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10 de septiembre de 2020

  • 10.9.20
Si miramos con atención nuestro entorno, sobre todo el generado por la información interesada que suavemente nos va indicando la entrada del redil, podremos entender ese mecer la cuna para que no nos invadan los miedos ni la inquietud que planea sobre este mundo en el que vivimos. ¿Catástrofe, inseguridad…? Cierto olor a muerto parece que sobrevuela por encima de nuestras cabezas. El impacto de la crisis, cada día que pasa, se hace más evidente.



¿Nos estamos volviendo hipocondriacos? Es posible que sí, al menos en una parte de la población, mientras que otra sigue el eslogan del “carpe diem” que invita a aprovechar lo más posible lo que nos ofrezca el día a día. Pensar en el futuro es sufrir por lo que pueda venir. El mañana es el minuto siguiente que se descuelga del reloj. Vivamos el presente

Dicha postura tiene parte de sentido dentro de lo normal, pero no deja de ser evidente que la inseguridad nos rodea, que hay en el ambiente cierta cantidad de miedo que oprime a buena parte del personal… Dicha actitud asfixia a la mayoría de la población.

Toda esta introducción viene provocada por un grito de alerta que discurre monótono y tozudo como el eco: “todos somos importantes, todos debemos arrimar el hombro” para salir de este berenjenal. ¿Cómo? Estamos ante la pregunta del millón.

Se hace necesario cultivar la responsabilidad personal para transmitir seguridad a los demás. El respeto mutuo es de vital importancia para todos. La generosidad –en el sentido más amplio de la palabra– debe alimentar la convivencia diaria para facilitar la colaboración entre nosotros. Todo ello requiere de una gran dosis de autoestima que nos da seguridad y facilita movernos en tales valores éticos. Busquemos ante todo la verdad que ladinamente nos está camuflando.

Busquemos la senda de la verdad para que las toneladas de mentiras sobre mentiras que han aplastado el día a día sean clarificadas. En el transcurso de los meses que llevamos hasta ahora de este año maléfico y virulento por obra y gracia del maldito virus se han propalado mentiras hoy que mañana serán verdades; falsedades de ayer se trasmutan hoy en propuestas creíbles. El tema es grave. Como ejemplo, recuerdo el “8 de marzo”.

Me pregunto si del encierro vírico hemos salido más purificados y mejores personas. Delicada pregunta. Con seguridad, podemos afirmar que buena gente siempre hay, pero no podemos obviar que también hay cantidad de ejemplares no tan buenos. ¿Dónde? La habilidad para disfrazarse de lobo en cordero es portentosa.

Cuando hago referencia a mejores siempre estoy pensando en una sociedad en la que el conjunto de sus componentes, cada grupo, intenta arrimar el hombro en pro de un vivir menos angustiado. Puede, eso parece mostrar la realidad, aunque los extremos cada vez se radicalizan más. Bajemos a la realidad.

Los rebrotes víricos aumentan cada día que pasa. Una parte de la sociedad tiene miedo a caer en las redes del contagio. Otra buena cantidad de personas sacan pecho, se imponen al miedo y se enfrenta al día a día sin pensar en los posibles encontronazos que pueda ofrecer el entorno. Y da la impresión de que existe un amplio bloque, no importa la edad, que se ha tirado al río desafiando al monstruo e incluso provocándolo con total descaro.

El racimo humano, para mi corto entender, está compuesto de viejos decrépitos y achacosos que no desafían a la muerte pero que no están muy lejos de ella por razones evidentes. Otra parte del personal vive y actúa “a la buena Miguel”, es decir, hacen lo que le parece sin orden ni concierto.

Pensemos que es necesario vivir el día a día, compartirlo con los demás, sobre todo con aquellas personas que están abandonadas a su suerte. Si usamos la capacidad de razonar veremos cómo surge una potente necesidad de implementar valores que puedan llegar a los demás. Unas líneas más atrás he citado algunos que me parecen de primera necesidad.

