilusionante y de una experiencia dolorosa. 

La solidaridad no es una aspiración innata, sino una solución a problemas reales. El progreso ético es lento y costoso; el tránsito, por ejemplo, de la guerra de todos contra todos a la consideración de los demás como fines en sí mismos más allá de la relación instrumental está durando milenios.

Lograr la autenticidad personal es más difícil que dejarse manipular: llegar a ser uno mismo y autogobernarse constituye una empresa ardua y, para muchos, imposible. Esquivamos comprometernos con nuestras propias vidas y nos cuesta reconocer los errores y aceptar las derrotas, por eso disfrazamos los errores y disimulamos las culpas. 

Podemos afirmar que las leyes naturales –como, por ejemplo, la del más fuerte– no son racionales ni humanas sino, a veces, antihumanas. Vivir humanamente es –no lo olvidemos– una disciplina complicada y, en muchos casos, una asignatura pendiente. Dejar de aprender es síntoma, más que de ser viejo, de estar envejecido.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO


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