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23 de agosto de 2020

  • 23.8.20
"Conspiranoico" es una palabra que escuchamos u oímos en la actualidad y la asociamos a personas que están obsesionadas con las conspiraciones o los complots que explicarían aquello que desconocemos porque deliberadamente se ocultan a las gentes para finalmente dominarlas o controlarlas. Es pues, una contracción de dos vocablos –"conspiración" y "paranoico"– que ha tenido un cierto éxito popular, aunque todavía este término no lo recoge el diccionario de la RAE.



¿Cuándo o dónde podemos considerar que comienza la obsesión colectiva por las conspiraciones? Me imagino que esta pregunta tendría distintas respuestas, según quien la exprese o la escuche. Por mi parte, para no alejarnos excesivamente del tiempo en el que nos encontramos, citaría como punto de partida la caza de brujas que llevó a cabo el senador republicano estadounidense Joseph McCarthy en la década comprendida entre 1947 y 1957.

Diez años, pues, de persecución contra aquellas personas inicialmente ligadas al Gobierno de los Estados Unidos y a sospechosos de ser miembros o simpatizantes del Partido Comunista de este país a los que se consideraban infiltrados en la Administración o en el Ejército. Pero esta caza de brujas, posteriormente, se extiende a todos aquellos que en la mente de McCarthy supuestamente defendían actividades antiamericanas, es decir, a los izquierdistas o simplemente con ideas liberales y progresistas que no las ocultaban.

Son los años en los que comenzó la denominada Guerra Fría entre este país y la otra gran potencia mundial como era la Unión Soviética. De este modo, apoyado en el Comité de Actividades Antiamericanas, acusó a cientos de personas, algunas de las cuales sufrieron verdaderas tragedias personales por las represiones sufridas y la marginación social que se les hacía tanto en el trabajo que se les negaba o del que se les despedía, como en el entorno familiar o de las amistades.

Auténtica psicosis que, de algún modo, se extiende hasta nuestros días, pues, leyendo a la historiadora estadounidense de raza negra y de izquierdas Donna Murch comprobamos, sorprendidos, que para estudiar un posgrado en la Universidad de California en Berkeley tuvo que firmar ‘el juramento de lealtad’ en el que manifestaba que nunca había militado en el Partido Comunista. Y esto en el año 2000 en una universidad pública sobre un partido que está legalizado y tiene su sede central en un edificio del popular barrio de Manhattan de Nueva York.

Para quien quiera comprender el tema de la caza de brujas, también denominado macarthismo, creo que puede servirle la excelente película Buenas noches, y buena suerte, dirigida por George Clooney en el año 2005. En ella se describe minuciosamente la persecución sufrida por el presentador de la CBS Edward R. Murrow por parte del senador Joseph McCarthy. Este último personaje es un claro ejemplo de lo que hoy entendemos como conspiranoico activo.



Sin alejarnos del país que tratamos, damos un gran salto adelante para situarnos en el presente, pues su actual presidente, Donald Trump, aparte de mentiroso compulsivo, es otro de los grandes conspiranoicos del panorama mundial.

No voy a hacer ningún repaso de su alucinante trayectoria, dado que es imposible en unas breves líneas. No obstante, sabemos que China es la nación (aparte de otras como México) a la que le atribuye todas las maldades. No es de extrañar que no tuviera ningún problema, y sin ninguna prueba, en decir que el covid-19 era un virus fabricado en los laboratorios de este país.

Y como sus paranoias no terminan, ahora le ha tocado a TikTok, la aplicación china que permite la creación de breves vídeos musicales que entusiasma a los adolescentes y jóvenes estadounidenses, por lo que ha previsto prohibirla en Estados Unidos.

Pero los conspiranoicos no son solo quienes ejercen altos cargos, sino que también el fanatismo paranoico afecta a gente corriente obsesionada por hechos a los que no encuentran alguna razón que les satisfaga, por lo que les buscan explicaciones insólitas.

Estos individuos o grupos pueden ser más o menos peligrosos, dependiendo del tema que se trate. Uno que actualmente podríamos situar entre los muy dañinos es el movimiento antivacunas que se opone a los avances de la medicina, especialmente en uno de los logros más significativos que se ha alcanzado en el campo de la sanidad preventiva.

Ya sabemos la carrera contra reloj que se está llevando por laboratorios de diferentes países para atajar la pandemia del coronavirus que está causando verdaderos estragos en todo el mundo. Y a pesar de este enorme esfuerzo y de las grandes inversiones que se están llevado a cabo, al rechazo a la medicina se suele unir sus fanatismos religiosos o el argumento de que las distintas marcas farmacéuticas harán verdaderos negocios con las patentes de sus vacunas. Es, pues, una bomba difícil de desactivar de sus mentes.

Un ejemplo muy claro, del que ya hemos hablado, es el de José Luis Mendoza, presidente de la Fundación San Antonio, propietaria de la Universidad Católica de Murcia. Mezclando el Anticristo, que según él reaparece cada nueva generación, con Satanás, que resulta ser el promotor de la pandemia, suelta unas disparatadas declaraciones contra Bill Gates y George Soros porque financian investigaciones en el campo de las vacunas (quizás no conozca a Anthony Fauci, el científico que ahora se ha convertido en la bestia negra de Donald Trump, porque si no lo añadiría a los que siguen a Satanás).

Esto nos puede parecer la chifladura de un personaje que pertenece al grupo integrista de los kikos; sin embargo, conviene tomarse muy en serio el daño que hace el movimiento antivacunas porque logra que en distintos países haya gente que se oponga a las medidas recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), como son el uso de la mascarilla, el mantenimiento de las distancias y la higiene habitual, especialmente con la limpieza de las manos, normas necesarias hasta que por fin se logre una vacuna verdaderamente efectiva.

He hablado de la caza de brujas, de Donald Trump, de José Luis Mendoza y del movimiento antivacunas; sin embargo, las tesis y los grupos de los conspiranoicos son muy amplios.

Así, desde aquellos que creen que lo que sucedió el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York contra las Torres Gemelas del World Trade Center fue producto de la CIA, que organizó el atentado como excusa para lanzar una guerra contra Oriente Medio; a los que están convencidos de que la llegada a la Luna se rodó en un estudio de cine; pasando por los que defienden que el Holocausto nazi nunca sucedió; a los que piensan que el mundo está controlado por una sociedad secreta denominada los Illuminati, lo cierto es que las ideas más disparatadas y peregrinas en la actualidad funcionan por la red con total libertad, consiguiendo difundirlas y logrando adeptos a las mismas.

No es de extrañar, pues, que en el caso de nuestro país con la situación tan alarmante en la que se encuentra, y a las puertas del inicio del nuevo curso escolar, con toda su carga problemática, haya descerebrados que se manifiesten en el centro de Madrid contra el uso obligatorio de las mascarillas, como si todas las informaciones científicas no les sirvieran de nada, puesto que sus mentes solo caben sus teorías conspiranoicas.

AURELIANO SÁINZ


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