Me refiero a la tan traída y llevada solidaridad a la que es necesario añadir un marcado respeto por el prójimo y que deberá poner en marcha una sobredosis de responsabilidad, entrega generosa y generosidad desprendida. Podemos resumirlo en esa lacónica frase que reza “yo por ti, tú por mí”. Sería interesante y enriquecedor reinventar valores como la confianza, el respeto, la empatía y, sobre todo, aquellos que favorecen la tolerancia, la igualdad y la justicia para fortalecer la vida en común.

Las personas más afectadas por la debacle socioeconómica, una vez más, son las de 40 años para abajo. Al parón económico acaecido en lo que va de año habría que añadir los coletazos no muy lejanos de otros momentos de crisis que les cogieron en el camino.

¿Cómo podrán organizar su vida y la de los suyos? Difícil pregunta y penosa respuesta. Puede que bastantes de ellos consigan guarecerse en un rincón del tronco familiar que una vez más tendrá que apretarse el cinturón para darles al menos, de comer a hijos y nietos.

A ese tipo de grupo necesitado suelo llamarlo con algo de pena “becarios de pensionistas”, frase que ya he utilizado en otras ocasiones pero que creo resume bastante la situación. La frase aparentemente es simple pero no deja de encerrar una dura realidad: los padres, muchos de ellos, además de ejercer de abuelos, tienen que estar al quite ayudando al conjunto de hijos y nietos.

No hay duda de que el mejor momento de la vida sea la etapa juvenil. Dicho vivir discurre por una orilla pensando en cómo organizar el futuro entre trabajo, familia y el disfrute vital. Y, de golpe y porrazo, mayores y jóvenes tropezamos con un muro que nos limita y aprisiona, que machaca todas las ilusiones.

En nuestro caso es el virus que se está llevando por delante esperanzas, trabajo, momentos importantes de la vida, muertes… En definitiva, la llamada normalidad en la que vivíamos se ha rajado en mil pedazos. Todo se ha descolocado. Pues ¡a la mierda…, quiero vivir!, puede ser el efervescente alarido de la sangre de muchas personas, sobre todo de la juventud.

Me viene a cuento el contenido publicitario de un producto. “Tómate la vida más a la ligera” es el eslogan de una marca de mayonesa. Es indudable que se refieren a la posible bondad del producto y, por lo tanto, remata transmitiéndonos que dejemos de lado la presión, el estrés, los complejos y gocemos del sabor de Ligeresa, que además viene en un envase cien por cien reciclable.

Añado algunos eslóganes más que circulan suaves pero insistentes en el ámbito de la publicidad. “Lo bueno no es caro”; “la vida se vive bailando”; “sigamos haciendo las cosas buenas que hemos aprendido”. Sugerente, bonito… pero la vida en el día a día no es una salsa y sí un conjunto de mendrugos de pan difíciles de masticar.

Quiero creer que todo ello nos llevará a un nuevo paradigma, a la conciencia de que trabajar es un lujo, de que salir de casa es un privilegio, de que hay que disfrutar de la vida que pasa demasiado rápida, salir, reír, amar, disfrutar de los amigos y de nuestros mayores y restar importancia a aquello que no la tiene.

El futuro es incierto, pero unidos todos, podremos superarlo. El coronavirus no ha distinguido entre ricos y pobres, ideologías, nacimiento o condición. Todo ello ha despertado un sentimiento de empatía y solidaridad que no puede perderse.

Cierro con una cita de la filósofa Adela Cortina. A la pregunta "¿Quién educa?", ella responde: “familia y escuela, ayudados de la sociedad y organizados desde el Estado, no dirigidos ni obligados. El Estado, esté quien esté ideológicamente en el poder, está para indicar por donde debemos marchar…En pocas palabras el Estado está a las órdenes del pueblo, no el pueblo a los intereses políticos y menos ideológicos”. El tema da para mucho.

PEPE CANTILLO


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